Intolerantes

protesters on the street
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En una sociedad que se autodefine como tolerante y plural, resulta sorprendente y cansino observar como amplios sectores de la opinión pública reaccionan de forma furibunda cuando alguien realiza una propuesta o da una opinión desde postulados religiosos. Ocurre, por ejemplo, cuando a un candidato se le ocurre manifestarse contrario al aborto sin inmediatamente apresurarse a maquillar lo dicho con matices de todo tipo. Lo mismo puede decirse de quien se oponga con meridiana firmeza a los postulados de la ideología de género, a los animalistas o a los defensores de cualquier colectivo minoritario y casi obligatoriamente oprimido. 

Quienes se atreven a opinar contra corriente suelen ser acusados de fundamentalistas y retrógrados, cuando no se les intenta perseguir por algún tipo de delito atribuible a su supuesta misantropía o al odio al progreso humano. Estas acusaciones suelen tener un patrón común. En primer lugar, suelen ser exacerbadas, radicales y excluyentes de cualquier tipo de diálogo o transacción. Al que discrepa se le suele etiquetar de intolerante y tal atributo conlleva el aislamiento y la puesta en cuarentena de la opinión y de su opinante. La metáfora médica no es casual, pues con frecuencia se alude a la necesidad de un cordón sanitario para fagocitar cuanto antes al discrepante y sus perniciosos efectos.  

En segundo lugar, y como es fácil deducir, la reacción de los veladores de esa “verdad oficial” no suele fundamentarse en sesudos razonamientos ni falta que les hace. Su mensaje suele ser simple y conciso, lo que le añade un plus de eficacia entre ese gran colectivo de personas que tienden a opinar sobre cualquier cosa que desconozcan. Lo que sí es vital para el éxito del mensaje es la identificación de un colectivo atacado, sea el género femenino en general o sea un grupo minoritario que supuestamente sufra algún tipo de discriminación u ofensa.  

Así, cuando alguien se opone al aborto, se dirá que no defiende la vida del embrión, sino que ataca el derecho de las mujeres a abortar. Si cuestiona la existencia de este derecho o, al menos, se atreve a oponer a él el derecho del ser vivo no nacido a seguir viviendo, se añadirá, por parte de sus adversarios, que es un misógino y que odia a las mujeres. Si encima es una mujer, directamente se la tildará de idiota. Lo más fascinante del proceso es que, pese a la escasa discusión que se llegará a producir, los interlocutores acaban en un escenario sorprendente. El embrión humano deja de ser el elemento central de la confrontación, para dejar paso a la existencia de un derecho de la mujer que es cuestionado. La víctima ya no es el no nacido, sino la progenitora. Para esa “verdad oficial”, defender la humanidad de la vida del embrión es un desatino, como lo es defender la existencia del alma o de Dios 

Tal vez por ello, pocas cosas satisfacen más a estos intolerantes que poder atribuir a sus discrepantes una fundamentación religiosa a sus opiniones. En este caso, juega a su favor el hecho de que el postulado religioso que acompaña esa opinión provoca, aún hoy, numerosos prejuicios derivados de otras épocas en las que las autoridades religiosas se erigían en poseedoras de una verdad indiscutible. Un error que la Iglesia, en este caso, ha pagado con creces, pues tal fanatismo en no pocas ocasiones le llevó a anteponer esta verdad por encima de otros valores como la justicia o la fraternidad, como denunció Pascal 

No obstante, esta postura idólatra, que aun sostienen desgraciadamente algunas pocas personas en la propia Iglesia, hace ya tiempo que ha sido desterrada por la mayoría. La Iglesia hoy no impone, sino que intenta persuadir y convencer, con la palabra y con el testimonio de sus fieles. No corresponde a la Iglesia transigir con el núcleo de su fe, pero sí actuar conforme a los valores de pluralismo y tolerancia que ella misma ha contribuido en su construcción. Pero, si esto es así, ¿a qué se debe el inusitado enconamiento de tanta gente contra los fieles que se limitan a sostener, entre muchas otras, su opinión? 

Una de las causas está en el hecho de que la supuesta superación de la religión en el ámbito público, fruto la secularización de la Modernidad, ha dado lugar a un nuevo y distinto ejercicio idolátrico de la verdad. Ciertamente, se trata hoy de una verdad más difusa en según qué aspectos, pues rehuye fundamentarse en principios trascendentes y se refugia en un relativismo acomodable a las exigencias del momento. Pero no por ello deja de ser una idolatría que impone criterios jurídicos y morales avasallando los valores fundamentales para toda convivencia, como son el respeto a la vida, la igualdad ante la ley, la equidad, el reconocimiento de la legitimidad del adversario o la proporcionalidad en las medidas que se adopten.  

Y esto es importante puesto que esta nueva verdad tiende a centrarse en cuestiones que afectan a temas morales importantes. Nos referimos aquí a cuestiones tan fundamentales como el mismo concepto de ser humano. Un ejemplo de ello es la primacía del reduccionismo biológico al referirnos al hombre, lo que lleva a muchos a considerarlo como una especie animal más, sin que exista en apariencia nada especialmente diferente entre nosotros y, por ejemplo, un primate, salvo un porcentaje ínfimo de código genético y poco más.  

Tal visión ha llevado, en el caso de los llamados animalistas, a considerar la eventual extensión de la humanidad más allá de nuestra especie, o al menos, a reconocer cierto valor moral y jurídico a los animales que más parecido guardan con nosotros. Inmediatamente aparece una nueva verdad oficial, referida a la dignidad animal y sus derechos, lo que conllevará nuevas y sorprendentes regulaciones. Al final, casi sin darnos cuenta, resulta que es más fácil matar un feto humano que recortar las orejas a un perro. 

Pero en la misma medida que reconocemos un valor moral en otras especies, con insólita facilidad degradamos el nuestro, pues fácilmente podemos legitimar una instrumentalización de nuestro ser biológico, bien sea para mejorar nuestras capacidades con prótesis y otros elementos tecnológicos, o bien sea para evitar problemas futuros a nivel de especie con prácticas eugenésicas. La manipulación genética y los avances biotecnológicos avanzan en este sentido. Además, gracias al desarrollo de la inteligencia artificial, tendremos cada vez más máquinas que se parezcan a los humanos, y humanos que se parezcan a las máquinas. Hasta llegar a la soñada convergencia hombre-máquina a la que aspiran los posthumanistas. 

Como se puede observar, la importancia de este debate es tal, que ya no es solo que un católico pueda oponerse a la legislación permisiva sobre el aborto. En muchos casos, aunque manifestemos nuestra opinión, somos conscientes de que se trata de una batalla prácticamente perdida. El problema es que, esa misma mayoría intolerante, que es incapaz de ir más allá de mensajes simplistas y de sostener un debate sincero y con un talante abierto, es la que acabará orientando las decisiones respecto a cuestiones como la manipulación genética del hombre, los hijos a la carta, la clonación humana y tantos otros retos que tarde o temprano la humanidad tendrá que abordar. O peor aún, ni siquiera opinará sobre ello, pues mientras corporaciones y empresas poco escrupulosas ofertarán este tipo de servicios, esa mayoría intolerante estará defendiendo los derechos del colectivo de pelirrojos alopécicos o cualquier otra minoría supuestamente oprimida. 

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 19 de abril de 2019 

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