¿Es deseable creer en Dios?

Pueden escuchar aquí mi participación en el programa de Radio Ecca Diálogos de Medianoche, con Lucas López Pérez, el 23 de octubre de 2018

 
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La humanidad de la Iglesia

La canonización hoy de Mn. Óscar Romero, coincidente además con la víspera de la festividad de santa Teresa de Ávila, no deja de ser una manifestación más de las contradicciones que operan en la vertiente más humana de la Iglesia. A poco que echemos una ojeada a los esbozos biográficos del nuevo santo y a las circunstancias de su martirio, nos daremos cuenta como su eliminación supuso un impacto terrible en el Pueblo de Dios, tanto por la crueldad de su ejecución, durante el ofertorio de la misa, como por el silencio cómplice de una parte significativa de la jerarquía de su entorno eclesial.

Paradójicamente, la postura de censura inmisericorde hacia la figura de Romero por parte de un sector de la Iglesia, obtuvo la asistencia –cabe suponer que involuntaria– de los partidos y movimientos marxistas, que ensalzaron al arzobispo como héroe del antiimperialismo y la lucha de clases. Romero acabó póstumamente situándose así en las filas de los creyentes con Kalashnikov, cuando en vida había sido un vehemente predicador al advertir de los peligros de los cantos de sirena marxistas.Pope_Paul_VI_and_Óscar_Romero

En todo caso, y transcurridas más de tres décadas, la Iglesia parece rectificar esa postura ambigua y canoniza al arzobispo mártir junto con Pablo VI, otra figura discutida, aunque por razones muy distintas. La ambigüedad y el recelo del papa que cerró el Concilio, nos recuerda el vértigo que suele vivir la Iglesia en épocas de reforma y cambio. Pero también es expresión de la riqueza y pluralidad de la Iglesia. Al fin y al cabo, si Pablo VI cierra el Concilio, son muchos los que creen que fue san Juan Pablo II, cuya fiesta celebramos el día 22 de este mes, quien echó la llave al mar. Aun así, ningún papa posiblemente ha gozado de tanto fervor y admiración por parte del pueblo fiel, desde hace muchos siglos, como el prelado polaco. Otra paradoja.

Son muchas las contradicciones en la Iglesia de Cristo que, una vez más, demuestran su lado más humano. Lo que como mínimo es inevitable, aunque a menudo nos resulte sorprendente. Al fin y al cabo, lo divino –desde una postura creyente– es relativamente fácil de asumir. Por eso, al intentar profundizar en nuestra fe cristiana, en el fondo lo que más nos cuesta entender es que, a pesar de todo, Jesús, el Hijo de Dios, fuera un hombre. Curiosamente –permítanme el inciso final–, un hombre con cuya biografía guarda un asombroso parecido la del santo Óscar Romero.

Religiosidad «low cost»

Desconozco si han tenido la ocasión de ver, estos días, el cartel anunciador de las fiestas de Sa Ràpita, en Campos. Como en muchos otros lugares costeros y con tradición marinera, es tradicional celebrar la festividad de Nuestra Señora del Carmen y así se anuncia en el cartel que puede verse, entre otros lugares, en las redes sociales. Sin embargo, salvo por el nombre, difícilmente identificarán ustedes el sentido religioso de la fiesta. img-20180705-wa00022141600621La imagen de la Virgen o de alguno de sus atributos iconográficos, como el escapulario, no aparecen en ninguna parte del cartel, que es coronado por la figura de un pescado de apariencia cadavérica. Pero lo más sorprendente es la indicación de los días en los que transcurre la fiesta, que van desde el día 8 al 15 de julio ¡cuándo la festividad de la Virgen es el 16!

Se me ocurren otros casos parecidos a este y que son sintomáticos de una tendencia curiosa. Como es sabido, durante los primeros siglos de la historia del cristianismo se produjo una cristianización de las fiestas paganas. La Navidad es, sin duda, un magnífico ejemplo de cómo los cristianos ubicaron, sin ningún fundamento histórico ni evangélico, el nacimiento de Jesús coincidiendo con la festividad romana del nacimiento del sol, el natalis invicti Solis, el 25 de diciembre. En cambio, en la actualidad se está produciendo el fenómeno inverso, que es la descristianización de las fiestas, en las que ya es posible ver belenes sin el niño Jesús o, como ocurre en el caso al que nos referíamos al principio, fiestas de la Virgen del Carmen sin Virgen del Carmen.

Esta descristianización no deja de ser sorprendente en una sociedad que durante siglos se ha estructurado a partir de la religión cristiana, pero es una realidad irrebatible, si bien con algunos matices. No hace tanto, era creencia común en muchos círculos pensar que la religión era un atavismo del pasado que no tenía cabida en una sociedad moderna, por lo que se acabaría extinguiendo como ocurrió con la viruela. Pero no ha sido así.

Si nos vamos a las pruebas demoscópicas, podremos fácilmente comprobar como el número de personas que se confiesan ateas suele oscilar en torno al diez o quince por ciento de la población, porcentaje que viene a coincidir con el de los católicos practicantes. Es verdad que se identifican como católicos unos dos tercios de los encuestados, pero lo cierto es que la gran mayoría se definen como católicos con el mismo entusiasmo con que se definirían como buenos vecinos, sin que en su vida real se encuentre un rastro claro de este calificativo. Los católicos practicantes, que no son fáciles de definir pero que podemos intuir que son los que acuden a misa todos o la mayoría de domingos, no van más allá del 15%.

Esa descristianización es, por tanto, tan real como lo es la presencia de una religiosidad low cost en al menos la mitad de la población. Un importante conjunto de personas que sigue creyendo en alguna divinidad y, muy posiblemente, todos los que hayan tenido algo parecido a una educación religiosa católica, identificaran esa divinidad con el recuerdo del dios cristiano que permanece en ellos: un dios bueno, cercano, paternal y amoroso, aunque también vigilante y omnisciente.

Desde el punto de vista católico, incluso podría decirse que las cosas no están tan mal. Más de una vez puede oírse a cristianos, incluso desde los púlpitos, que Dios no persigue tanto una fe inquebrantable como que las personas sean solidarias y pacíficas, atentas con los más débiles y adversas a la violencia de cualquier tipo. Y hay en ello buena parte de verdad, pero solo parte, pues con ello se corre el riesgo de convertir el cristianismo en un código moral centrado en la conducta de cada individuo, perdiendo con ello una importante perspectiva perspectiva social. Y no olvidemos que una sociedad puede ser injusta, aunque esté formada por hombres buenos.

Curiosamente, sin embargo, son muchos los sectores de la Iglesia que parecen sentirse cómodos en esa religiosidad low cost, creyendo que con ello se produce una adaptación a las circunstancias históricas y sociales del momento. Es verdad que en la jerarquía eclesial suele haber un discurso reivindicativo importante, con denuncias hacia determinadas estructuras escandalosamente injustas, pero su complicidad con el sistema anula todo el sentido profético del mensaje. En esa jerarquía hay una opción clara a favor de una presencia pública de la Iglesia que, manteniendo algunas importantes estructuras sociales, le permiten sostener un cierto espejismo de lo que fue la antaño nación cristiana: la asignatura de religión, las escuelas católicas, asilos, etc. Pero, más allá del espejismo, nada de todo esto evita la huida de los creyentes. Cada vez hay menos bodas católicas y menos bautizos, las primeras comuniones suelen ser una mera fiesta y la religión sigue siendo una asignatura “maria”.

Lo que sí demuestra esa religiosidad low cost es que la gente no huye de la fe en una divinidad o en una realidad trascendente. De lo que huye es de la Iglesia. A la mayoría de personas, la Iglesia y sus funcionarios, el clero en general, no les aporta nada. Salvo el Santo Padre y algunas personas muy concretas, como el Padre Ángel, por poner un ejemplo, raras veces ni obispos ni presbíteros son considerados un referente moral ni en la diócesis ni en el barrio o en el pueblo en que ejercen.

Los augures de la Modernidad se equivocaron al profetizar la desaparición de la religiosidad en la sociedad, pero esta puede seguir sobreviviendo sin la Iglesia. Los que somos creyentes, sabemos que la Iglesia no es una institución solamente humana y, por ello mismo, su futuro no depende de la acción del hombre. Pero el coste no puede ser rebajar la fe a una religiosidad low cost sacrificando con ello su sentido profético, esencial en el mensaje del Evangelio.

Y donde se equivoca la Iglesia jerárquica es precisamente en focalizar la apertura por la puerta de unos sacramentos que se banalizan, o por engrosar estadísticas escolares. Esa apertura debe empezar fuera de los templos y los palacios episcopales, en la calle, en los hospitales y en los asilos. Pero también en los centros de trabajo, en los bancos del parque o en los juzgados. En medio de la gente, donde la vida bulle con todo el dolor y la autenticidad. Intentando que las personas miren de echar el freno de lo mundano y se detengan para darse cuenta de que sigue habiendo esperanza.

Pero para ello hace falta algo muy importante por parte de la jerarquía eclesial: empezar a liberalizar la pastoral, salir fuera de sus despachos y dar margen a los laicos, a las mujeres. Deben abandonar el temor a perder una zona de confort en la que hace mucho tiempo que viven de prestado, porque la actual situación pronto devendrá insostenible. Bien mirado, tal vez no sea tan mal traída a colación la imagen del pez en aparente descomposición del cartel de Sa Ràpita, cuando precisamente el dibujo del pez fue uno de los primeros símbolos del cristianismo primitivo.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 7/8/2018

Historias bíblicas

Más allá de sus indudables valores religiosos, la Biblia es una fascinante colección de narraciones que, al menos en su mayor parte, tiene como hilo conductor la historia del pueblo de Israel. Una “historia” peculiar, con aspectos muy idealizados, pero que para el lector actual puede contener unos sorprendentes rasgos de modernidad. Es verdad que es un relato al que no podemos acercarnos sin tener en cuenta que muchos de sus datos son de una historicidad dudosa. Pero dudoso no es sinónimo de falso o imaginario.

Desde luego, es imposible conocer qué hay de cierto en las plagas de Egipto del tiempo de Moisés o si Abraham intentó sacrificar realmente a su hijo Isaac. Y es innegable que algunos relatos, como el del diluvio, son similares a leyendas que encontramos en otros pueblos coetáneos de los israelitas, por lo que es fácil pensar que sean relatos tomados como préstamo y adaptados a su conveniencia.

Pero no es nada improbable que, en sus orígenes, el pueblo judío fuera un pueblo nómada, proveniente de Egipto y que se hubiera establecido, hace 3.000 años, en el deseado creciente fértil, cuna de las grandes civilizaciones del momento. Como es probable también que muchas de las ansias y las angustias de ese pueblo, de sus aspiraciones y sus frustraciones que con insólito detalle nos narran los diferentes libros del Antiguo Testamento, tengan buena parte de verdad, al menos en el sentido de permitirnos conocer cómo sentía y vivía uno de los pueblos más singulares de la historia de la humanidad. Lejos de buscar el rigor académico, lo que cabe proponer es, sobre todo, una lectura existencial de esas historias.

Para ello es importante recordar el contexto histórico en que se empiezan a formar los relatos, allá por el siglo VII o VI a. C. Por aquel entonces, el antiguo reino de David y de Salomón se encontraba dividido y asediado por las grandes potencias vecinas, que tarde o temprano acabarían llegando al corazón de Judea, a Jerusalén y su templo. En 586 a. C. ocurriría la catástrofe: el Templo sería destruido y muchos de los habitantes de Judea serían deportados a Babilonia o dispersados. En cuestión de años, el pueblo judío vería como se perdían sus tierras y sus compatriotas se dispersaban. Por esta razón, al ver peligrar su identidad, deciden escribir su historia, idealizándola en la medida que ello contribuyera a mantener esa cohesión. Casi podríamos ver aquí las primeras trazas del ADN del nacionalismo, el mismo que hoy gangrena muchas de las sociedades abiertas con su rancia necrosis supremacista. Pero no es exactamente así. El pueblo judío no escribe su historia desde la prepotencia, mirándose al ombligo, sino a partir de su relación con Yahvé, lo que es muy distinto.

Este hecho es importante pues parte de una característica muy particular del pueblo hebreo. Parece claro que, en sus primeros asentamientos debían ser politeístas, como los demás pueblos de su entorno. Pero a diferencia de otros pueblos, acostumbrados a un catálogo de dioses a adorar según conviniera, muy pronto Israel optó por la monolatría, es decir, por dar culto a uno solo de los dioses. En este caso, además, a una divinidad muy particular y especialmente celosa. Un dios que no admitía rivales pero que se comprometía a ser su protector. A partir de este momento, la historia de Israel es la historia de su relación con Yahvé, al que traiciona las más de las veces, adorando a dioses vecinos aparentemente más competentes, pues ellos seguían siendo una pequeña etnia a merced de las grandes potencias. Pero Yahvé sí les era fiel, aunque iracundo, y por ello tarde o temprano terminaban reconciliándose con él.

Esa centralidad de Dios en su historia es lo que explica por qué, en sus relatos, la Biblia nos presenta a David, el modelo de monarca judío por excelencia, como un tramposo y pecador rey que llegó a hacer asesinar a uno de sus generales tras dejar encinta a su mujer. O cómo el gran y sabio Salomón era también un crápula y un mujeriego que acabó provocando la posterior división del reino. O cómo Dios hacía sonrojar a las clases dominantes denunciando, a través de los profetas, los abusos despóticos hacia buena parte de la población, que vivía en la miseria más absoluta. Si se nos muestra esa realidad desmitificada y desnuda es porque el centro de la historia de Israel no son los grandes personajes del pueblo judío, sino Dios y la relación de los judíos con él.

Es evidente que esa visión modernamente crítica de su propia historia les servía a los judíos del exilio para poder dar sentido a la situación desesperada que vivían. La destrucción del templo y la dispersión de la gente no eran otra cosa que la consecuencia de haber dado la espalda a Dios, de no haber hecho caso a los profetas y de haber preferido las riquezas e incluso el reconocimiento de las clases pudientes de las potencias vecinas.

Al margen de lecturas teológicas, lo cierto es que esa alianza con Yahvé no solo habría sido para el pueblo hebreo un factor de cohesión, sino también un elemento de contraste que ha dado lugar a tener esa visión crítica de su propio pasado. Una visión extrañamente moderna que les permite reconocer las responsabilidades en las han podido incurrir, en lugar de practicar un absurdo victimismo o esa tendencia tan común entre nosotros de echar siempre la culpa a los demás, al sistema o al consabido “enemigo exterior”.

Son numerosos los pasajes de la Biblia en la que podemos ver retratadas situaciones actuales. A poco que nos fijemos, intuiremos los mismos riesgos, hoy, que los que veían asomar los grandes patriarcas primero o los profetas siglos después, frente a los desmanes de los gobernantes o a las tristes modas de la plebe. Y en cuántas páginas no sentiremos la pesadumbre de las hazañas frustradas por la acedia inmisericorde de una masa aborregada que pace en su inanidad. Recordemos si no el pasaje del Éxodo en el que, cruzando el desierto hacia la tierra prometida, los judíos reprochan a Moisés el haberlos liberado, pues siendo esclavos tenían asegurado un sustento que ahora, siendo libres, debían buscar por sí mismos. Bien mirado, se estaba a dos pasos de inventar el voto cautivo. Y de ello hace tres mil años.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 16/5/2018

Educación y valores cristianos

No deja de ser como poco sorprendente que, mientras los templos católicos se vacían, muchos padres siguen llevando a sus hijos a colegios católicos, concertados o privados. En algunos casos, ello puede deberse a la buena fama del centro o a su carácter elitista, pero en la mayoría de ocasiones, los padres suelen alegar que optan por este tipo de centros porque son una fuente de transmisión de valores cristianos, valores que ellos creen positivos para la formación de sus hijos.

Adelanto ya que no me parece mal, ni mucho menos, que estos padres realicen esta opción a favor de sus hijos. Pero quiero apuntar que tras el razonamiento expuesto subyacen dos errores importantes, pero que no siempre se aprecian en su justa medida.

El primero de ellos casi diría que es de bulto, o debería serlo: no hace falta acudir a un colegio religioso o católico para hallar esos valores “cristianos”. No voy a entrar ahora en discutir acerca de estos valores, como pueden ser la tolerancia, el respeto a la dignidad humana, a la vida, la fraternidad y el auxilio hacia los más desfavorecidos, etc. Lo cierto es que la mayoría de personas sensatas se apuntaran a ellos con independencia de que sean creyentes o no. Se trata de un conjunto de valores que algunos etiquetan como “cristianos” pero que fácilmente pueden etiquetarse como valores “humanistas”, “democráticos”, “republicanos”, etc.

Se trata por lo demás de valores cuyo contenido y relevancia no están exentos de problemas. Así, la tolerancia no es vista igual por todos los católicos en asuntos como la diversidad sexual, por ejemplo. De la misma manera, temas como la mayor o menor disposición de acoger inmigrantes en un país están lejos de un consenso y la opinión incluso de católicos parece alejarse de esos valores que definimos como “cristianos”.

Otra cosa es, por supuesto, que esos valores propios de las sociedades abiertas y liberales como la nuestra tengan su origen en el cristianismo, al menos en buena parte. Si bien es cierto que a su vez esos valores reposan, en parte, en el legado filosófico griego, del que también alguna parte de la doctrina cristiana es deudora. Lo que sí entiendo que debe quedar claro es que, ni esos valores son “exclusivos” del cristianismo, ni puede afirmarse que solo desde el cristianismo puede garantizarse su preeminencia. Pensar que solo los cristianos podemos ser personas razonables y buenas es un soberana gilipollez.

El segundo error que surge del planteamiento de muchos padres es mucho más grave. Se trata de pensar que el cristianismo es básicamente un código moral, una pléyade de valores que permiten configurar individuos moralmente íntegros que permitirá construir una sociedad más justa. Es verdad que el cristianismo viene adornado con una mitología especialmente gráfica y pedagógica, pero sentimentalismos aparte, lo que de verdad importa en todo ello es ese código de conducta, esa forma de ser en la que se valora el esfuerzo, la solidaridad con los conciudadanos, el auxilio al débil, la defensa de los intereses comunes, etc. Un discurso tan hermoso como vacío, pues a buen seguro que peroratas de este estilo las encontraríamos también en círculos fascistoides, en comunistas postmodernos y en caciques de toda ralea.

Consideraciones sociopolíticas al margen, lo cierto es que quien entiende que el cristianismo es un catálogo de buenas prácticas para conseguir un mundo mejor, es que no ha entendido nada. El cristiano no persigue una utopía, sino que confía en una realidad que trasciende toda realidad mundana. Pero esa confianza no se basa en su esfuerzo, en su educación o en su buena fortuna. Se basa en la fe en un Dios fiel y misericordioso, que perdonará sus fracasos y premiará cada intento de mejora. Un Padre que acoge en la enfermedad, en el dolor y en el sinsentido del mal. Un Dios que compadece y acompaña, que ilumina con la mirada acogedora y aligera la fatiga de cada día. Un Dios que lo es todo y que se refugia en lo más recóndito del interior, que juega al escondite ofreciendo escandalosas pistas para que no se pierda ni la oveja más despistada.

Los valores son importantes para la convivencia diaria y para el creyente resultan fundamentales, pues no cabe desvincular la relación con el Padre de la de los hijos, sean o no hermanos en la fe. Pero los valores tan solo cubren una parte de la existencia del hombre. En ellos no se obtendrá respuesta en relación al sentido de la vida, el problema del mal o la finitud y la muerte. Es encomiable que los padres se preocupen de que sus hijos se eduquen en los valores  como los que se ensalzan desde la doctrina cristiana, pero esa educación es solo parcial. Sirve como código de urbanidad, sin duda, pero no confundan esto con el cristianismo. Sería como confundir una merluza con el océano entero.

Feliz Navidad

La Navidad se ha convertido en un período de tiempo controvertido, que entusiasma a muchos y exaspera a no pocos, pero que parece llenar todos los espacios. El ajetreo es constante y los templos paganos, entiéndase los centros comerciales y elementos análogos, se llenan de gente buscando aquel novísimo objeto que parece que llevan siglos anhelando. Es por ello fácil que, esa minoría estadística que formamos los cristianos, caigamos en las redes del neopaganismo y su hechicería con electrónica de última generación. ¿Y qué podemos hacer?geneva-1093411_960_720

Una primera opción es buscar refugio en nuestros pocos templos. No siempre es fácil. Muchos se encuentran cerrados o con horario funcionarial, seguramente convencidos sus patronos de dar cumplimiento a un imaginario convenio laboral del sacerdocio ministerial y otros negociados. En otros nos encontraremos fastos de distinto pelaje: corales infantiles, grupos folclóricos, etc. En pocas ocasiones hallaremos aquello que nos remita a lo realmente queremos celebrar: el nacimiento mísero pero brillante del Hijo de Dios.

Es importante entonces seguir buscando entre las iglesias y capillas de nuestra ciudad. Si persistimos, encontraremos alguna abierta, oscura y húmeda. Un lugar solitario y frío, que parecerá olvidado por la multitud de personas que transitan ante su fachada a diario sin darle mayor importancia.

Al fondo, con suerte encontraremos una estrella. No será un meteoro espectacular sino una pequeña llama, una lucecita que nos indica la presencia de Aquel que buscamos. Esa es la señal. Recordemos el evangelio lucano: pese al ajetreo ocasionado por el censo de Cirino, nadie en Belén parece darse cuenta de lo que ocurre en un pesebre salvo los pastores que duermen al raso vigilando sus rebaños. Solo a ellos acuden los ángeles, pues son los únicos que van a poder reconocer aquello que les habían comunicado desde el mismo cielo: “os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2, 11).

Ante las dificultades para encontrar ese pesebre escondido tras la grotesca parafernalia de nuestra sociedad, recordemos que tenemos personas que nos pueden llevar a él. “Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores”, nos cuenta Lucas (2, 18), y así sigue siendo veinte siglos después. Pero no todos oyen a los pastores, ni entonces ni ahora. Hay que buscarlos aun hoy también en el raso, en la periferia de nuestras ciudades, en los rincones maltrechos e incómodos. Cuando seamos capaces de sentir el pegajoso frío de la escasez y la miseria, y sintamos como nuestro el abandono de tantos hermanos olvidados, entonces oiremos admirados lo que cuentan los pastores a quien quiera escucharles: Dios, nuestro Salvador, está con nosotros.

Feliz Navidad.

Las carcajadas del demonio

Hace unos días nos dejó Gabriele Amorth, el conocido exorcista italiano y autor de numerosos y muy difundidos libros sobre su vida y su práctica como ahuyentador de demonios y curador de posesos, amén de personaje muy presente en webs católicas, prensa, etc.

Debo reconocer que siempre he tenido dudas sobre ese tipo de presencia mediática, pues aunque es positiva la divulgación de estos fenómenos y su realidad, es verdad que a menudo uno tiene la sensación que todo lo mediático se trivializa. Ocurre lo mismo con los milagros o con las conversiones de personajes famosos. Llámenme carca, pero no es lo mismo leerlo en un libro con pretensiones de rigor, que verlo por la tele. Y aunque esta publicitación de algo tan real como el demonio sea buena, la banalización del contenido puede producir un efecto adverso: la creencia de que se trata de un tema superado, trasnochado.

Atribuyen a Baudelaire aquella frase de que la mayor astucia del demonio es hacernos creer que no existe, y algo de cierto hay en ello pues cada vez es menor el número de personas que piensan en él. Y sin embargo, el mal sigue presente entre nosotros. No hace tanto, el pasado 26 de julio en la parroquia de Saint-Etienne-du-Rouvray, en Francia, el padre Jacques Hamel fue degollado mientras celebraba misa  por dos yihadistas. Ante el ataque, según se ha relatado, el sacerdote gritó “¡Vete Satanás!” a sus agresores, lo que se ha interpretado como una atribución al Maligno del origen de tamaña violencia. De hecho, así lo vino a decir el propio Papa Francisco en una misa de homenaje. Y aun así, incluso a muchos creyentes les cuesta pensar en esa identificación del mal, viéndolo siempre como algo difuso, abstracto.

Romano Guardini, en su obra El Señor y refiriéndose al demonio, denuncia que el hombre actual lo concibe, como mucho, como una figura cómica a la que no cabe tomarse en serio o, incluso, como una suerte de héroe liberador y rebelde (págs. 160-161). Sin duda, de tener razón Baudelaire, el demonio ha logrado su gran objetivo de pasar desapercibido y poder trabajar a sus anchas.

Más de medio siglo después de escribirse esta obra, hoy el demonio es una figura cotidiana pero simpática, protagonista de comedias televisivas y cuentos para niños, a los que por supuesto no aterra para nada. Cotidiana sí, menos en las Iglesias y los púlpitos, donde apenas se acuerdan de él. Casi nadie habla seriamente del demonio y pocos creyentes reconocen creer en su existencia, por mucho que lo lamentara el padre Amorth.

Saber a qué se debe esta deliberada ignorancia no es fácil. Desde luego no es por temor, pues de la misma forma que nadie parece creer en su existencia, tampoco se cree en los ángeles, otros personajes relegados a las apariciones televisivas y poco más. Sagazmente, Guardini apunta a un motivo determinante: el hombre moderno no admite otra realidad personal que no sea él. La naturaleza, el entorno que le rodea, debe ser impersonal, previsible, sistemático, organizado. Debe poder ser estudiado, entendido. Incluso manipulado, en la medida que se pueda. Pero no puede haber más subjetividad que la del sujeto por excelencia, el único que admitimos como tal: el hombre. Es por ello que el hombre moderno no puede concebir una instancia personal, el demonio, que altere ese sistema y lo incline al mal, que tuerza su voluntad o que manipule el entorno a su antojo y sin nuestro control, alejado de nuestro entendimiento.

Por esta razón, el hombre de hoy no acepta instancias angelicales ni demoníacas, y ridiculiza a cualquiera que las defienda. La realidad que nos rodea es vista como una realidad objetiva, natural, explicable. Lo demás, son licencias poéticas. En los yihadistas que asesinaron al padre Hamel había odio y resentimiento; causas culturales y sociales que explican su origen; procesos bioquímicos que configuran una acción tan cruel y deleznable. Pero no puede haber un “alguien” no humano que empuje a esos asesinos a hacer lo que hicieron. Ese alguien -dirá el hombre de hoy- no es sino una figuración imaginaria, un personaje para asustar a los niños. Pero estas conclusiones, para un cristiano, conllevan la negación de su propia fe.

Negamos la existencia de ángeles y demonios porque negamos que pueda haber una entidad personal que intervenga en la historia, en la naturaleza, en nosotros. Nos hemos configurado una versión personalizada del universo que creemos comprender o, al menos, pretendemos tener esa capacidad potencial de entenderlo. Incluso devotos cristianos caen en ese grave error. Porque si algo caracteriza el cristianismo no es la existencia de un Dios o de un espíritu: todas o casi todas las religiones profesan algo parecido. Lo que lo caracteriza es la existencia de un Dios personal, histórico, encarnado. Un Dios que conoce cada uno de los pelos de nuestra cabeza (Lc 12,7). Un Dios que no sólo está entre nosotros (Mt 28,20), sino que habita en nosotros, pues cada uno somos templos del Espíritu (1Co 6,19).

La gran astucia del demonio es conseguir que no creamos en él, sí, pero no porque con ello consiga más adeptos. De hecho, al Maligno nosotros le importamos un bledo. Su objetivo es mucho más ambicioso: lograr que nos olvidemos de Dios, que nos acostumbremos a vivir sin su presencia.  Como si Dios no existiera.