Cuentas que no salen

Asistimos estos días a un curioso debate sobre la prisión permanente revisable en el que se da la paradoja de que un partido, el PSOE, propone su supresión, posiblemente en contra de lo que piensan la mayoría de sus votantes, algo que a priori no parece muy inteligente. Es verdad, dirán algunos, que la fidelidad electoral de muchos votantes es tan elevada que pocos dejarán de votar a este partido por dar su apoyo a esa propuesta. Pero no es menos cierto que nada hace pensar que vayan a ser muchos los que se decidan a votar por el PSOE gracias a esta iniciativa. Entonces, si parece evidente que el balance final es negativo, ¿por qué los dirigentes del partido se emperran en mantener esta postura?

Intuyo que si lo preguntamos a los que han optado por esta estrategia, nos dirán que es una cuestión de principios, de defender determinados valores del partido. En este caso concreto, la defensa de un sistema penal orientado a la reinserción del delincuente más que al carácter retributivo de la pena. No voy a entrar aquí a discutir la bondad de esta postura. Lo que me interesa es plantear si esa decisión, que aparentemente resulta contraproducente puede acabar, a la larga, siendo favorable.

Adelanto ya que, a mi juicio, este tipo de decisiones no son tan insensatas como pudiera aparentar. En el caso del PSOE, me atrevería a decir que, históricamente, le han salido rentables. Recordarán los lectores que, durante los años de gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero, surgieron curiosas polémicas que respondían a las inquietudes de una minoría pero que reflejaban esa preocupación mayúscula del gobierno por la defensa de propuestas basadas en ciertos principios o valores: el matrimonio homosexual, la laxitud general en materia de aborto, la recuperación de la memoria histórica, la alianza de civilizaciones etc. Eran problemas que, inicialmente, no preocupaban casi a nadie, pero que de repente se encontraban en boca de todos. Y con ello la izquierda se apropiaba de la defensa de unos valores que hacía suyos, sin que la derecha supiera muy bien qué decir o cómo actuar. Y de ahí obtuvieron un cierto rédito electoral. No digo que fuera para echar cohetes, pero sí que fueron apuestas que en ningún caso perjudicaron a sus intereses y sirvieron, de hecho, para regalar una segunda legislatura a uno de los presidentes más ineptos de la historia reciente de Europa.

Paradójicamente, sin embargo, no parece que entre los partidos tradicionales de la derecha (básicamente, el PP) sea esta una estrategia habitual. No se desanimen si son incapaces de encontrar una cuestión análoga a las que hemos citado y que haya encabezado el PP. No las hay. Y no es que en la derecha no existan principios y valores que defender: la seguridad jurídica, la tolerancia religiosa, la familia o el patriotismo, frente al peregrino internacionalismo de la izquierda (hasta que se vuelve nacionalista, claro), son claros ejemplos de ello. Obviamente no hay un catálogo único de tales valores ni una unanimidad: un libertario del Tea Party no aceptará un ordenamiento jurídico paternalista propio de un conservador de raíces calvinistas. La diversidad es inevitable y cada partido puede optar por priorizar unos principios frente a otros, siempre que mantenga un mínimo de coherencia.

Sorprendentemente, nada de esto encontramos en el PP. Incluso en una situación tan singular como el desafío separatista catalán, siguen en un estado de tibieza emocional próxima al coma ético. Sin ir más lejos, el mismo Mariano Rajoy insiste en vender el éxito de su intervención con el 155 (un éxito, por otro lado, muy discutible) alegando la mejora de cifras económicas coyunturales, sin entender que las cifras no son suficientes. A los españoles de Cataluña que se siguen sintiendo como tal, que la ocupación hotelera baje más o menos les importa un bledo, pues siguen viendo como son objeto de desprecio por parte no solo de otros conciudadanos sino, lo que es más grave, de los propios medios de comunicación públicos.

Pero ¿por qué se comporta así el gobierno y el PP en general? En mi opinión porque, al referirnos a principios y a valores, salvo que seamos fanáticos fundamentalistas, resulta inevitable entrar en su discusión y debate. Y es algo acreditado que a la dirección del PP le aparecen sarpullidos al escuchar palabras como “debate” o “confrontación de ideas”. Todos hablan mucho y bien de números y de resultados, pero es evidente que son multitud los ciudadanos que esperan algo más del que todavía es el partido más votado del país: que exponga unos valores coherentes de lo que cree que tiene que ser la convivencia en España. Una convivencia que debe fundamentarse en un pacto social en el que, entre otros, se aborden de una vez temas como la solidaridad entre regiones, el uso de las lenguas cooficiales o la existencia de servicios básicos (sanidad, educación etc.) con la misma calidad en cualquier rincón del país. Aunque al final todo es traducible a euros o a bitcoins, estos temas no pueden abordarse de forma seria sin tener en cuenta unos principios que hay que exponer primero, y debatir después.

Esta endeblez estructural del PP, cuya solidez como partido parece descansar solamente en una estructura burocrática debidamente macerada con la más que discutible financiación pública de los partidos en España, contrasta precisamente con la fortaleza pujante de Ciudadanos. A este último partido, al que le falta casi de todo (personal, sedes, historia…), no le faltan, precisamente, ni principios ni valores. No olvidemos que Cs nació como bastión contra el nacionalismo supremacista catalán y creció defendiendo su postura sufriendo el desprecio de los partidos nacionales, que hasta hoy no han tenido pudor alguno en aliarse con los separatistas, en la intimidad y fuera de ella. Es por ello que la opción de Rivera, con su idea de España, es hoy la más solida para muchos ciudadanos frente a las opciones almibaradas de PP o PSOE. Lo cual no quiere decir que, en otros aspectos, no adopte aquel partido derivas extrañas que no son fáciles de comprender, como su apoyo dubitativo al tema que encabeza este artículo, la prisión permanente revisable. Pero pese a estas zozobras, con su habitual firmeza acredita que, en la confrontación electoral, los valores y los principios sí importan. Algo que en el PP aún no han entendido, aunque bien pronto verán que las cuentas no les salen.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 21/02/2018

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