Historias bíblicas

Más allá de sus indudables valores religiosos, la Biblia es una fascinante colección de narraciones que, al menos en su mayor parte, tiene como hilo conductor la historia del pueblo de Israel. Una “historia” peculiar, con aspectos muy idealizados, pero que para el lector actual puede contener unos sorprendentes rasgos de modernidad. Es verdad que es un relato al que no podemos acercarnos sin tener en cuenta que muchos de sus datos son de una historicidad dudosa. Pero dudoso no es sinónimo de falso o imaginario.

Desde luego, es imposible conocer qué hay de cierto en las plagas de Egipto del tiempo de Moisés o si Abraham intentó sacrificar realmente a su hijo Isaac. Y es innegable que algunos relatos, como el del diluvio, son similares a leyendas que encontramos en otros pueblos coetáneos de los israelitas, por lo que es fácil pensar que sean relatos tomados como préstamo y adaptados a su conveniencia.

Pero no es nada improbable que, en sus orígenes, el pueblo judío fuera un pueblo nómada, proveniente de Egipto y que se hubiera establecido, hace 3.000 años, en el deseado creciente fértil, cuna de las grandes civilizaciones del momento. Como es probable también que muchas de las ansias y las angustias de ese pueblo, de sus aspiraciones y sus frustraciones que con insólito detalle nos narran los diferentes libros del Antiguo Testamento, tengan buena parte de verdad, al menos en el sentido de permitirnos conocer cómo sentía y vivía uno de los pueblos más singulares de la historia de la humanidad. Lejos de buscar el rigor académico, lo que cabe proponer es, sobre todo, una lectura existencial de esas historias.

Para ello es importante recordar el contexto histórico en que se empiezan a formar los relatos, allá por el siglo VII o VI a. C. Por aquel entonces, el antiguo reino de David y de Salomón se encontraba dividido y asediado por las grandes potencias vecinas, que tarde o temprano acabarían llegando al corazón de Judea, a Jerusalén y su templo. En 586 a. C. ocurriría la catástrofe: el Templo sería destruido y muchos de los habitantes de Judea serían deportados a Babilonia o dispersados. En cuestión de años, el pueblo judío vería como se perdían sus tierras y sus compatriotas se dispersaban. Por esta razón, al ver peligrar su identidad, deciden escribir su historia, idealizándola en la medida que ello contribuyera a mantener esa cohesión. Casi podríamos ver aquí las primeras trazas del ADN del nacionalismo, el mismo que hoy gangrena muchas de las sociedades abiertas con su rancia necrosis supremacista. Pero no es exactamente así. El pueblo judío no escribe su historia desde la prepotencia, mirándose al ombligo, sino a partir de su relación con Yahvé, lo que es muy distinto.

Este hecho es importante pues parte de una característica muy particular del pueblo hebreo. Parece claro que, en sus primeros asentamientos debían ser politeístas, como los demás pueblos de su entorno. Pero a diferencia de otros pueblos, acostumbrados a un catálogo de dioses a adorar según conviniera, muy pronto Israel optó por la monolatría, es decir, por dar culto a uno solo de los dioses. En este caso, además, a una divinidad muy particular y especialmente celosa. Un dios que no admitía rivales pero que se comprometía a ser su protector. A partir de este momento, la historia de Israel es la historia de su relación con Yahvé, al que traiciona las más de las veces, adorando a dioses vecinos aparentemente más competentes, pues ellos seguían siendo una pequeña etnia a merced de las grandes potencias. Pero Yahvé sí les era fiel, aunque iracundo, y por ello tarde o temprano terminaban reconciliándose con él.

Esa centralidad de Dios en su historia es lo que explica por qué, en sus relatos, la Biblia nos presenta a David, el modelo de monarca judío por excelencia, como un tramposo y pecador rey que llegó a hacer asesinar a uno de sus generales tras dejar encinta a su mujer. O cómo el gran y sabio Salomón era también un crápula y un mujeriego que acabó provocando la posterior división del reino. O cómo Dios hacía sonrojar a las clases dominantes denunciando, a través de los profetas, los abusos despóticos hacia buena parte de la población, que vivía en la miseria más absoluta. Si se nos muestra esa realidad desmitificada y desnuda es porque el centro de la historia de Israel no son los grandes personajes del pueblo judío, sino Dios y la relación de los judíos con él.

Es evidente que esa visión modernamente crítica de su propia historia les servía a los judíos del exilio para poder dar sentido a la situación desesperada que vivían. La destrucción del templo y la dispersión de la gente no eran otra cosa que la consecuencia de haber dado la espalda a Dios, de no haber hecho caso a los profetas y de haber preferido las riquezas e incluso el reconocimiento de las clases pudientes de las potencias vecinas.

Al margen de lecturas teológicas, lo cierto es que esa alianza con Yahvé no solo habría sido para el pueblo hebreo un factor de cohesión, sino también un elemento de contraste que ha dado lugar a tener esa visión crítica de su propio pasado. Una visión extrañamente moderna que les permite reconocer las responsabilidades en las han podido incurrir, en lugar de practicar un absurdo victimismo o esa tendencia tan común entre nosotros de echar siempre la culpa a los demás, al sistema o al consabido “enemigo exterior”.

Son numerosos los pasajes de la Biblia en la que podemos ver retratadas situaciones actuales. A poco que nos fijemos, intuiremos los mismos riesgos, hoy, que los que veían asomar los grandes patriarcas primero o los profetas siglos después, frente a los desmanes de los gobernantes o a las tristes modas de la plebe. Y en cuántas páginas no sentiremos la pesadumbre de las hazañas frustradas por la acedia inmisericorde de una masa aborregada que pace en su inanidad. Recordemos si no el pasaje del Éxodo en el que, cruzando el desierto hacia la tierra prometida, los judíos reprochan a Moisés el haberlos liberado, pues siendo esclavos tenían asegurado un sustento que ahora, siendo libres, debían buscar por sí mismos. Bien mirado, se estaba a dos pasos de inventar el voto cautivo. Y de ello hace tres mil años.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 16/5/2018

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s