¿Una nueva religiosidad?

Una de las características más definitorias de la actual sociedad secularizada es la relación de la religión respecto del ciudadano. Aun cuando muchos ven en el mundo actual un cierto revival de la religiosidad, se dan hoy aspectos novedosos que nos llevan a pensar más en una nueva religiosidad que en una vuelta a décadas atrás.

Efectivamente, en la sociedad previa a la secularización, la religión se imponía al individuo y conformaba su espacio vital. La persona que no aceptaba estos valores, tradiciones o ritos, podía perfectamente ser objeto de rechazo social pues se colocaba en una situación de disidencia.

En la sociedad actual la religión no aparenta imponer reglas, valores, hábitos. Tan solo los ofrece y con frecuencia de forma flexible, aun pretendiendo la exclusividad. El individuo no se siente sometido sino que busca –o no– la religión para que satisfaga sus inquietudes o colme sus anhelos espirituales. Pero ojo, es el individuo el que busca y elige, en un mercado libre donde nadie tiene el monopolio.

Este nuevo paradigma tiene sus consecuencias;

a) No hay compromiso de permanencia. El individuo que se adhiere a una religión la puede abandonar libremente cuando desee, sin cargas adicionales ni penalizaciones sociales.

b) No hay exclusividad en cuanto a la adhesión. Aunque cada religión pretenda ser exclusiva y global, nada impide hoy considerarse seguidor de la moral solidaria del Evangelio a la vez que se busca la evolución personal a través del budismo o uno acaba el día mediando con frases de doctrina taoísta extraídas de algún manual de autoayuda.

c) No existe al obligación de aceptar la autoridad institucionalizada. Prácticamente nadie se ve hoy obligado por los dictados morales de una doctrina religiosa. La religión sirve al individuo y, por tanto, los preceptos morales, aun los más rigurosos, son aceptados en la medida que satisfacen el anhelo individual. Muchos son los que quieren ser buenos y misericordiosos, pero lo hacen para sentirse bien consigo mismos. La ayuda a  los demás es algo accesorio.

Este es, naturalmente, un esquema simple, incluso caricaturizado, de la realidad. Pero apunta a una situación difícilmente conciliable con las religiones tradicionales. Desde luego con el cristianismo. Lo que no quiere decir que la nueva evangelización no sea una misión importante e irrenunciable para los creyentes, Pero sería un error creer que ciertos sincretismos de religiosidad light pueden ser la semilla de una revitalización de la Iglesia. Al contrario, en muchos casos pueden ser incluso un serio obstáculo para conseguir el compromiso que exige la adhesión a Jesús y a su mensaje.

Todo ello no quiere decir que entre la gente que busca una alternativa espiritual no haya quien esté dispuesto a entregarse al mensaje del Evangelio. Sin embargo, confundir la nueva religiosidad con el abono de la nueva evangelización puede ser un error que desemboque en la incomprensión del mensaje y, en última instancia, en el fracaso. Algo que, naturalmente, conviene evitar.

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