El espejo y la cruz

person holding bible with cross
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Conforme marca la tradición, tras el Carnaval sigue el tiempo de Cuaresma, en el que los cristianos nos preparamos espiritualmente para la festividad de la Pascua. Se trata de una sucesión engañosa pues realmente es la Cuaresma la que provoca el Carnaval, unos días en los que tradicionalmente se daba rienda suelta, entre otros, a los apetitos carnales, antes de entrar en un periodo de penitencia y rigor moral.  

Hace ya mucho tiempo que la secularización y el abandono generalizado de la fe cristiana provocó, en la inmensa mayoría de personas, el olvido de estas prácticas penitenciales, quedando en el recuerdo, casi como una curiosidad, la prescripción de no comer carne los viernes, o la de realizar algún ejercicio ascético del estilo de abandonar el tabaco o dejar de ver debates televisivos.  

Curiosamente, sin embargo, los rigores ascéticos de antaño se han vuelto a imponer con fines menos espirituales y hoy es legión la gente que abandona hábitos que considera nocivos y se somete a rigurosos ayunos y otros castigos corporales. La diferencia se encuentra, básicamente, en el objetivo pretendido, pues la preparación no es ya para la fiesta de la Pascua sino, en no pocas ocasiones, para la llegada del verano.  

Para empezar, el ayuno que se practica hoy resulta, sin ningún lugar a dudas, mucho más duro que el fijado por la Iglesia, que se limita a dos días al año, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, añadiendo la prohibición del consumo de carne durante los viernes de la Cuaresma. Una ridiculez incluso para el vegetariano poco practicante.  

Por otro lado, no podemos olvidar que el asceta moderno no solo se priva de estos alimentos, sino que con frecuencia los sustituye con comidas de gusto discutible, brebajes compuestos de vegetales de maridaje estrafalario y sesiones de castigo corporal en gimnasios o en los espacios públicos de las ciudades.  

Pero la diferencia entre estas prácticas no es solo de rigor. Si el ayuno del creyente busca la salud del alma, no puede decirse lo mismo del ayuno de muchos de nuestros congéneres, que desconocen la existencia de aquella y se centran en la salud corporal. Es evidente que, en muchos casos, tales hábitos conducen a una superficialidad alarmante y a una frustración evidente, pues no se conoce aún práctica ascética que lleve, no ya a la inmortalidad del cuerpo, sino a evitar el deterioro físico de la carne, la enfermedad o la fatiga propia del paso del tiempo.  

Sería injusto, sin embargo, pensar que todos los practicantes de estos rigores salutíferos no persiguen otra cosa que mejorar su aspecto físico. También se dan prácticas que buscan mejorar el autocontrol y el equilibrio mental, aunque entre estos no siempre hay una coincidencia de fines.  

Algunos siguen priorizando lo corporal e intentan que su mente se ponga al servicio de tal fin. Este es el caso de los que se preparan mentalmente para la realización de alguna proeza física extrema o para torcer la voluntad que se quiebra ante un mal hábito alimenticio o alguna adicción.  

Otros, en cambio, sí buscan la salud y el equilibrio mental de forma preferente, intentando dominar el cuerpo para que esté al servicio de ese fin y que, por tanto, sus contingencias y sus necesidades no perturben el equilibrio logrado. 

Si me permiten la metáfora, para los del primer grupo, la mente es el software que rige la persona (en su sentido puramente físico y material) y que debe adaptarse a sus necesidades. Para los del segundo grupo, en cambio, la persona tiene sobre todo una dimensión mental (algunos se atreverán a decir espiritual) que conforma su identidad, si bien necesita un soporte físico, un hardware, para poder desarrollarse. 

Para los primeros, lo que denominamos mente o conciencia es pura química, una estrategia biológica para que nuestro cuerpo se mantenga sano en un entorno natural en que el sobreviven los más fuertes o los que mejor se adaptan. En cambio, para el segundo grupo, la mente es algo distinto del cuerpo, aunque dependa de él para existir.  

El creyente incauto puede reconocer aquí una realidad familiar, el alma, pero debe tener en cuenta que tal trascendencia no necesariamente tendrá un carácter sobrenatural. En la medida en que la conciencia, nuestra identidad más personal, no es sino información contenida y procesada en nuestro cerebro, deberíamos poder ser capaces de copiarla, por ejemplo, cuando nuestro cuerpo se encuentra ya en un proceso de deterioro físico importante, e instalarla en una máquina que pudiera funcionar igual –o mejor– que el cerebro humano. Tal posibilidad puede parecer el delirio de un zumbado, pero quien la sostiene es, entre otros, Raymond Kurzweil, un reputado experto en inteligencia artificial y director de ingeniería de Google.  

Parecería, pues, que en la falsa religión posmoderna del transhumanismo vuelve a recuperarse algo tan propio de muchas religiones como es el ascetismo, en este caso con el fin de fomentar el cuidado de la mente, conciencia o como lo queramos denominar.   

No obstante, el paralelismo que puede hacerse de estas prácticas pseudoreligiosas con el viejo cristianismo pone de manifiesto una diferencia de calado. En el hombre moderno, tanto si se persigue la mejora física como la mental, el sentido final de todo ello es siempre uno mismo. Cuando el devoto seguidor de este nuevo humanismo se desloma en el gimnasio, o ejercita su equilibrio mental con el sonido de campanas tibetanas y arroyos imaginarios, no busca otra cosa que su interés, su bienestar.  

El cristiano, por el contrario, liga el ayuno –mucho más modesto– o la abstinencia con la limosna y la oración. Tiene claro que, si deja de comer carne los viernes, no es para venerar una vaca, sino porque con ello quiere contribuir a que su vecino más pobre pueda comerse algún día un bistec.  

Es muy posible que no todos los cristianos obren así, pero este es el fundamento de su práctica. La diferencia entre el hombre moderno y el creyente es que este último, cuando mira la pared, no busca un espejo, sino un crucifijo. Y en la cruz ve reflejada su familia, sus vecinos o sus compañeros. Y si ayuna, no piensa que con ello vivirá más años, sino que cree que ello puede contribuir a que su entorno viva mejor. Es importante remarcar, además, esta idea de proximidad, de ayudar al cercano a sabiendas que no va arreglar con ello todos los problemas del mundo, pero sí los del que está a su lado. Porque sabe que el exceso de idealismo puede llegar a ser tan vacío como el del narcisista que no se aparta del espejo. 

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 30 de marzo de 2019

¿Celebra Jesucristo la Navidad?

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Aunque un observador imparcial hoy casi lo podría en duda, es comúnmente conocido que el origen de la Navidad es religioso. Esos entrañables días próximos al solsticio de invierno eran festivos incluso antes de la Navidad, pues el cristianismo se apropió de las fiestas romanas dedicadas al Sol para celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret. Sin embargo, casi dos milenios más tarde, parece que las cosas han cambiado de forma radical. No sé hasta qué punto puede sostenerse que se ha vuelto a la paganización de estas fechas o si, simplemente, han perdido ya todo su tinte religioso y se han secularizado. Pero lo cierto es que, como cristiano, cada vez me cuesta más reconocer algo de mi religión en la Navidad. Y de ahí que tenga mis dudas al preguntarme si el propio Jesús sería capaz de reconocerse en la celebración de estas fiestas.

No niego que mucha gente pensará que exagero. Es verdad que en muchos lugares se siguen manteniendo las apariencias de lo que eran los principales aspectos religiosos de la Navidad de antaño. La misma mercantilización que ha transformado estas fiestas en una orgía de consumismo, promueve a su vez una regresión nostálgica al pasado, a la niñez, evocando los recuerdos más tiernos y profundos. Y si esa apariencia se mantiene es, en buena parte, por el papel fundamental que ostenta una de las principales enfermedades que afecta hoy al catolicismo y al cristianismo en general: la culturización de la religión.

Sin duda, la Navidad es el principal ejemplo de cómo la religión católica es vista, por la mayoría de conciudadanos nuestros, como un conjunto de tradiciones, costumbres y expresiones artísticas cuyo valor merece todos nuestros máximos esfuerzos para su preservación. Sean las catedrales o el canto gregoriano, las romerías o los belenes en nuestros hogares, todo forma parte de este acervo inconmensurable que merece ser conservado y difundido.

Esta visión forma parte de un proceso de secularización que ha llevado a la religión católica a ser considerada un objeto, un bien de un valor ciertamente relevante. Ello no impide que el catolicismo siga manteniendo otros dos aspectos igualmente importantes. Por una parte, sigue siendo considerado por muchos –incluidos muchos no creyentes– como el custodio de un conjunto de valores morales válidos y que deben ser socialmente promovidos, sobre todo a través del sistema educativo. Por otra parte, la Iglesia católica sigue siendo una parte importante del llamado tercer sector, con reconocidas aportaciones en favor de los más desfavorecidos de la sociedad.

Reconozcamos, pues, que el catolicismo sigue teniendo un indiscutible papel en el ámbito social y cultural pese a la secularización general, pero no es menos cierto que su peso como religión va disminuyendo día a día. De ahí la razón de mi pregunta inicial, en este caso referida a la Navidad. Al margen del papel de la Iglesia como institución social y cultural, si observamos lo que significa hoy socialmente la Navidad, incluso para muchos que se identifican como creyentes, me pregunto en qué se diferenciaría esa Navidad con la que celebraríamos si el motivo de la fiesta fuera el nacimiento del rey-Sol, como hacían los romanos. Dicho de otra manera: ¿Con qué facilidad nos topamos con Jesús durante la Navidad? ¿No será que, al final, Cristo es ese invitado ausente en la fiesta, al que la mayoría ha olvidado?

Llegados a este punto, es importante aclarar que celebrar el nacimiento de Cristo no es, para un cristiano, algo tan banal como asistir a una fiesta de cumpleaños. Ni siquiera es una excusa para recordar al fundador de nuestra religión. Lo que celebramos en la Navidad es posiblemente el aspecto más original e insólito del cristianismo: el misterio de la Encarnación.

La Encarnación se refiere al acontecimiento histórico, que se remonta a poco más de dos mil años, a través del cual Dios, creador del universo, se despojó de todos sus poderes y privilegios para hacerse un simple mortal. De esta forma, siendo Dios un ser humano como cualquiera de nosotros, podíamos ser capaces de entender qué quiere de nosotros. Es verdad que ni los milagros ni las buenas palabras evitaron que el Hijo de Dios fuera asesinado como un vulgar criminal. Pero tras esa muerte y la noticia de su resurrección, nos quedó el recuerdo escrito de su vida y sus palabras. Y es a través de este recuerdo vivo que Dios nos traza el camino para salir del redil de muerte y odio en el que nos hallamos. Difundir ese mensaje, que los creyentes reconocemos como Palabra de Dios, es la principal misión de la Iglesia.

Asombrosamente, en la Navidad que vivimos hoy apenas se escucha esta noticia liberadora. Seria injusto decir que la Iglesia no lo difunde, pero lo cierto es que su mensaje apenas llega a sus destinatarios. Y en parte es normal. El mensaje de Jesús no es fácil de poner en práctica. Y, desde luego, no tiene nada que ver con las ansiadas proclamas revolucionarias que algunos ambicionan. Como tampoco tiene que ver con los moralismos rancios que secretan ciertos ámbitos educativos o algunos medios de comunicación y que con frecuencia solo tienden a fomentar el sectarismo o una competitividad y un culto al esfuerzo que no se orienta a favorecer a los más necesitados, sino al enriquecimiento personal y al reconocimiento social.

Tal vez debamos reconocer, pues, que la batalla de la Navidad está perdida, pero que buena parte de la culpa se la debemos al propio Jesús. La realidad es que, pese a haber transcurrido casi dos milenios, su mensaje sigue siendo incómodo y son muchos los que prefieren silenciarlo. En el desenfrenado afán consumista y hedonista, escuchar a quien nos compele a amar a nuestros enemigos, o a entender que las riquezas, incluso las conseguidas con nuestro esfuerzo y dedicación, son el principal obstáculo para nuestra verdadera felicidad, puede provocar algo más que un corte de digestión. Cuando se lee que es imprescindible renunciar a la propia vida para salvarla, o que con la firme obediencia a la voluntad de Dios se logra un efecto liberador que supera con creces cualquier libertad mundana que podamos imaginar, uno siente como todos los cimientos de su existencia se remueven descontroladamente.

La opción de Jesús no es hoy la opción fácil. Nunca lo ha sido. Y ante el amplio abanico de ofertas de este mundo, es forzosamente una opción minoritaria. Pero es necesario que los creyentes la rescatemos de ese olvido en el que parece haber caído y que vuelva a ser relativamente sencillo toparse con Jesús, en Navidad y fuera de ella.

En este sentido, la propia Iglesia y sus pastores tienen una especial responsabilidad. Con demasiada frecuencia han renunciado a difundir con firmeza la Palabra de Dios y han sucumbido a estos aspectos materiales que resultan mucho más cómodos y que gozan de un mayor reconocimiento de las élites políticas y sociales. No es suficiente exigir, como hacen menudo tantos jerarcas de la Iglesia, el respeto a la actual situación social o jurídica, aludiendo para ello a las raíces cristianas de España o de Europa. Nadie duda de la existencia de estas raíces, pero lo que estos pastores deberían recordar es que, si se deja morir el árbol, mueren también las raíces y estas se acaban convirtiendo en adobo para todo tipo de plantas indeseables y malas hierbas. Tal vez lo que importa ahora es preocuparse menos de las raíces y, en cambio, dedicarse con más ahínco a buscar nuevos terrenos y sembrar nuevas semillas. Aunque con ello sacrifiquemos la comodidad.

 

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 30 de diciembre de 2018

¿Es deseable creer en Dios?

Pueden escuchar aquí mi participación en el programa de Radio Ecca Diálogos de Medianoche, con Lucas López Pérez, el 23 de octubre de 2018

 
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La humanidad de la Iglesia

La canonización hoy de Mn. Óscar Romero, coincidente además con la víspera de la festividad de santa Teresa de Ávila, no deja de ser una manifestación más de las contradicciones que operan en la vertiente más humana de la Iglesia. A poco que echemos una ojeada a los esbozos biográficos del nuevo santo y a las circunstancias de su martirio, nos daremos cuenta como su eliminación supuso un impacto terrible en el Pueblo de Dios, tanto por la crueldad de su ejecución, durante el ofertorio de la misa, como por el silencio cómplice de una parte significativa de la jerarquía de su entorno eclesial.

Paradójicamente, la postura de censura inmisericorde hacia la figura de Romero por parte de un sector de la Iglesia, obtuvo la asistencia –cabe suponer que involuntaria– de los partidos y movimientos marxistas, que ensalzaron al arzobispo como héroe del antiimperialismo y la lucha de clases. Romero acabó póstumamente situándose así en las filas de los creyentes con Kalashnikov, cuando en vida había sido un vehemente predicador al advertir de los peligros de los cantos de sirena marxistas.Pope_Paul_VI_and_Óscar_Romero

En todo caso, y transcurridas más de tres décadas, la Iglesia parece rectificar esa postura ambigua y canoniza al arzobispo mártir junto con Pablo VI, otra figura discutida, aunque por razones muy distintas. La ambigüedad y el recelo del papa que cerró el Concilio, nos recuerda el vértigo que suele vivir la Iglesia en épocas de reforma y cambio. Pero también es expresión de la riqueza y pluralidad de la Iglesia. Al fin y al cabo, si Pablo VI cierra el Concilio, son muchos los que creen que fue san Juan Pablo II, cuya fiesta celebramos el día 22 de este mes, quien echó la llave al mar. Aun así, ningún papa posiblemente ha gozado de tanto fervor y admiración por parte del pueblo fiel, desde hace muchos siglos, como el prelado polaco. Otra paradoja.

Son muchas las contradicciones en la Iglesia de Cristo que, una vez más, demuestran su lado más humano. Lo que como mínimo es inevitable, aunque a menudo nos resulte sorprendente. Al fin y al cabo, lo divino –desde una postura creyente– es relativamente fácil de asumir. Por eso, al intentar profundizar en nuestra fe cristiana, en el fondo lo que más nos cuesta entender es que, a pesar de todo, Jesús, el Hijo de Dios, fuera un hombre. Curiosamente –permítanme el inciso final–, un hombre con cuya biografía guarda un asombroso parecido la del santo Óscar Romero.

Religiosidad «low cost»

Desconozco si han tenido la ocasión de ver, estos días, el cartel anunciador de las fiestas de Sa Ràpita, en Campos. Como en muchos otros lugares costeros y con tradición marinera, es tradicional celebrar la festividad de Nuestra Señora del Carmen y así se anuncia en el cartel que puede verse, entre otros lugares, en las redes sociales. Sin embargo, salvo por el nombre, difícilmente identificarán ustedes el sentido religioso de la fiesta. img-20180705-wa00022141600621La imagen de la Virgen o de alguno de sus atributos iconográficos, como el escapulario, no aparecen en ninguna parte del cartel, que es coronado por la figura de un pescado de apariencia cadavérica. Pero lo más sorprendente es la indicación de los días en los que transcurre la fiesta, que van desde el día 8 al 15 de julio ¡cuándo la festividad de la Virgen es el 16!

Se me ocurren otros casos parecidos a este y que son sintomáticos de una tendencia curiosa. Como es sabido, durante los primeros siglos de la historia del cristianismo se produjo una cristianización de las fiestas paganas. La Navidad es, sin duda, un magnífico ejemplo de cómo los cristianos ubicaron, sin ningún fundamento histórico ni evangélico, el nacimiento de Jesús coincidiendo con la festividad romana del nacimiento del sol, el natalis invicti Solis, el 25 de diciembre. En cambio, en la actualidad se está produciendo el fenómeno inverso, que es la descristianización de las fiestas, en las que ya es posible ver belenes sin el niño Jesús o, como ocurre en el caso al que nos referíamos al principio, fiestas de la Virgen del Carmen sin Virgen del Carmen.

Esta descristianización no deja de ser sorprendente en una sociedad que durante siglos se ha estructurado a partir de la religión cristiana, pero es una realidad irrebatible, si bien con algunos matices. No hace tanto, era creencia común en muchos círculos pensar que la religión era un atavismo del pasado que no tenía cabida en una sociedad moderna, por lo que se acabaría extinguiendo como ocurrió con la viruela. Pero no ha sido así.

Si nos vamos a las pruebas demoscópicas, podremos fácilmente comprobar como el número de personas que se confiesan ateas suele oscilar en torno al diez o quince por ciento de la población, porcentaje que viene a coincidir con el de los católicos practicantes. Es verdad que se identifican como católicos unos dos tercios de los encuestados, pero lo cierto es que la gran mayoría se definen como católicos con el mismo entusiasmo con que se definirían como buenos vecinos, sin que en su vida real se encuentre un rastro claro de este calificativo. Los católicos practicantes, que no son fáciles de definir pero que podemos intuir que son los que acuden a misa todos o la mayoría de domingos, no van más allá del 15%.

Esa descristianización es, por tanto, tan real como lo es la presencia de una religiosidad low cost en al menos la mitad de la población. Un importante conjunto de personas que sigue creyendo en alguna divinidad y, muy posiblemente, todos los que hayan tenido algo parecido a una educación religiosa católica, identificaran esa divinidad con el recuerdo del dios cristiano que permanece en ellos: un dios bueno, cercano, paternal y amoroso, aunque también vigilante y omnisciente.

Desde el punto de vista católico, incluso podría decirse que las cosas no están tan mal. Más de una vez puede oírse a cristianos, incluso desde los púlpitos, que Dios no persigue tanto una fe inquebrantable como que las personas sean solidarias y pacíficas, atentas con los más débiles y adversas a la violencia de cualquier tipo. Y hay en ello buena parte de verdad, pero solo parte, pues con ello se corre el riesgo de convertir el cristianismo en un código moral centrado en la conducta de cada individuo, perdiendo con ello una importante perspectiva perspectiva social. Y no olvidemos que una sociedad puede ser injusta, aunque esté formada por hombres buenos.

Curiosamente, sin embargo, son muchos los sectores de la Iglesia que parecen sentirse cómodos en esa religiosidad low cost, creyendo que con ello se produce una adaptación a las circunstancias históricas y sociales del momento. Es verdad que en la jerarquía eclesial suele haber un discurso reivindicativo importante, con denuncias hacia determinadas estructuras escandalosamente injustas, pero su complicidad con el sistema anula todo el sentido profético del mensaje. En esa jerarquía hay una opción clara a favor de una presencia pública de la Iglesia que, manteniendo algunas importantes estructuras sociales, le permiten sostener un cierto espejismo de lo que fue la antaño nación cristiana: la asignatura de religión, las escuelas católicas, asilos, etc. Pero, más allá del espejismo, nada de todo esto evita la huida de los creyentes. Cada vez hay menos bodas católicas y menos bautizos, las primeras comuniones suelen ser una mera fiesta y la religión sigue siendo una asignatura “maria”.

Lo que sí demuestra esa religiosidad low cost es que la gente no huye de la fe en una divinidad o en una realidad trascendente. De lo que huye es de la Iglesia. A la mayoría de personas, la Iglesia y sus funcionarios, el clero en general, no les aporta nada. Salvo el Santo Padre y algunas personas muy concretas, como el Padre Ángel, por poner un ejemplo, raras veces ni obispos ni presbíteros son considerados un referente moral ni en la diócesis ni en el barrio o en el pueblo en que ejercen.

Los augures de la Modernidad se equivocaron al profetizar la desaparición de la religiosidad en la sociedad, pero esta puede seguir sobreviviendo sin la Iglesia. Los que somos creyentes, sabemos que la Iglesia no es una institución solamente humana y, por ello mismo, su futuro no depende de la acción del hombre. Pero el coste no puede ser rebajar la fe a una religiosidad low cost sacrificando con ello su sentido profético, esencial en el mensaje del Evangelio.

Y donde se equivoca la Iglesia jerárquica es precisamente en focalizar la apertura por la puerta de unos sacramentos que se banalizan, o por engrosar estadísticas escolares. Esa apertura debe empezar fuera de los templos y los palacios episcopales, en la calle, en los hospitales y en los asilos. Pero también en los centros de trabajo, en los bancos del parque o en los juzgados. En medio de la gente, donde la vida bulle con todo el dolor y la autenticidad. Intentando que las personas miren de echar el freno de lo mundano y se detengan para darse cuenta de que sigue habiendo esperanza.

Pero para ello hace falta algo muy importante por parte de la jerarquía eclesial: empezar a liberalizar la pastoral, salir fuera de sus despachos y dar margen a los laicos, a las mujeres. Deben abandonar el temor a perder una zona de confort en la que hace mucho tiempo que viven de prestado, porque la actual situación pronto devendrá insostenible. Bien mirado, tal vez no sea tan mal traída a colación la imagen del pez en aparente descomposición del cartel de Sa Ràpita, cuando precisamente el dibujo del pez fue uno de los primeros símbolos del cristianismo primitivo.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 7/8/2018

Historias bíblicas

Más allá de sus indudables valores religiosos, la Biblia es una fascinante colección de narraciones que, al menos en su mayor parte, tiene como hilo conductor la historia del pueblo de Israel. Una “historia” peculiar, con aspectos muy idealizados, pero que para el lector actual puede contener unos sorprendentes rasgos de modernidad. Es verdad que es un relato al que no podemos acercarnos sin tener en cuenta que muchos de sus datos son de una historicidad dudosa. Pero dudoso no es sinónimo de falso o imaginario.

Desde luego, es imposible conocer qué hay de cierto en las plagas de Egipto del tiempo de Moisés o si Abraham intentó sacrificar realmente a su hijo Isaac. Y es innegable que algunos relatos, como el del diluvio, son similares a leyendas que encontramos en otros pueblos coetáneos de los israelitas, por lo que es fácil pensar que sean relatos tomados como préstamo y adaptados a su conveniencia.

Pero no es nada improbable que, en sus orígenes, el pueblo judío fuera un pueblo nómada, proveniente de Egipto y que se hubiera establecido, hace 3.000 años, en el deseado creciente fértil, cuna de las grandes civilizaciones del momento. Como es probable también que muchas de las ansias y las angustias de ese pueblo, de sus aspiraciones y sus frustraciones que con insólito detalle nos narran los diferentes libros del Antiguo Testamento, tengan buena parte de verdad, al menos en el sentido de permitirnos conocer cómo sentía y vivía uno de los pueblos más singulares de la historia de la humanidad. Lejos de buscar el rigor académico, lo que cabe proponer es, sobre todo, una lectura existencial de esas historias.

Para ello es importante recordar el contexto histórico en que se empiezan a formar los relatos, allá por el siglo VII o VI a. C. Por aquel entonces, el antiguo reino de David y de Salomón se encontraba dividido y asediado por las grandes potencias vecinas, que tarde o temprano acabarían llegando al corazón de Judea, a Jerusalén y su templo. En 586 a. C. ocurriría la catástrofe: el Templo sería destruido y muchos de los habitantes de Judea serían deportados a Babilonia o dispersados. En cuestión de años, el pueblo judío vería como se perdían sus tierras y sus compatriotas se dispersaban. Por esta razón, al ver peligrar su identidad, deciden escribir su historia, idealizándola en la medida que ello contribuyera a mantener esa cohesión. Casi podríamos ver aquí las primeras trazas del ADN del nacionalismo, el mismo que hoy gangrena muchas de las sociedades abiertas con su rancia necrosis supremacista. Pero no es exactamente así. El pueblo judío no escribe su historia desde la prepotencia, mirándose al ombligo, sino a partir de su relación con Yahvé, lo que es muy distinto.

Este hecho es importante pues parte de una característica muy particular del pueblo hebreo. Parece claro que, en sus primeros asentamientos debían ser politeístas, como los demás pueblos de su entorno. Pero a diferencia de otros pueblos, acostumbrados a un catálogo de dioses a adorar según conviniera, muy pronto Israel optó por la monolatría, es decir, por dar culto a uno solo de los dioses. En este caso, además, a una divinidad muy particular y especialmente celosa. Un dios que no admitía rivales pero que se comprometía a ser su protector. A partir de este momento, la historia de Israel es la historia de su relación con Yahvé, al que traiciona las más de las veces, adorando a dioses vecinos aparentemente más competentes, pues ellos seguían siendo una pequeña etnia a merced de las grandes potencias. Pero Yahvé sí les era fiel, aunque iracundo, y por ello tarde o temprano terminaban reconciliándose con él.

Esa centralidad de Dios en su historia es lo que explica por qué, en sus relatos, la Biblia nos presenta a David, el modelo de monarca judío por excelencia, como un tramposo y pecador rey que llegó a hacer asesinar a uno de sus generales tras dejar encinta a su mujer. O cómo el gran y sabio Salomón era también un crápula y un mujeriego que acabó provocando la posterior división del reino. O cómo Dios hacía sonrojar a las clases dominantes denunciando, a través de los profetas, los abusos despóticos hacia buena parte de la población, que vivía en la miseria más absoluta. Si se nos muestra esa realidad desmitificada y desnuda es porque el centro de la historia de Israel no son los grandes personajes del pueblo judío, sino Dios y la relación de los judíos con él.

Es evidente que esa visión modernamente crítica de su propia historia les servía a los judíos del exilio para poder dar sentido a la situación desesperada que vivían. La destrucción del templo y la dispersión de la gente no eran otra cosa que la consecuencia de haber dado la espalda a Dios, de no haber hecho caso a los profetas y de haber preferido las riquezas e incluso el reconocimiento de las clases pudientes de las potencias vecinas.

Al margen de lecturas teológicas, lo cierto es que esa alianza con Yahvé no solo habría sido para el pueblo hebreo un factor de cohesión, sino también un elemento de contraste que ha dado lugar a tener esa visión crítica de su propio pasado. Una visión extrañamente moderna que les permite reconocer las responsabilidades en las han podido incurrir, en lugar de practicar un absurdo victimismo o esa tendencia tan común entre nosotros de echar siempre la culpa a los demás, al sistema o al consabido “enemigo exterior”.

Son numerosos los pasajes de la Biblia en la que podemos ver retratadas situaciones actuales. A poco que nos fijemos, intuiremos los mismos riesgos, hoy, que los que veían asomar los grandes patriarcas primero o los profetas siglos después, frente a los desmanes de los gobernantes o a las tristes modas de la plebe. Y en cuántas páginas no sentiremos la pesadumbre de las hazañas frustradas por la acedia inmisericorde de una masa aborregada que pace en su inanidad. Recordemos si no el pasaje del Éxodo en el que, cruzando el desierto hacia la tierra prometida, los judíos reprochan a Moisés el haberlos liberado, pues siendo esclavos tenían asegurado un sustento que ahora, siendo libres, debían buscar por sí mismos. Bien mirado, se estaba a dos pasos de inventar el voto cautivo. Y de ello hace tres mil años.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 16/5/2018

Educación y valores cristianos

No deja de ser como poco sorprendente que, mientras los templos católicos se vacían, muchos padres siguen llevando a sus hijos a colegios católicos, concertados o privados. En algunos casos, ello puede deberse a la buena fama del centro o a su carácter elitista, pero en la mayoría de ocasiones, los padres suelen alegar que optan por este tipo de centros porque son una fuente de transmisión de valores cristianos, valores que ellos creen positivos para la formación de sus hijos.

Adelanto ya que no me parece mal, ni mucho menos, que estos padres realicen esta opción a favor de sus hijos. Pero quiero apuntar que tras el razonamiento expuesto subyacen dos errores importantes, pero que no siempre se aprecian en su justa medida.

El primero de ellos casi diría que es de bulto, o debería serlo: no hace falta acudir a un colegio religioso o católico para hallar esos valores “cristianos”. No voy a entrar ahora en discutir acerca de estos valores, como pueden ser la tolerancia, el respeto a la dignidad humana, a la vida, la fraternidad y el auxilio hacia los más desfavorecidos, etc. Lo cierto es que la mayoría de personas sensatas se apuntaran a ellos con independencia de que sean creyentes o no. Se trata de un conjunto de valores que algunos etiquetan como “cristianos” pero que fácilmente pueden etiquetarse como valores “humanistas”, “democráticos”, “republicanos”, etc.

Se trata por lo demás de valores cuyo contenido y relevancia no están exentos de problemas. Así, la tolerancia no es vista igual por todos los católicos en asuntos como la diversidad sexual, por ejemplo. De la misma manera, temas como la mayor o menor disposición de acoger inmigrantes en un país están lejos de un consenso y la opinión incluso de católicos parece alejarse de esos valores que definimos como “cristianos”.

Otra cosa es, por supuesto, que esos valores propios de las sociedades abiertas y liberales como la nuestra tengan su origen en el cristianismo, al menos en buena parte. Si bien es cierto que a su vez esos valores reposan, en parte, en el legado filosófico griego, del que también alguna parte de la doctrina cristiana es deudora. Lo que sí entiendo que debe quedar claro es que, ni esos valores son “exclusivos” del cristianismo, ni puede afirmarse que solo desde el cristianismo puede garantizarse su preeminencia. Pensar que solo los cristianos podemos ser personas razonables y buenas es un soberana gilipollez.

El segundo error que surge del planteamiento de muchos padres es mucho más grave. Se trata de pensar que el cristianismo es básicamente un código moral, una pléyade de valores que permiten configurar individuos moralmente íntegros que permitirá construir una sociedad más justa. Es verdad que el cristianismo viene adornado con una mitología especialmente gráfica y pedagógica, pero sentimentalismos aparte, lo que de verdad importa en todo ello es ese código de conducta, esa forma de ser en la que se valora el esfuerzo, la solidaridad con los conciudadanos, el auxilio al débil, la defensa de los intereses comunes, etc. Un discurso tan hermoso como vacío, pues a buen seguro que peroratas de este estilo las encontraríamos también en círculos fascistoides, en comunistas postmodernos y en caciques de toda ralea.

Consideraciones sociopolíticas al margen, lo cierto es que quien entiende que el cristianismo es un catálogo de buenas prácticas para conseguir un mundo mejor, es que no ha entendido nada. El cristiano no persigue una utopía, sino que confía en una realidad que trasciende toda realidad mundana. Pero esa confianza no se basa en su esfuerzo, en su educación o en su buena fortuna. Se basa en la fe en un Dios fiel y misericordioso, que perdonará sus fracasos y premiará cada intento de mejora. Un Padre que acoge en la enfermedad, en el dolor y en el sinsentido del mal. Un Dios que compadece y acompaña, que ilumina con la mirada acogedora y aligera la fatiga de cada día. Un Dios que lo es todo y que se refugia en lo más recóndito del interior, que juega al escondite ofreciendo escandalosas pistas para que no se pierda ni la oveja más despistada.

Los valores son importantes para la convivencia diaria y para el creyente resultan fundamentales, pues no cabe desvincular la relación con el Padre de la de los hijos, sean o no hermanos en la fe. Pero los valores tan solo cubren una parte de la existencia del hombre. En ellos no se obtendrá respuesta en relación al sentido de la vida, el problema del mal o la finitud y la muerte. Es encomiable que los padres se preocupen de que sus hijos se eduquen en los valores  como los que se ensalzan desde la doctrina cristiana, pero esa educación es solo parcial. Sirve como código de urbanidad, sin duda, pero no confundan esto con el cristianismo. Sería como confundir una merluza con el océano entero.