De humanos y mascotas

8621526607_22a36e3f04_zCuando en un tedioso domingo de lluvia uno comete el error de navegar sin sentido por Internet, corre el riesgo de encontrarse con informaciones sorprendentes, si bien no siempre en un sentido positivo. Algo así me ocurrió a mí cuando, por un azar malintencionado, me hallé sumergido en el curioso mundo de las normas sobre bienestar animal que surgen en los diversos estamentos públicos.

Estas regulaciones, inexistentes décadas atrás, persiguen regular nuestras conductas hacia los animales que conviven pacíficamente en nuestros hogares. Lo que solemos denominar como mascotas. Con ellas se pretende proscribir cualesquiera actos de crueldad innecesaria o de maltrato hacia estas criaturas. Esta regulación es a veces prolija pues debe adaptarse a cada bicho. Así, de la misma forma que es razonable prohibir encerrar en un balcón a un prominente ejemplar de mastín de los pirineos, lo es también mantener confinada, en un terrario mínimo, a una pitón.

Al contrario de lo que pudiera pensarse, las razones que empujaron a desarrollar este tipo de normativas no eran tanto las relativas al reconocimiento a una dudosa dignidad animal, como al hecho de considerar el respeto hacia estas criaturas como una manifestación de civilización. En nuestra sociedad, la crueldad con los animales se percibe como una conducta primitiva y salvaje y que, además, puede llevar a consecuencias más graves. En este sentido, es fácil sospechar que, quien a los diez años se desvive por torturar y matar a inocentes gatitos, acabe en su vida adulta siendo un eficiente asesino en serie.

No obstante, en los últimos tiempos, este tipo de normativa ha ido mucho más allá de la mera consolidación de un orden civilizatorio, reconociendo un estatuto jurídico a los animales –algo impropio de su naturaleza– y que conduce a unas distorsiones preocupantes. Tristemente, un buen ejemplo de ello lo he hallado en mi municipio en forma de Ordenanza de convivencia, defensa y protección animal en el entorno humano.

Al ojear esta norma, que a buen seguro que es parecida a otras de muchos municipios, lo primero que a uno le sorprende es su objeto, definido en el artículo primero: la defensa y vigilancia de los derechos de los animales. La sola referencia a la posibilidad de reconocer derechos a los animales puede provocar ya un primer estado de pánico, sobre todo a quien tema que, a medio plazo, nos podamos encontrar con un perro que exija poner un bozal a su amo. Futuribles aparte, esta regulación es mucho más concreta cuando se refiere a las prerrogativas del dueño del animal. Uno de los aspectos que más me llama la atención es que se prohíbe el sacrificio de animales de compañía salvo por dos razones: el sufrimiento del animal ante una enfermedad incurable, en lo que supongo que es su “derecho” a una muerte digna, o el que adopte un comportamiento peligroso para las personas. Naturalmente, infringir esta norma supone incurrir en una falta muy grave que conlleva una multa que puede oscilar entre los 1.500 y los 15.000 euros.

Este tipo de regulaciones, además de poder considerarse en sí mismas desorbitadas, generan situaciones disparatadas en el sistema jurídico hasta el punto de poner en cuestión la escala de valores que, presumiblemente, debe fundamentar estas normas. En este caso concreto, la vigencia de esta ordenanza conduce a una extraña equiparación entre la vida humana y la de un caniche, con unas consecuencias asombrosas. Tal y como están las cosas, puede darse el caso de que una mujer no necesite dar mayores explicaciones para interrumpir su embarazo y, sin embargo, no podrá decidir sacrificar a su perro, ni siquiera alegando, por ejemplo, que no puede costear una operación veterinaria a la que debería someterle.

En su libro Ortodoxia, G.K. Chesterton defendía, a principios del siglo pasado, la idea de la reforma social frente al engañoso concepto de evolución o a la idea más revolucionaria de progreso. Para explicarlo brevemente, el escritor inglés entendía la evolución como algo natural y que se ejecuta con cierto automatismo, si bien desmentía con diversos ejemplos el carácter afable del vocablo. Un ejemplo claro lo encontramos en la evolución de las especies, que a menudo supone el sacrificio de aquellos que no se adaptan o que presentan algún tipo de tara, cuestión que, lejos de ser justa, nos recuerda las prácticas eugenésicas del nacionalsocialismo o a otras salvajadas de esta índole.

Más discutible puede resultar para muchos el increíblemente atrayente concepto de “progreso”. Frente a la mecánica evolutiva, el progreso resulta lineal y ascendente. Y, lo más importante, controlado por el hombre. Es la gran diferencia: la naturaleza evoluciona, pero el hombre progresa. La dinámica natural es errática en muchos aspectos. La dinámica humana mantiene un rumbo fijo, avanzando sin dar tumbos. Pero ¿hacia dónde? Ahí es donde viene el peligro del progreso, tal y como lo entiende el pensador inglés, que lo relaciona con los ideales revolucionarios del momento. El progresista persigue cambios sociales –dirá Chesterton– pero no siempre tiene un objetivo fijo, algo que no sucede con el reformista.

El reformista persigue la mejora de la sociedad para alcanzar el fin pretendido. Reformar, al fin y al cabo, es dar forma de nuevo a algo que vemos informe y que, en consecuencia, resulta inservible para llegar al fin. El progresista, en cambio, no avanza reformando, sino cambiando los fines. Empieza defendiendo la propiedad privada y más adelante la ataca buscando un estado colectivista. Tan pronto abandera la defensa de la libertad individual, como pasa a considerarla un obstáculo ante la superior liberación del pueblo oprimido.

Ha pasado más de un siglo desde que Chesterton escribiera esta obra. Sin embargo, su disquisición no ha quedado en desuso, aunque las ínfulas revolucionarias hoy son mucho más sutiles. Incluso los progresistas aprenden de sus errores.

Muchos siguen hoy venerando la idea de progreso y manteniendo la convicción de que este supone siempre una ascensión, un avance promovido por el hombre. Pero también, como hace cien años, ese progreso puede consistir en sacrificar los ideales y los fines que lo han fundamentado. Como hemos visto, tratar un gato persa como si fuera un ser humano, no humaniza al felino, pero sí que abre el camino a deshumanizar a la persona. Nos guste o no, un animal doméstico es un bien, de la misma forma que lo es un martillo, aunque nos evoque sentimientos encontrados al tener que usarlo violentamente contra un clavo rebelde. Nada impide que las personas otorguemos un valor especial a ciertos bienes y castiguemos severamente a quien corta la oreja de un sabueso o raja la tela de un Velázquez. Pero en ningún caso podemos olvidar que ni siquiera toda la pinacoteca del Museo del Prado vale lo que el más miserable de los humanos.

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 4 de noviembre de 2018

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