El sexto círculo

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En el canto X del Infierno Dante se encuentra, en el sexto círculo de su peculiar inframundo, con Epicuro y sus seguidores, aquellos que negaban la inmortalidad del alma. Su eterno castigo por tan horrenda creencia era la de ser confinados en tumbas abiertas y flameantes, desde las que proferían terribles gritos y gemidos, que no cesarían hasta el día del Juicio Final.

Como en otros lugares, el poeta se entretiene aquí también mirando con curiosidad aquello que lo rodea y acaba entablando un breve diálogo con algunas de las sufrientes almas allí condenadas, buscando entender los motivos por los que han merecido tal destino o, tal vez, para llevarse con él alguna lección a partir de esas experiencias ajenas. De ese diálogo surge, sin embargo, una situación sorprendente, pues Dante se da cuenta de que una de las almas está profetizando su futuro. Inquiere el poeta razón de esa extraña habilidad para un alma condenada y se le explica que estos difuntos han recibido la capacidad de poder ver el futuro, como quien ve a alguien o algo lejano, en el horizonte. Sin embargo, a medida que el tiempo se acorta y miran la realidad más próxima, la visión se hace borrosa, pues carecen de la capacidad para entender el presente.

Lo que inicialmente se asemejaba a un don, se vuelve una maldición, pues la visión que reciben es la de la vida futura que ellos se negaban a admitir en vida, pero inmediatamente se les recuerda el presente de su castigo. Una maldición que nos recuerda algo a la de Casandra, la sacerdotisa de Apolo que recibió de este el don de profetizar, en un intento del dios griego de seducir a su humana seguidora de la que estaba enamorado. Sin embargo, al ser rechazado por ella, la condena a la mas cruel desdicha que puede obtener quién ve con claridad el futuro: la de no ser creída por nadie.

Cualquiera que pasee hoy por nuestras calles y plazas puede escuchar lamentos y gemidos que no deben ser muy distintos a los del averno dantesco que hemos descrito. Son gritos de angustia de conciudadanos que observan desesperanzados un futuro que adivinan con firme seguridad.

En el ámbito social y político, aparece una composición novedosa y temeraria. Las élites intelectuales y económicas son rechazadas de plano por el grueso de la población, que desconfía de aquellos que se sitúan por encima de la masa. Las sustituyen una especie de anti-elite formada por advenedizos que llegan con el manual del demagogo bajo el brazo. Son los nuevos líderes, que surgen de la desafección ciudadana y de las incertezas materiales que se sienten más insoportables que nunca. Buscan una cercanía engañosa, con más pasión que razón. El mensaje que lanzan se simplifica para poder ganar en rapidez. Se intuye ya una constante Blitzkrieg comunicativa en la que la verdad es algo prescindible. Lo importante es llegar al máximo de personas en el menor tiempo posible.

En este futuro por el que muchos se lamentan, los canales tradicionales de información dejarán de tener sentido. No tanto por desconfianza, como por innecesaridad. La gente cree saber lo que le conviene porque se le recuerda que es así, porque el colectivo del que forma parte, aunque sea un simple grupo de mensajería, lo cree firmemente. El contenido sigue siendo lo de menos. Las grandes propuestas ideológicas han sido vaciadas, siendo hoy suficientes las indicaciones del community manager de la organización. Del pensamiento único o el pensamiento débil pasamos, sin darnos cuenta, al pensamiento meme.

Pero no somos, aún, almas condenadas en el círculo de Epicuro y sus afines. Es posible que la visión que aparece en nuestro horizonte inmediato se asemeje a lo que acabo de describir, pero no debemos renunciar a entender el actual presente para conseguir desdibujar ese futuro que nos aterra.

Un primer paso a dar sería preguntarnos acerca de lo que habremos hecho mal para llegar a esta situación. No hace tanto que hemos dado carpetazo a un siglo turbio, en el que las grandes ideologías han mostrado la cara más terrorífica del ser humano. Pero el peaje a pagar ha sido que, en ese tránsito al siglo XXI, hemos renunciado a las grandes utopías, a los ideales que, no por inalcanzables, no dejaban de guiar a las personas en la consecución del bien común. No obstante, hoy estos ideales han sido obviados por una veneración a lo material y al individualismo, que se ha mostrado corrosiva con las propias personas. El mismo liberalismo, que a finales del siglo XX aparecía como la ideología superviviente y definitiva, que nos llevaba al fin de la historia, ha demostrado ser poco más que un espejismo de lo que significó siglos atrás.

La actual herencia de ese nuevo orden mundial es un auge del populismo frente a gobiernos descolocados porque son incapaces de ilusionar a su gente. La reciente crisis económica está derivando en una crisis de legitimación en muchos sistemas democráticos porque los gobiernos no han sabido responder a la ciudadanía o se han rendido a las exigencias de una racionalidad contable.

La respuesta a las grandes crisis suele ser la demanda de grandes esfuerzos, pero estos no pueden exigirse sin ser previamente explicados. La vacuna frente a revoluciones y alzamientos antisistema ha sido siempre la acometida de reformas con una visión a medio y largo plazo. Pero ¿cómo puede abordarse esto desde una clase política cuya miopía no le permite ver más allá de cuatro años?

Pero no solo es la clase política la que parece renunciar a creer en la inmortalidad de ciertos ideales. Es verdad que se ha abierto una brecha importante entre la elite y la ciudadanía en general, pero poco o nada ha hecho esta elite por cerrarla. Tal vez porque, parte de ella, ha seguido creyendo en ese mito infantil de la mano invisible que regula el mercado, obviando la actual paradoja de que uno de los principales actores del nuevo orden mundial capitalista es el régimen comunista chino.

Urge, pues, la recuperación de la cohesión social que estamos perdiendo. Y ello solo será posible en la medida que nos preocupemos menos de los resultados trimestrales y más de fomentar, por ejemplo, una educación de nuestros hijos orientada a la promoción del bien común, o reivindicar la vigencia de ciertas estructuras sociales tradicionales que, como la familia, han sido cruciales en el mantenimiento de los lazos de solidaridad entre las personas.

Los ideales de la competitividad y el esfuerzo, tan en boga hoy, no deben orientarse solo hacia la satisfacción individual, sino que deben redundar en beneficio de todos. Nadie es pleno dueño de sí mismo y de lo que posee, pues todos nacemos y somos criados por unos progenitores y maestros que nos ayudan y conforman parte de nuestra identidad. Por eso nadie es plenamente libre de disponer de lo suyo, pues es deudor de la sociedad en la que ha convivido y a la que le debe buena parte de lo que es. Rechazar esto nos sitúa al lado de aquellos que, habiendo negado la inmortalidad de su alma, se lamentaban en sus sepulcros abiertos. Como ellos, veremos un futuro amargo que se aproxima, sabedores de que nos hemos atado de pies y manos. Cuando queramos actuar, será ya demasiado tarde.

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 20 de enero de 2019

¿Celebra Jesucristo la Navidad?

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Aunque un observador imparcial hoy casi lo podría en duda, es comúnmente conocido que el origen de la Navidad es religioso. Esos entrañables días próximos al solsticio de invierno eran festivos incluso antes de la Navidad, pues el cristianismo se apropió de las fiestas romanas dedicadas al Sol para celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret. Sin embargo, casi dos milenios más tarde, parece que las cosas han cambiado de forma radical. No sé hasta qué punto puede sostenerse que se ha vuelto a la paganización de estas fechas o si, simplemente, han perdido ya todo su tinte religioso y se han secularizado. Pero lo cierto es que, como cristiano, cada vez me cuesta más reconocer algo de mi religión en la Navidad. Y de ahí que tenga mis dudas al preguntarme si el propio Jesús sería capaz de reconocerse en la celebración de estas fiestas.

No niego que mucha gente pensará que exagero. Es verdad que en muchos lugares se siguen manteniendo las apariencias de lo que eran los principales aspectos religiosos de la Navidad de antaño. La misma mercantilización que ha transformado estas fiestas en una orgía de consumismo, promueve a su vez una regresión nostálgica al pasado, a la niñez, evocando los recuerdos más tiernos y profundos. Y si esa apariencia se mantiene es, en buena parte, por el papel fundamental que ostenta una de las principales enfermedades que afecta hoy al catolicismo y al cristianismo en general: la culturización de la religión.

Sin duda, la Navidad es el principal ejemplo de cómo la religión católica es vista, por la mayoría de conciudadanos nuestros, como un conjunto de tradiciones, costumbres y expresiones artísticas cuyo valor merece todos nuestros máximos esfuerzos para su preservación. Sean las catedrales o el canto gregoriano, las romerías o los belenes en nuestros hogares, todo forma parte de este acervo inconmensurable que merece ser conservado y difundido.

Esta visión forma parte de un proceso de secularización que ha llevado a la religión católica a ser considerada un objeto, un bien de un valor ciertamente relevante. Ello no impide que el catolicismo siga manteniendo otros dos aspectos igualmente importantes. Por una parte, sigue siendo considerado por muchos –incluidos muchos no creyentes– como el custodio de un conjunto de valores morales válidos y que deben ser socialmente promovidos, sobre todo a través del sistema educativo. Por otra parte, la Iglesia católica sigue siendo una parte importante del llamado tercer sector, con reconocidas aportaciones en favor de los más desfavorecidos de la sociedad.

Reconozcamos, pues, que el catolicismo sigue teniendo un indiscutible papel en el ámbito social y cultural pese a la secularización general, pero no es menos cierto que su peso como religión va disminuyendo día a día. De ahí la razón de mi pregunta inicial, en este caso referida a la Navidad. Al margen del papel de la Iglesia como institución social y cultural, si observamos lo que significa hoy socialmente la Navidad, incluso para muchos que se identifican como creyentes, me pregunto en qué se diferenciaría esa Navidad con la que celebraríamos si el motivo de la fiesta fuera el nacimiento del rey-Sol, como hacían los romanos. Dicho de otra manera: ¿Con qué facilidad nos topamos con Jesús durante la Navidad? ¿No será que, al final, Cristo es ese invitado ausente en la fiesta, al que la mayoría ha olvidado?

Llegados a este punto, es importante aclarar que celebrar el nacimiento de Cristo no es, para un cristiano, algo tan banal como asistir a una fiesta de cumpleaños. Ni siquiera es una excusa para recordar al fundador de nuestra religión. Lo que celebramos en la Navidad es posiblemente el aspecto más original e insólito del cristianismo: el misterio de la Encarnación.

La Encarnación se refiere al acontecimiento histórico, que se remonta a poco más de dos mil años, a través del cual Dios, creador del universo, se despojó de todos sus poderes y privilegios para hacerse un simple mortal. De esta forma, siendo Dios un ser humano como cualquiera de nosotros, podíamos ser capaces de entender qué quiere de nosotros. Es verdad que ni los milagros ni las buenas palabras evitaron que el Hijo de Dios fuera asesinado como un vulgar criminal. Pero tras esa muerte y la noticia de su resurrección, nos quedó el recuerdo escrito de su vida y sus palabras. Y es a través de este recuerdo vivo que Dios nos traza el camino para salir del redil de muerte y odio en el que nos hallamos. Difundir ese mensaje, que los creyentes reconocemos como Palabra de Dios, es la principal misión de la Iglesia.

Asombrosamente, en la Navidad que vivimos hoy apenas se escucha esta noticia liberadora. Seria injusto decir que la Iglesia no lo difunde, pero lo cierto es que su mensaje apenas llega a sus destinatarios. Y en parte es normal. El mensaje de Jesús no es fácil de poner en práctica. Y, desde luego, no tiene nada que ver con las ansiadas proclamas revolucionarias que algunos ambicionan. Como tampoco tiene que ver con los moralismos rancios que secretan ciertos ámbitos educativos o algunos medios de comunicación y que con frecuencia solo tienden a fomentar el sectarismo o una competitividad y un culto al esfuerzo que no se orienta a favorecer a los más necesitados, sino al enriquecimiento personal y al reconocimiento social.

Tal vez debamos reconocer, pues, que la batalla de la Navidad está perdida, pero que buena parte de la culpa se la debemos al propio Jesús. La realidad es que, pese a haber transcurrido casi dos milenios, su mensaje sigue siendo incómodo y son muchos los que prefieren silenciarlo. En el desenfrenado afán consumista y hedonista, escuchar a quien nos compele a amar a nuestros enemigos, o a entender que las riquezas, incluso las conseguidas con nuestro esfuerzo y dedicación, son el principal obstáculo para nuestra verdadera felicidad, puede provocar algo más que un corte de digestión. Cuando se lee que es imprescindible renunciar a la propia vida para salvarla, o que con la firme obediencia a la voluntad de Dios se logra un efecto liberador que supera con creces cualquier libertad mundana que podamos imaginar, uno siente como todos los cimientos de su existencia se remueven descontroladamente.

La opción de Jesús no es hoy la opción fácil. Nunca lo ha sido. Y ante el amplio abanico de ofertas de este mundo, es forzosamente una opción minoritaria. Pero es necesario que los creyentes la rescatemos de ese olvido en el que parece haber caído y que vuelva a ser relativamente sencillo toparse con Jesús, en Navidad y fuera de ella.

En este sentido, la propia Iglesia y sus pastores tienen una especial responsabilidad. Con demasiada frecuencia han renunciado a difundir con firmeza la Palabra de Dios y han sucumbido a estos aspectos materiales que resultan mucho más cómodos y que gozan de un mayor reconocimiento de las élites políticas y sociales. No es suficiente exigir, como hacen menudo tantos jerarcas de la Iglesia, el respeto a la actual situación social o jurídica, aludiendo para ello a las raíces cristianas de España o de Europa. Nadie duda de la existencia de estas raíces, pero lo que estos pastores deberían recordar es que, si se deja morir el árbol, mueren también las raíces y estas se acaban convirtiendo en adobo para todo tipo de plantas indeseables y malas hierbas. Tal vez lo que importa ahora es preocuparse menos de las raíces y, en cambio, dedicarse con más ahínco a buscar nuevos terrenos y sembrar nuevas semillas. Aunque con ello sacrifiquemos la comodidad.

 

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 30 de diciembre de 2018

Lulu y Nana

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El pasado 19 de noviembre, un desconocido biólogo chino llamado He Jiankui copó las portadas de la prensa tras afirmar haber usado técnicas de edición genética para crear dos bebes inmunes al VIH. Estas dos hermanas, que atienden a los pseudónimos de Lulu y Nana, son las primeras creadas –al menos que se sepa–haciendo uso en humanos de una técnica llamada CRISPR/cas9, que permite editar un código genético cortando con una razonable precisión determinados genes y sustituyéndolos por otros.

Muchos científicos han advertido del elevado riesgo de una técnica de la que no se conocen los efectos que puede tener en el organismo humano, y menos a largo plazo (no olvidemos que este gen modificado se transmitirá a la descendencia que, eventualmente, tengan estas dos criaturas). También se ha dejado constancia de la ilegalidad de esos procedimientos en la mayoría de países. Pero, al margen de la viabilidad técnica y su legalidad, se ha cuestionado sobre todo la moralidad de este tipo de iniciativas.

El experimento de He Jiankui ha cruzado una línea roja trazada en la medicina y que separa el uso terapéutico de los usos orientados al mejoramiento humano. Esta línea acredita el consenso que existe hoy en favor de admitir el uso de determinadas técnicas para curar individuos enfermos, pero no para facilitar que algunos individuos nazcan ya con una ventaja biológica en relación al resto de humanos. Sin embargo, el trazo de esta línea no siempre es claro y continuo.

Por esta razón, es importante intentar analizar este peliagudo asunto atendiendo solo al plano ético, es decir, suponiendo que las pegas técnicas acerca de los riesgos para los humanos se conocen y son mínimas –algo que muy posiblemente acabe ocurriendo de un momento a otro, pues son miles de millones los que se invierten en este campo por parte de empresas y gobiernos–. Por tanto, el único factor que debe importarnos en nuestro análisis es la fijación de esa línea roja y ser conscientes de lo que debe permitirse y qué debe prohibirse.

No es aventurado sostener que una amplia mayoría de personas estaría de acuerdo en que debe rechazarse cualquier uso de técnicas de manipulación genéticas que conduzca a una forma de dominación humana biológicamente determinada. Es decir, cuando se persiga la creación de dos o más razas o tipos de personas, por ejemplo, unos listos y muy predispuestos a la educación y al refinamiento, y otros grandes, fuertes e idiotas, pero aptos para trabajos peligrosos o desagradables. Esto hoy puede parecernos un argumento para otra distopía cinematográfica de las que se nos obsequia desde la inagotable industria del entretenimiento televisivo, pero no tardaremos en ver cómo estas técnicas se van perfilando y acaban siendo relativamente asequibles para cualquier tirano de los que siguen poblando el planeta. Ya solo nos hará falta un He Jiankui completamente zumbado o ávido de dinero para tener todos los ingredientes de la fiesta.

Para no caer en un excesivo alarmismo, podemos consolarnos pensando que el desarrollo de estas técnicas, en la mayor parte de países avanzados, está sujeto a muchos más controles y trabas. Como decíamos, parece haber cierto consenso entre permitir usos terapéuticos o curativos, y proscribir el resto. Sin embargo, dónde acaba el límite de estos usos y empieza el otro no siempre es fácil de discernir.

El caso de Lulu y Nana puede entenderse como el caso de un uso no curativo, pues no estaban enfermas cuando se practicó esta técnica, por la comprensible razón de que ni siquiera habían nacido. Sin embargo, la finalidad de la manipulación genética no era tanto una mejora que permitiera un aumento de las capacidades o habilidades de estas personas, sino sencillamente ser inmunes a una enfermedad que hoy por hoy es incurable. Es decir, aunque la técnica utilizada sea radicalmente diferente, el fin pretendido por He no es muy distinto al que se pretende al vacunar a alguien.

Pero incluso en estos supuestos es posible diferenciar casos que pueden merecer un trato distinto. No es lo mismo manipular genéticamente un embrión para evitar una enfermedad hereditaria ya presente en su código genético, que hacerlo para evitar un eventual contagio. Si este segundo caso es discutible, el primero a muchos les parecerá más razonable, sobre todo cuando nos encontremos ante una enfermedad letal o que implique severas limitaciones físicas y psíquicas al futuro bebe.

Aun así, habrá quien sostenga que la manipulación genética no está justificada en ningún caso, que jugar a ser dioses alterando las leyes de la evolución natural, además de peligroso, atenta contra la dignidad del hombre. Pero aquí sí que la condición humana acabará jugando un papel fundamental. Ante una situación como las anteriores, difícilmente los padres renunciarán a luchar por evitar el sufrimiento y la muerte de su futuro vástago, haciendo uso de todo aquello que esté en sus manos. Si son gente adinerada, intentarán sortear los obstáculos accediendo a estas técnicas en algún país con una legislación más laxa. Los que puedan pagarlo, conseguirán que sus hijos nazcan sanos, mientras que los de la mayoría de personas aquejadas de la misma afección tendrán que fastidiarse. ¿Acaso duda alguien de que esto va a suceder así, si no ocurre ya hoy en día?

En estos casos, llegará un momento que la presión de la opinión pública pueda provocar la modificación de legislaciones restrictivas hacia estas técnicas y demandar su universalizacion. El mayor enconamiento en los debates surgirá en cuanto se plantee la posibilidad de intervenciones susceptibles de afectar a un amplio abanico de la población y en enfermedades que, aunque no sean letales, supongan limitaciones importantes o incluso un ingente gasto sanitario. Supongamos que a medio plazo sea posible aplicar esta técnica a personas con un gen que determina una clara disposición a la diabetes, la depresión o a la enfermedad de Alzheimer. Esto posiblemente no eliminaría estas enfermedades, que no siempre tendrán una causa genética determinante, pero son medidas que beneficiarían directamente a millones de personas y, de forma indirecta, por el alivio en la presión en los recursos sanitarios del país, a muchísimos más. Será entonces complicado sostener determinados argumentos éticos frente a una opinión pública deslumbrada por las promesas de la industria farmacéutica.

Si alguien empieza a estar inquieto por todo esto, que tenga claro que el proceso es imparable. Los laboratorios no van a dejar de investigar ni las empresas de invertir su dinero en unos productos que tienen el éxito asegurado en la mayoría de casos. Pero sería un error ver a estas empresas y, sobre todo a los científicos, como los enemigos a batir. Que cada cierto tiempo surja un He Jiankui cruzando las líneas rojas es inevitable, pero no porque He sea científico, sino porque es humano. Lo importante es que los demás científicos, y no solo ellos, conozcan esas líneas y velen por su no transgresión.

Un año antes de la aparición de He, en la revista Nature se publicó un artículo firmado por un conjunto de científicos encabezado por el neurobiólogo español Rafael Yuste. En él no se exponía ninguna teoría científica, sino que se demandaba a la sociedad y a los Estados la fijación de directrices y criterios éticos frente a los avances que se estaban haciendo en el ámbito científico, no solo en el área de la ingeniería genética, sino también en otras como la neurobiología. Dudo mucho que esta demanda haya sido atendida en su justa medida.

Pese a tener una importancia capital, es un asunto ausente en la mayoría de debates y en la opinión pública en general. Lo grave de todo ello es que, si empiezan a salir imitadores de He Jiankui, es posible que el juicio ético demandado llegue tarde. Cualquier discusión posterior solo servirá para practicar el noble ejercicio de la lamentación y para iniciar esa afición tan humana –quién sabe si genéticamente determinada– que consiste en culpar a los demás para luego quemarlos en la plaza pública. Un objetivo tan triste como estéril.

 

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 23 de diciembre de 2018