El hombre del tanque

china chinese city forbidden kingdom
Photo by hitesh choudhary on Pexels.com

Han pasado treinta años desde aquel mítico 1989 en el que el comunismo se disolvió ante los estupefactos ojos de un incrédulo Occidente. Los que vivimos aquel noviembre en el que las televisiones retransmitían en directo la caída del Muro de Berlín, tuvimos por primera vez la sensación de estar viendo, junto a millones de personas, lo que acabaría siendo un capítulo esencial en la historia europea y mundial.  

Es fácil intentar comparar lo que ocurrió entonces con otros acontecimientos vividos globalmente, como pueden ser los atentados del 11-S en Estados Unidos o como vivimos aquí el 23-F, pero sigue existiendo una diferencia cualitativa importante. Los acontecimientos de finales de 1989 finiquitaron los regímenes comunistas europeos, algo que para la mayoría de los occidentales era como pensar en agarrar la luna con una cuerda.  

El bloque soviético formaba una estructura casi perfecta, admirada por muchos y temida por todos. Durante la Guerra Fría nadie descartaba del todo la posibilidad de un conflicto armado, lo que evidentemente daría lugar a una destrucción a escala planetaria. Pero, más allá de esa terrorífica posibilidad, nada parecía amenazar los cimientos de la URSS y sus satélites.  

Daban fe de esta fortaleza los testimonios de muchas personas que, en los años 70, solían viajar a Moscú para conocer qué era el socialismo real. A su regreso, relataban sus impresiones ante la visión de las grandes colas de gente comprando en las tiendas y como no siempre era posible encontrar aquellos víveres que uno buscaba. Paradójicamente, sin embargo, aún narraban con mayor admiración la belleza del metro moscovita o el orden y la paz que se respiraba en la ciudad.  

Pese a sus evidentes carencias, en Occidente siguió habiendo hasta el final una curiosa fascinación por el régimen totalitario comunista. La estética soviética, su simbolismo, la marcialidad de los soldados en la Plaza Roja, creaban un aura de admiración que embriagaba al viajero, que en ningún momento dudaba de la solidez del régimen.  

Es por ello por lo que sorprendió tanto el que se desmoronara de aquella manera, desde dentro, casi sin querer. Como un extraño dominó cayó el muro berlinés aquel otoño y en dos años la URSS desaparecía para siempre, como si todo hubiera sido un malentendido 

Aunque el derrumbe fue más un suicido que una derrota, Occidente se apropió rápidamente del mérito y se empezó hablar de un nuevo orden mundial, de la globalización del modelo democrático occidental e incluso del fin de la historia, al menos tal y como se la conocía hasta ese momento. Tan asombrados quedamos ante un final tan sorprendente, que nos olvidamos de que el otoño de 1989 tuvo un prólogo agridulce. 

Este prólogo, trágica premonición de lo que por derroteros muy distintos iba a suceder en Europa, tuvo lugar en la China comunista. Ocurrió tras la súbita muerte de Hu Yaobang, exsecretario general del comité central del Partido Comunista en los años ochenta, y que fue relevado de su cargo en 1987 al ser considerado demasiado liberal. Dado que oficialmente nunca se explicaron tales razones, al morir en abril de 1989 se organizó un funeral multitudinario en el que, para sorpresa de los dirigentes, fue aprovechado por grupos opositores para reclamar una mayor apertura democrática del país 

En aquel momento el hombre fuerte de China, Deng Xiaoping, dirigía una reforma profunda del régimen, introduciendo medidas de desregulación económica con el fin de favorecer el desarrollo económico a través de mecanismos propios del capitalismo, pero evitando cualquier atisbo de democratización. Ello provocó el malestar de grupos estudiantiles que iniciaron manifestaciones y protestas en diversas ciudades, si bien estas se focalizaron sobre todo en una serie de manifestaciones en la plaza de Tiananmen de Pekín. Estos acontecimientos derivaron en la adopción de la ley marcial por parte de las autoridades ya a mediados de mayo, hasta que el ejército chino acabó disolviendo toda manifestación, a lo que siguieron fuertes medidas represivas y un indeterminado pero elevado número de muertos.  

La imagen que simboliza esa resistencia pacífica frente al mayor régimen dictatorial del mundo fue la fotografía tomada el 5 de junio, en la que puede verse a un anónimo ciudadano que se planta delante de una columna de tanques en la plaza de Tiananmen. Naturalmente, la aventura duró unos minutos y al poco tiempo el susodicho ciudadano desapareció entre la multitud. Nunca se ha sabido a ciencia cierta quién era ni qué fue de él. Como es fácil suponer, los tanques siguieron su camino y fulminaron todo intento de protesta. La rebelión se había acabado.  

Treinta años después, el aniversario de Tiananmen apenas ha tenido alguna relevancia en las páginas de los periódicos. China hoy es una potencia económica mundial, pero sigue siendo un sistema totalitario de primer orden, donde no existe libertad de pensamiento, ni religiosa, ni la dignidad humana vale un pimiento. Sin embargo, justo es reconocer el gran éxito de las reformas del régimen, iniciadas hace más de tres décadas 

Al igual que cierta izquierda ilustrada europea se dejaba fascinar por la estética soviética en los años setenta, gracias a Deng Xiaoping hoy China provoca una enfermiza admiración en no pocos capitalistas deslustradosSon muchos los que viajan allí y vuelven asombrados de ver el capitalismo en estado puro, los grandes complejos industriales trabajando a destajo, al mínimo coste y con una eficiencia casi de laboratorio.  

Para el capitalista arquetípico del siglo XXI, ese que sueña con ganar dinero hablando por el móvil mientras se compra un traje, China es ese gran campo de algodón repleto de esclavos con el que siempre ha soñado y que ahora es posible observar desde un rascacielos en Hong-Kong o Singapur. Porque el gran logro de Deng Xiaoping ha sido demostrar que el capitalismo puede prescindir de esa molesta lacra de la democracia y de los derechos humanos. Se ha corregido así el gran “error” de la Ilustración de pensar que la riqueza está al servicio del hombre y no al revés.  

En China el comunismo no se ha liberalizado, sino que el capitalismo ha iniciado su evolución hacia formas de colectivismo en las que el ciudadano carece de papel alguno, salvo el formar parte del colectivo trabajador-consumidor. Y Asia es el gran laboratorio de pruebas. Los hijos de los que protestaron en Tiananmen hoy son felices porque, trabajando a destajo, tienen un Iphone con el que navegar por Internet, aunque nunca podrán leer un artículo como este. 

Transcurridos treinta años, seguimos sin saber quién era el hombre del tanque. Ni siquiera queda claro cuál fue su papel. Algunos llegaron a especular que era un policía de paisano. De hecho, el régimen usó la famosa imagen como demostración de la delicadeza con que su ejército trataba a los manifestantes. Lo cierto es que, hoy, apenas importa a nadie. Como tampoco parece importar a nadie que China, ansiado socio de muchos gobiernos occidentales y de las grandes empresas transnacionales, pisotee los derechos humanos de sus ciudadanos y carezca del más mínimo escrúpulo ético en cuestiones que afectan a todos, como el medio ambiente o la aplicación de ingeniería genética en las personas. Al fin y al cabo, dirán los grandes gurús económicos, nos hace ganar dinero. Recuerden que ya lo decía Deng Xiaoping en una famosa frase: tanto da que el gato sea blanco o negro, lo importante es que cace ratones. Ni el mismo diablo lo habría dicho más claro. 

 

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 30 de junio de 2019

Mentiras

aerial view architecture autumn cars
Photo by Pixabay on Pexels.com

Quiso Dios, o ese ente inexistente que los ateos supersticiosos llaman casualidad, que casi en la misma semana tuviéramos noticia del fallecimiento del exvicepresidente y exsecretario general del PSOE Alfredo Pérez Rubalcaba y de la actriz norteamericana Doris Day.

Asociar estos dos personajes en un mismo párrafo parecerá extraño a más de uno. Desde luego, carecen de un mínimo común denominador que permita establecer un encuentro emulando las famosas “vidas paralelas” que escribió Plutarco. Ni siquiera la circunstancia de sus muertes permiten una última convergencia en la trayectoria de ambos. Uno murió de pronto, relativamente joven, si atendemos a la razón estadística sobre la esperanza de vida en nuestro país. La otra, en cambio, casi muere tarde, pues no pocos pensábamos ya que su tránsito había discurrido tiempo atrás con la debida discreción.

No obstante, algo parece conectar sendos óbitos: la relación de estas personas con la mentira. “La más bella mentira de América” fue el título con el que Luis Martínez, en este mismo periódico, nos dio cuenta del fallecimiento de la actriz, a la vez que glosaba su vida y obra. Doris Day encarnaba, en sus personajes más conocidos, la imagen de la esposa perfecta en una América próspera y luminosa, donde cada uno alcanzaba sus sueños sin perder la sonrisa. Una imagen ficticia que, fuera de las salas de cine, tarde o temprano acababa padeciendo el encontronazo con los tonos grises de una realidad mucho más cruel: la América de la segregación racial, de las injusticias sociales o la de los engaños que envolvieron toda su participación en la Guerra de Vietnam –recuerden los famosos Papeles del Pentágono–. Tal vez para evitar descubrir la imagen falaz, asumió la actriz su prematura retirada, consiguiendo mantener así vivo su recuerdo eternamente joven en el imaginario americano.

Pérez Rubalcaba, del que desconocemos su rostro juvenil, aguantó más tiempo su presencia en la vida pública, aunque a cambio fuese menos querido que la actriz. O fue al menos así hasta que, con su muerte, no sé si para simular la sensación de alivio de algunos, ha sido obsequiado con honores (casi) de jefe de Estado, aunque en vida no pasara de vicepresidente del Gobierno. Sin embargo, su imagen política fue siempre compleja y cuestionada. Tras ser uno de los padres de la desdichada LOGSE, allá por los noventa del siglo pasado, fue el portavoz del Gobierno de Felipe González en sus últimos años, atrincherado entre múltiples escándalos de corrupción y con la que era cada vez más evidente implicación del ejecutivo socialista con los terroristas del GAL. Una época en la que la mentira era la primera línea de defensa de un gobierno en descomposición.

Paradójicamente, sin embargo, una de las frases más recordadas de Rubalcaba fue pronunciada estando ya en la oposición. Ocurrió durante la noche de la jornada de reflexión del 13 de marzo de 2004, mientras las televisiones ofrecían imágenes en directo sobre el asedio de una muchedumbre a las sedes del PP en las principales ciudades del país: “los ciudadanos españoles se merecen un Gobierno que no les mienta”.

Mucho se ha hablado acerca de lo ocurrió aquellos cuatro días de marzo, tras el atentado del 11-M, y la influencia que tuvo, en el resultado electoral de los siguientes días, tanto la torpeza del gobierno como la calculada astucia de una oposición que supo aprovecharse de las circunstancias. Con el nuevo gobierno, sin embargo, la mentira no desapareció. En algunas ocasiones llegó a salpicar al propio Rubalcaba, como el famoso caso Faisán. La alternancia natural al gobierno socialista vino con los gobiernos del PP –abruptamente finiquitados tras demostrarse una corrupción sistémica en el aparato del partido– y estos fueron seguidos por el del único mandatario europeo que ha sobrevivido en la política pese a plagiar su tesis doctoral. No solo eso, sino que ha sido refrendado por buena parte de los españoles en las recientes elecciones generales. ¿Se equivocó Rubalcaba al suponer que no merecíamos gobiernos que mientan? ¿Nos repugna realmente tanto la mentira?

Decía Jean-François Revel hace ya varias décadas, antes de que se pusieran de moda las fake news, que la mentira es la primera de las fuerzas que dirigen el mundo. Hoy casi me atrevería a decir que es una fuerza hegemónica. La mentira está presente en todas partes y nos hemos acostumbrado tanto a ella que ya ni la notamos.

La mentira nos entretiene, aunque sea en la forma de esos debates precocinados de la tele o como reality shows protagonizados por individuos con el cerebro de cartón piedra. Pero también nos ilusiona. ¿Qué hay sino detrás del voto populista, nacionalista o sensiblero, tras ese emotivismo de colonia barata en el que se esconden los demagogos de derecha e izquierda? En el fondo, queremos creer en un mundo mejor, sin ricos ni emigrantes, en el que podamos echar a los pobres y a los banqueros, y todos vivamos felices con futbol gratis. Y lo deseamos, aunque sabemos que también es mentira.

Nuestra vida puede llegar a fundamentarse en la mentira, empezando por nuestra colección de desconocidos “amigos” que creemos tener en las redes sociales, y acabando por aquello que poseemos, un patrimonio cuyo valor puede desvanecerse como el recuerdo de una mala película. Recordemos sino la última crisis, con miles de viviendas embargadas porque su valor era mentira, porque nunca fue verdad aquello de que los precios siempre suben sin parar. Era mentira.

Uno llega a pensar, por tanto, si no será que deseamos un gobierno que nos mienta, que nos mantenga en esa irrealidad inane y tranquila. El problema es que, incluso la mentira más bella de América acabó por languidecer. Dicen que antes se coge a un mentiroso que a un cojo. No porque el mentiroso corra menos, sino por el esfuerzo que debe hacer para mantener la mentira. Mentir es fácil, pero no lo es mantenerse en la mentira. Si no hay una labor constante, la mentira envejece y acaba por delatarse.

Pero la mentira tiene otro efecto más perverso aún. Su capacidad para minar la confianza. A los niños se les conmina a no mentir con la advertencia amenazante de que cuando digan la verdad, nadie les va a creer. No se fiarán de ellos. La mentira crea desconfianza y esta conduce al rechazo a los demás, al individualismo más abyecto e insolidario.

No es posible vivir siempre en la mentira, en la ficción de algo que no es. Lo entendió Doris Day y se retiró, manteniendo así perpetuamente su angelical rostro de mujer de la acomodada clase media americana. Rubalcaba no hizo lo mismo y aquellos que ahora han ensalzado su figura en su propio partido, fueron los mismos que echaron fuera a los suyos borrando todo rastro de su legado.

Tal vez es posible vivir en una mentira constante, pero no es fácil, y tarde o temprano esa mentira caerá, como un castillo de naipes. Es posible que no nos afecte a nosotros, pero acabará afectando a nuestros hijos. Y nadie merece vivir en un mundo de mentiras, aunque a veces la mentira sea más atractiva que la verdad.

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 28 de mayo de 2019