Paradojas del Club de la Libertad

Si alguno de ustedes ha visto la serie de televisión Manhunt: Unabomber les sonará el título de este artículo, de la misma forma que no desconocerán quién es Theodore Kaczynski, uno de los terroristas más famosos de finales del siglo pasado. Sabrán que el sujeto en cuestión es un sociópata con una sólida formación como matemático y que, además de fabricar paquetes explosivos, se preocupó de fundamentar ideológicamente la aparente arbitrariedad de sus atentados a través de un manifiesto, que tituló La sociedad industrial y su futuro y que firmaba con el pseudónimo “Club de la Libertad”.

El contenido del manifiesto, del que en la serie se ofrecen algunas pinceladas, es una crítica a la sociedad moderna y consumista no muy diferente del discurso que podemos escuchar en ciertos círculos actuales. Y, como ocurre también ahora, si bien plasma un diagnóstico que no es del todo errado, a la hora de prescribir las soluciones siempre resulta que la terapia es mucho peor que la patología. En definitiva, su defensa de la libertad acaba siendo liberticida.

Merece la pena destacar esto último pues hoy, al igual que en los años 90 del siglo pasado, la libertad y su conquista plena es considerada por muchos como el valor supremo en la mayoría de escenarios políticos, al menos en Occidente. Sin embargo, se trata de un término que posiblemente se ha politizado en exceso, dejando de lado otros sentidos de la libertad humana antaño más comunes, como el del libre albedrío. Un olvido que no carece de importancia, pues poco sentido puede tener reivindicar la libertad como derecho político si no tenemos claro si somos realmente libres para tomar decisiones más cotidianas. La cuestión inicial está por tanto en saber si el ser humano toma realmente sus decisiones con libertad, o si estas vienen ya “naturalmente” determinadas como ocurre con el resto de seres vivos.

Hace 2.500 años, Demócrito explicaba el mundo como un conjunto de pequeñas unidades que denominaba átomos y sostenía que todo en la naturaleza ocurría por necesidad, que todo estaba predeterminado. Un siglo después, Epicuro, horrorizado ante este mecanicismo, introdujo en la cosmovisión del atomista un elemento nuevo: el azar. Sostenía el sabio griego que gracias al azar el hombre puede actuar por propia decisión (libremente) en aquello que la naturaleza no predetermina. Estaba claro que el mundo se movía entre la necesidad y el azar.

Más de dos mil años después, esta idea no nos puede parecer muy extraña. Con el tiempo hemos aprendido no solo que buena parte de los fenómenos físicos son predecibles a partir de leyes que hemos ido formulando, sino que incluso determinados fenómenos, antes aparentemente azarosos, hoy no lo son tanto. Por ejemplo, sabemos que nuestro aspecto físico, nuestra forma de ser o algunas enfermedades que padecemos, vienen ya escritos con frecuencia en nuestro código genético. Pero hemos aprendido también que Epicuro no iba desencaminado del todo al introducir el azar como contrapeso a la necesidad. La misma ciencia física ha reconocido que el azar se encuentra presente en la materia, a nivel subatómico. A otras escalas también encontramos comportamientos cuya predicción nunca puede ser exacta. Recuerden sino aquel símil de la mariposa que agitando sus alas en Singapur acaba provocando una tormenta en Manhattan.

Sin embargo, resulta tremendamente paradójico fundamentar nuestra libertad en la presencia del azar, pues nada parece perturbar más la tranquilidad de la mayoría de nosotros que la incerteza y la inseguridad. Nos pasamos buena parte de nuestra vida esforzándonos en evitar la aleatoriedad y en predecir al máximo nuestro futuro, sea en el plano de la salud, en el laboral o el afectivo. Por ello, si efectivamente el azar fundamenta nuestra libertad, cabe preguntarnos hasta qué punto no la destruimos a medida que nos esforzamos en eliminar lo fortuito en nuestras vidas. ¿No será que el fundamento de la libertad proviene de otra parte? Pero ¿de dónde?

Uno podría pensar que el hombre es libre de forma constitutiva, es decir, que es libre por naturaleza, de la misma forma que es mamífero o bípedo. Pero esta definición esencialista plantea problemas que pueden hacernos recaer en el determinismo liberticida, pues en la naturaleza, salvo aquello que es completamente azaroso, todo sigue el dictado de unas leyes necesarias, de una racionalidad. Aunque no podemos negar que el ejercicio de la libertad pueda ser racional, no tiene sentido decir que la libertad proviene de la racionalidad, pues no seríamos muy libres si solo pudiéramos actuar racionalmente. Ser libre implica la posibilidad de actuar contra la razón, de saltarse de vez en cuando las leyes de la naturaleza. Por tanto, la libertad es una facultad humana que proviene de otra parte, de algo distinto del conjunto de reglas y causalidades que rige este universo.

Aunque posiblemente no sea la única, la tradición judeo-cristiana nos brinda una posible solución con una idea relativamente original: la de un dios creador. Para entender esta originalidad, es importante tener en cuenta la diferencia que existe entre el dios bíblico y el teísmo heredado de la tradición filosófica grecolatina. En primer lugar, porque en esta última tradición no existe la idea de la creación del mundo. La divinidad se concibe como el Ser o el Bien supremos, que es causa primera de todo lo que existe, pero entendiendo que el universo ha existido siempre, que todo él es algo necesario. Esta concepción es ajena a la cosmovisión bíblica, que concibe a Dios como aquel al que nada precede y que, por propia (y libre) decisión ha creado el mundo. Dios es distinto y anterior a todo lo creado, incluida la propia racionalidad. En este sentido, podemos incluso afirmar que Dios es irracional.

Continuando con la tradición bíblica, se nos cuenta como Dios crea al hombre de forma diferente al resto de seres, pues lo crea a imagen suya. Ello no quiere decir que el hombre tenga carácter divino, pero sí que comparte de forma no plena determinados atributos de Dios, como la libertad entendida, desde esta perspectiva del creador, como la posibilidad de situarse al margen de la racionalidad. En la doctrina católica, esta creación a imagen del creador se ha entendido como una invitación al hombre a continuar la obra creadora de Dios, lo que no solo pone de relieve el papel destacado del hombre frente al resto de criaturas, sino que explica también temas tan espinosos como la existencia del mal: Dios, al querer que el hombre participara de su tarea, dejó adrede el mundo sin acabar.

Esta idea del mundo imperfecto la encontramos, por ejemplo, en la cercana encíclica del papa Francisco Laudato Si. Con esta idea no solo se fundamenta el carácter libre del hombre, sino también su responsabilidad. En definitiva, Dios nos ha hecho libres pero no para que hagamos lo que nos dé la gana, sino para continuar su labor creadora. La libertad no es, por tanto, solo un derecho político, sino que es ante todo un don al que debemos corresponder en favor de todos, evitando así derivas liberticidas.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 24/1/2018

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s