Hablemos de género

1482408062321733

Habrán observado que, cada vez que aparecen noticias sobre los efectos de la actual normativa de género, inmediatamente se produce una reacción en contra de cualquier opinión que se atreva a cuestionar estas leyes. La curiosa unanimidad que une a políticos, comentaristas e intelectuales de todo pelaje, le lleva a más de uno a concluir que solo se puede hablar de política de género, y seguir respirando tranquilo, si no se discrepa de ella. Lo cual no deja de ser asombroso, pues se supone que si hablamos de “política” es porque asumimos que existe un problema que debe ser tratado políticamente, lo que implica que puede haber una pluralidad de visiones sobre él, al igual que una pluralidad de soluciones.

Por poner un ejemplo, pienso que sería útil discutir la efectividad de esa asimetría legal que se ha impuesto en el ámbito penal, en el que la acción del hombre, por el simple hecho de ser hombre, recibe una pena superior a la que recibiría una mujer por un mismo hecho. Aunque el mismo Tribunal Constitucional ha avalado esta legislación, pienso que no está nada claro que esta situación, que objetivamente vulnera el principio de igualdad, tenga un efecto positivo tan evidente en la prevención del delito, al menos hasta el punto de que sea razonable soportar los efectos colaterales de esta norma. Recuerden una sentencia reciente en la que se imponía una pena muy superior a un varón que participó en una pelea con su pareja, de la que encima él salió peor parado que ella.

Aunque podríamos discutir largo y tendido sobre esto, lo cierto es que iniciar este tipo de debates resulta extremadamente difícil, como ya se comprobó cuando algunas personas osaron cuestionar el fallo de esa sentencia. Una dificultad que se da al referirnos a política de género y que no encontramos al hablar de política de vivienda, educativa, o de otro tipo. Una curiosa diferencia cuya explicación se encuentra, en mi opinión, en el proceso de ideologización que, a diferencia de los demás, ha sufrido el ámbito del género. Todas las ideologías influyen en las diferentes políticas, como no puede ser de otra manera, pero no existe propiamente una ideología educativa o de vivienda. En cambio, sí existe una ideología de género. Y eso cambia mucho las cosas.

Recordemos que toda ideología conlleva siempre un relato sobre el presente y una propuesta de medidas para conseguir una situación futura distinta, una situación ideal. No obstante, al contrario de lo que pudiera pensarse, para que triunfe una ideología es más importante el relato inicial que el resultado. Es decir, la ideología a menudo no cautiva tanto por lo que promete, como por la capacidad de convicción del relato que ofrece sobre la situación actual.

El ejemplo clásico es el comunismo, que se fundamentó en la existencia de una lucha de clases debida a la opresión de una sobre la otra, y que indefectiblemente debía llevar a un proceso revolucionario en la que la clase oprimida resultara triunfante. El paraíso ofertado por el comunismo no era muy distinto a los paraísos idílicos de otras ideologías o creencias. La razón del éxito del marxismo fue, sin embargo, lo convincente de su relato sobre la opresión y la lucha entre dos enemigos irreconciliables: empleador y empleado.

Algo parecido ocurre con la ideología nacionalista. Es fácil estimular la vanidad de cualquier país, región o colectivo y llevarlos a pensar que su cultura es milenaria o que sus capacidades son superiores a las de sus vecinos. Pero donde triunfa la ideología nacionalista es en aquellos lugares en los que una parte significativa de la población acoge e interioriza un relato victimista de su situación actual. Como pasó también con el marxismo, que la mayor parte de ese relato sea una invención o una tergiversación de los hechos, es lo de menos.

Fijémonos, finalmente, que uno de los aspectos comunes de estas ideologías es que no admiten discrepancias a este relato. El que no acepta la lucha de clases o niega que su pueblo se encuentre bajo el yugo de una potencia opresora, es rechazado de plano. El que no está con ellos, y acepta acríticamente sus postulados, es rápidamente identificado como enemigo.

La irrupción de la llamada ideología de género ha supuesto la imposición de este modelo, con la aceptación acrítica de un relato de la situación actual que no admite discrepancias. Buena parte de este relato se fundamenta en ideas absurdas, como la que sostiene que la diferenciación por sexos es perversa, pues tiende a perpetuar un patriarcado que condena a la mujer a un rol de sumisión y servidumbre. O la que alienta el combate contra el matrimonio y la familia, proponiendo alternativas como el que los hijos sean educados comunitariamente. O la que entiende el sexo como un atributo personal que debe poder cambiarse al antojo de cada uno, como si su realidad biológica fuera lo de menos. En definitiva, un relato que quiere convencernos de que todo aquello que se parezca a cómo hemos vivido desde hace milenios, debe ser completamente denostado.

Pero lo más triste es que nadie, en el ámbito político, mediático o intelectual, parece dispuesto a cuestionar esto. Se consigue con ello que esta ideología, dudosa y alejada del sentir mayoritario de la ciudadanía, vaya camino de ser declarada dogma de fe por una élite intelectual y política, temerosa de las reacciones de grupos minoritarios y radicales. Esa misma élite que luego se sorprende de que fuerzas políticas advenedizas logren los triunfos que logran. Pero lo que consiguen estas fuerzas se debe a su capacidad de llegar a esa mayoría de gente que permanece estupefacta ante tal aquelarre de despropósitos, como los que se esconden tras la etiqueta de la ideología de género.

Si queremos salir de este maniqueísmo autodestructivo, debemos exigir esa posibilidad del diálogo discrepante que se está negando y partir de la idea de que existen alternativas y puntos de vista diferentes, incluidos los tradicionales. Sostener que cualquier ocurrencia, por el hecho de ser nueva, sea mejor que el punto de vista tradicional, es una soberana idiotez. Por mucho que luzcan en las pantallas de televisión, los desvaríos proféticos de una docena de ideólogos de despacho y birrete, no pueden pretender ser la evolución natural de la cultura y la civilización occidentales.

Decía Ludwig Wittgenstein que, de lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse. Pero en el tema del género hemos conseguido invertir los términos, hasta el punto de poder decir que, de aquello que nos van a hacer callar, es mejor dejar de hablar. Sin embargo, si queremos hacer frente a los que quieren imponer sus postulados ideológicos y silenciar la discrepancia, debemos tener claro que la única opción es, precisamente, no callar.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 4 de febrero de 2019

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s