Idiotas

En el día de hoy se decide quien será la persona que dirigirá, Dios mediante, el decaído imperio norteamericano en los próximos años. Ocurra lo que ocurra, habrá que agradecer a Trump las grandes aportaciones que ha realizado al debate, hoy casi universal, sobre el auge del populismo, sea en su versión neofascismo, postcomunismo, ultraliberalismo o como lo quieran definir.

A propósito de ello, en algunos sitios ha sido traída a colación la célebre frase de H. L. Mencken de definición del demagogo, a saber, aquel que proclama doctrinas que sabe que son falsas a personas que sabe que son idiotas. El problema es que, tras la frase, suele aparecer una furibunda crítica al demagogo, obviando lo elemental, que es la colección de idiotas que asiente. Como la mosca que goza del cadáver putrefacto, el demagogo es el efecto, el síntoma de que algo huele a podrido en una sociedad. Pero no es el problema. El demagogo vive en un ambiente de idiocia y solo en él puede crecer y sobrevivir. El problema real es la proliferación de estúpidos ansiosos por acoger el mensaje del astuto predicador de simplezas, por hacer suyos razonamientos vacíos sazonados con agitación y falsas esperanzas. El problema está ahí, pero nadie parece dispuesto a detectarlo, a señalarlo con el dedo, debido sobre todo al temor a la reacción de la turbamulta agitada y de los paniaguados de la corrección política. Al final todos callan y se aferran a la creencia de que la idiotez no es contagiosa, pero tal afirmación se da de bruces con una realidad de proporciones pandémicas. Urge empezar a trabajar con la vacuna, buscar una cura, si es que ya no es demasiado tarde.