¿Y si los humanos fuéramos el problema?

Las personas, a diferencia de los lobos o las serpientes, tenemos conciencia de ser lo que somos, lo que nos aporta la capacidad de reflexionar sobre nosotros y la realidad que nos rodea a la vez que nos permite tomar decisiones prácticas a partir de lo que sabemos. Esto nos hace sentir especiales, pero no necesariamente distintos de las otras especies, y es por ello que, desde hace milenios, mucha gente se ve como una parte más de la naturaleza.

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Pero esta visión no es universal. Las principales religiones monoteístas, como la cristiana, incluyen un relato sobre la creación del mundo en el que atribuyen a las personas un estatus superior al resto de seres vivos, pero no un poder absoluto. El papa Francisco lo deja claro en la encíclica Laudato si: Dios hace de la humanidad la administradora de su creación y eso implica tener que responder de su gestión.
Esta visión vicaria se rompe a partir de la Edad Moderna, cuando el ser humano comienza a entender la naturaleza prescindiendo de Dios. Al ver que es posible desplazar la divinidad para explicar el mundo, el individuo toma posesión del título de señor de lo creado y se atribuye el derecho a disponer de la naturaleza, explotarla y transformarla a voluntad, dejando de ser un simple administrador que tendrá que rendir cuentas con el dueño.
En un segundo paso, el individuo moderno echa a Dios de otros ámbitos de conocimiento, como el moral. Con esta jugada, la acción humana deja de tener otros límites que no sean los que las personas se imponen. A pesar de las buenas intenciones, esto acaba teniendo efectos inesperados y la humanidad pasa a ser el principal motivo de degradación ambiental, dispone de armas y tecnología que pueden extinguir la vida del planeta y logra la capacidad de transformar a su albedrío la naturaleza a través de la manipulación genética y la bioingeniería.
Pese a éxitos innegables, no es de extrañar que, ante estos peligros, hoy haya personas que defiendan la derrota -algunos hablan incluso de la extinción- de la humanidad a favor de la naturaleza. Pienso que no hay que ir tan lejos. En realidad, el problema no somos los humanos como especie, sino la acción de atribuirnos el título de señores del mundo. Es fácil aquí hacer memoria del relato bíblico de la desobediencia de Adán y Eva comiendo del árbol del bien y del mal que les permitiría, según la serpiente, ser como los dioses y dominar la creación.
Estos últimos siglos, la serpiente de la codicia ha seguido nutriendo la aspiración humana de ser los señores del universo. Pero hoy, más que la codicia, lo peor parece ser la ceguera que impide a la humanidad ver que todo esto se le está yendo de las manos. La mentalidad moderna nos hace despreciar los viejos relatos de la creación y así nos permite rehuir, como Adán y Eva, la pregunta que se nos dirige: «Porque lo has hecho?». Como en el Génesis, el silencio evidencia la culpabilidad. Al fin y al cabo, en el siglo XXI no somos tan diferentes de los habitantes del Edén y, como ellos, parece que hemos olvidado nuestro papel de administradores a favor de alguien con quien, tarde o temprano, tendremos que rendir cuentas .

(Traducción más o menos automática del artículo “I si els humans fóssim el problema ?«, publicado en el semanario Ara Balears el 23 de enero de 2021)

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