Vivir una experiencia única

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Los mensajes que a uno le llegan a lo largo del día son tan numerosos como normalmente ignorados. Sobrevivir en un mundo hipercomunicado, donde cada movimiento parece esconder un mensaje publicitario y cada acción conlleva la necesidad de valorar la experiencia vivida, no es algo que debamos tomar a broma. No obstante, la escasa seriedad general que nos obliga a adoptar esa frenética esclavitud de los medios, provoca que no siempre nos detengamos a pensar acerca de lo que escuchamos o leemos. Ello se debe, sin duda, a que los mensajes que nos llegan no siempre están destinados a ser pensados. Es más, en no pocas ocasiones, la más mínima actitud reflexiva hacia ellos hace que pierdan toda su gracia, o que se vuelvan especialmente cómicos cuando no era esa la intención de su emisor. De ahí la frecuente necesidad de que el mensaje, antes que comunicar, inhiba cualquier eventual capacidad de reflexión.

Uno de los mantras más escuchados actualmente es el que se refiere al ansia por vivir una experiencia única. Si buscan esa expresión en Internet pronto se darán cuenta de su cariz engañoso. No les será difícil encontrar testimonios tan dispares como el que describe con excesivos detalles la deglución de algún animal indeterminado en un mercadillo asiático o el de quien le ofrecerá un relato apasionado tras infligirse un tatuaje naif en sus maltratados glúteos. Todos ellos tendrán en común la afirmación de haber experimentado esa vivencia como algo insólito y trasformador.

Sin embargo, en nuestro mundo excesivamente comercial y materialista, lo real solo se valora cuando se transacciona con ello, mientras que al poseerlo deja de tener importancia, priorizando entonces la sensación del momento. El placer está en comprar, aunque no se use lo comprado. Así se explica que la realidad vivida por esos sujetos sea absolutamente banal, pero que aun así tenga la virtud de generar una sensación de ser única e irrepetible. Superado el dolor y gratificado por el esfuerzo realizado, la sensación vivida al admirar por primera vez el tigre tatuado a lo Henry Rousseau en la zona glútea no tiene parangón. A partir de ese momento, lo importante no será ya esa discutible obra de arte, sino el relato de la experiencia vivida, que se narrará repetidamente, coronando la cumbre de múltiples cenas y reuniones de sufridos amigos.

Por otro lado, como vivimos en una sociedad donde todo lo que parece tener algún valor debe poder ser envasado y comercializado, no hace falta ya devanarse los sesos buscando un tatuador temerario para vivir una experiencia única. Todos podemos adquirir las experiencias que queramos previo pago de un precio. La diversidad es casi infinita: desde deleitarse con un queso de los que parecen envolverse en su propia atmósfera, hasta el viaje exótico a un paraje tropical; desde una sala de masajes, a lanzarse por un puente sujeto a una cuerda elástica, simulando con ello un monitorizado acto de locura.

Uno podría preguntarse qué lleva a alguien que trabaja, por ejemplo, en un departamento de riesgos laborales, a lanzarse desde una avioneta y surcar el cielo imitando el vuelo de un córvido mareado hasta que se abre su paracaídas. Aventuro que la principal motivación tal vez sea acreditar haber vivido esa experiencia, algo que facilitan las cámaras digitales que resulta casi obligado llevar pegadas al casco o al pecho. No obstante, aunque el catálogo de extravagancias que uno puede llegar a realizar es casi infinito, más complicado es tratar de ver el sentido a todo ello.

A poco que tengamos la osadía de pensar, llegaremos a concluir que vivir una experiencia única es lo más normal del mundo, puesto que vivir es, en sí mismo, una experiencia única. Podemos entrar a discutir lo que significa vivir una experiencia, en cuyo caso nos encontraremos con opiniones dispares si preguntamos al carnicero del supermercado o a un científico defensor del determinismo biológico. Sin embargo, lo que sí parece claro es que, aunque seamos marionetas de un gobierno de aminoácidos, la vida de cada individuo es única e irrepetible. Por el mero hecho de vivir, todos vivimos algo único. Por aburrido que nos parezca, nadie experimenta ese mismo aburrimiento. O al menos es imposible saberlo, de la misma forma que nunca podremos saber con certeza si el color rojo que yo veo es el mismo que ve el optometrista al que visito. Lo que sí es cierto es que ambos podremos discutir sobre ello y obtendremos una insulsa experiencia única.

Entonces, ¿por qué hay personas que no se conforman con el optometrista y necesitan imperiosamente viajar a Mongolia o a cualquier otro lugar que prometa una toponimia impronunciable y alguna que otra afección estomacal? No debe haber otra explicación que el hecho de no saber distinguir su unicidad vital. Necesitan reafirmar el carácter único de su vida, porque están poco convencidos de que su existencia es realmente distinta de la de sus vecinos. Dice el sabio que la felicidad es conformarse con lo que uno es. Pero en un mundo en el que la satisfacción personal se mide atendiendo a la capacidad de consumo, parece que esta máxima ya no vale. Somos tan parecidos todos a los ojos del miope existencial, que la felicidad parece encontrarse en no conformarnos con lo que somos. Para ser felices hay que ser algo distinto a nosotros mismos o, si no es posible, al menos hay que fingirlo.

Esta nueva máxima, cuyo grado de estupidez es inconmensurable, es la que empuja a muchos de nuestros conciudadanos a experimentar con todo aquello que los aleja de su existir cotidiano. Sea a los deportes de riesgo o a pasar una semana en una granja ordeñando ovejas. Es fácil imaginar cómo al granjero debe costarle salir de su asombro al comprobar cómo su diaria manipulación de las ubres de la borrega deviene, para el efímero visitante urbanita, una absoluta fascinación. En ese curioso momento, tiene la oportunidad de admirar cómo un anónimo y discreto oficinista puede sentir, gracias a su paciente rebaño, que su vida va cambiando y que su percepción de la realidad es ya diferente, si bien no puede olvidar que la experiencia que vive será siempre momentánea.

Nuestro aventurero no tardará en sentir el angustioso pesar por alguna otra experiencia única aún no vivida. Una experiencia que no siempre podrá poseer y que le llevará a tener que conformarse con su cotidianeidad y con una cierta sensación de fracaso. Lamentándose, quizás llegue a entender que ha perdido ya la costumbre de vivir su propia vida sin anhelos estridentes. Con tantas emociones por alcanzar, pero no fáciles de costear, es muy posible que se vea incapaz de recordar que su vida cotidiana también es única. Aunque la desaproveche insulsamente mirando anuncios por Internet.

 

Original publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 2-XII-2018

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