Ansiolíticos

person holding medication pill and capsules
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Días atrás fue portada en Diario de Mallorca la noticia de que algo más de un quince por ciento de los habitantes de Baleares se sometió en 2018 a algún tipo de tratamiento con ansiolíticos o antidepresivos. El artículo en sí, que puede encontrarse en Internet, no hacía una especial valoración del tema, más allá de apuntar que estas cifras van aumentando de año en año. Tampoco indagaba mucho acerca de las causas de esas afecciones, ni entraba a analizar siquiera si el propio titular del periódico, bastante aparatoso, podía provocar un rebrote puntual de estas enfermedades. Lo que sí puedo apuntar es que, en mi caso, esa noticia me llevó a pensar si tales datos no estarían confirmando las tesis del filósofo coreano y afincado en Alemania Byung-Chul Han.

En las últimas décadas en Occidente, según sostiene este autor, se ha producido el paso de una sociedad disciplinaria, en la que los trabajadores producían conforme a los dictados de sus empleadores, a una sociedad del rendimiento, en la que es el propio trabajador el que se explota a sí mismo, sin necesidad de una coacción externa. El actual individuo, educado en la cultura del esfuerzo y en la creencia de que siempre es posible “hacer más” y llegar más lejos, dedica su tiempo y energía en autoexigirse un rendimiento creciente hasta llegar exhausto a su límite, a no poder más.

Desde el punto de vista de la productividad y eficacia, la sociedad del rendimiento tiene grandes ventajas en relación con la antigua sociedad disciplinaria. Claramente resulta mucho más productiva que aquella, no solo porque, al autoexplotarse, el individuo tiende a trabajar en exceso y hasta el límite de sus posibilidades, sino porque, además, ese mismo sujeto lo hace gustosamente, pues no se siente coaccionado por ninguna fuerza o poder externo. Actúa así en lo que piensa que es un ejercicio de libertad y autorealización, lo que le motiva aun para rendir más.

Pero los excesos se pagan, como suele decirse, y la sociedad del rendimiento tiene sus desventajas en forma de algunos efectos no deseados. Como vemos, explotador y explotado son la misma persona, pero cuando esa persona llega al límite, por edad, fatiga o porque, sencillamente, sus capacidades no dan más de sí, la frustración se impone y aparece el llamado síndrome del trabajador quemado –burnout– y la depresión.

Paradójicamente, continúa Byung-Chul Han, la sociedad actual es aparentemente menos represiva que la disciplinaria, mucho más abierta y libre. Pero la realidad es que la represión de aquella ha sido desplazada por la depresión, cuyos efectos son más graves, pues acaba minando la voluntad del individuo para salir adelante.

De tener razón este filósofo, los datos con los que empezamos este artículo casi se explican solos. Podríamos añadir, incluso, que esto no ha hecho más que empezar y que puede acabar siendo un grave problema de salud pública. Inmediatamente, sin embargo, asoma la duda de si llegaremos a ver algún tipo de campaña gubernamental para frenar esta eventual epidemia. Desde los poderes públicos es habitual lanzar campañas de concienciación o de reeducación de hábitos, sea combatiendo el tabaco, el sedentarismo o el consumo de bebidas azucaradas. Pero está claro que aquí nos movemos a otro nivel. Por mucho que aumente la incidencia de la ansiedad y la depresión, no parece probable que el ministerio competente en estos temas recomiende la reducción de la jornada laboral o promueva hábitos de contención del consumo para evitar tener que trabajar de forma desmedida.

Tampoco está claro que la población que hoy rinde hiperactivamente y que está encantada con su modo de vida –aunque este se fundamente en una autoesclavitud disfrazada de libre albedrío–, acepte cambiar sus condiciones vitales. No podemos dejar de tener en cuenta que la sociedad del rendimiento transforma al individuo en su conjunto y no solo en sus aspectos laborales.

El sujeto de rendimiento también destina buena parte de su esfuerzo a su salud y a su aspecto físico, con la finalidad de mantenerse en plena forma. Intenta con ello alargar al máximo esa juventud del pleno rendimiento hasta los cuarenta o superando los cincuenta. Lo que sí tiene muy claro es que, en esta sociedad, la inactividad es propia de enfermos o de vagos: mantener la maquinaria corporal en buenas condiciones es el objetivo de cualquier persona responsable.

Sin embargo, una cosa es la teoría y otra la realidad pues, como hemos visto, todo tiene un límite y al final el tiempo se agota y se agota el individuo con él. Como apunta Han, si el sujeto de rendimiento se encuentra en el fondo en una constante guerra consigo mismo, el depresivo es el caído en combate en esa guerra, el excombatiente inválido que ya no sirve a la sociedad. ¿Qué podemos hacer entonces?

La solución actual, y a la noticia del encabezado me remito, es claramente farmacológica pero con un tinte optimista. Al fin y al cabo, otro aspecto característico de la sociedad del rendimiento es su inquebrantable fe en la ciencia. Si la situación actual lleva al ser humano a la depresión, es insensato renunciar por este motivo a los avances productivos conseguidos. Simplemente, es cuestión de tiempo no solo hallar el medicamento para erradicar esta enfermedad sino encontrar las soluciones tecnológicas que permitan una mejora sustancial del ser humano tal y como lo conocemos hoy.

El transhumanismo persigue precisamente esto: la superación de los límites biológicos a través de la aplicación de innovaciones que nos proporcionarán las nuevas técnicas como la biotecnología, la inteligencia artificial, etc. Ya no se trata solo de curar enfermedades o de eliminar discapacidades, sino de mejorar al ser humano, acelerar y dirigir la evolución hacia donde queramos y más allá de los límites a los que razonablemente nos habría llevado la naturaleza a lo largo de siglos.

Por supuesto, dentro del elenco de mejoras a abordar se encuentra la superación del mayor obstáculo con que se encuentra el hombre: el envejecimiento y la muerte. Pero el transhumanismo está convencido de superar definitivamente el problema de la finitud humana y promete la inmortalidad en un futuro no muy lejano. De hecho, algunos de los profetas de esta nueva corriente afirman ya que el primer hombre que alcanzará los mil años de vida está ya vivo hoy.

Tales promesas nos pueden parecer más o menos creíbles, pero se trata de mensajes que tienen un importante atractivo entre nuestros congéneres. Lo que tampoco debe sorprendernos pues, desde hace siglos, el ser humano ansia la inmortalidad o, al menos, una suerte de situación de inmunidad biológica que le permita sortear los reveses a los que está sometido como miembro de este universo azaroso y hostil.

La solución transhumanista no deja de ser, en este sentido, una oferta de salvación inmanente, mundana, que ha venido a desplazar a la salvación trascendente propia de la religión, hoy desgraciadamente de capa caída en Occidente. Habrá que ver, de todas formas, qué posibilidades reales tiene de éxito y a quién va a alcanzar (o, lo que es lo mismo, quien va a poder pagarlo). Mientras tanto, el consumo de ansiolíticos y antidepresivos seguirá aumentando y alcanzando a más personas. Un crecimiento al que espero no haber contribuido al escribir estas líneas.

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 12 de mayo de 2019

Sodoma

photo of child reading holy bible
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A lo largo de la Biblia encontramos topónimos de todo tipo, algunos de los cuales han llegado a obtener un valor simbólico que supera su significación meramente geográfica. Incluso en algún caso se emplean para referirse a una realidad diferente. Así, en nuestro entorno, cuando hablamos de belén solemos pensar en las representaciones más o menos imaginativas del nacimiento de Jesús más que en la aldea física en la que tal acontecimiento tuvo lugar según los evangelios de Mateo y Lucas.

Otros topónimos han tenido connotaciones menos positivas, siendo posiblemente los de las ciudades de Sodoma y Gomorra los más conocidos. Ambas poblaciones fueron destruidas por un airado Dios según se relata en el libro del Génesis, harto de las depravaciones de sus habitantes. Tal sea menos conocida, sin embargo, la curiosa interpelación de Abrahán, el gran patriarca bíblico, a favor de Sodoma, pues allí vivía su sobrino Lot con su familia.

Sabemos por el relato del Génesis que Lot no era oriundo del lugar y no participaba de los desmanes de sus vecinos sodomitas. Sin embargo, Abrahán no hace uso de su buena relación con Dios para interceder directamente por su sobrino, sino que pretende disuadir a Dios para evitar la completa destrucción de la ciudad. Su argumento es impecable: explica a Dios que es posible que existan cincuenta hombres justos en Sodoma y que sería impropio de la justicia divina someter a estos cincuenta justos al mismo castigo que a los impíos y depravados. Dios cede ante Abrahán siempre que se acredite que esos cincuenta hombres realmente existen. Al devolverle la pelota al patriarca, se inicia un regateo en el que, sucesivamente, Abrahán va convenciendo a Dios de que debe abstenerse de destruir Sodoma, aunque los justos que ahí vivan sean solo cuarenta y cinco o cuarenta o treinta y, así hasta llegar a diez.

Al final, parece que la audacia de Abrahán fue superior a la condición moral real de los sodomitas, pues Dios termina destruyendo la ciudad de la que solo escapan, con la ayuda de unos ángeles, Lot, su mujer y sus hijas. No obstante, la interpelación de Abrahán a Dios tiene unos aspectos chocantes que vale la pena destacar.

Como hemos indicado, Abrahán ni siquiera menciona a Lot al dirigirse a Dios, sino que se erige como defensor de los posibles inocentes de Sodoma, de cuya existencia real ni siquiera puede dar fe. Su actitud es más bien la de quien se rebela ante la decisión de una autoridad que entiende injusta, aunque esta provenga de un dios furioso y ofendido.

Conviene, en este sentido, llamar la atención acerca del talante paciente del dios veterotestamentario, que accede a dialogar con una criatura mortal como es Abrahán. Es muy fácil hoy fijarse solo en el carácter cruel y vengativo de la acción divina contra Sodoma, incomprensible a los ojos de un europeo del siglo XXI. Esta visión anacrónica y descontextualizada eclipsa lo importante de la situación, que es la de presentar un Dios que atiende al hombre creyente que busca justicia.

En este caso, Abrahán se rebela ante una situación que, tanto en su tiempo como hoy, era demasiado común: el sufrimiento de inocentes por las acciones de malvados. ¿Acaso no es lo que vemos a diario en tantos sitios de Oriente medio, de África, incluso en nuestra civilizada Europa?

Abrahán intercede y Dios atiende a su petición. Sin embargo, fijémonos una vez más en la demanda del patriarca. Podríamos pensar que el justo Abrahán sale en defensa de los inocentes, como haría cualquier hombre de bien. Pero no es exactamente así. Él no pide a Dios que saque a los cincuenta inocentes de Sodoma ante la inminente destrucción. Lo que reclama Abrahán es que Dios perdone a los sodomitas si entre ellos existe, al menos, una minoría justa. A sus ojos, unos pocos hombres buenos pueden ser suficientes para justificar un pueblo que, en su conjunto, es malvado y cruel.

Este planteamiento nos puede resultar muy extraño en una sociedad marcada por el individualismo, en la que cada persona actúa conforme a su decisión personal y responde de sus actos de forma singular. Los hebreos, en cambio, tenían una idea de la justicia de carácter colectivo y a este colectivo se le atribuían los actos de sus miembros. Por ello, no era extraña a esa concepción de la justicia el que los hijos pagasen por los pecados de los padres, un hecho que a nosotros nos parece tremendamente injusto.

Lo que no quiere decir que, pese a ello, algo parecido a esto no ocurra hoy. ¿Alguien duda, acaso, de que las futuras generaciones pagarán por nuestros pecados medioambientales? ¿No serán nuestros hijos y nietos los que deban asumir las consecuencias de la actual falta de una regulación legal y de una visión moral crítica en relación con los avances biotecnológicos que ponen en cuestión nuestra idea de ser humano y su dignidad?

Pero no hace falta irse al futuro. Hoy mismo vivimos en una época en la que la juventud no goza de las mismas esperanzas y expectativas que teníamos sus padres. Las dificultades de encontrar un trabajo estable o de poder adquirir una vivienda han mermado de forma considerable. La posibilidad de que un joven de clase baja pueda lograr un estatus social superior al de sus padres también se ha reducido respecto a la anterior generación. Cada uno de nosotros puede realizar su examen de conciencia y, tal vez, la gran mayoría llegue a la conclusión de que vive y se relaciona con su entorno de forma justa, sin perjudicar a los demás, cumpliendo las leyes y pagando sus impuestos. Pero lo cierto es que, entre todos y aun inconscientemente, estamos construyendo una sociedad más injusta.

Sin embargo, la lección de Abrahán no puede quedarse en esa vertiente negativa. Ciertamente Dios destruyó Sodoma al no encontrar un solo justo allí, salvo la familia foránea de Lot. Pero de haber habido, entre los sodomitas, un puñado de hombres justos, Dios habría perdonado a toda la ciudad.

En nuestra sociedad, en la que tendemos a valorar a las personas por su poder adquisitivo, su imagen o su posición social, cometemos el error de infravalorar la acción de los hombres justos. Y, por tales, no me refiero a los que vivimos cómodamente en nuestras casas y pagamos puntualmente los impuestos y las cuotas de la hipoteca. Me refiero a aquellos que trabajan directamente por transformar la sociedad y hacerlo desde abajo. No se trata de cuestionar el sistema y promover un cambio radical, sino de transformar las vidas de aquellos que se encuentran en la periferia de ese sistema y ofrecerles una esperanza y una oportunidad.

El mérito de estos hombres justos es que su labor carece de recompensa socialmente reconocible. Su vida no mejorará con su labor y, aunque ayuden a otros, posiblemente su esfuerzo sea estadísticamente insignificante, y lo saben. O al menos será así hasta que los demás nos demos cuenta de que su testimonio puede salvarnos a nosotros de la quema y la destrucción. Podemos confiar en que siempre habrá un Abrahán que interceda por nosotros, pero lo prudente es asegurarnos de que exista un porcentaje mínimo de hombres justos que haga que merezca la pena salvarnos a todos. El riesgo de acabar como Sodoma, destruyendo nuestra propia forma de vida, está ahí. Y la única forma realista de evitar de que ello ocurra es, seguramente, levantarnos de una vez del sofá.

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 28 de abril de 2019

Intolerantes

protesters on the street
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En una sociedad que se autodefine como tolerante y plural, resulta sorprendente y cansino observar como amplios sectores de la opinión pública reaccionan de forma furibunda cuando alguien realiza una propuesta o da una opinión desde postulados religiosos. Ocurre, por ejemplo, cuando a un candidato se le ocurre manifestarse contrario al aborto sin inmediatamente apresurarse a maquillar lo dicho con matices de todo tipo. Lo mismo puede decirse de quien se oponga con meridiana firmeza a los postulados de la ideología de género, a los animalistas o a los defensores de cualquier colectivo minoritario y casi obligatoriamente oprimido. 

Quienes se atreven a opinar contra corriente suelen ser acusados de fundamentalistas y retrógrados, cuando no se les intenta perseguir por algún tipo de delito atribuible a su supuesta misantropía o al odio al progreso humano. Estas acusaciones suelen tener un patrón común. En primer lugar, suelen ser exacerbadas, radicales y excluyentes de cualquier tipo de diálogo o transacción. Al que discrepa se le suele etiquetar de intolerante y tal atributo conlleva el aislamiento y la puesta en cuarentena de la opinión y de su opinante. La metáfora médica no es casual, pues con frecuencia se alude a la necesidad de un cordón sanitario para fagocitar cuanto antes al discrepante y sus perniciosos efectos.  

En segundo lugar, y como es fácil deducir, la reacción de los veladores de esa “verdad oficial” no suele fundamentarse en sesudos razonamientos ni falta que les hace. Su mensaje suele ser simple y conciso, lo que le añade un plus de eficacia entre ese gran colectivo de personas que tienden a opinar sobre cualquier cosa que desconozcan. Lo que sí es vital para el éxito del mensaje es la identificación de un colectivo atacado, sea el género femenino en general o sea un grupo minoritario que supuestamente sufra algún tipo de discriminación u ofensa.  

Así, cuando alguien se opone al aborto, se dirá que no defiende la vida del embrión, sino que ataca el derecho de las mujeres a abortar. Si cuestiona la existencia de este derecho o, al menos, se atreve a oponer a él el derecho del ser vivo no nacido a seguir viviendo, se añadirá, por parte de sus adversarios, que es un misógino y que odia a las mujeres. Si encima es una mujer, directamente se la tildará de idiota. Lo más fascinante del proceso es que, pese a la escasa discusión que se llegará a producir, los interlocutores acaban en un escenario sorprendente. El embrión humano deja de ser el elemento central de la confrontación, para dejar paso a la existencia de un derecho de la mujer que es cuestionado. La víctima ya no es el no nacido, sino la progenitora. Para esa “verdad oficial”, defender la humanidad de la vida del embrión es un desatino, como lo es defender la existencia del alma o de Dios 

Tal vez por ello, pocas cosas satisfacen más a estos intolerantes que poder atribuir a sus discrepantes una fundamentación religiosa a sus opiniones. En este caso, juega a su favor el hecho de que el postulado religioso que acompaña esa opinión provoca, aún hoy, numerosos prejuicios derivados de otras épocas en las que las autoridades religiosas se erigían en poseedoras de una verdad indiscutible. Un error que la Iglesia, en este caso, ha pagado con creces, pues tal fanatismo en no pocas ocasiones le llevó a anteponer esta verdad por encima de otros valores como la justicia o la fraternidad, como denunció Pascal 

No obstante, esta postura idólatra, que aun sostienen desgraciadamente algunas pocas personas en la propia Iglesia, hace ya tiempo que ha sido desterrada por la mayoría. La Iglesia hoy no impone, sino que intenta persuadir y convencer, con la palabra y con el testimonio de sus fieles. No corresponde a la Iglesia transigir con el núcleo de su fe, pero sí actuar conforme a los valores de pluralismo y tolerancia que ella misma ha contribuido en su construcción. Pero, si esto es así, ¿a qué se debe el inusitado enconamiento de tanta gente contra los fieles que se limitan a sostener, entre muchas otras, su opinión? 

Una de las causas está en el hecho de que la supuesta superación de la religión en el ámbito público, fruto la secularización de la Modernidad, ha dado lugar a un nuevo y distinto ejercicio idolátrico de la verdad. Ciertamente, se trata hoy de una verdad más difusa en según qué aspectos, pues rehuye fundamentarse en principios trascendentes y se refugia en un relativismo acomodable a las exigencias del momento. Pero no por ello deja de ser una idolatría que impone criterios jurídicos y morales avasallando los valores fundamentales para toda convivencia, como son el respeto a la vida, la igualdad ante la ley, la equidad, el reconocimiento de la legitimidad del adversario o la proporcionalidad en las medidas que se adopten.  

Y esto es importante puesto que esta nueva verdad tiende a centrarse en cuestiones que afectan a temas morales importantes. Nos referimos aquí a cuestiones tan fundamentales como el mismo concepto de ser humano. Un ejemplo de ello es la primacía del reduccionismo biológico al referirnos al hombre, lo que lleva a muchos a considerarlo como una especie animal más, sin que exista en apariencia nada especialmente diferente entre nosotros y, por ejemplo, un primate, salvo un porcentaje ínfimo de código genético y poco más.  

Tal visión ha llevado, en el caso de los llamados animalistas, a considerar la eventual extensión de la humanidad más allá de nuestra especie, o al menos, a reconocer cierto valor moral y jurídico a los animales que más parecido guardan con nosotros. Inmediatamente aparece una nueva verdad oficial, referida a la dignidad animal y sus derechos, lo que conllevará nuevas y sorprendentes regulaciones. Al final, casi sin darnos cuenta, resulta que es más fácil matar un feto humano que recortar las orejas a un perro. 

Pero en la misma medida que reconocemos un valor moral en otras especies, con insólita facilidad degradamos el nuestro, pues fácilmente podemos legitimar una instrumentalización de nuestro ser biológico, bien sea para mejorar nuestras capacidades con prótesis y otros elementos tecnológicos, o bien sea para evitar problemas futuros a nivel de especie con prácticas eugenésicas. La manipulación genética y los avances biotecnológicos avanzan en este sentido. Además, gracias al desarrollo de la inteligencia artificial, tendremos cada vez más máquinas que se parezcan a los humanos, y humanos que se parezcan a las máquinas. Hasta llegar a la soñada convergencia hombre-máquina a la que aspiran los posthumanistas. 

Como se puede observar, la importancia de este debate es tal, que ya no es solo que un católico pueda oponerse a la legislación permisiva sobre el aborto. En muchos casos, aunque manifestemos nuestra opinión, somos conscientes de que se trata de una batalla prácticamente perdida. El problema es que, esa misma mayoría intolerante, que es incapaz de ir más allá de mensajes simplistas y de sostener un debate sincero y con un talante abierto, es la que acabará orientando las decisiones respecto a cuestiones como la manipulación genética del hombre, los hijos a la carta, la clonación humana y tantos otros retos que tarde o temprano la humanidad tendrá que abordar. O peor aún, ni siquiera opinará sobre ello, pues mientras corporaciones y empresas poco escrupulosas ofertarán este tipo de servicios, esa mayoría intolerante estará defendiendo los derechos del colectivo de pelirrojos alopécicos o cualquier otra minoría supuestamente oprimida. 

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 19 de abril de 2019