¿Por qué lo permite Dios?

Les dejo aquí el enlace de Magis Radio a una amplia entrevista que me realizaron en Radio ECCA, en el programa Diálogos de Medianoche, que se emitió en octubre del año pasado a raíz de mi artículo ¿Tiene Dios la culpa de todo? Teodicea para primeros auxilios, que publicó la revista Razón y Fe en febrero de 2015.

MagisRadio
https://magisradio.blogspot.com.es/2016/08/por-que-lo-permite-dios-con-joan.html

 

 

 

Perdón … ¿y si hablamos de la muerte?

La muerte y sus prolegómenos son hoy, para mucha gente y en muchos ambientes, un tema tabú. Paradójicamente, es objeto de preocupación por parte de los poderes públicos, que regulan la muerte digna, el testamento vital e instituciones similares. Sí parece claro que la forma a cómo nos enfrentamos a la muerte en la Europa del siglo XXI es muy diferente de cómo se hace en otras culturas o cómo se hacía aquí siglos atrás. Ello con frecuencia supone una concepción materialista del hombre, desarraigada de todo fundamento trascendental, lo que provoca que la muerte no se vea como un tránsito o un fin de etapa, sino como el fin definitivo, esencialmente malo y que hay que procurar que influya lo menos posible en nuestra trayectoria vital.

Veamos algunos aspectos destacados de cómo se encara hoy el hecho de morir.

a) El hecho de morir se esconde, se tapa, se esconde. Les pongo un ejemplo. Cualquiera que se haya recorrido un geriátrico se habrá percatado de que una de las prioridades de la instalación es esconder a las personas que fallecen. Aunque los que están en él saben -en la medida que son conscientes de su situación- que su destino es acabar allí su vida terrena, la instalación está diseñada para que nadie se dé cuenta de que un compañero suyo ha fallecido. Al contrario, el cadáver inmediatamente es apartado y los servicios funerarios acceden normalmente por una puerta secundaria.

Si alguien visita el centro para ingresar un familiar, posiblemente se le informará que hay una lista de espera que va corriendo a medida que se producen “bajas”. Todos los interlocutores saben que se refiere a la muerte de un interno, pero nadie lo dice. La palabra “muerto” o “cadáver” parecen proscritas.

L0006640 Funeral Sceneb) Se reivindica el derecho a una muerte digna, pero ¿qué es tal cosa? Normalmente como tal se entiende una muerte sin sufrimiento, sin dolor. Se habla del derecho a la sedación paliativa o a evitar la obstinación terapéutica. Se quiere evitar el dolor, el sufrimiento. Pero, ¿acaso no es normal? Si uno puede paliarlo, ¿para qué tener dolor?

Sin duda sería estúpido tener dolor pudiendo hacerle frente si total vamos a morir. Ningún sentido tiene salvo que… pues salvo que el dolor sea un medio, una forma de afrontar la muerte. No quiero decir con ello que la muerte deba afrontarse con espíritu sadomasoquista. Al contrario, la muerte, en la medida de lo posible, debería encararse con serenidad, como un acontecimiento decisivo como realmente es. En el dolor, la agonía, el deterioro de la enfermedad, ¿acaso no debería ver un cristiano cierto paralelismo con la pasión de Cristo? Más que un final desgraciado, ¿no podría también verse como el último gran esfuerzo? ¿Como el corredor de fondo en la última recta de la carrera, al borde de la extenuación?

Evidentemente es complicado ponerse en la piel del sufriente y no se trata, no es mi intención, banalizar este momento. Sin embargo, el ejemplo de la carrera no es trivial. El corredor puede estar sufriendo un dolor insuperable mientras siente pánico de que su cuerpo no responda como espera y de desmorone. Pero saca fuerzas de su flaqueza porque vislumbra una meta, un objetivo: llegar a la meta, incluso ganar. Su sufrimiento tiene sentido. Incluso desde fuera, visto por los espectadores que siguen la carrera, su sufrimiento resulta digno de admiración. Para no pocos, es un héroe, un ejemplo a seguir. Por contra, ¿por qué el sufrimiento del moribundo se ve como algo inútil y vacío, algo inevitable? ¿No será acaso que se observa sin ver en ello ningún sentido?

c) La muerte es el fin. Nada hay más allá de la muerte, aunque muchos quieren creer que algo puede haber, que tal vez todos formamos parte de una energía cósmica o alguna otra sandez por el estilo; o que nos reencarnamos continuamente en otros seres pero que, al no recordar nada, nada podemos asegurar. Incerteza y duda que no evitan pensar en que la muerte no es sino la vela que se apaga, el tiempo que cesa para alguien.
Queda el recuerdo, el legado, y poco más. Para muchos, tras la muerte viene el duelo, un proceso en el que debemos intentar olvidar y seguir sin pensar en la muerte. El hombre no es sino materia, y a la materia vuelve al final de su vida. No hay dios, ni trascendencia, ni espíritu o alma. Todo son supercherías.

La visión actual del hombre es una visión material, que abjura de cualquier dimensión espiritual. Resulta no obstante coherente con lo que hemos visto. Si la muerte es el final, si nada hay más allá del momento de morir, ¿para qué sufrir? ¿Por qué no aliviar el sufrimiento y acelerar el proceso cuando de todas formas el final es inminente? Y si morir es el acontecimiento absurdo por excelencia, ¿por qué amargarnos la vida recordando esta cruel espada de Damocles? ¿Por qué no intentar vivir como si la muerte no estuviera al otro lado de la esquina? ¿Acaso no vivimos ya como si Dios no existiera?

Como apuntábamos al principio, la pérdida de todo vínculo trascendental aboca al hombre a la desesperanza y el vacío. La desolación espiritual en la que vivimos en nuestra secularizada sociedad nos lleva a ese hombre temeroso, incapaz de encarar la muerte con serenidad e incapaz, por ello, de vivir plenamente su vida hasta el final, recapitulando lo vivido. De ahí que su vida no culmine en el último capítulo sino en una forzada juventud que pretende alargar a cualquier precio, mientras sus propios esfuerzos se marchitan y acaba siendo un mero gestor de sus recuerdos. Tristemente, ha olvidado que es más allá de él y de la realidad que le rodea donde puede hallar la esperanza que dará sentido a su peregrinar.