Demonios

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Pocos fenómenos han sido tan exitosos en los últimos siglos como el llamado desencantamiento del mundo, para utilizar la feliz expresión de Max Weber. Otra forma de denominarlo podría ser el de desdivinización de la naturaleza. En definitiva, de lo que se trata es de que las personas dejan de pensar que la realidad que les rodea está plagada de espíritus o de poderes sobrenaturales, pasando a sostener una postura racional. ¿Qué quiere decir esto? Pues que se ve la naturaleza como algo material, regido por las leyes de la lógica y de la física, lo que supone poder entender racionalmente aquello que sucede e incluso hacer predicciones sobre lo que puede suceder. Así, una tormenta ya no es vista como un fenómeno causado por el malhumor de un dios despechado, sino que es observada como fenómeno atmosférico del que podemos conocer sus causas y su posible evolución, y cuyos datos observables pueden servirnos en un futuro para saber con antelación cuándo se repetirá un fenómeno parecido.

El desencantamiento del mundo ha supuesto importantes consecuencias que no podemos dejar de apuntar. La primera de ellas es que Dios –o lo sobrenatural– ya no es un elemento necesario para entender buena parte de lo que ocurre en nuestro entorno. Dios sale del ámbito de la ciencia y se queda en el pasillo de lo metacientífico. Ello no quiere decir que el científico deba ser forzosamente ateo, pero sí que debe ser atea la ciencia.

Curiosamente, los católicos solemos tener bastante bien asumido esto, pues la Iglesia defiende desde hace tiempo la autonomía de la creación. Esto es, reconocemos a Dios como creador del universo, pero en el sentido de ser su causa primera. Si damos por buena la hipótesis del Big bang, formulada por el astrónomo y sacerdote católico G. Lemaître, Dios sería el que pulsa el botón de encendido. A partir de ahí, el universo empieza a andar solito, sometido a sus propias reglas. Esta autonomía de lo creado no deja de ser el refrendo teológico del desencantamiento del mundo, hoy solo rechazado por fundamentalistas religiosos y por científicos ateos que siguen emperrados en demostrar, a partir de sus ecuaciones matemáticas, que Dios no existe.

Sin embargo, otra consecuencia del desencantamiento del mundo es el olvido de Dios. No es algo tan general ni se ha producido de una forma tan inmediata, pero lo cierto es que, si en un primer momento, Dios fue echado de los laboratorios y las aulas y relegado a quedar en el pasillo, hoy muchos ya ni se acuerdan de que sigue ahí. Sencillamente, se han olvidado de él.

Este olvido es más que evidente. Las cifras de práctica religiosa entre nuestros conciudadanos son casi testimoniales y si alguien hace el ejercicio de ir un domingo a misa y calcula mentalmente la media de edad de los feligreses, pronto se dará cuenta de que el futuro de las parroquias sigue el mismo derrotero del de los videoclubs o los laboratorios de revelado de película fotográfica.

Sin embargo, en nuestro mundo desencantado en el que hemos olvidado a Dios, aparece un personaje que ha resistido ejemplarmente todo intento de defenestración: el demonio. Naturalmente, su presencia no tiene siempre un cariz religioso. Si indagáramos un poco, posiblemente nos encontraríamos con que la mayoría de personas no cree en su existencia. Incluso entre personas religiosas, su existencia es puesta en duda y no pocos católicos, por ejemplo, niegan que exista tal ser, al igual que niegan la existencia del infierno. Lo cual no quiere decir que no exista, claro. Como sostenía el poeta francés Charles Baudelaire, la gran estrategia del demonio consiste precisamente en persuadirnos de que no existe.

Creamos en él o no, lo seguro es que el demonio se halla presente en nuestra sociedad en mayor medida que Dios. Aun así, que nadie se asuste. Esto no convierte nuestras ciudades en un reino satánico, pero sí que parece dejar cierta huella en nuestro comportamiento y dice algo, no sé si mucho, de una comunidad de personas que asume cierta simpatía por el príncipe de la mentira mientras que Dios sigue abandonado en algún rincón que apenas recordamos.

Podría aducir numerosos ejemplos para corroborar lo que digo. Desde luego, en Mallorca sobran manifestaciones de todo tipo en el que el demonio es el auténtico protagonista. Para empezar, es la mascota del principal equipo deportivo de la isla, lo que no impidió ser recibidos por el papa Francisco en la conmemoración de su centenario. Pero dentro de poco, al iniciar el nuevo año, miles de personas acudirán en masa a las fiestas en conmemoración, en teoría, de san Antonio Abad. Una conmemoración aparente, pues será el diablo y sus danzas y ritos pirotécnicos el que asuma todo protagonismo. La demoníaca algarabía tiene incluso su punto de ternura al comprobar como centenares de chavales se disfrazan de diablillos, con sus cuernos y su capa roja, incluso en los colegios católicos, cuyo afán pastoral es cada vez más patético.

Pero no solo en los momentos festivos se percibe esa fascinación por lo maléfico. En el imaginario actual, demonios, vampiros y otros seres de esta misma ralea ya no son los malos de la película, sino que con frecuencia son las víctimas de la intolerancia y la incomprensión de los “normales”. Manda narices. Pero es que hay que reconocer que el aumento de la simpatía por los que son maléficos por esencia parece correlativa a nuestro gusto por la brutalidad más abyecta.weapon-424772_640

Reconozcamos que vivimos inmersos en un mundo en el que el mal y la violencia ya no solo se han banalizado, como apuntaba Hannah Arendt, sino que los hemos situado en una especie de realidad aumentada que nos sirve de estímulo constante y peligrosamente adictivo. Que nos atraiga lo prohibido no es nada nuevo, como no lo es la admiración por el criminal diligente, por quien persigue el crimen perfecto que burla a policías y jueces. Pero hoy da la impresión que la astucia del ladrón, que deja su guante a modo de desafío al inspector que lleva años tras él, ha dado paso a la violencia desmedida, al sexo duro y sin pasión, a la imagen que impacta, que permite visualizar el dolor ajeno, pero con la frialdad del forense que inicia su enésima autopsia. Cualquier espectáculo o serie televisiva que resulte una exaltación de la violencia o la estupidez humana tiene el éxito garantizado. ¿Tiene algún sentido tanta violencia? ¿Qué nos ocurre?

Es verdad que uno puede pensar que se trata de modas, de algo pasajero. O que forma parte de la condición humana, que en el fondo sentimos esta extraña fascinación por lo morboso y violento, pero que no debe preocuparnos. En un mundo desencantado como el nuestro, seguro que más de un lector sonreirá pensando en el título de este artículo. La verdad es que no tengo ninguna prueba que me permita demostrar algún origen sobrenatural en esa simiente de violencia que parece invadir todos los espacios. Pero debo confesar que tampoco tengo motivo alguno para descartar que Baudelaire tuviera razón.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 10 de noviembre de 2018

De humanos y mascotas

8621526607_22a36e3f04_zCuando en un tedioso domingo de lluvia uno comete el error de navegar sin sentido por Internet, corre el riesgo de encontrarse con informaciones sorprendentes, si bien no siempre en un sentido positivo. Algo así me ocurrió a mí cuando, por un azar malintencionado, me hallé sumergido en el curioso mundo de las normas sobre bienestar animal que surgen en los diversos estamentos públicos.

Estas regulaciones, inexistentes décadas atrás, persiguen regular nuestras conductas hacia los animales que conviven pacíficamente en nuestros hogares. Lo que solemos denominar como mascotas. Con ellas se pretende proscribir cualesquiera actos de crueldad innecesaria o de maltrato hacia estas criaturas. Esta regulación es a veces prolija pues debe adaptarse a cada bicho. Así, de la misma forma que es razonable prohibir encerrar en un balcón a un prominente ejemplar de mastín de los pirineos, lo es también mantener confinada, en un terrario mínimo, a una pitón.

Al contrario de lo que pudiera pensarse, las razones que empujaron a desarrollar este tipo de normativas no eran tanto las relativas al reconocimiento a una dudosa dignidad animal, como al hecho de considerar el respeto hacia estas criaturas como una manifestación de civilización. En nuestra sociedad, la crueldad con los animales se percibe como una conducta primitiva y salvaje y que, además, puede llevar a consecuencias más graves. En este sentido, es fácil sospechar que, quien a los diez años se desvive por torturar y matar a inocentes gatitos, acabe en su vida adulta siendo un eficiente asesino en serie.

No obstante, en los últimos tiempos, este tipo de normativa ha ido mucho más allá de la mera consolidación de un orden civilizatorio, reconociendo un estatuto jurídico a los animales –algo impropio de su naturaleza– y que conduce a unas distorsiones preocupantes. Tristemente, un buen ejemplo de ello lo he hallado en mi municipio en forma de Ordenanza de convivencia, defensa y protección animal en el entorno humano.

Al ojear esta norma, que a buen seguro que es parecida a otras de muchos municipios, lo primero que a uno le sorprende es su objeto, definido en el artículo primero: la defensa y vigilancia de los derechos de los animales. La sola referencia a la posibilidad de reconocer derechos a los animales puede provocar ya un primer estado de pánico, sobre todo a quien tema que, a medio plazo, nos podamos encontrar con un perro que exija poner un bozal a su amo. Futuribles aparte, esta regulación es mucho más concreta cuando se refiere a las prerrogativas del dueño del animal. Uno de los aspectos que más me llama la atención es que se prohíbe el sacrificio de animales de compañía salvo por dos razones: el sufrimiento del animal ante una enfermedad incurable, en lo que supongo que es su “derecho” a una muerte digna, o el que adopte un comportamiento peligroso para las personas. Naturalmente, infringir esta norma supone incurrir en una falta muy grave que conlleva una multa que puede oscilar entre los 1.500 y los 15.000 euros.

Este tipo de regulaciones, además de poder considerarse en sí mismas desorbitadas, generan situaciones disparatadas en el sistema jurídico hasta el punto de poner en cuestión la escala de valores que, presumiblemente, debe fundamentar estas normas. En este caso concreto, la vigencia de esta ordenanza conduce a una extraña equiparación entre la vida humana y la de un caniche, con unas consecuencias asombrosas. Tal y como están las cosas, puede darse el caso de que una mujer no necesite dar mayores explicaciones para interrumpir su embarazo y, sin embargo, no podrá decidir sacrificar a su perro, ni siquiera alegando, por ejemplo, que no puede costear una operación veterinaria a la que debería someterle.

En su libro Ortodoxia, G.K. Chesterton defendía, a principios del siglo pasado, la idea de la reforma social frente al engañoso concepto de evolución o a la idea más revolucionaria de progreso. Para explicarlo brevemente, el escritor inglés entendía la evolución como algo natural y que se ejecuta con cierto automatismo, si bien desmentía con diversos ejemplos el carácter afable del vocablo. Un ejemplo claro lo encontramos en la evolución de las especies, que a menudo supone el sacrificio de aquellos que no se adaptan o que presentan algún tipo de tara, cuestión que, lejos de ser justa, nos recuerda las prácticas eugenésicas del nacionalsocialismo o a otras salvajadas de esta índole.

Más discutible puede resultar para muchos el increíblemente atrayente concepto de “progreso”. Frente a la mecánica evolutiva, el progreso resulta lineal y ascendente. Y, lo más importante, controlado por el hombre. Es la gran diferencia: la naturaleza evoluciona, pero el hombre progresa. La dinámica natural es errática en muchos aspectos. La dinámica humana mantiene un rumbo fijo, avanzando sin dar tumbos. Pero ¿hacia dónde? Ahí es donde viene el peligro del progreso, tal y como lo entiende el pensador inglés, que lo relaciona con los ideales revolucionarios del momento. El progresista persigue cambios sociales –dirá Chesterton– pero no siempre tiene un objetivo fijo, algo que no sucede con el reformista.

El reformista persigue la mejora de la sociedad para alcanzar el fin pretendido. Reformar, al fin y al cabo, es dar forma de nuevo a algo que vemos informe y que, en consecuencia, resulta inservible para llegar al fin. El progresista, en cambio, no avanza reformando, sino cambiando los fines. Empieza defendiendo la propiedad privada y más adelante la ataca buscando un estado colectivista. Tan pronto abandera la defensa de la libertad individual, como pasa a considerarla un obstáculo ante la superior liberación del pueblo oprimido.

Ha pasado más de un siglo desde que Chesterton escribiera esta obra. Sin embargo, su disquisición no ha quedado en desuso, aunque las ínfulas revolucionarias hoy son mucho más sutiles. Incluso los progresistas aprenden de sus errores.

Muchos siguen hoy venerando la idea de progreso y manteniendo la convicción de que este supone siempre una ascensión, un avance promovido por el hombre. Pero también, como hace cien años, ese progreso puede consistir en sacrificar los ideales y los fines que lo han fundamentado. Como hemos visto, tratar un gato persa como si fuera un ser humano, no humaniza al felino, pero sí que abre el camino a deshumanizar a la persona. Nos guste o no, un animal doméstico es un bien, de la misma forma que lo es un martillo, aunque nos evoque sentimientos encontrados al tener que usarlo violentamente contra un clavo rebelde. Nada impide que las personas otorguemos un valor especial a ciertos bienes y castiguemos severamente a quien corta la oreja de un sabueso o raja la tela de un Velázquez. Pero en ningún caso podemos olvidar que ni siquiera toda la pinacoteca del Museo del Prado vale lo que el más miserable de los humanos.

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 4 de noviembre de 2018

El tatuaje digital

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En un reciente artículo publicado en la revista Foreign Policy, Tarah Wheeler, una de las más reputadas expertas en seguridad informática, formula una hipótesis altamente llamativa, aunque sea complicado verificarla. La cosa es como sigue: imaginemos por un momento que el argumento de la película Terminator fuera profético. Si así fuera, ello supondría que, en un futuro no demasiado lejano, Skynet debería enviar un ciborg asesino para acabar con la vida de la progenitora del rebelde John Connor, o como quiera que se llame su equivalente real. La gracia del ejercicio está en que, si en lugar de viajar a 1984 –como ocurre en la película original– viajase a nuestro actual 2018, disponiendo el ciborg de una conexión a internet, no tardaría más de cuatro minutos y medio en encontrar a la verdadera Sarah Connor. Con ello, y al contrario de lo que ocurre en la película, eludiría toda posibilidad de error y no se vería en la incómoda tesitura de ir matando a todas las “Sarah Connor” que se le cruzaran en su camino.

Está claro que todo esto no es más que un imaginativo ejemplo. Si realmente ha ocurrido ya, es algo que no sabremos nunca, aunque podamos intuirlo cuando las máquinas empiecen a excederse descontroladamente en sus funciones. Bromas aparte, lo que sí está bastante claro es que las tecnologías de la información ponen a disposición del público en general miles o millones de datos personales de la mayoría de nosotros, datos personales sobre los que carecemos de control. No se trata siempre de datos íntimos, como los referidos a la salud o a los impuestos que pagamos, que también. Al fin y al cabo, al menos por ahora este tipo de datos suele tener una especial protección legal que, de alguna manera, garantiza nuestra privacidad. Pero hay muchos otros datos relevantes que no gozan de esta protección y que pueden ser usados en beneficio de otros o en nuestra contra. Datos que, muchas veces, nosotros mismos no dejamos de desvelar y publicar.

Un caso que suele darse habitualmente, y que acredita lo que digo, es lo que sucede cada vez que se nombra un cargo público relevante, pongamos por caso un ministro, y a las pocas horas un batallón de navegantes ha cribado ya sus cuentas en redes sociales buscando cualquier salida de tono, chiste mal sonante o declaración que fácilmente puede ser tergiversada o sacada de contexto. Una práctica peligrosa pero real, de una clara naturaleza inquisitorial que consiste en incriminar por deslices preteridos e imprescriptibles, o por manifestaciones que pudieron ser sensatas y que son vistas hoy como erróneas. Un proceso absurdo que puede llevarnos a pensar que es mejor dejar de pensar, y sobre todo de escribir. Errar es de sabios, se decía antes. Pero hoy parece que es de insensatos e imprudentes, sobre todo si uno se expone en la web.

Y aunque las posibilidades de esta Inquisición digital nos puedan parecer lamentables, nos queda el consuelo de que su alcance es todavía limitado. Al fin y al cabo Twitter, la red donde principalmente uno tiende a escribir rápido y condensado, sin parar a pensar sobre lo que realmente ha escrito, nació en 2006 y no fue hasta finales de 2009 en que apareció su versión en español. Ello supone que el actual rango de búsqueda de meteduras de pata de los potenciales líderes políticos o sociales es, en general, de menos de diez años. Pero ¿se imaginan lo que será dentro de diez años más, cuando los actuales veinteañeros arrastren sus Instagram de la adolescencia o de sus años de universidad?

No podemos olvidar, además, que uno de los grandes males de la informática y de las redes digitales es que, como regla general, nada se borra. Aunque todos (o casi todos) aprendemos de nuestros errores, también aprendemos a corregirlos, lo que no deja de ser una buena forma de olvidarlos. Pero en Internet nada se olvida. Es verdad que usted puede cerrar su cuenta de correo electrónico o de una red social y con ello dejará de acceder a ella y a los datos que haya almacenado. Pero no tendrá ninguna seguridad de que realmente se borren ni sabrá si quedan a disposición de empresas que previamente los han recopilado (recuerde el escándalo del Cambridge Analytics) o por otras personas, incluidos los vecinos o colegas del trabajo.

Pero más allá de las paranoias de cada uno, no hace falta ir tan lejos para comprobar la pérdida de control de nuestra información. No somos solo nosotros los que nos encargamos de recopilarla y subirla a la red. Hoy es una misión casi imposible no acudir a un evento en el que no haya alguien sacando fotos o videos con su móvil. Aventúrese a participar en una fiesta patronal o a acudir a la inauguración de una exposición, y tiene muchos puntos para aparecer, aunque sea de refilón, en docenas de fotos que circularán por ahí. En algunas redes sociales, incluso etiquetarán su nombre en las imágenes, evitando futuras confusiones. Desengáñese, el Gran Hermano es ya familia numerosa.

Buena parte de lo que he contado no es desconocido para algunos lectores y servirá a más de uno para confirmar sus sospechas. Pero lo realmente importante es preguntarse hasta qué punto somos conscientes de nuestra exposición pública al hacer uso de las tecnologías.

Hay en todo esto una cierta analogía con la moda de los tatuajes. Cada uno es dueño de su epidermis, pero un tatuaje ofrece una información a los demás que debemos considerar al decidir aplicar esta punzante técnica en nuestro pellejo, sobre todo si es en un lugar especialmente visible. La información que muchas veces colocamos en Internet se asemeja bastante a un tatuaje, en el sentido de crear una imagen que nos define ante los demás. Con esta información facilitamos una idea preconcebida de nosotros mismos que, a la larga, puede no jugar a nuestro favor. Pero al contrario de lo que ocurre con los tatuajes de verdad, a menudo no somos conscientes del carácter indeleble de esa información ni de la facilidad con que es posible manipularla y usarla en nuestra contra.

Cuando subimos determinada información a Internet, quedamos desposeídos de parte de nuestra capacidad de control sobre lo que somos o manifestamos a los demás. De alguna manera nuestros recuerdos ya no nos pertenecen en su totalidad. No solo enseñamos nuestro tatuaje digital, sino que este puede ser incluso manipulado torticeramente y debemos ser conscientes de ello. Aunque después nos dejemos la piel en ir trabajando nuestra identidad, los viejos rastros del pasado pueden llegar a despellejarnos de forma inmisericorde. Ya empezamos a verlo en algunos casos y esto no ha hecho más que empezar.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 28 de octubre de 2018

La religión de lo saludable

La vinculación entre la salud y las creencias religiosas es tan antigua como la propia cultura humana. En la prehistoria, el desconocimiento de los factores que desencadenaban las enfermedades provocaba su fácil atribución a entes misteriosos o a fuerzas invisibles. A partir de las primeras civilizaciones, en las que aparecen las grandes religiones que han marcado la historia humana, continúa el desconocimiento de la naturaleza biológica de las enfermedades, pero se adopta una postura más antropocéntrica y se empieza a pensar acerca de la responsabilidad de los individuos en la aparición de enfermedades y otras calamidades. No solo resultaba imprudente provocar la ira de los dioses, sino que la enfermedad podía ser el resultado de una mala conducta, de un pecado, propio o de un antepasado que ni siquiera habían conocido.

En ese momento encontramos ya codificaciones normativas de autenticas medidas de salud pública, aunque revestidas de precepto religioso. El aislamiento de los leprosos o las largas listas de alimentos prohibidos o declarados impuros son una buena muestra de ello. Preceptos que han sobrevivido en algunos casos hasta hoy, como en el caso del islam y el judaísmo.

A lo largo de los siglos y hasta mediados del siglo pasado, la religión ha sido un factor de cohesión social y no pocas veces de corrección en aspectos ligados a la salud. A lo largo del siglo XIX, por ejemplo, surgieron muchos movimientos renovadores religiosos como reacción a la secularización promovida por el liberalismo y su laxitud moral. Y, entre estos, no pocos tuvieron como eje estructurador la lucha contra determinados vicios muy arraigados en las clases populares, como el alcoholismo o la promiscuidad sexual. Campañas especialmente combativas que en algunos lugares consiguieron éxitos importantes, incluso en el siglo XX, como fue el caso de la famosa Ley seca en EE.UU., que prohibía la fabricación y comercialización de bebidas alcohólicas.

Actualmente, sin embargo, el paisaje ha cambiado de forma rotunda en las sociedades de raíz cristiana (no así, por ejemplo, entre los musulmanes). El papel de las religiones tradicionales es casi marginal mientras que aquellas personas que buscan algún tipo de espiritualidad, se sienten motivadas por una búsqueda interior que parte de la necesidad de que cada persona encuentre su yo auténtico. El resultado de todo ello es una pluralidad de creencias que carecen de referentes de autoridad sólidos y en un marco de amplia tolerancia religiosa. Este tipo de espiritualidad no necesita la hipótesis de un dios creador. No obstante, resulta llamativo que sea la dominante entre muchas personas que se definen como católicas: creen en Dios, aceptan los valores evangélicos o defienden el poder de la oración para conseguir favores divinos, pero no aceptan algunos postulados morales (por ejemplo, en materia sexual), ni participan en actos comunitarios como la asistencia a la misa dominical. Para el caso que uno crea que existe, el creyente ya no sirve a Dios, sino que se sirve de él.

Volviendo, sin embargo, a esa nueva espiritualidad, ya hemos dicho que se mueve en un marco de generosa tolerancia y que promueve una cierta laxitud moral en algunos ámbitos como el sexual (de hecho, el sexo es considerado en muchos casos una vía para encontrar esa interioridad más profunda). Sin embargo, no pocos aspectos relacionados con la salud vuelven a gozar de un importante protagonismo. La diferencia, respecto a situaciones anteriores, es que en pleno siglo XXI la religión ya no forma parte del canon civilizatorio de la sociedad y los vicios que la nueva espiritualidad censura no son conductas antisociales, sino elementos tóxicos que obstaculizan, a nivel individual, esa búsqueda de la autenticidad.

A medida que esta nueva espiritualidad se va desembarazando de sus conexiones con las religiones tradicionales, aparecen sus propios credos a partir, por ejemplo, de determinadas pautas alimentarias, como puede ser el caso del veganismo, o de la práctica de disciplinas como el yoga. En general, se defiende una conexión entre la salud corporal y la espiritual, vistas desde una perspectiva holística que busca un bienestar general del cuerpo, incluida la propia psique. Pese a su carácter individualizador, con frecuencia esta visión integral va más allá del individuo y alcanza el entorno inmediato o incluso el medio ambiente en general. Se predica, en estos casos, un retorno a la naturaleza y el sujeto busca confundirse con ella, rechazando desde los productos tecnológicos a los alimentos procesados.

Pero como ocurre con la mayoría de credos, surge aquí también la idea de pecado, referido no tanto al ataque a los demás como al propio cuerpo. Se penalizan los excesos, sea en forma de sobrepeso o debido al consumo de sustancias consideradas tóxicas, como el tabaco o el alcohol. Paralelamente, aparecen las inevitables listas de alimentos prohibidos o impuros: los azúcares, determinadas grasas o según qué productos de origen animal. También los ritos expiatorios a seguir, esta vez en forma de dietas, ingesta de pócimas depurativas o programas de ejercicio físico.

Al contrario de lo que ocurría con las religiones tradicionales, la actual diversidad de creencias hace que sea muy difícil fijar un patrón común en esta espiritualidad ligada a la salud. Sí que destaca, como ya hemos indicado, la individualidad -cada uno se preocupa de su cuerpo/mente- y la inmediatez en cuanto a los objetivos. Si en las religiones tradicionales la salvación prometida se ubicaba más allá de la vida terrena, en esta espiritualidad moderna la salvación se sitúa en la vida presente, en esforzarse para ser uno mismo cuanto antes y vivir el día a día de la forma más auténtica posible.

Como contrapartida, y aunque no es así en todos los casos, se manifiesta con ello una espiritualidad laxa y autosuficiente, que tiende al narcisismo más que a la gratuidad y al amor a los demás. Es por ello que la aparición de un cierto grado de egoísmo resulta imparable: si se rechaza la idea de un Ser supremo por encima del individuo, resulta inevitable que cada uno de los individuos acabe siendo el centro de su propio universo. Pero lejos de tratarse de una liberación, la ausencia de Dios no evitará la proliferación de falsos profetas que prometen equilibrios cósmicos o elixires de una juventud infinita. Lo cual no debería sorprendernos, pues una espiritualidad proyectada en uno mismo, eliminando el componente interpersonal, no deja de ser una espiritualidad castrada.

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 23 de setiembre de 2018

Botes salvavidas

La madrugada del 14 al 15 de abril de 1912 tuvo lugar uno de los sucesos más recordados y que más han dado que hablar en muchas décadas: el hundimiento del Titanic. Aunque no se sabe a ciencia cierta el número exacto de personas que viajaban a bordo, se calcula que fueron algo más de 2.200, de las que casi un millar pertenecía a la tripulación del barco. Curiosamente, para ser la travesía inaugural, el buque iba muy por debajo de su capacidad en cuanto a pasajeros, que alcanzaba los 2.700. Aun así, la capacidad de los veinte botes salvavidas que llevaba era de 1.178 personas, una cifra muy inferior incluso al número real de personas que viajaban en el buque.

El encontronazo con el iceberg poco antes de la medianoche no solo sorprendió a los marinos, sino que se topó con la inicial incredulidad de buena parte del pasaje, que veía inverosímil que la mole de acero e ingenio naval en la que navegaban pudiera sucumbir ante la embestida de un carámbano flotante, por grande que fuera. Tal vez fue por ello que el primer bote, el número 7, no fue arriado hasta casi una hora después del choque, siendo sus pasajeros la mayoría hombres, pues en general las señoras eran reticentes a prestarse a tan ridículo ejercicio a aquellas horas de la noche. Una asombrosa ingenuidad que fue, no obstante, provocada por la actitud de la propia tripulación, que tenía órdenes estrictas de evitar situaciones de pánico. Esta misma pretensión tranquilizadora llevó al capitán a disponer que la orquesta empezara a tocar en la parte delantera de la cubierta de botes, en una situación que ha dado lugar a imágenes tragicómicas en innumerables películas y obras literarias.

Fuera por la incredulidad ante ese inopinado accidente, fuera por la mala formación de la tripulación, que desconocía como proceder a la evacuación del pasaje y cuál era a capacidad real de los botes, ese primer bote y los siguientes fueron arriados medio llenos. La mayoría de botes, con una cabida de 65 personas, no portaban mas de una treintena de pasajeros y tripulantes. En todo caso, y puesto que la capacidad era limitada, se dio la famosa orden de embarcar preferentemente a mujeres y niños. Sin embargo, en aquel naufragio ocurrieron otras cosas que nos llaman la atención.

En primer lugar, resultó que el criterio de salvar primero a mujeres y a niños no fue el único. Aunque es verdad que el porcentaje de hombres que murieron es el superior, es llamativo comprobar que entre los pasajeros de primera clase muriera algo menos del 40% del pasaje, mientras que en tercera clase murió el 75%. Ello explica que, pese a la preferencia por los niños, la mitad de ellos murieron en el suceso, siendo todos de tercera clase menos uno que, según los testimonios, murió por la tozudez de sus padres al negarse a embarcarlo en los botes.

Si la elección de ese criterio clasista es, como mínimo, discutible, no lo fue menos la actitud de los que se hallaban en los botes cuando el barco se acaba hundiendo, unas tres horas después del choque. Como es fácil imaginar, los botes se fueren alejando prudentemente del barco para no ser arrastrados por este al sumergirse totalmente en el océano. No obstante, los gritos de decenas de personas que habían caído al agua generaron una discusión acerca de si era razonable ir a socorrerlos o no. Un oficial de la tripulación, Harold Lowe, que tenía a su cargo el bote número 14, propuso traspasar a sus ocupantes a los demás botes, que estaban la mayoría muy por debajo de su capacidad, e ir en busca de supervivientes. Se originó un debate entre los afectados sobre si era conveniente acercarse a los náufragos y asumir el riesgo de que se abalanzaran a los botes y los hicieran zozobrar. No es difícil imaginar la situación de extrema tensión en medio del naufragio. Al final, los gritos fueron decayendo y Lowe se acercó hacia el lugar del hundimiento, aunque solo encontró a cuatro personas vivas, de las que una acabaría falleciendo poco después. La temperatura del agua, de -2º C, había acabado con la vida del resto de supervivientes. Al regresar con los demás fue inquirido por estos al ver el bote prácticamente vacío. “Hemos esperado demasiado”, fue su única respuesta.

No es difícil visualizar esas imágenes y recordar los muchos “titánics” que vemos hundirse en el Mediterráneo, barcazas sin lujo abarrotadas de refugiados y de inmigrantes. Aquí, sin embargo, no hay criterio alguno para su supervivencia. Tanto da que sean mujeres, niños o varones sanos y corpulentos. No hay distinción entre clases o estirpes. Y no la hay porque los que vivimos en primera clase contemplamos esta calamidad desde la comodidad de nuestras casas, de nuestros lugares de trabajo o desde la misma playa, en la que nos tumbamos ociosos, ajenos a los gritos de muerte y desesperación que desaparecen tras las olas.

Tampoco entre nosotros falta el debate entre la conveniencia de ir o no al rescate de los náufragos. Recoger a los náufragos puede, a juicio de no pocos, suponer un coste inasumible, colapsar nuestros servicios básicos, provocar un efecto llamada que hará insostenible nuestro Estado de bienestar. Por supuesto nada de todo es necesariamente cierto y, de hecho, países que han acogido a decenas de miles de refugiados como Alemania o Italia, no han visto caer su sistema de protección social. Sí que han visto como movimientos populistas agitan el discurso xenófobo y han conseguido un cierto grado de inestabilidad política que en nada beneficia a la población en general. Pero culpar a los inmigrantes del auge de la extrema derecha y el populismo en Europa es como culpar a los mexicanos de la victoria de Donald Trump.

Resulta incluso cómico que se acuse a los que se pronuncian a favor de acoger a los inmigrantes de buenismo. Si por “buenismo” entendemos ser solidarios y compasivos con aquellas personas que sufren o se encuentran en peligro, entiendo que la acusación tiene su peso si proviene de personajes cuyo credo se fundamenta en el egoísmo insolidario, casi más propio de algún personaje malvado de una película de animación. Si por buenismo entendemos, con la Real Academia, la “actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia”, alguien nos tendrá que explicar qué conflicto hay ante el grito desesperado de un padre que ve como su familia puede perecer si no pueden alcanzar tierra firme y segura. ¿Tenemos acaso derecho a sentirnos víctimas por vernos obligados a sacrificar nuestra comodidad para ayudar a esta pobre gente? ¿O será que un efecto del Estado de bienestar es anestesiar nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro, del que padece y demanda auxilio? Mientras tanto seguimos debatiendo sobre lo que hay que hacer y lo que no. Y parece que así sucederá hasta que dejemos de escuchar los gritos de socorro y alguien vuelva a decir que hemos esperado demasiado.

 

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 2-9-2018

¿Puede ser hoy deseable creer en Dios?

¿Puede ser hoy deseable creer en Dios? es el título de mi nuevo artículo en la revista Razón y Fe y que puede leerse íntegramente en la web de la revista: www.razonyfe.org

La esclavitud de la inmediatez

Es asombroso contemplar como la avalancha de información apenas ya nos abruma. Nos hemos acostumbrado a ese ritmo vertiginoso que nos compele a decidir con excesiva precipitación. La inmediatez de la información requiere inmediatez en la opinión, sea en Twitter o en una reunión ejecutiva. Pero ¿no es esta una nueva y sutil forma de (auto)censurar(nos)?fair-540127_1280

Casi no hay tiempo para hablar pero lo poco que decimos se traslada a la velocidad de la luz y dejamos de controlar unas palabras que pasan a ser nuestras acusadoras. No hay tiempo para la reflexión. Nuestras decisiones adolecen de una miserable inanición. ¿Qué podemos esperar de ellas cuando precisamente ya no hay tiempo para esperar más?

Sin darnos cuenta hemos sido hechos esclavos de una urgencia imaginaria. Vivimos aterrorizados por el “ya pasó” que nos deja fuera de un juego que apenas se ha iniciado y termina ya. Cuanto más nos asusta el futuro, más parece que consumimos el presente de forma compulsiva. Todo fluye y es por ello que cada vez nos cuesta más mantener la mirada con un interlocutor y esperar un gesto de afecto o de aceptación. No somos capaces ya de entender que comunicar no es dialogar. Opinamos ante el mundo sin buscar un interlocutor, cayendo en un mero exhibicionismo narcisista de la palabra. Y al final queda el vacío. La palabra se desvanece sin la necesaria memoria del que la debería escuchar y con ello se derrumba nuestra cordura.