Profetas malditos

Cuenta la Biblia, en el capítulo 8 del libro primero de Samuel, como el pueblo de Israel decidió un día tener un rey y constituirse en monarquía. Eran momentos complicados para los hebreos. Los filisteos habían destruido el santuario de Siló y se habían apropiado del arca sagrada. Afortunadamente, la ira de Yahvé cayó sobre los filisteos con toda suerte de abscesos y tumores, lo que les persuadió de inmediato a devolver el preciado recipiente a sus legítimos dueños. Ello no consiguió tranquilizar del todo al pueblo israelita, que veía en la presión filistea un riesgo real de destrucción y disgregación.

En aquel momento ellos seguían manteniendo una estructura de tipo tribal y descentralizada, las famosas doce tribus, y veían que tal estructura era poco práctica para hacer frente al enemigo exterior. Por ello, se dirigieron a su profético líder, a Samuel, y le pidieron que les asignara un rey para ser así igual que el resto de naciones.

A Samuel no le hizo mucha gracia la propuesta. Había en su recelo una motivación religiosa: Israel, el pueblo elegido por Yahvé, tenía a este por máximo soberano y nombrar a un rey, título que en la Antigüedad fácilmente acababa teniendo connotaciones divinas, podía poner en entredicho el monopolio de Dios. Pero Yahvé no quiso oponerse a los designios de su pueblo de forma frontal, sino que se limitó a advertirles, a través de Samuel, de todas las consecuencias que implica tener un rey: tomará sus hijos para formar su ejército o para fabricar armas, los freirá a impuestos para financiar el reino, entregará parte de sus tierras a sus funcionarios… No obstante, pese a las evidentes consecuencias negativas de implantar una monarquía, el pueblo insistió: querían un rey como las demás naciones, que los juzgara y que combatiera con ellos. Y Yahvé cedió a los designios del pueblo.

Su primer rey fue el memo de Saúl. Le sucedió el rey David, un caso claro de enchufismo por parte de Yahvé y ejemplo de monarca donde los haya, pese a sus escarceos con Jezabel, la mujer de uno de sus generales a la que dejó embarazada (lo que le llevó a la incómoda circunstancia de tener que asesinar al marido). De Salomón, su hijo y sucesor, podemos decir que tuvo una primera parte acertada y una segunda desastrosa. A partir de ahí, el reino se dividió y fue cuestión de tiempo que todos los malos presagios se cumplieran. Se equivocó el pueblo de Israel y pagó por ello.

Al margen de la historicidad de lo contado en la Biblia (nunca está de más recordar que es un clamoroso error leerla como si se tratase de un manual de historia), resulta interesante ver cómo, milenios después, los pueblos pueden seguir equivocándose. Y el patrón no es muy diferente.

La denominada “crisis catalana” es un ejemplo de manual. Aprovechando un momento de crisis social y de debilidad de las instituciones, con una elevada desafección ciudadana hacia la clase política, la aparición de movimientos radicales, etc., una parte importante del pueblo catalán (no entraremos aquí en detalles demográficos) ha querido también “ser como las demás naciones” y tener su propio Estado. No han faltado tampoco los líderes políticos e intelectuales que, a modo de profetas, han advertido acerca de las consecuencias de esta pretensión: el caos jurídico, el abandono de empresas, la salida de los organismos internacionales, el no reconocimiento de la comunidad internacional … Pero a ese pueblo, o a una parte muy importante y significativa de él, le ha dado igual. No han querido escuchar las voces proféticas y han repetido como un mantra eso de querer “ser como las demás naciones”. Nadie es profeta en su tierra, afirmaba Jesús de Nazaret, que conocía muy bien el desprecio que los suyos le profesaban cuando les decía aquello que ellos no querían escuchar. Y no querían porque el sino del profeta es que, al final, siempre acaba teniendo razón.

Tras los acontecimientos de los últimos meses, ya no hace falta recurrir a labores proféticas para prever que la crisis catalana pasará su factura a ese pueblo que quería “ser como las otras naciones”. A ellos y a los que se pronunciaban en contra, porque cuando un pueblo se divide, el dolor y el sufrimiento se sigue repartiendo por igual. Las medidas administrativas o judiciales que se tomen podrán parar la hemorragia, pero la herida seguirá ahí.

En el Antiguo Testamento, estas crisis eran normalmente interpretadas como una consecuencia de la deslealtad hacia Yahvé. No tanto como un castigo directo de Dios sino como el efecto del alejamiento de este, por lo que los profetas predicaban la conversión del pueblo para recuperar esa cercanía con un Dios que siempre era fiel a su Alianza.

En nuestro mundo individualista en el que la libertad y la responsabilidad se predica sobre todo del sujeto, no estamos acostumbrados a pensar en el hecho de que un colectivo puede actuar como tal y equivocarse. Sin embargo, seria un error pensar que lo que ha llevado a la situación actual a Cataluña es la irresponsabilidad de una docena de líderes en una suerte de conspiración antiespañola. Salvo que pensemos que Cataluña está poblada de idiotas, no podemos dejar de pensar que existe una responsabilidad en todas y aquellas personas que han contribuido a esta situación. Y, evidentemente, no son solo aquellas personas que se han manifestado y votado a favor de la independencia; también aquellas que han callado, consentido o han mirado a otro lado mientras los “profetas” advertían del disparate.

Esa complicidad con el desastre afecta a muchísima más gente, más allá del territorio catalán. Llevamos décadas en las que hemos visto como, incluso desde los que ahora se manifiestan más unionistas que nadie, se ha alimentado ese insano nacionalismo porque convenía, porque aprovechaba a determinados grupos de poder o fastidiaba a otros. Hemos asistido como surgían, además, sectores radicales que alimentaban un rancio españolismo del que desde los años de la transición parecía que nos habíamos inmunizado.

Hoy, perpetrado del desastre, todos corren a rasgarse las vestiduras y a buscar culpables para lapidar. Pero, en el fondo, culpables lo somos un poco todos. Todos sufrimos el dolor de la división y el rechazo. La duda es si, pasado el tiempo y acostumbrados a ese entumecimiento ya enquistado, no volveremos a caer en la misma estupidez y seguiremos ignorando a los profetas malditos.

Publicada en El Mundo/El Día de Baleares el 30/1/2018

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