Botes salvavidas

La madrugada del 14 al 15 de abril de 1912 tuvo lugar uno de los sucesos más recordados y que más han dado que hablar en muchas décadas: el hundimiento del Titanic. Aunque no se sabe a ciencia cierta el número exacto de personas que viajaban a bordo, se calcula que fueron algo más de 2.200, de las que casi un millar pertenecía a la tripulación del barco. Curiosamente, para ser la travesía inaugural, el buque iba muy por debajo de su capacidad en cuanto a pasajeros, que alcanzaba los 2.700. Aun así, la capacidad de los veinte botes salvavidas que llevaba era de 1.178 personas, una cifra muy inferior incluso al número real de personas que viajaban en el buque.

El encontronazo con el iceberg poco antes de la medianoche no solo sorprendió a los marinos, sino que se topó con la inicial incredulidad de buena parte del pasaje, que veía inverosímil que la mole de acero e ingenio naval en la que navegaban pudiera sucumbir ante la embestida de un carámbano flotante, por grande que fuera. Tal vez fue por ello que el primer bote, el número 7, no fue arriado hasta casi una hora después del choque, siendo sus pasajeros la mayoría hombres, pues en general las señoras eran reticentes a prestarse a tan ridículo ejercicio a aquellas horas de la noche. Una asombrosa ingenuidad que fue, no obstante, provocada por la actitud de la propia tripulación, que tenía órdenes estrictas de evitar situaciones de pánico. Esta misma pretensión tranquilizadora llevó al capitán a disponer que la orquesta empezara a tocar en la parte delantera de la cubierta de botes, en una situación que ha dado lugar a imágenes tragicómicas en innumerables películas y obras literarias.

Fuera por la incredulidad ante ese inopinado accidente, fuera por la mala formación de la tripulación, que desconocía como proceder a la evacuación del pasaje y cuál era a capacidad real de los botes, ese primer bote y los siguientes fueron arriados medio llenos. La mayoría de botes, con una cabida de 65 personas, no portaban mas de una treintena de pasajeros y tripulantes. En todo caso, y puesto que la capacidad era limitada, se dio la famosa orden de embarcar preferentemente a mujeres y niños. Sin embargo, en aquel naufragio ocurrieron otras cosas que nos llaman la atención.

En primer lugar, resultó que el criterio de salvar primero a mujeres y a niños no fue el único. Aunque es verdad que el porcentaje de hombres que murieron es el superior, es llamativo comprobar que entre los pasajeros de primera clase muriera algo menos del 40% del pasaje, mientras que en tercera clase murió el 75%. Ello explica que, pese a la preferencia por los niños, la mitad de ellos murieron en el suceso, siendo todos de tercera clase menos uno que, según los testimonios, murió por la tozudez de sus padres al negarse a embarcarlo en los botes.

Si la elección de ese criterio clasista es, como mínimo, discutible, no lo fue menos la actitud de los que se hallaban en los botes cuando el barco se acaba hundiendo, unas tres horas después del choque. Como es fácil imaginar, los botes se fueren alejando prudentemente del barco para no ser arrastrados por este al sumergirse totalmente en el océano. No obstante, los gritos de decenas de personas que habían caído al agua generaron una discusión acerca de si era razonable ir a socorrerlos o no. Un oficial de la tripulación, Harold Lowe, que tenía a su cargo el bote número 14, propuso traspasar a sus ocupantes a los demás botes, que estaban la mayoría muy por debajo de su capacidad, e ir en busca de supervivientes. Se originó un debate entre los afectados sobre si era conveniente acercarse a los náufragos y asumir el riesgo de que se abalanzaran a los botes y los hicieran zozobrar. No es difícil imaginar la situación de extrema tensión en medio del naufragio. Al final, los gritos fueron decayendo y Lowe se acercó hacia el lugar del hundimiento, aunque solo encontró a cuatro personas vivas, de las que una acabaría falleciendo poco después. La temperatura del agua, de -2º C, había acabado con la vida del resto de supervivientes. Al regresar con los demás fue inquirido por estos al ver el bote prácticamente vacío. “Hemos esperado demasiado”, fue su única respuesta.

No es difícil visualizar esas imágenes y recordar los muchos “titánics” que vemos hundirse en el Mediterráneo, barcazas sin lujo abarrotadas de refugiados y de inmigrantes. Aquí, sin embargo, no hay criterio alguno para su supervivencia. Tanto da que sean mujeres, niños o varones sanos y corpulentos. No hay distinción entre clases o estirpes. Y no la hay porque los que vivimos en primera clase contemplamos esta calamidad desde la comodidad de nuestras casas, de nuestros lugares de trabajo o desde la misma playa, en la que nos tumbamos ociosos, ajenos a los gritos de muerte y desesperación que desaparecen tras las olas.

Tampoco entre nosotros falta el debate entre la conveniencia de ir o no al rescate de los náufragos. Recoger a los náufragos puede, a juicio de no pocos, suponer un coste inasumible, colapsar nuestros servicios básicos, provocar un efecto llamada que hará insostenible nuestro Estado de bienestar. Por supuesto nada de todo es necesariamente cierto y, de hecho, países que han acogido a decenas de miles de refugiados como Alemania o Italia, no han visto caer su sistema de protección social. Sí que han visto como movimientos populistas agitan el discurso xenófobo y han conseguido un cierto grado de inestabilidad política que en nada beneficia a la población en general. Pero culpar a los inmigrantes del auge de la extrema derecha y el populismo en Europa es como culpar a los mexicanos de la victoria de Donald Trump.

Resulta incluso cómico que se acuse a los que se pronuncian a favor de acoger a los inmigrantes de buenismo. Si por “buenismo” entendemos ser solidarios y compasivos con aquellas personas que sufren o se encuentran en peligro, entiendo que la acusación tiene su peso si proviene de personajes cuyo credo se fundamenta en el egoísmo insolidario, casi más propio de algún personaje malvado de una película de animación. Si por buenismo entendemos, con la Real Academia, la “actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia”, alguien nos tendrá que explicar qué conflicto hay ante el grito desesperado de un padre que ve como su familia puede perecer si no pueden alcanzar tierra firme y segura. ¿Tenemos acaso derecho a sentirnos víctimas por vernos obligados a sacrificar nuestra comodidad para ayudar a esta pobre gente? ¿O será que un efecto del Estado de bienestar es anestesiar nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro, del que padece y demanda auxilio? Mientras tanto seguimos debatiendo sobre lo que hay que hacer y lo que no. Y parece que así sucederá hasta que dejemos de escuchar los gritos de socorro y alguien vuelva a decir que hemos esperado demasiado.

 

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 2-9-2018

¿Puede ser hoy deseable creer en Dios?

¿Puede ser hoy deseable creer en Dios? es el título de mi nuevo artículo en la revista Razón y Fe y que puede leerse íntegramente en la web de la revista: www.razonyfe.org

La esclavitud de la inmediatez

Es asombroso contemplar como la avalancha de información apenas ya nos abruma. Nos hemos acostumbrado a ese ritmo vertiginoso que nos compele a decidir con excesiva precipitación. La inmediatez de la información requiere inmediatez en la opinión, sea en Twitter o en una reunión ejecutiva. Pero ¿no es esta una nueva y sutil forma de (auto)censurar(nos)?fair-540127_1280

Casi no hay tiempo para hablar pero lo poco que decimos se traslada a la velocidad de la luz y dejamos de controlar unas palabras que pasan a ser nuestras acusadoras. No hay tiempo para la reflexión. Nuestras decisiones adolecen de una miserable inanición. ¿Qué podemos esperar de ellas cuando precisamente ya no hay tiempo para esperar más?

Sin darnos cuenta hemos sido hechos esclavos de una urgencia imaginaria. Vivimos aterrorizados por el “ya pasó” que nos deja fuera de un juego que apenas se ha iniciado y termina ya. Cuanto más nos asusta el futuro, más parece que consumimos el presente de forma compulsiva. Todo fluye y es por ello que cada vez nos cuesta más mantener la mirada con un interlocutor y esperar un gesto de afecto o de aceptación. No somos capaces ya de entender que comunicar no es dialogar. Opinamos ante el mundo sin buscar un interlocutor, cayendo en un mero exhibicionismo narcisista de la palabra. Y al final queda el vacío. La palabra se desvanece sin la necesaria memoria del que la debería escuchar y con ello se derrumba nuestra cordura.

El misterio y la duda

El materialismo que de alguna manera se ha ido imponiendo en nuestra sociedad rechaza todo asomo de misterio. Todo conocimiento, tarde o temprano, debe ser asequible a las personas. No hay nada trascendente que quede fuera de esa pretensión. De sostener su existencia,  tal afirmación sería fruto de una creencia absurda, una superstición sin sentido alguno. Lo que no podemos explicar hoy, dirá el materialista, se explicará más adelante.

Aunque, muy posiblemente, esta postura no es compartida por la mayoría de personas, sí que goza de cierta influencia y predicación en muchos ámbitos intelectuales y académicos. Es fácil, por otro lado, oponer esta postura “científica” a la religiosa [entrecomillo el termino “científica” pues la afirmación de que todo se reduce a materia (o a energía) y es posible su conocimiento a través de pruebas empíricas, es algo que carece de base científica (es meta-científico o, si quieren, meta-físico)], algo bastante más común pese a que no pocos científicos se confiesan creyentes.

Sin embargo, ese rechazo al misterio y su correlativa admiración por la seguridad y la certeza del conocimiento, guarda un curioso parecido con los fundamentalismos religiosos. El cientificismo radical no es tan diferente en la afirmación de sus postulados como lo es el creacionista cristiano que defiende la literalidad del Génesis, rechazando el darwinismo en cualquiera de sus variedades.

En ambos casos, el rechazo a zonas de inseguridad, de incerteza, provocan una automutilación que limita el propio conocimiento y reduce su capacidad crítica. Dejar de preguntarse si la existencia tiene algún sentido, como hace el materialista, o condenar teorías que acreditan su coherencia y razonabilidad más allá de escritos milenarios sin pretensión científica alguna, como ocurre con los fundamentalistas, empobrecen sus propuestas y ralentizan los avances.

Al contrario de lo que a muchos les puede parecer, la duda no debilita, sino que ayuda a los seres humanos a madurar en sus creencias. Pero no solo en estas. También resulta fundamental para llegar a conocer el sentido del conocimiento que alcanzamos y los valores que deben imperar en su uso.

 

Acedia

Juan Casiano fue un monje asceta nacido en la actual Rumanía a mediados del siglo IV y que dedicó buena parte de su vida a la ordenación de la vida monástica. Una de sus grandes preocupaciones era la de mantener la integridad espiritual de los monjes, que se encontraba en constante peligro ante las tentaciones de la carne. Dicha integridad podía ser puesta en peligro por múltiples vicios, siendo la acedia uno de los más comunes y que, por ello, mayor riesgo suponía.

Nuestro monje entendía la acedia como un estado de tristeza honda que sumía al monje en una asfixiante amargura que lo llevaba a alejarse del bien espiritual al que estaba llamado. Se trataba pues de un vicio con tintes de enfermedad, por lo que su afección ponía en duda la responsabilidad moral del afectado y su carácter pecaminoso. Tomás de Aquino, sin embargo, tenía pocas dudas acerca de la naturaleza de la acedia como pecado y la emparejaba ni más ni menos que con la envidia. Afirmaba el dominico que si la envidia es una oposición interior de alguien frente al gozo de los demás con sus bienes, la acedia es la oposición interior al gozo de los bienes divinos que se ponen a nuestra disposición. Por tato, la gravedad de la acedia no es el eventual perjuicio que se produce a terceros, que es en principio mínimo, ni el que se produce uno a sí mismo, sino el hecho en sí de desaprovechar o rechazar un bien espiritual que proviene de Dios.

En el ámbito religioso, o al menos en el específicamente católico, la acedia sigue siendo considerada como una actitud de relajación de la ascesis o de descuido de la oración debida a la pereza y al desabrimiento. Fuera de este ámbito, la acedia se entiende como sinónimo de pereza y de amargura o tristeza, tal y como se recoge en el actual Diccionario de la Real Academia Española, dejando atrás el origen pecaminoso o culposo del término, que va más allá del monasticismo, pues en su etimología, acedia deriva del griego akêdía, que significa negligencia.

No tengo demasiadas dudas de que sería relativamente fácil encontrar ejemplos de esa pereza negligente y triste en nuestra sociedad. Se me ocurre en el ámbito político, en el que un elevado porcentaje de la población parece haber renunciado a ejercer sus potestades que como ciudadano le viene dadas. Pero también en el ámbito familiar, donde tantos padres fuerzan extrañas delegaciones en maestros y otras personas para evitar su obligación de educar con firmeza y prudencia a sus hijos. Una negligencia vergonzante que al final acaba minando el ánimo y convirtiéndose en agria tristeza.

Religiosidad «low cost»

Desconozco si han tenido la ocasión de ver, estos días, el cartel anunciador de las fiestas de Sa Ràpita, en Campos. Como en muchos otros lugares costeros y con tradición marinera, es tradicional celebrar la festividad de Nuestra Señora del Carmen y así se anuncia en el cartel que puede verse, entre otros lugares, en las redes sociales. Sin embargo, salvo por el nombre, difícilmente identificarán ustedes el sentido religioso de la fiesta. img-20180705-wa00022141600621La imagen de la Virgen o de alguno de sus atributos iconográficos, como el escapulario, no aparecen en ninguna parte del cartel, que es coronado por la figura de un pescado de apariencia cadavérica. Pero lo más sorprendente es la indicación de los días en los que transcurre la fiesta, que van desde el día 8 al 15 de julio ¡cuándo la festividad de la Virgen es el 16!

Se me ocurren otros casos parecidos a este y que son sintomáticos de una tendencia curiosa. Como es sabido, durante los primeros siglos de la historia del cristianismo se produjo una cristianización de las fiestas paganas. La Navidad es, sin duda, un magnífico ejemplo de cómo los cristianos ubicaron, sin ningún fundamento histórico ni evangélico, el nacimiento de Jesús coincidiendo con la festividad romana del nacimiento del sol, el natalis invicti Solis, el 25 de diciembre. En cambio, en la actualidad se está produciendo el fenómeno inverso, que es la descristianización de las fiestas, en las que ya es posible ver belenes sin el niño Jesús o, como ocurre en el caso al que nos referíamos al principio, fiestas de la Virgen del Carmen sin Virgen del Carmen.

Esta descristianización no deja de ser sorprendente en una sociedad que durante siglos se ha estructurado a partir de la religión cristiana, pero es una realidad irrebatible, si bien con algunos matices. No hace tanto, era creencia común en muchos círculos pensar que la religión era un atavismo del pasado que no tenía cabida en una sociedad moderna, por lo que se acabaría extinguiendo como ocurrió con la viruela. Pero no ha sido así.

Si nos vamos a las pruebas demoscópicas, podremos fácilmente comprobar como el número de personas que se confiesan ateas suele oscilar en torno al diez o quince por ciento de la población, porcentaje que viene a coincidir con el de los católicos practicantes. Es verdad que se identifican como católicos unos dos tercios de los encuestados, pero lo cierto es que la gran mayoría se definen como católicos con el mismo entusiasmo con que se definirían como buenos vecinos, sin que en su vida real se encuentre un rastro claro de este calificativo. Los católicos practicantes, que no son fáciles de definir pero que podemos intuir que son los que acuden a misa todos o la mayoría de domingos, no van más allá del 15%.

Esa descristianización es, por tanto, tan real como lo es la presencia de una religiosidad low cost en al menos la mitad de la población. Un importante conjunto de personas que sigue creyendo en alguna divinidad y, muy posiblemente, todos los que hayan tenido algo parecido a una educación religiosa católica, identificaran esa divinidad con el recuerdo del dios cristiano que permanece en ellos: un dios bueno, cercano, paternal y amoroso, aunque también vigilante y omnisciente.

Desde el punto de vista católico, incluso podría decirse que las cosas no están tan mal. Más de una vez puede oírse a cristianos, incluso desde los púlpitos, que Dios no persigue tanto una fe inquebrantable como que las personas sean solidarias y pacíficas, atentas con los más débiles y adversas a la violencia de cualquier tipo. Y hay en ello buena parte de verdad, pero solo parte, pues con ello se corre el riesgo de convertir el cristianismo en un código moral centrado en la conducta de cada individuo, perdiendo con ello una importante perspectiva perspectiva social. Y no olvidemos que una sociedad puede ser injusta, aunque esté formada por hombres buenos.

Curiosamente, sin embargo, son muchos los sectores de la Iglesia que parecen sentirse cómodos en esa religiosidad low cost, creyendo que con ello se produce una adaptación a las circunstancias históricas y sociales del momento. Es verdad que en la jerarquía eclesial suele haber un discurso reivindicativo importante, con denuncias hacia determinadas estructuras escandalosamente injustas, pero su complicidad con el sistema anula todo el sentido profético del mensaje. En esa jerarquía hay una opción clara a favor de una presencia pública de la Iglesia que, manteniendo algunas importantes estructuras sociales, le permiten sostener un cierto espejismo de lo que fue la antaño nación cristiana: la asignatura de religión, las escuelas católicas, asilos, etc. Pero, más allá del espejismo, nada de todo esto evita la huida de los creyentes. Cada vez hay menos bodas católicas y menos bautizos, las primeras comuniones suelen ser una mera fiesta y la religión sigue siendo una asignatura “maria”.

Lo que sí demuestra esa religiosidad low cost es que la gente no huye de la fe en una divinidad o en una realidad trascendente. De lo que huye es de la Iglesia. A la mayoría de personas, la Iglesia y sus funcionarios, el clero en general, no les aporta nada. Salvo el Santo Padre y algunas personas muy concretas, como el Padre Ángel, por poner un ejemplo, raras veces ni obispos ni presbíteros son considerados un referente moral ni en la diócesis ni en el barrio o en el pueblo en que ejercen.

Los augures de la Modernidad se equivocaron al profetizar la desaparición de la religiosidad en la sociedad, pero esta puede seguir sobreviviendo sin la Iglesia. Los que somos creyentes, sabemos que la Iglesia no es una institución solamente humana y, por ello mismo, su futuro no depende de la acción del hombre. Pero el coste no puede ser rebajar la fe a una religiosidad low cost sacrificando con ello su sentido profético, esencial en el mensaje del Evangelio.

Y donde se equivoca la Iglesia jerárquica es precisamente en focalizar la apertura por la puerta de unos sacramentos que se banalizan, o por engrosar estadísticas escolares. Esa apertura debe empezar fuera de los templos y los palacios episcopales, en la calle, en los hospitales y en los asilos. Pero también en los centros de trabajo, en los bancos del parque o en los juzgados. En medio de la gente, donde la vida bulle con todo el dolor y la autenticidad. Intentando que las personas miren de echar el freno de lo mundano y se detengan para darse cuenta de que sigue habiendo esperanza.

Pero para ello hace falta algo muy importante por parte de la jerarquía eclesial: empezar a liberalizar la pastoral, salir fuera de sus despachos y dar margen a los laicos, a las mujeres. Deben abandonar el temor a perder una zona de confort en la que hace mucho tiempo que viven de prestado, porque la actual situación pronto devendrá insostenible. Bien mirado, tal vez no sea tan mal traída a colación la imagen del pez en aparente descomposición del cartel de Sa Ràpita, cuando precisamente el dibujo del pez fue uno de los primeros símbolos del cristianismo primitivo.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 7/8/2018

La paradoja del conocimiento

Yuval Noah Harari plantea en su libro Homo Deus una curiosa paradoja que denomina del conocimiento. Su formulación es aproximadamente esta: el conocimiento que no provoca cambios es inútil; el que sí provoca cambios es útil si bien estos cambios hacen que ese mismo conocimiento acabe siendo irrelevante. Para explicar esto propone un ejemplo muy visual. El marxismo, explica, aportó un conocimiento útil no solo porque realizaba un análisis socioeconómico novedoso, sino porque al profetizar una sociedad sin clases aboliendo la propiedad privada, provocó que la burguesía capitalista se apresurara a introducir cambios a nivel jurídico y social con el fin de evitar llegar a una sociedad comunista, es decir, con el fin de demostrar que Marx se equivocaba y que la sociedad comunista era un riesgo perfectamente evitable.

Si buscamos otros ejemplos, veremos cómo esta paradoja se da en ámbitos diferentes al de la economía o de las ciencias sociales. Por ejemplo, el conocimiento de que el sol va a estallar dentro de tres meses sería un conocimiento inútil pues no aporta nada que nos permita impedir este suceso y, por tanto, no provocará cambios que hagan irrelevante este conocimiento. En cambio, los modelos y el conocimiento que obtenemos acerca del cambio climático sí que pueden servirnos para paliar sus efectos perversos e intentar revertirlos. Si lo intentamos de forma seria, posiblemente logremos paliar el problema, pero ello nos llevará a una situación diferente a la actual que nos obligará a redefinir los modelos climáticos y nuestra influencia sobre el clima; es decir, el conocimiento que nos ha llevado a la solución del problema acabará siendo irrelevante (ergo, habrá sido útil).

Lo relevante aquí es que, de alguna manera, el conocimiento útil nos empuja a actuar. Este elemento contiene en sí otro efecto, si cabe más importante. Cuanto mayor es la capacidad que tenemos para generar conocimiento, más aumentamos nuestra capacidad de cambio. Se produce entonces una aceleración y los cambios se suceden cada vez a mayor velocidad. Con ello obtenemos un efecto paradójico completo: cuanto más conocimiento tenemos de un sistema, más difícil nos resulta hacer predicciones fiables sobre el mismo. ¿Por qué? Porque al tener ese nivel de conocimiento, tenemos también una mayor posibilidad de aplicarlo para alterar las condiciones con el fin de que no se cumplan las predicciones. Dicho así, puede parecer que no tiene mucho sentido, pero enseguida verán que no es así.

Imaginemos que alguien consigue elaborar un algoritmo que permita adivinar con días u horas de antelación los movimientos bursátiles. Esa persona sin duda se enriquecerá en cuestión de semanas y, si es discreta, podrá mantener su secreto a salvo y vivir como un rey. Sin embargo, ¿qué pasaría si el algoritmo fuera público y estuviera en manos de la mayoría de inversores y de los gobiernos? Pues que, ante la ausencia de riesgo, la bolsa carecería de atractivo y los tiburones que consiguen grandes ganancias, especulando y realizando movimientos de capital de forma aparentemente errática y continua, se verían forzados a tomar medidas. ¿Cuáles? El lector ya debe imaginar la respuesta: se deberían buscar elementos para provocar cambios suficientes como para aumentar la impredecibilidad y hacer irrelevante el algoritmo. Cada vez que los inventores del algoritmo mejoraran su versión para tener en cuenta los cambios, solo conseguirán provocar a los ávidos especuladores y acelerar el proceso de cambio.

Algo así ocurre hoy a gran escala, aunque apenas nos damos cuenta. Hoy tenemos más información de lo que ocurre en el mundo de la que tenían nuestros semejantes hace quinientos años. Nuestras capacidades para predecir lo que puede ocurrir son mucho más sofisticadas y precisas que antaño. Sin embargo, la velocidad a la que se producen los cambios supera esa capacidad de comprensión.

Busquemos una vez más un ejemplo. Un español de hace quinientos años podía vivir con la tranquilidad de saber que su hijo habitaría en un mundo parecido al suyo. Lo que no quiere decir que no hubiera cambios. Ese hijo sería testigo, a lo largo de los años, de la división religiosa de Europa provocada por las famosas tesis de Lutero de 1517, que llevarían a la reacción más o menos tardía de Trento a mediados de siglo. Si estuviera vivo en 1568 tendría noticia del inicio de la Guerra de los Ochenta Años, aunque con seguridad moriría sin ver su fin. Es posible que oyera hablar de un tal Copérnico y su curiosa visión del cosmos, publicada en los años 40 de su siglo, pero dejaría este mundo sin saber que, años después, nacería un italiano llamado Galileo que inventaría el telescopio, lo que le permitiría confirmar las tesis del astrónomo polaco. No obstante, en su vida cotidiana, esa persona no vería muchos más cambios en su vida respecto a la que había sido la de su padre

Hoy, sin embargo, las guerras no duran casi un siglo y los descubrimientos científicos se difunden en horas a lo largo del planeta. Hace tan solo treinta años no existía Internet, la telefonía móvil o la Game Boy. Nadie había oído hablar de células madre o de terapias genéticas ni se imaginaba que medio mundo, incluido el sistema de salud británico, pudiera quedar fuera de servicio por el ataque de un virus informático llamado WannaCry. Para los padres de hoy, es complicado saber cómo será el futuro de nuestros hijos. Lo más seguro es que vivan en un mundo en el que la combustión de hidrocarburos sea algo del pasado y que el cáncer se cure con medicamentos basados en nanotecnología, que tal vez sean dispensados tras un diagnóstico a partir de inteligencia artificial. Pero también es bastante probable que la gente poderosa tenga hijos genéticamente seleccionados, más guapos, fuertes y listos que la media, aprovechándose de la legislación de algún país poco escrupuloso en temas éticos.

En cualquier caso, esa velocidad en los cambios afecta a nuestra percepción de la realidad y nuestra capacidad para evaluar y decidir. Pararse a reflexionar tiene hoy el riesgo de llegar tarde, de verse superado por los problemas. De ahí la provisionalidad de las decisiones y la ausencia de juicios de carácter ético o valorativo en decisiones que lo requieren.

El cortoplacismo y la búsqueda de efectos inmediatos se superponen a visiones más a largo plazo. Lo vemos en los jóvenes que buscan vivir al día, gastando su dinero en “vivir experiencias” en forma de viajes exóticos o deportes de riesgo, pues no ven sentido a invertirlo en la adquisición de patrimonio o, simplemente, en ahorrarlo para un futuro que perciben difuso. Pero lo podemos observar también en un ámbito más general. Un buen ejemplo de ello ha sido el escándalo de Facebook, cuya influencia en asuntos tan trascendentes como el Brexit o la desastrosa victoria de Donald Trump puede haber sido decisiva. Paradójicamente, mientras se manipulaba a los ciudadanos, a las autoridades europeas lo único que parecía preocuparles era como lograr que estas empresas tecnológicas pagaran más impuestos. El cortoplacismo se impone junto con la miope visión del dirigente contable, para quien el horizonte no va mucho más allá del año fiscal. Por desgracia, sin embargo, los valores éticos no suelen reflejarse en las cuentas de resultados. Así nos va.

Publicado en El Mundo/El Día de Balares el 24/6/2018