El vértigo de lo trascendente

La revolución tecnológica en la que vivimos ha cambiado buena parte de nuestra forma de pensar y de comunicarnos. No debe extrañarnos, pues, que la tecnología y la ciencia en general despierte el interés del público, incluso por parte de personas legas en la materia. Uno podría pensar que son muchos los que simplemente parecen vivir pendientes de los avances tecnológicos que aporta el último modelo de teléfono inteligente. Sin embargo, cada cierto tiempo asistimos a la publicitación de un avance técnico o científico espectacular, a menudo arropado por expectativas tan inusitadas como deseables, que cautiva a un público predispuesto. Suelen llamar especialmente la atención aquellos avances en la curación de enfermedades graves o las terapias que prometen retrasar los efectos de la vejez. Si, además, dichos avances suponen la utilización de técnica de manipulación genética, por ejemplo, de forma casi automática se suscitan interesantes y enconados debates.

Más pacíficos, pero no menos comentados, suelen ser los avances en el terreno de lo material, de la física en sus aspectos más pequeños. Recuerden sino el revuelo general al ser detectado por primera vez el famoso bosón de Higgs, también llamado por algún nostálgico de la alquimia “la partícula de Dios”. O los hallazgos en el vasto universo y su tendencia a ser horadado, sea por agujeros negros, de gusano o de cualquier otro calificativo taladrador. Tal vez al estar ausentes de problemas éticos inmediatos, este tipo de descubrimientos suelen empujarnos hacia una reflexión más imaginativa y aventurera, pero no exenta de cierta angustia existencial. Es difícil, ante estos avances, no pensar en el sentido de nuestra existencia, en nuestro origen, en la increíble insignificancia de nuestro planeta o en la posibilidad de que puedan existir muchas otras formas de vida y quizá, quien sabe, algunas de ellas inteligentes y similares a nosotros.

El pasado 12 de abril, el astrónomo Rafael Bachiller escribía en este mismo periódico acerca del universo improbable, ofreciendo una serie de datos, nunca concluyentes, que le llevaban a plantear diversas concepciones cosmológicas que, en todos los casos, rechazaban el supuesto carácter azaroso del universo. Son conocidas las posturas que sostienen que el cosmos se ha ido configurando a partir de un diseño inteligente (lo que lleva implícita la idea de un diseñador del que se suele evitar el apelativo de “divino”). Particularmente interesante resulta también el llamado principio antrópico, en el que se sostiene que el diseño inteligente del que parte el universo parece encaminado a facilitar la aparición y desarrollo del ser humano. Lo que se viene a decir, en definitiva, es que el hecho de que el mundo sea como es, es fruto de tantas circunstancias que es difícil pensar que sea casualidad. Alguien o algo debe estar detrás de todo esto.

Este tipo de reflexiones no son exclusivas de los científicos, pero sin duda la fascinación de llegar al límite de lo conocido, de asomarse más allá de la física, de lo material, produce algún tipo de vértigo que le lleva a uno a preguntarse qué hay más allá. El bioquímico Juan Carlos Izpisúa, el pasado 5 de agosto en estas páginas, hablaba de su experiencia al contemplar como desde una sola célula embrionaria se desarrolla y multiplica hasta crear un ser tan complejo como el humano. Al final reconocía que “algo divino hay en eso. La ciencia no explica todo”.

Es verdad que estos posicionamientos no son ni mucho menos unánimes en la comunidad científica. Otros investigadores ven en esas evidencias la innecesaridad de un elemento trascendente o de un plan prefijado por una mente divina. En muchos casos, sin embargo, el planteamiento combativo de quienes rechazan lo trascendente no viene tanto por la ausencia de esa fascinación, como por prejuicios acerca de las dificultades de conciliar los postulados científicos y religiosos. Prejuicios que, desgraciadamente, pueden tener su fundamento, no en vano sigue habiendo confesiones religiosas en EE. UU. que continúan negando las teorías de la evolución, reafirmándose en la literalidad del Génesis y en la existencia real de Adán y Eva.

Es importante, sin embargo, no confundir la creencia en una entidad trascendente y la pertenencia a una confesión religiosa como el cristianismo o el islam. La creencia en un arquitecto universal, una inteligencia ordenadora que explica el universo y la existencia del hombre, es una creencia muy extendida, más allá de consideraciones metacientíficas. Es lo que comúnmente se llama deísmo y que es diferente del teísmo, que supone la creencia en dioses personales que intervienen de algún modo en la vida del hombre a lo largo de la historia. Destaquemos, no obstante, que las principales religiones teístas -como el cristianismo- profesan la creencia en un solo dios (monoteísmo), un dios personal que pretende algún modo de reconciliación con la humanidad tras la muerte terrena.

La diferencia entre deísmo y teísmo es más importante de lo que a muchos les puede parecer. El deísmo puede suponer una explicación, un eslabón final en la cadena de razonamientos, pero no va más allá, no ofrece sentido a la vida humana. El dios relojero es un dios ocioso, que se regocija construyendo su maquinaria, pero una vez acabada se olvida de ella: la fascinación por ver como se mueve el mecanismo es algo propio de sus limitadas criaturas, los hombres. Por el contrario, la experiencia religiosa del cristiano, en su pleno sentido antropológico, es algo mucho más profundo que la simple fascinación por el misterio que experimenta el deísta.

La vacuidad de esa fascinación se acredita, precisamente, cuando hay preguntas que nos devuelven a la realidad más cruda. Cuando se cambia el laboratorio experimental por el contacto con el enfermo que busca una última esperanza a la que aferrarse, no hay tiempo para especulaciones. La imagen del dios mecánico de nada sirve para comprender el sentido de la muerte, el dolor o la maldad humana. Enfrentarse a ello nos tocará a buen seguro a todos, en un momento u otro de la vida, seamos o no creyentes. Tal vez entonces comprendamos que, más allá de lo biológico, también nosotros formamos parte del misterio.

 

(Publicado en El Mundo-El Dia de Baleares el 12 de octubre de 2017)

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