Lulu y Nana

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El pasado 19 de noviembre, un desconocido biólogo chino llamado He Jiankui copó las portadas de la prensa tras afirmar haber usado técnicas de edición genética para crear dos bebes inmunes al VIH. Estas dos hermanas, que atienden a los pseudónimos de Lulu y Nana, son las primeras creadas –al menos que se sepa–haciendo uso en humanos de una técnica llamada CRISPR/cas9, que permite editar un código genético cortando con una razonable precisión determinados genes y sustituyéndolos por otros.

Muchos científicos han advertido del elevado riesgo de una técnica de la que no se conocen los efectos que puede tener en el organismo humano, y menos a largo plazo (no olvidemos que este gen modificado se transmitirá a la descendencia que, eventualmente, tengan estas dos criaturas). También se ha dejado constancia de la ilegalidad de esos procedimientos en la mayoría de países. Pero, al margen de la viabilidad técnica y su legalidad, se ha cuestionado sobre todo la moralidad de este tipo de iniciativas.

El experimento de He Jiankui ha cruzado una línea roja trazada en la medicina y que separa el uso terapéutico de los usos orientados al mejoramiento humano. Esta línea acredita el consenso que existe hoy en favor de admitir el uso de determinadas técnicas para curar individuos enfermos, pero no para facilitar que algunos individuos nazcan ya con una ventaja biológica en relación al resto de humanos. Sin embargo, el trazo de esta línea no siempre es claro y continuo.

Por esta razón, es importante intentar analizar este peliagudo asunto atendiendo solo al plano ético, es decir, suponiendo que las pegas técnicas acerca de los riesgos para los humanos se conocen y son mínimas –algo que muy posiblemente acabe ocurriendo de un momento a otro, pues son miles de millones los que se invierten en este campo por parte de empresas y gobiernos–. Por tanto, el único factor que debe importarnos en nuestro análisis es la fijación de esa línea roja y ser conscientes de lo que debe permitirse y qué debe prohibirse.

No es aventurado sostener que una amplia mayoría de personas estaría de acuerdo en que debe rechazarse cualquier uso de técnicas de manipulación genéticas que conduzca a una forma de dominación humana biológicamente determinada. Es decir, cuando se persiga la creación de dos o más razas o tipos de personas, por ejemplo, unos listos y muy predispuestos a la educación y al refinamiento, y otros grandes, fuertes e idiotas, pero aptos para trabajos peligrosos o desagradables. Esto hoy puede parecernos un argumento para otra distopía cinematográfica de las que se nos obsequia desde la inagotable industria del entretenimiento televisivo, pero no tardaremos en ver cómo estas técnicas se van perfilando y acaban siendo relativamente asequibles para cualquier tirano de los que siguen poblando el planeta. Ya solo nos hará falta un He Jiankui completamente zumbado o ávido de dinero para tener todos los ingredientes de la fiesta.

Para no caer en un excesivo alarmismo, podemos consolarnos pensando que el desarrollo de estas técnicas, en la mayor parte de países avanzados, está sujeto a muchos más controles y trabas. Como decíamos, parece haber cierto consenso entre permitir usos terapéuticos o curativos, y proscribir el resto. Sin embargo, dónde acaba el límite de estos usos y empieza el otro no siempre es fácil de discernir.

El caso de Lulu y Nana puede entenderse como el caso de un uso no curativo, pues no estaban enfermas cuando se practicó esta técnica, por la comprensible razón de que ni siquiera habían nacido. Sin embargo, la finalidad de la manipulación genética no era tanto una mejora que permitiera un aumento de las capacidades o habilidades de estas personas, sino sencillamente ser inmunes a una enfermedad que hoy por hoy es incurable. Es decir, aunque la técnica utilizada sea radicalmente diferente, el fin pretendido por He no es muy distinto al que se pretende al vacunar a alguien.

Pero incluso en estos supuestos es posible diferenciar casos que pueden merecer un trato distinto. No es lo mismo manipular genéticamente un embrión para evitar una enfermedad hereditaria ya presente en su código genético, que hacerlo para evitar un eventual contagio. Si este segundo caso es discutible, el primero a muchos les parecerá más razonable, sobre todo cuando nos encontremos ante una enfermedad letal o que implique severas limitaciones físicas y psíquicas al futuro bebe.

Aun así, habrá quien sostenga que la manipulación genética no está justificada en ningún caso, que jugar a ser dioses alterando las leyes de la evolución natural, además de peligroso, atenta contra la dignidad del hombre. Pero aquí sí que la condición humana acabará jugando un papel fundamental. Ante una situación como las anteriores, difícilmente los padres renunciarán a luchar por evitar el sufrimiento y la muerte de su futuro vástago, haciendo uso de todo aquello que esté en sus manos. Si son gente adinerada, intentarán sortear los obstáculos accediendo a estas técnicas en algún país con una legislación más laxa. Los que puedan pagarlo, conseguirán que sus hijos nazcan sanos, mientras que los de la mayoría de personas aquejadas de la misma afección tendrán que fastidiarse. ¿Acaso duda alguien de que esto va a suceder así, si no ocurre ya hoy en día?

En estos casos, llegará un momento que la presión de la opinión pública pueda provocar la modificación de legislaciones restrictivas hacia estas técnicas y demandar su universalizacion. El mayor enconamiento en los debates surgirá en cuanto se plantee la posibilidad de intervenciones susceptibles de afectar a un amplio abanico de la población y en enfermedades que, aunque no sean letales, supongan limitaciones importantes o incluso un ingente gasto sanitario. Supongamos que a medio plazo sea posible aplicar esta técnica a personas con un gen que determina una clara disposición a la diabetes, la depresión o a la enfermedad de Alzheimer. Esto posiblemente no eliminaría estas enfermedades, que no siempre tendrán una causa genética determinante, pero son medidas que beneficiarían directamente a millones de personas y, de forma indirecta, por el alivio en la presión en los recursos sanitarios del país, a muchísimos más. Será entonces complicado sostener determinados argumentos éticos frente a una opinión pública deslumbrada por las promesas de la industria farmacéutica.

Si alguien empieza a estar inquieto por todo esto, que tenga claro que el proceso es imparable. Los laboratorios no van a dejar de investigar ni las empresas de invertir su dinero en unos productos que tienen el éxito asegurado en la mayoría de casos. Pero sería un error ver a estas empresas y, sobre todo a los científicos, como los enemigos a batir. Que cada cierto tiempo surja un He Jiankui cruzando las líneas rojas es inevitable, pero no porque He sea científico, sino porque es humano. Lo importante es que los demás científicos, y no solo ellos, conozcan esas líneas y velen por su no transgresión.

Un año antes de la aparición de He, en la revista Nature se publicó un artículo firmado por un conjunto de científicos encabezado por el neurobiólogo español Rafael Yuste. En él no se exponía ninguna teoría científica, sino que se demandaba a la sociedad y a los Estados la fijación de directrices y criterios éticos frente a los avances que se estaban haciendo en el ámbito científico, no solo en el área de la ingeniería genética, sino también en otras como la neurobiología. Dudo mucho que esta demanda haya sido atendida en su justa medida.

Pese a tener una importancia capital, es un asunto ausente en la mayoría de debates y en la opinión pública en general. Lo grave de todo ello es que, si empiezan a salir imitadores de He Jiankui, es posible que el juicio ético demandado llegue tarde. Cualquier discusión posterior solo servirá para practicar el noble ejercicio de la lamentación y para iniciar esa afición tan humana –quién sabe si genéticamente determinada– que consiste en culpar a los demás para luego quemarlos en la plaza pública. Un objetivo tan triste como estéril.

 

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 23 de diciembre de 2018

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