Sodoma

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A lo largo de la Biblia encontramos topónimos de todo tipo, algunos de los cuales han llegado a obtener un valor simbólico que supera su significación meramente geográfica. Incluso en algún caso se emplean para referirse a una realidad diferente. Así, en nuestro entorno, cuando hablamos de belén solemos pensar en las representaciones más o menos imaginativas del nacimiento de Jesús más que en la aldea física en la que tal acontecimiento tuvo lugar según los evangelios de Mateo y Lucas.

Otros topónimos han tenido connotaciones menos positivas, siendo posiblemente los de las ciudades de Sodoma y Gomorra los más conocidos. Ambas poblaciones fueron destruidas por un airado Dios según se relata en el libro del Génesis, harto de las depravaciones de sus habitantes. Tal sea menos conocida, sin embargo, la curiosa interpelación de Abrahán, el gran patriarca bíblico, a favor de Sodoma, pues allí vivía su sobrino Lot con su familia.

Sabemos por el relato del Génesis que Lot no era oriundo del lugar y no participaba de los desmanes de sus vecinos sodomitas. Sin embargo, Abrahán no hace uso de su buena relación con Dios para interceder directamente por su sobrino, sino que pretende disuadir a Dios para evitar la completa destrucción de la ciudad. Su argumento es impecable: explica a Dios que es posible que existan cincuenta hombres justos en Sodoma y que sería impropio de la justicia divina someter a estos cincuenta justos al mismo castigo que a los impíos y depravados. Dios cede ante Abrahán siempre que se acredite que esos cincuenta hombres realmente existen. Al devolverle la pelota al patriarca, se inicia un regateo en el que, sucesivamente, Abrahán va convenciendo a Dios de que debe abstenerse de destruir Sodoma, aunque los justos que ahí vivan sean solo cuarenta y cinco o cuarenta o treinta y, así hasta llegar a diez.

Al final, parece que la audacia de Abrahán fue superior a la condición moral real de los sodomitas, pues Dios termina destruyendo la ciudad de la que solo escapan, con la ayuda de unos ángeles, Lot, su mujer y sus hijas. No obstante, la interpelación de Abrahán a Dios tiene unos aspectos chocantes que vale la pena destacar.

Como hemos indicado, Abrahán ni siquiera menciona a Lot al dirigirse a Dios, sino que se erige como defensor de los posibles inocentes de Sodoma, de cuya existencia real ni siquiera puede dar fe. Su actitud es más bien la de quien se rebela ante la decisión de una autoridad que entiende injusta, aunque esta provenga de un dios furioso y ofendido.

Conviene, en este sentido, llamar la atención acerca del talante paciente del dios veterotestamentario, que accede a dialogar con una criatura mortal como es Abrahán. Es muy fácil hoy fijarse solo en el carácter cruel y vengativo de la acción divina contra Sodoma, incomprensible a los ojos de un europeo del siglo XXI. Esta visión anacrónica y descontextualizada eclipsa lo importante de la situación, que es la de presentar un Dios que atiende al hombre creyente que busca justicia.

En este caso, Abrahán se rebela ante una situación que, tanto en su tiempo como hoy, era demasiado común: el sufrimiento de inocentes por las acciones de malvados. ¿Acaso no es lo que vemos a diario en tantos sitios de Oriente medio, de África, incluso en nuestra civilizada Europa?

Abrahán intercede y Dios atiende a su petición. Sin embargo, fijémonos una vez más en la demanda del patriarca. Podríamos pensar que el justo Abrahán sale en defensa de los inocentes, como haría cualquier hombre de bien. Pero no es exactamente así. Él no pide a Dios que saque a los cincuenta inocentes de Sodoma ante la inminente destrucción. Lo que reclama Abrahán es que Dios perdone a los sodomitas si entre ellos existe, al menos, una minoría justa. A sus ojos, unos pocos hombres buenos pueden ser suficientes para justificar un pueblo que, en su conjunto, es malvado y cruel.

Este planteamiento nos puede resultar muy extraño en una sociedad marcada por el individualismo, en la que cada persona actúa conforme a su decisión personal y responde de sus actos de forma singular. Los hebreos, en cambio, tenían una idea de la justicia de carácter colectivo y a este colectivo se le atribuían los actos de sus miembros. Por ello, no era extraña a esa concepción de la justicia el que los hijos pagasen por los pecados de los padres, un hecho que a nosotros nos parece tremendamente injusto.

Lo que no quiere decir que, pese a ello, algo parecido a esto no ocurra hoy. ¿Alguien duda, acaso, de que las futuras generaciones pagarán por nuestros pecados medioambientales? ¿No serán nuestros hijos y nietos los que deban asumir las consecuencias de la actual falta de una regulación legal y de una visión moral crítica en relación con los avances biotecnológicos que ponen en cuestión nuestra idea de ser humano y su dignidad?

Pero no hace falta irse al futuro. Hoy mismo vivimos en una época en la que la juventud no goza de las mismas esperanzas y expectativas que teníamos sus padres. Las dificultades de encontrar un trabajo estable o de poder adquirir una vivienda han mermado de forma considerable. La posibilidad de que un joven de clase baja pueda lograr un estatus social superior al de sus padres también se ha reducido respecto a la anterior generación. Cada uno de nosotros puede realizar su examen de conciencia y, tal vez, la gran mayoría llegue a la conclusión de que vive y se relaciona con su entorno de forma justa, sin perjudicar a los demás, cumpliendo las leyes y pagando sus impuestos. Pero lo cierto es que, entre todos y aun inconscientemente, estamos construyendo una sociedad más injusta.

Sin embargo, la lección de Abrahán no puede quedarse en esa vertiente negativa. Ciertamente Dios destruyó Sodoma al no encontrar un solo justo allí, salvo la familia foránea de Lot. Pero de haber habido, entre los sodomitas, un puñado de hombres justos, Dios habría perdonado a toda la ciudad.

En nuestra sociedad, en la que tendemos a valorar a las personas por su poder adquisitivo, su imagen o su posición social, cometemos el error de infravalorar la acción de los hombres justos. Y, por tales, no me refiero a los que vivimos cómodamente en nuestras casas y pagamos puntualmente los impuestos y las cuotas de la hipoteca. Me refiero a aquellos que trabajan directamente por transformar la sociedad y hacerlo desde abajo. No se trata de cuestionar el sistema y promover un cambio radical, sino de transformar las vidas de aquellos que se encuentran en la periferia de ese sistema y ofrecerles una esperanza y una oportunidad.

El mérito de estos hombres justos es que su labor carece de recompensa socialmente reconocible. Su vida no mejorará con su labor y, aunque ayuden a otros, posiblemente su esfuerzo sea estadísticamente insignificante, y lo saben. O al menos será así hasta que los demás nos demos cuenta de que su testimonio puede salvarnos a nosotros de la quema y la destrucción. Podemos confiar en que siempre habrá un Abrahán que interceda por nosotros, pero lo prudente es asegurarnos de que exista un porcentaje mínimo de hombres justos que haga que merezca la pena salvarnos a todos. El riesgo de acabar como Sodoma, destruyendo nuestra propia forma de vida, está ahí. Y la única forma realista de evitar de que ello ocurra es, seguramente, levantarnos de una vez del sofá.

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 28 de abril de 2019

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