Mesianismo político y liderazgo moral

Estos días, con motivo del conflicto separatista, hemos asistido a la reaparición de viejas figuras políticas, personajes cuya edad les permite gozar de esa experiencia tranquila del que ha cerrado los capítulos más trepidantes de su vida y que, sin embargo, aún busca hilos de esperanza para un futuro que ya no será suyo. Paradójicamente, también hemos visto como su consejo se ha topado, a menudo, con el velado rechazo de la mayoría de sus conciudadanos

Las razones de este rechazo pueden ser varias, pero sin duda incide en ello esa adoración casi enfermiza que muchos dispensan a la juventud. En el ámbito político, parece que todos los problemas se solucionan con la manoseada frase de “dejar paso a los más jóvenes”, como si determinados vicios estuvieran ligados a componentes genéticos propios de una sola generación e incomunicables a sus descendientes. Tanto es así, que la eternamente predicada regeneración de los partidos o de la vida política, acaba siendo una mera aceptación de herencia. La consecuencia de ello es que pocas veces asistimos ya a un verdadero debate de ideas y lo decisivo acaba siendo el aspecto físico del candidato o de su equipo, cómo es valorado en las encuestas o que opinan sobre él los expertos en imagen. Y lo bueno de todo esto, o lo malo, según lo entienda cada uno, es que la cosa funciona.

El caso más reciente de éxito tal vez sea la increíble proyección del austríaco Sebastian Kurtz, que con apenas treinta años tiene muchas papeletas para ser el nuevo canciller de su país. Especialmente llamativo fue también el ascenso al Elíseo de Emmanuel Macron, con solo 39 años y con una imagen fresca, juvenil y tremendamente atractiva que no ha sido precisamente fruto de la improvisación. O al menos eso puede deducirse del hecho de que se gastara 26.000 euros en maquillaje en sus primeros tres meses en el Elíseo.

El problema de esta tendencia no está, como es fácil imaginar, en la necesidad o no de incrementar el gasto cosmético del Estado, sino en la superficialidad del debate de ideas, si es que se da. Porque con los nuevos mesías de la política, se busca una imagen que simbolice la renovación o el cambio, y una vez encontrada ya se preocupará alguien de asociar algunas ideas a esa imagen. La simplicidad y la inmediatez son fundamentales para impactar en la opinión pública. Un impacto que la mayoría de veces es básicamente emocional y vacío en cuanto a contenido. Incluso los nombres de los partidos dejan de ser definitorios de nada para pasar a ser una marca o un eslogan. En el fondo, llamarse “Ciudadanos” o “Podemos” no es tan distinto a asociar “Just do it” a unas zapatillas o “Piensa en verde” a una cerveza.

Ante esta situación, es fácil caer en la nostalgia de los líderes de antaño, de los estadistas que hoy quedan relegados en los manuales de historia y en las gruesas biografías que nadie lee. Pero la nostalgia es un ejercicio tan angustioso como inútil pues, como decía aquel, nunca nos bañaremos dos veces en el mismo rio. Lo cual no quiere decir que el tiempo de los grandes líderes haya acabado.

Pocos o muchos, siguen existiendo personas que ejercen, cuanto menos, un liderazgo moral. Personas que no venden una imagen o una marca, sino que manifiestan unos valores que los hace merecedores de una autoridad particular. Algunos han sido referentes políticos que han podido perder su libertad o sus derechos por defender la libertad y la justicia. Otros luchan contra corriente para reivindicar un mundo más libre o denunciar los abusos de gobiernos y corporaciones privadas.

Un destacado ejemplo de liderazgo moral es el del papa Francisco. Su influencia va mucho más allá de los más de mil millones de católicos que hay en el mundo y es respetado por la mayoría de jefes de Estado y por otros grandes líderes mundiales. De hecho, son pocos los que se atreven a manifestarse públicamente en contra de sus mensajes, incluso cuando son denuncias más o menos veladas contra situaciones abusivas, como las políticas de inmigración en la UE o en EE.UU., la insostenible deuda exterior de muchos países del tercer mundo que les aboca a una pobreza crónica o cuestiones medioambientales.

Obviamente, la diferencia entre líderes como el papa y los nuevos mesías políticos a los que me refería no está solo en la edad. El obispo de Roma se sitúa en un plano muy diferente al de la emotividad superficial de los publicistas de la política. Es verdad que juega con ventaja. Como sabemos los católicos, el reino que predica Francisco no es de este mundo, aunque tenemos el deber de empezar su construcción en él. Pero para empezar a poner los cimientos, es preciso quitar la maleza y nivelar el terreno, esto es, luchar contra la opresión y la injusticia del sistema, pero también contra el desencanto y la pereza de cada uno de nosotros, contra nuestra propia codicia y egoísmo. De lo que se trata, pues, es de empezar a despertar la conciencia de los adormecidos obreros.

Por supuesto que todo esto suena a fantasía pueril para los no creyentes. También para ellos es posible aspirar a construir un reino terrenal, más justo y donde todos puedan llevar a cabo sus proyectos vitales. Ahí es precisamente donde se aprecia el liderazgo moral del papa. Pero ello requiere el esfuerzo de todo ese conjunto de hombres y mujeres que permanecemos en una modorra cada vez más insoportable. De nada van a servir los eslóganes para despertar las conciencias dormidas. Seamos realistas: la regeneración política prometida será simple cosmética. No son tiempos de mesías, sino de acción frente al adormecimiento ciudadano, de denuncia valiente y de reivindicación de los valores que fundamentan la convivencia pacífica en nuestra sociedad. Ninguna solución a los problemas reales vendrá de la mano de un mesías político, por muy atractivo que a algunos les parezca. La convivencia democrática requiere el trabajo de todos, por mucha pereza que nos dé abandonar nuestro querido sofá.

 

(Publicado en El Mundo-El Día de Baleares el 17 de noviembre de 2017)