Vivir una experiencia única

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Los mensajes que a uno le llegan a lo largo del día son tan numerosos como normalmente ignorados. Sobrevivir en un mundo hipercomunicado, donde cada movimiento parece esconder un mensaje publicitario y cada acción conlleva la necesidad de valorar la experiencia vivida, no es algo que debamos tomar a broma. No obstante, la escasa seriedad general que nos obliga a adoptar esa frenética esclavitud de los medios, provoca que no siempre nos detengamos a pensar acerca de lo que escuchamos o leemos. Ello se debe, sin duda, a que los mensajes que nos llegan no siempre están destinados a ser pensados. Es más, en no pocas ocasiones, la más mínima actitud reflexiva hacia ellos hace que pierdan toda su gracia, o que se vuelvan especialmente cómicos cuando no era esa la intención de su emisor. De ahí la frecuente necesidad de que el mensaje, antes que comunicar, inhiba cualquier eventual capacidad de reflexión.

Uno de los mantras más escuchados actualmente es el que se refiere al ansia por vivir una experiencia única. Si buscan esa expresión en Internet pronto se darán cuenta de su cariz engañoso. No les será difícil encontrar testimonios tan dispares como el que describe con excesivos detalles la deglución de algún animal indeterminado en un mercadillo asiático o el de quien le ofrecerá un relato apasionado tras infligirse un tatuaje naif en sus maltratados glúteos. Todos ellos tendrán en común la afirmación de haber experimentado esa vivencia como algo insólito y trasformador.

Sin embargo, en nuestro mundo excesivamente comercial y materialista, lo real solo se valora cuando se transacciona con ello, mientras que al poseerlo deja de tener importancia, priorizando entonces la sensación del momento. El placer está en comprar, aunque no se use lo comprado. Así se explica que la realidad vivida por esos sujetos sea absolutamente banal, pero que aun así tenga la virtud de generar una sensación de ser única e irrepetible. Superado el dolor y gratificado por el esfuerzo realizado, la sensación vivida al admirar por primera vez el tigre tatuado a lo Henry Rousseau en la zona glútea no tiene parangón. A partir de ese momento, lo importante no será ya esa discutible obra de arte, sino el relato de la experiencia vivida, que se narrará repetidamente, coronando la cumbre de múltiples cenas y reuniones de sufridos amigos.

Por otro lado, como vivimos en una sociedad donde todo lo que parece tener algún valor debe poder ser envasado y comercializado, no hace falta ya devanarse los sesos buscando un tatuador temerario para vivir una experiencia única. Todos podemos adquirir las experiencias que queramos previo pago de un precio. La diversidad es casi infinita: desde deleitarse con un queso de los que parecen envolverse en su propia atmósfera, hasta el viaje exótico a un paraje tropical; desde una sala de masajes, a lanzarse por un puente sujeto a una cuerda elástica, simulando con ello un monitorizado acto de locura.

Uno podría preguntarse qué lleva a alguien que trabaja, por ejemplo, en un departamento de riesgos laborales, a lanzarse desde una avioneta y surcar el cielo imitando el vuelo de un córvido mareado hasta que se abre su paracaídas. Aventuro que la principal motivación tal vez sea acreditar haber vivido esa experiencia, algo que facilitan las cámaras digitales que resulta casi obligado llevar pegadas al casco o al pecho. No obstante, aunque el catálogo de extravagancias que uno puede llegar a realizar es casi infinito, más complicado es tratar de ver el sentido a todo ello.

A poco que tengamos la osadía de pensar, llegaremos a concluir que vivir una experiencia única es lo más normal del mundo, puesto que vivir es, en sí mismo, una experiencia única. Podemos entrar a discutir lo que significa vivir una experiencia, en cuyo caso nos encontraremos con opiniones dispares si preguntamos al carnicero del supermercado o a un científico defensor del determinismo biológico. Sin embargo, lo que sí parece claro es que, aunque seamos marionetas de un gobierno de aminoácidos, la vida de cada individuo es única e irrepetible. Por el mero hecho de vivir, todos vivimos algo único. Por aburrido que nos parezca, nadie experimenta ese mismo aburrimiento. O al menos es imposible saberlo, de la misma forma que nunca podremos saber con certeza si el color rojo que yo veo es el mismo que ve el optometrista al que visito. Lo que sí es cierto es que ambos podremos discutir sobre ello y obtendremos una insulsa experiencia única.

Entonces, ¿por qué hay personas que no se conforman con el optometrista y necesitan imperiosamente viajar a Mongolia o a cualquier otro lugar que prometa una toponimia impronunciable y alguna que otra afección estomacal? No debe haber otra explicación que el hecho de no saber distinguir su unicidad vital. Necesitan reafirmar el carácter único de su vida, porque están poco convencidos de que su existencia es realmente distinta de la de sus vecinos. Dice el sabio que la felicidad es conformarse con lo que uno es. Pero en un mundo en el que la satisfacción personal se mide atendiendo a la capacidad de consumo, parece que esta máxima ya no vale. Somos tan parecidos todos a los ojos del miope existencial, que la felicidad parece encontrarse en no conformarnos con lo que somos. Para ser felices hay que ser algo distinto a nosotros mismos o, si no es posible, al menos hay que fingirlo.

Esta nueva máxima, cuyo grado de estupidez es inconmensurable, es la que empuja a muchos de nuestros conciudadanos a experimentar con todo aquello que los aleja de su existir cotidiano. Sea a los deportes de riesgo o a pasar una semana en una granja ordeñando ovejas. Es fácil imaginar cómo al granjero debe costarle salir de su asombro al comprobar cómo su diaria manipulación de las ubres de la borrega deviene, para el efímero visitante urbanita, una absoluta fascinación. En ese curioso momento, tiene la oportunidad de admirar cómo un anónimo y discreto oficinista puede sentir, gracias a su paciente rebaño, que su vida va cambiando y que su percepción de la realidad es ya diferente, si bien no puede olvidar que la experiencia que vive será siempre momentánea.

Nuestro aventurero no tardará en sentir el angustioso pesar por alguna otra experiencia única aún no vivida. Una experiencia que no siempre podrá poseer y que le llevará a tener que conformarse con su cotidianeidad y con una cierta sensación de fracaso. Lamentándose, quizás llegue a entender que ha perdido ya la costumbre de vivir su propia vida sin anhelos estridentes. Con tantas emociones por alcanzar, pero no fáciles de costear, es muy posible que se vea incapaz de recordar que su vida cotidiana también es única. Aunque la desaproveche insulsamente mirando anuncios por Internet.

 

Original publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 2-XII-2018

Presuntos tontos

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Por mucho que indaguemos va a ser difícil encontrar, en la historia reciente de este país, un pasmo similar al generado por la desdichada sentencia del Tribunal Supremo en relación al pago del Impuesto de Actos Jurídicos Documentados en las hipotecas. Nadie esperaba el súbito cambio de criterio que operó una de las secciones del tribunal, que dictaminó que eran los bancos los que debían abonar este impuesto al Erario Público. Al no determinarse de forma clara la retroactividad de los efectos de este fallo (nunca mejor dicho), se desató la alarma en el sector financiero, al fin y al cabo, estábamos ante un intento de cambio de las reglas del juego a mitad de partido. Semanas más tarde, el pleno de la Sala del tribunal desautorizó ese criterio y sentenció que el abono del impuesto por parte del ciudadano era ajustado a la legalidad, esperando que las aguas volvieran al cauce natural que llevaban recorriendo desde hacía años. Pero el aleteo de las togas de sus señorías había provocado, para entonces, una profunda borrasca en el océano político y económico de nuestro país.

Como suele ocurrir con los temporales, inmediatamente surgieron aquellos grupos políticos y asociaciones que obtienen su mayor gozo atacando a los bancos y a sus beneficios, obviando –como siempre– que una parte importante de sus beneficiarios son las decenas de miles de ciudadanos, en muchos casos gente mayor, que ha optado por invertir sus ahorros en acciones de estas entidades. Presionado por la turbamulta habitual, el Gobierno de la nación reaccionó dejando de lado asuntos tan trascendentales como la exhumación del cadáver de Franco, y aprobando una reforma del impuesto que obliga a los bancos a realizar ellos el pago. Lo que no decía el decreto-ley, aunque es fácil adivinarlo incluso para los menos avispados, es que el banco pagará el impuesto con el dinero del cliente, claro. Como suelen decir los grandes analistas de este país, con la iniciativa del Gobierno este asunto ha dado un giro de 360º. Es decir, nada.

Naturalmente, lo peor no es esta revolución al estilo del Gatopardo, que nos deja exactamente en el mismo sitio donde estábamos. Lo peor es el barro que nos queda tras haber cesado la riada de despropósitos. Uno ya empieza a sospechar que algo va mal cuando escucha que Pedro Sánchez, doctor en economía y presidente del Gobierno, sostiene que lo bueno de la democracia es que no siempre tienen que pagar los mismos. Desconozco si el presidente ha explicado mejor lo que quería decir, pero me consta que alguna gente vive, desde entonces, atemorizada ante la perspectiva de acabar viendo cómo cambia la ley para que sea el trabajador el que tenga que costear el sueldo en lugar del patrón o el pescadero pagando al que se lleva sus lenguados. El mundo al revés.

Pero, bobadas aparte, existe una razón de fondo que explica estos y otros acontecimientos. Un común denominador que, a la luz de lo que ha pasado en los últimos tiempos, viene a consistir en una especie de principio general del Derecho que parece inspirar todo tipo de normativas y sentencias. El fundamento de este principio se sustenta en el hecho, quiero pensar que no probado, de que los ciudadanos en general adolecemos de una pasmosa ignorancia que incita al abuso por parte de empresas y corporaciones. Esto es, que por el motivo que sea, piensa el legislador que fácilmente nos toman por tontos. Tal vez tenga razón.

Hace ya unos años los poderes públicos concluyeron, en el famoso caso de las acciones preferentes, que los bancos habían engañado a sus clientes al venderles un producto cuyos riesgos estos no comprendían. Aunque los bancos se hacían el tonto, fueron muchos los clientes que obraron de buena fe y se sintieron engañados. Sin embargo, recuerdo también que en la prensa del momento se leían casos de abogados o notarios que se habían amparado en ese presunto desconocimiento para reclamar su dinero perdido. Está claro que no hay que tolerar que nos tomen por tontos, pero la experiencia demuestra que a veces hacerse el tonto sale rentable.

El actual caso de las hipotecas no descansa tanto en la presunta ignorancia de los ciudadanos como en la existencia de una posición dominante, la del banco, que puede imponer sus condiciones al cliente. No es nada nuevo. Todo el mundo sabe que, si un cliente quiere un préstamo, por lo general será el banco el que fije las condiciones y la opción del cliente no convencido será la de irse a la competencia o renunciar al préstamo. Que el banco le imponga comisiones o el pago de determinados gastos va a ser difícilmente evitable sin vulnerar la libertar de empresa. Pero esto no ocurre solo con los bancos. Intente negociar con una compañía aérea el enjundioso asunto del equipaje y verá cómo me acaba dando la razón.

Pero si el decreto-ley del Gobierno ha fracasado no realmente por esto, sino porque no ha querido abordarse una solución real. Si no tienen que pagar siempre los mismos, siguiendo la doctrina presidencial, la solución era tan fácil como regular una exención de este impuesto para los préstamos dedicados a viviendas o a las hipotecas en general. Incluso al doctor Sánchez se le podría ocurrir tan ingenioso mecanismo, pero no ha sido así. Tal vez porque con ello el Erario Público perdería dinero. Convenientemente, es ahora el propio Gobierno el que se hace el tonto.

Los más espabilados dirán que no es lo mismo un banco, que no deja de ser una empresa privada, que el Gobierno, cuya misión es velar por el interés de todos. Evidentemente no les falta razón. Pero que sean diferentes, no quiere decir que no empleen las mismas malas técnicas. La complejidad que suelen tener, por ejemplo, las normas tributarias, no tienen nada que envidiar a los más enconados folletos bancarios. Pero, al contrario que con los bancos, con Hacienda cuesta más que salga rentable hacerse el tonto. Puede salir incluso muy caro.

Afortunadamente, en un Estado de Derecho, el ciudadano siempre tiene la posibilidad de denunciar aquellas situaciones que considera abusivas, incluso las que provienen de la Hacienda Pública. Todos podemos reivindicar, en definitiva, el derecho a que no nos tomen por tontos. Sin embargo, las denuncias ante los abusos suelen ser pocas. Aquí sí que opera en gran medida el desconocimiento de los ciudadanos de lo que son sus derechos y sus opciones. Tal vez, de cara a nuevo año, no estaría de más hacerse el propósito de sustituir los recurrentes cursos de inglés por otro de asuntos financieros y empezar a espabilar un poco. Siempre he pensado que hay algo de paletismo en la obsesión de este país en aprender idiomas, como si saber inglés fuera la panacea. Al fin y al cabo, un idioma es algo vacío si la persona no le aporta algún contenido. Vamos, que un mecánico de coches puede tener más oportunidades de trabajar si habla tres idiomas, pero un atontado difícilmente dejará de serlo por el hecho de ser políglota. Otra cosa es lo que le convenga.

Publicado originalmente en El Mundo/El Día de Baleares el 22/11/2018

Demonios

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Pocos fenómenos han sido tan exitosos en los últimos siglos como el llamado desencantamiento del mundo, para utilizar la feliz expresión de Max Weber. Otra forma de denominarlo podría ser el de desdivinización de la naturaleza. En definitiva, de lo que se trata es de que las personas dejan de pensar que la realidad que les rodea está plagada de espíritus o de poderes sobrenaturales, pasando a sostener una postura racional. ¿Qué quiere decir esto? Pues que se ve la naturaleza como algo material, regido por las leyes de la lógica y de la física, lo que supone poder entender racionalmente aquello que sucede e incluso hacer predicciones sobre lo que puede suceder. Así, una tormenta ya no es vista como un fenómeno causado por el malhumor de un dios despechado, sino que es observada como fenómeno atmosférico del que podemos conocer sus causas y su posible evolución, y cuyos datos observables pueden servirnos en un futuro para saber con antelación cuándo se repetirá un fenómeno parecido.

El desencantamiento del mundo ha supuesto importantes consecuencias que no podemos dejar de apuntar. La primera de ellas es que Dios –o lo sobrenatural– ya no es un elemento necesario para entender buena parte de lo que ocurre en nuestro entorno. Dios sale del ámbito de la ciencia y se queda en el pasillo de lo metacientífico. Ello no quiere decir que el científico deba ser forzosamente ateo, pero sí que debe ser atea la ciencia.

Curiosamente, los católicos solemos tener bastante bien asumido esto, pues la Iglesia defiende desde hace tiempo la autonomía de la creación. Esto es, reconocemos a Dios como creador del universo, pero en el sentido de ser su causa primera. Si damos por buena la hipótesis del Big bang, formulada por el astrónomo y sacerdote católico G. Lemaître, Dios sería el que pulsa el botón de encendido. A partir de ahí, el universo empieza a andar solito, sometido a sus propias reglas. Esta autonomía de lo creado no deja de ser el refrendo teológico del desencantamiento del mundo, hoy solo rechazado por fundamentalistas religiosos y por científicos ateos que siguen emperrados en demostrar, a partir de sus ecuaciones matemáticas, que Dios no existe.

Sin embargo, otra consecuencia del desencantamiento del mundo es el olvido de Dios. No es algo tan general ni se ha producido de una forma tan inmediata, pero lo cierto es que, si en un primer momento, Dios fue echado de los laboratorios y las aulas y relegado a quedar en el pasillo, hoy muchos ya ni se acuerdan de que sigue ahí. Sencillamente, se han olvidado de él.

Este olvido es más que evidente. Las cifras de práctica religiosa entre nuestros conciudadanos son casi testimoniales y si alguien hace el ejercicio de ir un domingo a misa y calcula mentalmente la media de edad de los feligreses, pronto se dará cuenta de que el futuro de las parroquias sigue el mismo derrotero del de los videoclubs o los laboratorios de revelado de película fotográfica.

Sin embargo, en nuestro mundo desencantado en el que hemos olvidado a Dios, aparece un personaje que ha resistido ejemplarmente todo intento de defenestración: el demonio. Naturalmente, su presencia no tiene siempre un cariz religioso. Si indagáramos un poco, posiblemente nos encontraríamos con que la mayoría de personas no cree en su existencia. Incluso entre personas religiosas, su existencia es puesta en duda y no pocos católicos, por ejemplo, niegan que exista tal ser, al igual que niegan la existencia del infierno. Lo cual no quiere decir que no exista, claro. Como sostenía el poeta francés Charles Baudelaire, la gran estrategia del demonio consiste precisamente en persuadirnos de que no existe.

Creamos en él o no, lo seguro es que el demonio se halla presente en nuestra sociedad en mayor medida que Dios. Aun así, que nadie se asuste. Esto no convierte nuestras ciudades en un reino satánico, pero sí que parece dejar cierta huella en nuestro comportamiento y dice algo, no sé si mucho, de una comunidad de personas que asume cierta simpatía por el príncipe de la mentira mientras que Dios sigue abandonado en algún rincón que apenas recordamos.

Podría aducir numerosos ejemplos para corroborar lo que digo. Desde luego, en Mallorca sobran manifestaciones de todo tipo en el que el demonio es el auténtico protagonista. Para empezar, es la mascota del principal equipo deportivo de la isla, lo que no impidió ser recibidos por el papa Francisco en la conmemoración de su centenario. Pero dentro de poco, al iniciar el nuevo año, miles de personas acudirán en masa a las fiestas en conmemoración, en teoría, de san Antonio Abad. Una conmemoración aparente, pues será el diablo y sus danzas y ritos pirotécnicos el que asuma todo protagonismo. La demoníaca algarabía tiene incluso su punto de ternura al comprobar como centenares de chavales se disfrazan de diablillos, con sus cuernos y su capa roja, incluso en los colegios católicos, cuyo afán pastoral es cada vez más patético.

Pero no solo en los momentos festivos se percibe esa fascinación por lo maléfico. En el imaginario actual, demonios, vampiros y otros seres de esta misma ralea ya no son los malos de la película, sino que con frecuencia son las víctimas de la intolerancia y la incomprensión de los “normales”. Manda narices. Pero es que hay que reconocer que el aumento de la simpatía por los que son maléficos por esencia parece correlativa a nuestro gusto por la brutalidad más abyecta.weapon-424772_640

Reconozcamos que vivimos inmersos en un mundo en el que el mal y la violencia ya no solo se han banalizado, como apuntaba Hannah Arendt, sino que los hemos situado en una especie de realidad aumentada que nos sirve de estímulo constante y peligrosamente adictivo. Que nos atraiga lo prohibido no es nada nuevo, como no lo es la admiración por el criminal diligente, por quien persigue el crimen perfecto que burla a policías y jueces. Pero hoy da la impresión que la astucia del ladrón, que deja su guante a modo de desafío al inspector que lleva años tras él, ha dado paso a la violencia desmedida, al sexo duro y sin pasión, a la imagen que impacta, que permite visualizar el dolor ajeno, pero con la frialdad del forense que inicia su enésima autopsia. Cualquier espectáculo o serie televisiva que resulte una exaltación de la violencia o la estupidez humana tiene el éxito garantizado. ¿Tiene algún sentido tanta violencia? ¿Qué nos ocurre?

Es verdad que uno puede pensar que se trata de modas, de algo pasajero. O que forma parte de la condición humana, que en el fondo sentimos esta extraña fascinación por lo morboso y violento, pero que no debe preocuparnos. En un mundo desencantado como el nuestro, seguro que más de un lector sonreirá pensando en el título de este artículo. La verdad es que no tengo ninguna prueba que me permita demostrar algún origen sobrenatural en esa simiente de violencia que parece invadir todos los espacios. Pero debo confesar que tampoco tengo motivo alguno para descartar que Baudelaire tuviera razón.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 10 de noviembre de 2018

De humanos y mascotas

8621526607_22a36e3f04_zCuando en un tedioso domingo de lluvia uno comete el error de navegar sin sentido por Internet, corre el riesgo de encontrarse con informaciones sorprendentes, si bien no siempre en un sentido positivo. Algo así me ocurrió a mí cuando, por un azar malintencionado, me hallé sumergido en el curioso mundo de las normas sobre bienestar animal que surgen en los diversos estamentos públicos.

Estas regulaciones, inexistentes décadas atrás, persiguen regular nuestras conductas hacia los animales que conviven pacíficamente en nuestros hogares. Lo que solemos denominar como mascotas. Con ellas se pretende proscribir cualesquiera actos de crueldad innecesaria o de maltrato hacia estas criaturas. Esta regulación es a veces prolija pues debe adaptarse a cada bicho. Así, de la misma forma que es razonable prohibir encerrar en un balcón a un prominente ejemplar de mastín de los pirineos, lo es también mantener confinada, en un terrario mínimo, a una pitón.

Al contrario de lo que pudiera pensarse, las razones que empujaron a desarrollar este tipo de normativas no eran tanto las relativas al reconocimiento a una dudosa dignidad animal, como al hecho de considerar el respeto hacia estas criaturas como una manifestación de civilización. En nuestra sociedad, la crueldad con los animales se percibe como una conducta primitiva y salvaje y que, además, puede llevar a consecuencias más graves. En este sentido, es fácil sospechar que, quien a los diez años se desvive por torturar y matar a inocentes gatitos, acabe en su vida adulta siendo un eficiente asesino en serie.

No obstante, en los últimos tiempos, este tipo de normativa ha ido mucho más allá de la mera consolidación de un orden civilizatorio, reconociendo un estatuto jurídico a los animales –algo impropio de su naturaleza– y que conduce a unas distorsiones preocupantes. Tristemente, un buen ejemplo de ello lo he hallado en mi municipio en forma de Ordenanza de convivencia, defensa y protección animal en el entorno humano.

Al ojear esta norma, que a buen seguro que es parecida a otras de muchos municipios, lo primero que a uno le sorprende es su objeto, definido en el artículo primero: la defensa y vigilancia de los derechos de los animales. La sola referencia a la posibilidad de reconocer derechos a los animales puede provocar ya un primer estado de pánico, sobre todo a quien tema que, a medio plazo, nos podamos encontrar con un perro que exija poner un bozal a su amo. Futuribles aparte, esta regulación es mucho más concreta cuando se refiere a las prerrogativas del dueño del animal. Uno de los aspectos que más me llama la atención es que se prohíbe el sacrificio de animales de compañía salvo por dos razones: el sufrimiento del animal ante una enfermedad incurable, en lo que supongo que es su “derecho” a una muerte digna, o el que adopte un comportamiento peligroso para las personas. Naturalmente, infringir esta norma supone incurrir en una falta muy grave que conlleva una multa que puede oscilar entre los 1.500 y los 15.000 euros.

Este tipo de regulaciones, además de poder considerarse en sí mismas desorbitadas, generan situaciones disparatadas en el sistema jurídico hasta el punto de poner en cuestión la escala de valores que, presumiblemente, debe fundamentar estas normas. En este caso concreto, la vigencia de esta ordenanza conduce a una extraña equiparación entre la vida humana y la de un caniche, con unas consecuencias asombrosas. Tal y como están las cosas, puede darse el caso de que una mujer no necesite dar mayores explicaciones para interrumpir su embarazo y, sin embargo, no podrá decidir sacrificar a su perro, ni siquiera alegando, por ejemplo, que no puede costear una operación veterinaria a la que debería someterle.

En su libro Ortodoxia, G.K. Chesterton defendía, a principios del siglo pasado, la idea de la reforma social frente al engañoso concepto de evolución o a la idea más revolucionaria de progreso. Para explicarlo brevemente, el escritor inglés entendía la evolución como algo natural y que se ejecuta con cierto automatismo, si bien desmentía con diversos ejemplos el carácter afable del vocablo. Un ejemplo claro lo encontramos en la evolución de las especies, que a menudo supone el sacrificio de aquellos que no se adaptan o que presentan algún tipo de tara, cuestión que, lejos de ser justa, nos recuerda las prácticas eugenésicas del nacionalsocialismo o a otras salvajadas de esta índole.

Más discutible puede resultar para muchos el increíblemente atrayente concepto de “progreso”. Frente a la mecánica evolutiva, el progreso resulta lineal y ascendente. Y, lo más importante, controlado por el hombre. Es la gran diferencia: la naturaleza evoluciona, pero el hombre progresa. La dinámica natural es errática en muchos aspectos. La dinámica humana mantiene un rumbo fijo, avanzando sin dar tumbos. Pero ¿hacia dónde? Ahí es donde viene el peligro del progreso, tal y como lo entiende el pensador inglés, que lo relaciona con los ideales revolucionarios del momento. El progresista persigue cambios sociales –dirá Chesterton– pero no siempre tiene un objetivo fijo, algo que no sucede con el reformista.

El reformista persigue la mejora de la sociedad para alcanzar el fin pretendido. Reformar, al fin y al cabo, es dar forma de nuevo a algo que vemos informe y que, en consecuencia, resulta inservible para llegar al fin. El progresista, en cambio, no avanza reformando, sino cambiando los fines. Empieza defendiendo la propiedad privada y más adelante la ataca buscando un estado colectivista. Tan pronto abandera la defensa de la libertad individual, como pasa a considerarla un obstáculo ante la superior liberación del pueblo oprimido.

Ha pasado más de un siglo desde que Chesterton escribiera esta obra. Sin embargo, su disquisición no ha quedado en desuso, aunque las ínfulas revolucionarias hoy son mucho más sutiles. Incluso los progresistas aprenden de sus errores.

Muchos siguen hoy venerando la idea de progreso y manteniendo la convicción de que este supone siempre una ascensión, un avance promovido por el hombre. Pero también, como hace cien años, ese progreso puede consistir en sacrificar los ideales y los fines que lo han fundamentado. Como hemos visto, tratar un gato persa como si fuera un ser humano, no humaniza al felino, pero sí que abre el camino a deshumanizar a la persona. Nos guste o no, un animal doméstico es un bien, de la misma forma que lo es un martillo, aunque nos evoque sentimientos encontrados al tener que usarlo violentamente contra un clavo rebelde. Nada impide que las personas otorguemos un valor especial a ciertos bienes y castiguemos severamente a quien corta la oreja de un sabueso o raja la tela de un Velázquez. Pero en ningún caso podemos olvidar que ni siquiera toda la pinacoteca del Museo del Prado vale lo que el más miserable de los humanos.

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 4 de noviembre de 2018

El tatuaje digital

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En un reciente artículo publicado en la revista Foreign Policy, Tarah Wheeler, una de las más reputadas expertas en seguridad informática, formula una hipótesis altamente llamativa, aunque sea complicado verificarla. La cosa es como sigue: imaginemos por un momento que el argumento de la película Terminator fuera profético. Si así fuera, ello supondría que, en un futuro no demasiado lejano, Skynet debería enviar un ciborg asesino para acabar con la vida de la progenitora del rebelde John Connor, o como quiera que se llame su equivalente real. La gracia del ejercicio está en que, si en lugar de viajar a 1984 –como ocurre en la película original– viajase a nuestro actual 2018, disponiendo el ciborg de una conexión a internet, no tardaría más de cuatro minutos y medio en encontrar a la verdadera Sarah Connor. Con ello, y al contrario de lo que ocurre en la película, eludiría toda posibilidad de error y no se vería en la incómoda tesitura de ir matando a todas las “Sarah Connor” que se le cruzaran en su camino.

Está claro que todo esto no es más que un imaginativo ejemplo. Si realmente ha ocurrido ya, es algo que no sabremos nunca, aunque podamos intuirlo cuando las máquinas empiecen a excederse descontroladamente en sus funciones. Bromas aparte, lo que sí está bastante claro es que las tecnologías de la información ponen a disposición del público en general miles o millones de datos personales de la mayoría de nosotros, datos personales sobre los que carecemos de control. No se trata siempre de datos íntimos, como los referidos a la salud o a los impuestos que pagamos, que también. Al fin y al cabo, al menos por ahora este tipo de datos suele tener una especial protección legal que, de alguna manera, garantiza nuestra privacidad. Pero hay muchos otros datos relevantes que no gozan de esta protección y que pueden ser usados en beneficio de otros o en nuestra contra. Datos que, muchas veces, nosotros mismos no dejamos de desvelar y publicar.

Un caso que suele darse habitualmente, y que acredita lo que digo, es lo que sucede cada vez que se nombra un cargo público relevante, pongamos por caso un ministro, y a las pocas horas un batallón de navegantes ha cribado ya sus cuentas en redes sociales buscando cualquier salida de tono, chiste mal sonante o declaración que fácilmente puede ser tergiversada o sacada de contexto. Una práctica peligrosa pero real, de una clara naturaleza inquisitorial que consiste en incriminar por deslices preteridos e imprescriptibles, o por manifestaciones que pudieron ser sensatas y que son vistas hoy como erróneas. Un proceso absurdo que puede llevarnos a pensar que es mejor dejar de pensar, y sobre todo de escribir. Errar es de sabios, se decía antes. Pero hoy parece que es de insensatos e imprudentes, sobre todo si uno se expone en la web.

Y aunque las posibilidades de esta Inquisición digital nos puedan parecer lamentables, nos queda el consuelo de que su alcance es todavía limitado. Al fin y al cabo Twitter, la red donde principalmente uno tiende a escribir rápido y condensado, sin parar a pensar sobre lo que realmente ha escrito, nació en 2006 y no fue hasta finales de 2009 en que apareció su versión en español. Ello supone que el actual rango de búsqueda de meteduras de pata de los potenciales líderes políticos o sociales es, en general, de menos de diez años. Pero ¿se imaginan lo que será dentro de diez años más, cuando los actuales veinteañeros arrastren sus Instagram de la adolescencia o de sus años de universidad?

No podemos olvidar, además, que uno de los grandes males de la informática y de las redes digitales es que, como regla general, nada se borra. Aunque todos (o casi todos) aprendemos de nuestros errores, también aprendemos a corregirlos, lo que no deja de ser una buena forma de olvidarlos. Pero en Internet nada se olvida. Es verdad que usted puede cerrar su cuenta de correo electrónico o de una red social y con ello dejará de acceder a ella y a los datos que haya almacenado. Pero no tendrá ninguna seguridad de que realmente se borren ni sabrá si quedan a disposición de empresas que previamente los han recopilado (recuerde el escándalo del Cambridge Analytics) o por otras personas, incluidos los vecinos o colegas del trabajo.

Pero más allá de las paranoias de cada uno, no hace falta ir tan lejos para comprobar la pérdida de control de nuestra información. No somos solo nosotros los que nos encargamos de recopilarla y subirla a la red. Hoy es una misión casi imposible no acudir a un evento en el que no haya alguien sacando fotos o videos con su móvil. Aventúrese a participar en una fiesta patronal o a acudir a la inauguración de una exposición, y tiene muchos puntos para aparecer, aunque sea de refilón, en docenas de fotos que circularán por ahí. En algunas redes sociales, incluso etiquetarán su nombre en las imágenes, evitando futuras confusiones. Desengáñese, el Gran Hermano es ya familia numerosa.

Buena parte de lo que he contado no es desconocido para algunos lectores y servirá a más de uno para confirmar sus sospechas. Pero lo realmente importante es preguntarse hasta qué punto somos conscientes de nuestra exposición pública al hacer uso de las tecnologías.

Hay en todo esto una cierta analogía con la moda de los tatuajes. Cada uno es dueño de su epidermis, pero un tatuaje ofrece una información a los demás que debemos considerar al decidir aplicar esta punzante técnica en nuestro pellejo, sobre todo si es en un lugar especialmente visible. La información que muchas veces colocamos en Internet se asemeja bastante a un tatuaje, en el sentido de crear una imagen que nos define ante los demás. Con esta información facilitamos una idea preconcebida de nosotros mismos que, a la larga, puede no jugar a nuestro favor. Pero al contrario de lo que ocurre con los tatuajes de verdad, a menudo no somos conscientes del carácter indeleble de esa información ni de la facilidad con que es posible manipularla y usarla en nuestra contra.

Cuando subimos determinada información a Internet, quedamos desposeídos de parte de nuestra capacidad de control sobre lo que somos o manifestamos a los demás. De alguna manera nuestros recuerdos ya no nos pertenecen en su totalidad. No solo enseñamos nuestro tatuaje digital, sino que este puede ser incluso manipulado torticeramente y debemos ser conscientes de ello. Aunque después nos dejemos la piel en ir trabajando nuestra identidad, los viejos rastros del pasado pueden llegar a despellejarnos de forma inmisericorde. Ya empezamos a verlo en algunos casos y esto no ha hecho más que empezar.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 28 de octubre de 2018

¿Es deseable creer en Dios?

Pueden escuchar aquí mi participación en el programa de Radio Ecca Diálogos de Medianoche, con Lucas López Pérez, el 23 de octubre de 2018

 
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La humanidad de la Iglesia

La canonización hoy de Mn. Óscar Romero, coincidente además con la víspera de la festividad de santa Teresa de Ávila, no deja de ser una manifestación más de las contradicciones que operan en la vertiente más humana de la Iglesia. A poco que echemos una ojeada a los esbozos biográficos del nuevo santo y a las circunstancias de su martirio, nos daremos cuenta como su eliminación supuso un impacto terrible en el Pueblo de Dios, tanto por la crueldad de su ejecución, durante el ofertorio de la misa, como por el silencio cómplice de una parte significativa de la jerarquía de su entorno eclesial.

Paradójicamente, la postura de censura inmisericorde hacia la figura de Romero por parte de un sector de la Iglesia, obtuvo la asistencia –cabe suponer que involuntaria– de los partidos y movimientos marxistas, que ensalzaron al arzobispo como héroe del antiimperialismo y la lucha de clases. Romero acabó póstumamente situándose así en las filas de los creyentes con Kalashnikov, cuando en vida había sido un vehemente predicador al advertir de los peligros de los cantos de sirena marxistas.Pope_Paul_VI_and_Óscar_Romero

En todo caso, y transcurridas más de tres décadas, la Iglesia parece rectificar esa postura ambigua y canoniza al arzobispo mártir junto con Pablo VI, otra figura discutida, aunque por razones muy distintas. La ambigüedad y el recelo del papa que cerró el Concilio, nos recuerda el vértigo que suele vivir la Iglesia en épocas de reforma y cambio. Pero también es expresión de la riqueza y pluralidad de la Iglesia. Al fin y al cabo, si Pablo VI cierra el Concilio, son muchos los que creen que fue san Juan Pablo II, cuya fiesta celebramos el día 22 de este mes, quien echó la llave al mar. Aun así, ningún papa posiblemente ha gozado de tanto fervor y admiración por parte del pueblo fiel, desde hace muchos siglos, como el prelado polaco. Otra paradoja.

Son muchas las contradicciones en la Iglesia de Cristo que, una vez más, demuestran su lado más humano. Lo que como mínimo es inevitable, aunque a menudo nos resulte sorprendente. Al fin y al cabo, lo divino –desde una postura creyente– es relativamente fácil de asumir. Por eso, al intentar profundizar en nuestra fe cristiana, en el fondo lo que más nos cuesta entender es que, a pesar de todo, Jesús, el Hijo de Dios, fuera un hombre. Curiosamente –permítanme el inciso final–, un hombre con cuya biografía guarda un asombroso parecido la del santo Óscar Romero.