¡Sálvese quien pueda!

2016 pasará a la historia inmediata, esa que igual acabamos olvidando en unos meses, por el auge del populismo, este fenómeno entre novedoso y vulgar del que no dejamos de hablar pese al hastío que parece provocar en muchos. Con su habitual lucidez lo glosa el filósofo Bernard-Henri Lévy en la prensa, no sin dejar ver algo de su escondido temor: efectivamente, el populismo es una reacción contra la élite, contra la intelectualidad. Casi diríamos -tan mal está la cosa que no sé si nos atreveremos- contra la inteligencia.

El populismo es sin duda un sarpullido chabacano y necrótico, pero no deja de ser un síntoma, una evidencia de que algo va mal. Lévy habla de enfermedad senil de las democracias y es posible que tenga razón, aunque no deje de sorprendernos este envejecimiento prematuro de un sistema de gobierno que lleva, en el mejor de los casos, dos siglos y pico actuando. No sé si el diagnóstico es acertado, pero sin duda existe una enfermedad, un cuerpo agónico que languidece a la espera de una curación que no llega.

A inicios del último tercio del siglo pasado se hablaba, desde foros de la izquierda política, de una crisis de legitimación del sistema político imperante. Autores como Offe o Habermas destacaban las supuestas contradicciones sistémicas del sistema político y que debían llevarlo a su colapso. El desplome del bloque oriental y el auge neoliberal desdibujaron esas predicciones pero tengo la impresión de que algo latente ha permanecido de aquellos análisis. Es verdad que más que de crisis de motivación hoy hablamos de desafección política y que la conciencia social hoy es básicamente una emoción efímera y ronca que compulsivamente llamamos “viral”. Pero lo cierto es que hay un desapego entre la gente y sus gobernantes. Incluso más allá, como apunta Lévy, entre el pueblo y la élite.

La gente, esa masa más o menos indeterminada que responde a los sondeos y vota cada cierto tiempo, desconfía de los líderes habituales de la sociedad, sean políticos, empresarios, catedráticos, etc. No quiere más análisis ni estudios ni reflexiones sesudas. Quiere la acción espontánea del que actúa movido por ese peligroso impulso que ingenuamente algunos siguen llamando sentido común. Esa acción que implica castigar a los banqueros y especuladores, expulsar a los inmigrantes o fumigar a los burócratas y a los políticos de siempre.

Las propuestas pueden ser estas u otras, no importa si resultan o no coherentes entre sí. Se eligen en función de los sondeos y se debaten en shows televisivos y en las redes sociales. Unos foros en los que las armas de la vieja política (la reflexión y el debate sereno) no sirven de nada. La reacción de la élite es de pánico. No nos extrañe que el filósofo galo acabe su artículo con un “sálvese quien pueda”. La cosa pinta mal y mucho nos tememos que seguirá empeorando. Por si acaso, en 2017 no pierdan de vista la salida de emergencia.

Feliz Navidad

La Navidad se ha convertido en un período de tiempo controvertido, que entusiasma a muchos y exaspera a no pocos, pero que parece llenar todos los espacios. El ajetreo es constante y los templos paganos, entiéndase los centros comerciales y elementos análogos, se llenan de gente buscando aquel novísimo objeto que parece que llevan siglos anhelando. Es por ello fácil que, esa minoría estadística que formamos los cristianos, caigamos en las redes del neopaganismo y su hechicería con electrónica de última generación. ¿Y qué podemos hacer?geneva-1093411_960_720

Una primera opción es buscar refugio en nuestros pocos templos. No siempre es fácil. Muchos se encuentran cerrados o con horario funcionarial, seguramente convencidos sus patronos de dar cumplimiento a un imaginario convenio laboral del sacerdocio ministerial y otros negociados. En otros nos encontraremos fastos de distinto pelaje: corales infantiles, grupos folclóricos, etc. En pocas ocasiones hallaremos aquello que nos remita a lo realmente queremos celebrar: el nacimiento mísero pero brillante del Hijo de Dios.

Es importante entonces seguir buscando entre las iglesias y capillas de nuestra ciudad. Si persistimos, encontraremos alguna abierta, oscura y húmeda. Un lugar solitario y frío, que parecerá olvidado por la multitud de personas que transitan ante su fachada a diario sin darle mayor importancia.

Al fondo, con suerte encontraremos una estrella. No será un meteoro espectacular sino una pequeña llama, una lucecita que nos indica la presencia de Aquel que buscamos. Esa es la señal. Recordemos el evangelio lucano: pese al ajetreo ocasionado por el censo de Cirino, nadie en Belén parece darse cuenta de lo que ocurre en un pesebre salvo los pastores que duermen al raso vigilando sus rebaños. Solo a ellos acuden los ángeles, pues son los únicos que van a poder reconocer aquello que les habían comunicado desde el mismo cielo: “os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2, 11).

Ante las dificultades para encontrar ese pesebre escondido tras la grotesca parafernalia de nuestra sociedad, recordemos que tenemos personas que nos pueden llevar a él. “Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores”, nos cuenta Lucas (2, 18), y así sigue siendo veinte siglos después. Pero no todos oyen a los pastores, ni entonces ni ahora. Hay que buscarlos aun hoy también en el raso, en la periferia de nuestras ciudades, en los rincones maltrechos e incómodos. Cuando seamos capaces de sentir el pegajoso frío de la escasez y la miseria, y sintamos como nuestro el abandono de tantos hermanos olvidados, entonces oiremos admirados lo que cuentan los pastores a quien quiera escucharles: Dios, nuestro Salvador, está con nosotros.

Feliz Navidad.