Singularidad

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Al igual que errar, clasificar es un acto típicamente humano. Es importante para sistematizar nuestro conocimiento y seguir aprendiendo, pero, como todo en la vida, se paga un precio: se pierde la singularidad. Ocurre continuamente, como por ejemplo cuando conocemos a alguien que parece amable, culto, ingenioso, pero en cuanto nos dicen algo sobre él que nos permite clasificarlo, acabamos atribuyéndole características que pensamos que tienen la mayoría de los que están en el grupo en el que lo hemos incluido, aunque él no las tenga. Si es esquimal, pensaremos en alguien a quien solo le apetece comer pescado; si trabaja en una funeraria, nos lo imaginaremos como una persona solitaria que colecciona botones o chapas; y si es un reputado asesor financiero, sospecharemos que se trata de alguien ambicioso, con escasos escrúpulos y que desprecia la Navidad.

Algo así ocurre también cuando surgen fuerzas políticas con propuestas distintas a las tradicionales. Ocurrió con Podemos y sus diferentes franquicias, que rápidamente fueron calificados de extremistas y radicales, cuando en la práctica hemos podido comprobar que se han acomodado al sistema con una rapidez inusitada. Y ocurre en mucha mayor medida cuando el nuevo partido se sitúa a la derecha del espectro político nacional.

Un caso claro de lo que explico ha sido la irrupción de Vox en nuestro panorama político. Inmediatamente ha provocado un desmarque de la mayoría de actores políticos, que se han apresurado a etiquetar ese partido como de extrema derecha, comparándolo con fuerzas que se autocalifican como tales en Francia, Alemania y otros países europeos. Consecuentemente, ello ha supuesto que los aspectos más negativos de estos partidos se hayan acabado atribuyendo a Vox: violento, racista, antisemita, contrario a la unidad europea, etc.

Con este tipo de análisis, los líderes de los partidos convencionales esperan que la mayoría de personas rechacen de plano apoyar esa nueva formación política. En caso de no persuadir al personal, los mismos lideres no tardarán en atribuir su fracaso a la práctica manipuladora de una horda de discípulos goebbelsianos, adiestrados por el nuevo partido en las oscuras artes de las redes sociales y la mensajería digital. Como suele ser habitual, el político convencional se debatirá, según los casos, en demostrar que tiene razón o en acreditar que los demás están equivocados.

El problema puede agravarse, sin embargo, cuando se choca con la realidad. Objetivamente, Vox no se parece tanto a esos otros partidos con los que lo asocian. Hasta donde he podido leer o escuchar, no se ha manifestado en contra de la UE ni ha provocado acciones violentas de algún tipo. Tiene propuestas conservadoras en el ámbito de la familia, por ejemplo, con las que yo podría estar de acuerdo por su cercanía a las que defiende la Iglesia católica, y que, de hecho, no se diferencian de las propuestas de otros partidos conservadores. No comparto en absoluto otras propuestas, como su política de inmigración, difícilmente conciliable con el ideal evangélico, pero reconozco que pueden tener cierto atractivo en muchos sectores del electorado.

Tal vez uno de los aspectos más preocupantes de Vox sean sus propuestas más descabelladas e irrealizables, como desmantelar el sistema autonómico. No tanto por la extravagancia de lo propuesto, que suele ser síntoma de un partido advenedizo (recordemos que no hace tanto Ciudadanos proponía suprimir las diputaciones provinciales y fusionar los municipios de menos de 5000 habitantes, que son la inmensa mayoría), como por las expectativas creadas y que, inevitablemente, van a verse frustradas. Una frustración –y eso es lo malo–que puede acabar siendo una puerta abierta a propuestas políticas mucho más radicales y peligrosas.

Y aunque estas propuestas conciten cierto temor, muchos analistas explican este éxito alegando que una parte del electorado ha perdido el miedo a votar propuestas y partidos distintos de los convencionales. Habría ocurrido con Podemos hace algunos años y ha pasado ahora con Vox en las elecciones andaluzas. Como es lógico, la pérdida de ese miedo es visto como un acto de valentía desde las posiciones de estos partidos, pero se percibe con temor y dudas cuando se observa desde la perspectiva de las fuerzas políticas convencionales.

A mi juicio, creo que es exagerado hablar de miedo en el electorado. Donde sí puede haber un cierto grado de desasosiego, sin embargo, es en los partidos tradicionales y en la élite política y económica, al comprobar que pueden ser socavados los cimientos de lo que Zygmunt Bauman denomina la doctrina TINA, acrónimo del inglés There Is No Alternative. Porque para lo que no están preparados estos partidos es para que surjan alternativas al sistema actual.

En el último cuarto de siglo se han ido imponiendo diversos dogmas que rechazan cualquier intento de discutir su formulación. El principal de ellos es la creencia de que vivimos en un sistema gobernado desde parámetros económicos globalizados que, además, han minado la mayor parte de la capacidad de decisión de los gobiernos nacionales. No niego que en ello haya buena parte de verdad. Pero lo que proclama el dogma no es solo esta descripción, sino su carácter inevitable. El sistema de mercado global no es ya una mano invisible, sino un sistema determinista regido por normas que nada tienen que envidiar a la ley de la gravedad universal. De ahí que se nos diga que plantear una alternativa a ello, es como querer levantar el vuelo con solo agitar los brazos.

Pero los dogmas no solo se dan en el ámbito económico. También encontramos una situación parecida en relación a la visión antropológica del ser humano, su sexualidad y el rol de la familia tradicional, que no pocos entienden como algo trasnochado y a superar. O en el ámbito religioso y ético, en el que cualquier propuesta que suponga la defensa de principios absolutos es vista como un ejemplo de fanatismo, pues el dogma actual proclama que todo valor moral debe someterse a los deseos y aspiraciones de las personas. Lo que supone, claro está, que si la aspiración de alguien es conseguir un super-bebé genéticamente mejorado, debe poder tenerlo. Y si una mujer aspira a que su vientre sea una suerte de Termomix cocinando bebés a la carta, nadie debe poder impedirlo.

Pero los dogmas tienen su talón de Aquiles. Si hay una institución humana –aunque sea de origen divino– que sabe de dogmas, es la Iglesia Católica. Y si es la más sabia de las instituciones, es porque sabe que el dogma, para serlo, debe fundamentarse en el sensus fidei. En lenguaje mundano, el sentido común de la gente.

Por eso, cuando los líderes de los partidos convencionales se preocupan por el auge de grupos como Vox, deben preguntarse por qué han traicionado ese sentido común y se han agarrado a una colección de dogmas negando la posibilidad a cualquier alternativa. Sobre todo cuando ello obliga a renunciar a unos valores y unas tradiciones que, no por ser antiguas, deben darse por superadas. Lo triste es que, si estos líderes se hacen sinceramente esa pregunta, muy posiblemente llegarán a la lógica conclusión de que, al aceptar un dogma sin más, ello simplemente les ha permitido evitar el difícil trance de tener que pensar por sí mismos. Pero lo que no puede impedir es que, incluso los que les votaron, sí quieran pensar y decidan buscar una alternativa cercana al sentido común. Otra cosa es que finalmente la encuentren.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 17 de febrero de 2019

Hablemos de género

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Habrán observado que, cada vez que aparecen noticias sobre los efectos de la actual normativa de género, inmediatamente se produce una reacción en contra de cualquier opinión que se atreva a cuestionar estas leyes. La curiosa unanimidad que une a políticos, comentaristas e intelectuales de todo pelaje, le lleva a más de uno a concluir que solo se puede hablar de política de género, y seguir respirando tranquilo, si no se discrepa de ella. Lo cual no deja de ser asombroso, pues se supone que si hablamos de “política” es porque asumimos que existe un problema que debe ser tratado políticamente, lo que implica que puede haber una pluralidad de visiones sobre él, al igual que una pluralidad de soluciones.

Por poner un ejemplo, pienso que sería útil discutir la efectividad de esa asimetría legal que se ha impuesto en el ámbito penal, en el que la acción del hombre, por el simple hecho de ser hombre, recibe una pena superior a la que recibiría una mujer por un mismo hecho. Aunque el mismo Tribunal Constitucional ha avalado esta legislación, pienso que no está nada claro que esta situación, que objetivamente vulnera el principio de igualdad, tenga un efecto positivo tan evidente en la prevención del delito, al menos hasta el punto de que sea razonable soportar los efectos colaterales de esta norma. Recuerden una sentencia reciente en la que se imponía una pena muy superior a un varón que participó en una pelea con su pareja, de la que encima él salió peor parado que ella.

Aunque podríamos discutir largo y tendido sobre esto, lo cierto es que iniciar este tipo de debates resulta extremadamente difícil, como ya se comprobó cuando algunas personas osaron cuestionar el fallo de esa sentencia. Una dificultad que se da al referirnos a política de género y que no encontramos al hablar de política de vivienda, educativa, o de otro tipo. Una curiosa diferencia cuya explicación se encuentra, en mi opinión, en el proceso de ideologización que, a diferencia de los demás, ha sufrido el ámbito del género. Todas las ideologías influyen en las diferentes políticas, como no puede ser de otra manera, pero no existe propiamente una ideología educativa o de vivienda. En cambio, sí existe una ideología de género. Y eso cambia mucho las cosas.

Recordemos que toda ideología conlleva siempre un relato sobre el presente y una propuesta de medidas para conseguir una situación futura distinta, una situación ideal. No obstante, al contrario de lo que pudiera pensarse, para que triunfe una ideología es más importante el relato inicial que el resultado. Es decir, la ideología a menudo no cautiva tanto por lo que promete, como por la capacidad de convicción del relato que ofrece sobre la situación actual.

El ejemplo clásico es el comunismo, que se fundamentó en la existencia de una lucha de clases debida a la opresión de una sobre la otra, y que indefectiblemente debía llevar a un proceso revolucionario en la que la clase oprimida resultara triunfante. El paraíso ofertado por el comunismo no era muy distinto a los paraísos idílicos de otras ideologías o creencias. La razón del éxito del marxismo fue, sin embargo, lo convincente de su relato sobre la opresión y la lucha entre dos enemigos irreconciliables: empleador y empleado.

Algo parecido ocurre con la ideología nacionalista. Es fácil estimular la vanidad de cualquier país, región o colectivo y llevarlos a pensar que su cultura es milenaria o que sus capacidades son superiores a las de sus vecinos. Pero donde triunfa la ideología nacionalista es en aquellos lugares en los que una parte significativa de la población acoge e interioriza un relato victimista de su situación actual. Como pasó también con el marxismo, que la mayor parte de ese relato sea una invención o una tergiversación de los hechos, es lo de menos.

Fijémonos, finalmente, que uno de los aspectos comunes de estas ideologías es que no admiten discrepancias a este relato. El que no acepta la lucha de clases o niega que su pueblo se encuentre bajo el yugo de una potencia opresora, es rechazado de plano. El que no está con ellos, y acepta acríticamente sus postulados, es rápidamente identificado como enemigo.

La irrupción de la llamada ideología de género ha supuesto la imposición de este modelo, con la aceptación acrítica de un relato de la situación actual que no admite discrepancias. Buena parte de este relato se fundamenta en ideas absurdas, como la que sostiene que la diferenciación por sexos es perversa, pues tiende a perpetuar un patriarcado que condena a la mujer a un rol de sumisión y servidumbre. O la que alienta el combate contra el matrimonio y la familia, proponiendo alternativas como el que los hijos sean educados comunitariamente. O la que entiende el sexo como un atributo personal que debe poder cambiarse al antojo de cada uno, como si su realidad biológica fuera lo de menos. En definitiva, un relato que quiere convencernos de que todo aquello que se parezca a cómo hemos vivido desde hace milenios, debe ser completamente denostado.

Pero lo más triste es que nadie, en el ámbito político, mediático o intelectual, parece dispuesto a cuestionar esto. Se consigue con ello que esta ideología, dudosa y alejada del sentir mayoritario de la ciudadanía, vaya camino de ser declarada dogma de fe por una élite intelectual y política, temerosa de las reacciones de grupos minoritarios y radicales. Esa misma élite que luego se sorprende de que fuerzas políticas advenedizas logren los triunfos que logran. Pero lo que consiguen estas fuerzas se debe a su capacidad de llegar a esa mayoría de gente que permanece estupefacta ante tal aquelarre de despropósitos, como los que se esconden tras la etiqueta de la ideología de género.

Si queremos salir de este maniqueísmo autodestructivo, debemos exigir esa posibilidad del diálogo discrepante que se está negando y partir de la idea de que existen alternativas y puntos de vista diferentes, incluidos los tradicionales. Sostener que cualquier ocurrencia, por el hecho de ser nueva, sea mejor que el punto de vista tradicional, es una soberana idiotez. Por mucho que luzcan en las pantallas de televisión, los desvaríos proféticos de una docena de ideólogos de despacho y birrete, no pueden pretender ser la evolución natural de la cultura y la civilización occidentales.

Decía Ludwig Wittgenstein que, de lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse. Pero en el tema del género hemos conseguido invertir los términos, hasta el punto de poder decir que, de aquello que nos van a hacer callar, es mejor dejar de hablar. Sin embargo, si queremos hacer frente a los que quieren imponer sus postulados ideológicos y silenciar la discrepancia, debemos tener claro que la única opción es, precisamente, no callar.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 4 de febrero de 2019