Botes salvavidas

La madrugada del 14 al 15 de abril de 1912 tuvo lugar uno de los sucesos más recordados y que más han dado que hablar en muchas décadas: el hundimiento del Titanic. Aunque no se sabe a ciencia cierta el número exacto de personas que viajaban a bordo, se calcula que fueron algo más de 2.200, de las que casi un millar pertenecía a la tripulación del barco. Curiosamente, para ser la travesía inaugural, el buque iba muy por debajo de su capacidad en cuanto a pasajeros, que alcanzaba los 2.700. Aun así, la capacidad de los veinte botes salvavidas que llevaba era de 1.178 personas, una cifra muy inferior incluso al número real de personas que viajaban en el buque.

El encontronazo con el iceberg poco antes de la medianoche no solo sorprendió a los marinos, sino que se topó con la inicial incredulidad de buena parte del pasaje, que veía inverosímil que la mole de acero e ingenio naval en la que navegaban pudiera sucumbir ante la embestida de un carámbano flotante, por grande que fuera. Tal vez fue por ello que el primer bote, el número 7, no fue arriado hasta casi una hora después del choque, siendo sus pasajeros la mayoría hombres, pues en general las señoras eran reticentes a prestarse a tan ridículo ejercicio a aquellas horas de la noche. Una asombrosa ingenuidad que fue, no obstante, provocada por la actitud de la propia tripulación, que tenía órdenes estrictas de evitar situaciones de pánico. Esta misma pretensión tranquilizadora llevó al capitán a disponer que la orquesta empezara a tocar en la parte delantera de la cubierta de botes, en una situación que ha dado lugar a imágenes tragicómicas en innumerables películas y obras literarias.

Fuera por la incredulidad ante ese inopinado accidente, fuera por la mala formación de la tripulación, que desconocía como proceder a la evacuación del pasaje y cuál era a capacidad real de los botes, ese primer bote y los siguientes fueron arriados medio llenos. La mayoría de botes, con una cabida de 65 personas, no portaban mas de una treintena de pasajeros y tripulantes. En todo caso, y puesto que la capacidad era limitada, se dio la famosa orden de embarcar preferentemente a mujeres y niños. Sin embargo, en aquel naufragio ocurrieron otras cosas que nos llaman la atención.

En primer lugar, resultó que el criterio de salvar primero a mujeres y a niños no fue el único. Aunque es verdad que el porcentaje de hombres que murieron es el superior, es llamativo comprobar que entre los pasajeros de primera clase muriera algo menos del 40% del pasaje, mientras que en tercera clase murió el 75%. Ello explica que, pese a la preferencia por los niños, la mitad de ellos murieron en el suceso, siendo todos de tercera clase menos uno que, según los testimonios, murió por la tozudez de sus padres al negarse a embarcarlo en los botes.

Si la elección de ese criterio clasista es, como mínimo, discutible, no lo fue menos la actitud de los que se hallaban en los botes cuando el barco se acaba hundiendo, unas tres horas después del choque. Como es fácil imaginar, los botes se fueren alejando prudentemente del barco para no ser arrastrados por este al sumergirse totalmente en el océano. No obstante, los gritos de decenas de personas que habían caído al agua generaron una discusión acerca de si era razonable ir a socorrerlos o no. Un oficial de la tripulación, Harold Lowe, que tenía a su cargo el bote número 14, propuso traspasar a sus ocupantes a los demás botes, que estaban la mayoría muy por debajo de su capacidad, e ir en busca de supervivientes. Se originó un debate entre los afectados sobre si era conveniente acercarse a los náufragos y asumir el riesgo de que se abalanzaran a los botes y los hicieran zozobrar. No es difícil imaginar la situación de extrema tensión en medio del naufragio. Al final, los gritos fueron decayendo y Lowe se acercó hacia el lugar del hundimiento, aunque solo encontró a cuatro personas vivas, de las que una acabaría falleciendo poco después. La temperatura del agua, de -2º C, había acabado con la vida del resto de supervivientes. Al regresar con los demás fue inquirido por estos al ver el bote prácticamente vacío. “Hemos esperado demasiado”, fue su única respuesta.

No es difícil visualizar esas imágenes y recordar los muchos “titánics” que vemos hundirse en el Mediterráneo, barcazas sin lujo abarrotadas de refugiados y de inmigrantes. Aquí, sin embargo, no hay criterio alguno para su supervivencia. Tanto da que sean mujeres, niños o varones sanos y corpulentos. No hay distinción entre clases o estirpes. Y no la hay porque los que vivimos en primera clase contemplamos esta calamidad desde la comodidad de nuestras casas, de nuestros lugares de trabajo o desde la misma playa, en la que nos tumbamos ociosos, ajenos a los gritos de muerte y desesperación que desaparecen tras las olas.

Tampoco entre nosotros falta el debate entre la conveniencia de ir o no al rescate de los náufragos. Recoger a los náufragos puede, a juicio de no pocos, suponer un coste inasumible, colapsar nuestros servicios básicos, provocar un efecto llamada que hará insostenible nuestro Estado de bienestar. Por supuesto nada de todo es necesariamente cierto y, de hecho, países que han acogido a decenas de miles de refugiados como Alemania o Italia, no han visto caer su sistema de protección social. Sí que han visto como movimientos populistas agitan el discurso xenófobo y han conseguido un cierto grado de inestabilidad política que en nada beneficia a la población en general. Pero culpar a los inmigrantes del auge de la extrema derecha y el populismo en Europa es como culpar a los mexicanos de la victoria de Donald Trump.

Resulta incluso cómico que se acuse a los que se pronuncian a favor de acoger a los inmigrantes de buenismo. Si por “buenismo” entendemos ser solidarios y compasivos con aquellas personas que sufren o se encuentran en peligro, entiendo que la acusación tiene su peso si proviene de personajes cuyo credo se fundamenta en el egoísmo insolidario, casi más propio de algún personaje malvado de una película de animación. Si por buenismo entendemos, con la Real Academia, la “actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia”, alguien nos tendrá que explicar qué conflicto hay ante el grito desesperado de un padre que ve como su familia puede perecer si no pueden alcanzar tierra firme y segura. ¿Tenemos acaso derecho a sentirnos víctimas por vernos obligados a sacrificar nuestra comodidad para ayudar a esta pobre gente? ¿O será que un efecto del Estado de bienestar es anestesiar nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro, del que padece y demanda auxilio? Mientras tanto seguimos debatiendo sobre lo que hay que hacer y lo que no. Y parece que así sucederá hasta que dejemos de escuchar los gritos de socorro y alguien vuelva a decir que hemos esperado demasiado.

 

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 2-9-2018

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