El hombre del tanque

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Han pasado treinta años desde aquel mítico 1989 en el que el comunismo se disolvió ante los estupefactos ojos de un incrédulo Occidente. Los que vivimos aquel noviembre en el que las televisiones retransmitían en directo la caída del Muro de Berlín, tuvimos por primera vez la sensación de estar viendo, junto a millones de personas, lo que acabaría siendo un capítulo esencial en la historia europea y mundial.  

Es fácil intentar comparar lo que ocurrió entonces con otros acontecimientos vividos globalmente, como pueden ser los atentados del 11-S en Estados Unidos o como vivimos aquí el 23-F, pero sigue existiendo una diferencia cualitativa importante. Los acontecimientos de finales de 1989 finiquitaron los regímenes comunistas europeos, algo que para la mayoría de los occidentales era como pensar en agarrar la luna con una cuerda.  

El bloque soviético formaba una estructura casi perfecta, admirada por muchos y temida por todos. Durante la Guerra Fría nadie descartaba del todo la posibilidad de un conflicto armado, lo que evidentemente daría lugar a una destrucción a escala planetaria. Pero, más allá de esa terrorífica posibilidad, nada parecía amenazar los cimientos de la URSS y sus satélites.  

Daban fe de esta fortaleza los testimonios de muchas personas que, en los años 70, solían viajar a Moscú para conocer qué era el socialismo real. A su regreso, relataban sus impresiones ante la visión de las grandes colas de gente comprando en las tiendas y como no siempre era posible encontrar aquellos víveres que uno buscaba. Paradójicamente, sin embargo, aún narraban con mayor admiración la belleza del metro moscovita o el orden y la paz que se respiraba en la ciudad.  

Pese a sus evidentes carencias, en Occidente siguió habiendo hasta el final una curiosa fascinación por el régimen totalitario comunista. La estética soviética, su simbolismo, la marcialidad de los soldados en la Plaza Roja, creaban un aura de admiración que embriagaba al viajero, que en ningún momento dudaba de la solidez del régimen.  

Es por ello por lo que sorprendió tanto el que se desmoronara de aquella manera, desde dentro, casi sin querer. Como un extraño dominó cayó el muro berlinés aquel otoño y en dos años la URSS desaparecía para siempre, como si todo hubiera sido un malentendido 

Aunque el derrumbe fue más un suicido que una derrota, Occidente se apropió rápidamente del mérito y se empezó hablar de un nuevo orden mundial, de la globalización del modelo democrático occidental e incluso del fin de la historia, al menos tal y como se la conocía hasta ese momento. Tan asombrados quedamos ante un final tan sorprendente, que nos olvidamos de que el otoño de 1989 tuvo un prólogo agridulce. 

Este prólogo, trágica premonición de lo que por derroteros muy distintos iba a suceder en Europa, tuvo lugar en la China comunista. Ocurrió tras la súbita muerte de Hu Yaobang, exsecretario general del comité central del Partido Comunista en los años ochenta, y que fue relevado de su cargo en 1987 al ser considerado demasiado liberal. Dado que oficialmente nunca se explicaron tales razones, al morir en abril de 1989 se organizó un funeral multitudinario en el que, para sorpresa de los dirigentes, fue aprovechado por grupos opositores para reclamar una mayor apertura democrática del país 

En aquel momento el hombre fuerte de China, Deng Xiaoping, dirigía una reforma profunda del régimen, introduciendo medidas de desregulación económica con el fin de favorecer el desarrollo económico a través de mecanismos propios del capitalismo, pero evitando cualquier atisbo de democratización. Ello provocó el malestar de grupos estudiantiles que iniciaron manifestaciones y protestas en diversas ciudades, si bien estas se focalizaron sobre todo en una serie de manifestaciones en la plaza de Tiananmen de Pekín. Estos acontecimientos derivaron en la adopción de la ley marcial por parte de las autoridades ya a mediados de mayo, hasta que el ejército chino acabó disolviendo toda manifestación, a lo que siguieron fuertes medidas represivas y un indeterminado pero elevado número de muertos.  

La imagen que simboliza esa resistencia pacífica frente al mayor régimen dictatorial del mundo fue la fotografía tomada el 5 de junio, en la que puede verse a un anónimo ciudadano que se planta delante de una columna de tanques en la plaza de Tiananmen. Naturalmente, la aventura duró unos minutos y al poco tiempo el susodicho ciudadano desapareció entre la multitud. Nunca se ha sabido a ciencia cierta quién era ni qué fue de él. Como es fácil suponer, los tanques siguieron su camino y fulminaron todo intento de protesta. La rebelión se había acabado.  

Treinta años después, el aniversario de Tiananmen apenas ha tenido alguna relevancia en las páginas de los periódicos. China hoy es una potencia económica mundial, pero sigue siendo un sistema totalitario de primer orden, donde no existe libertad de pensamiento, ni religiosa, ni la dignidad humana vale un pimiento. Sin embargo, justo es reconocer el gran éxito de las reformas del régimen, iniciadas hace más de tres décadas 

Al igual que cierta izquierda ilustrada europea se dejaba fascinar por la estética soviética en los años setenta, gracias a Deng Xiaoping hoy China provoca una enfermiza admiración en no pocos capitalistas deslustradosSon muchos los que viajan allí y vuelven asombrados de ver el capitalismo en estado puro, los grandes complejos industriales trabajando a destajo, al mínimo coste y con una eficiencia casi de laboratorio.  

Para el capitalista arquetípico del siglo XXI, ese que sueña con ganar dinero hablando por el móvil mientras se compra un traje, China es ese gran campo de algodón repleto de esclavos con el que siempre ha soñado y que ahora es posible observar desde un rascacielos en Hong-Kong o Singapur. Porque el gran logro de Deng Xiaoping ha sido demostrar que el capitalismo puede prescindir de esa molesta lacra de la democracia y de los derechos humanos. Se ha corregido así el gran “error” de la Ilustración de pensar que la riqueza está al servicio del hombre y no al revés.  

En China el comunismo no se ha liberalizado, sino que el capitalismo ha iniciado su evolución hacia formas de colectivismo en las que el ciudadano carece de papel alguno, salvo el formar parte del colectivo trabajador-consumidor. Y Asia es el gran laboratorio de pruebas. Los hijos de los que protestaron en Tiananmen hoy son felices porque, trabajando a destajo, tienen un Iphone con el que navegar por Internet, aunque nunca podrán leer un artículo como este. 

Transcurridos treinta años, seguimos sin saber quién era el hombre del tanque. Ni siquiera queda claro cuál fue su papel. Algunos llegaron a especular que era un policía de paisano. De hecho, el régimen usó la famosa imagen como demostración de la delicadeza con que su ejército trataba a los manifestantes. Lo cierto es que, hoy, apenas importa a nadie. Como tampoco parece importar a nadie que China, ansiado socio de muchos gobiernos occidentales y de las grandes empresas transnacionales, pisotee los derechos humanos de sus ciudadanos y carezca del más mínimo escrúpulo ético en cuestiones que afectan a todos, como el medio ambiente o la aplicación de ingeniería genética en las personas. Al fin y al cabo, dirán los grandes gurús económicos, nos hace ganar dinero. Recuerden que ya lo decía Deng Xiaoping en una famosa frase: tanto da que el gato sea blanco o negro, lo importante es que cace ratones. Ni el mismo diablo lo habría dicho más claro. 

 

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 30 de junio de 2019

Mentiras

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Quiso Dios, o ese ente inexistente que los ateos supersticiosos llaman casualidad, que casi en la misma semana tuviéramos noticia del fallecimiento del exvicepresidente y exsecretario general del PSOE Alfredo Pérez Rubalcaba y de la actriz norteamericana Doris Day.

Asociar estos dos personajes en un mismo párrafo parecerá extraño a más de uno. Desde luego, carecen de un mínimo común denominador que permita establecer un encuentro emulando las famosas “vidas paralelas” que escribió Plutarco. Ni siquiera la circunstancia de sus muertes permiten una última convergencia en la trayectoria de ambos. Uno murió de pronto, relativamente joven, si atendemos a la razón estadística sobre la esperanza de vida en nuestro país. La otra, en cambio, casi muere tarde, pues no pocos pensábamos ya que su tránsito había discurrido tiempo atrás con la debida discreción.

No obstante, algo parece conectar sendos óbitos: la relación de estas personas con la mentira. “La más bella mentira de América” fue el título con el que Luis Martínez, en este mismo periódico, nos dio cuenta del fallecimiento de la actriz, a la vez que glosaba su vida y obra. Doris Day encarnaba, en sus personajes más conocidos, la imagen de la esposa perfecta en una América próspera y luminosa, donde cada uno alcanzaba sus sueños sin perder la sonrisa. Una imagen ficticia que, fuera de las salas de cine, tarde o temprano acababa padeciendo el encontronazo con los tonos grises de una realidad mucho más cruel: la América de la segregación racial, de las injusticias sociales o la de los engaños que envolvieron toda su participación en la Guerra de Vietnam –recuerden los famosos Papeles del Pentágono–. Tal vez para evitar descubrir la imagen falaz, asumió la actriz su prematura retirada, consiguiendo mantener así vivo su recuerdo eternamente joven en el imaginario americano.

Pérez Rubalcaba, del que desconocemos su rostro juvenil, aguantó más tiempo su presencia en la vida pública, aunque a cambio fuese menos querido que la actriz. O fue al menos así hasta que, con su muerte, no sé si para simular la sensación de alivio de algunos, ha sido obsequiado con honores (casi) de jefe de Estado, aunque en vida no pasara de vicepresidente del Gobierno. Sin embargo, su imagen política fue siempre compleja y cuestionada. Tras ser uno de los padres de la desdichada LOGSE, allá por los noventa del siglo pasado, fue el portavoz del Gobierno de Felipe González en sus últimos años, atrincherado entre múltiples escándalos de corrupción y con la que era cada vez más evidente implicación del ejecutivo socialista con los terroristas del GAL. Una época en la que la mentira era la primera línea de defensa de un gobierno en descomposición.

Paradójicamente, sin embargo, una de las frases más recordadas de Rubalcaba fue pronunciada estando ya en la oposición. Ocurrió durante la noche de la jornada de reflexión del 13 de marzo de 2004, mientras las televisiones ofrecían imágenes en directo sobre el asedio de una muchedumbre a las sedes del PP en las principales ciudades del país: “los ciudadanos españoles se merecen un Gobierno que no les mienta”.

Mucho se ha hablado acerca de lo ocurrió aquellos cuatro días de marzo, tras el atentado del 11-M, y la influencia que tuvo, en el resultado electoral de los siguientes días, tanto la torpeza del gobierno como la calculada astucia de una oposición que supo aprovecharse de las circunstancias. Con el nuevo gobierno, sin embargo, la mentira no desapareció. En algunas ocasiones llegó a salpicar al propio Rubalcaba, como el famoso caso Faisán. La alternancia natural al gobierno socialista vino con los gobiernos del PP –abruptamente finiquitados tras demostrarse una corrupción sistémica en el aparato del partido– y estos fueron seguidos por el del único mandatario europeo que ha sobrevivido en la política pese a plagiar su tesis doctoral. No solo eso, sino que ha sido refrendado por buena parte de los españoles en las recientes elecciones generales. ¿Se equivocó Rubalcaba al suponer que no merecíamos gobiernos que mientan? ¿Nos repugna realmente tanto la mentira?

Decía Jean-François Revel hace ya varias décadas, antes de que se pusieran de moda las fake news, que la mentira es la primera de las fuerzas que dirigen el mundo. Hoy casi me atrevería a decir que es una fuerza hegemónica. La mentira está presente en todas partes y nos hemos acostumbrado tanto a ella que ya ni la notamos.

La mentira nos entretiene, aunque sea en la forma de esos debates precocinados de la tele o como reality shows protagonizados por individuos con el cerebro de cartón piedra. Pero también nos ilusiona. ¿Qué hay sino detrás del voto populista, nacionalista o sensiblero, tras ese emotivismo de colonia barata en el que se esconden los demagogos de derecha e izquierda? En el fondo, queremos creer en un mundo mejor, sin ricos ni emigrantes, en el que podamos echar a los pobres y a los banqueros, y todos vivamos felices con futbol gratis. Y lo deseamos, aunque sabemos que también es mentira.

Nuestra vida puede llegar a fundamentarse en la mentira, empezando por nuestra colección de desconocidos “amigos” que creemos tener en las redes sociales, y acabando por aquello que poseemos, un patrimonio cuyo valor puede desvanecerse como el recuerdo de una mala película. Recordemos sino la última crisis, con miles de viviendas embargadas porque su valor era mentira, porque nunca fue verdad aquello de que los precios siempre suben sin parar. Era mentira.

Uno llega a pensar, por tanto, si no será que deseamos un gobierno que nos mienta, que nos mantenga en esa irrealidad inane y tranquila. El problema es que, incluso la mentira más bella de América acabó por languidecer. Dicen que antes se coge a un mentiroso que a un cojo. No porque el mentiroso corra menos, sino por el esfuerzo que debe hacer para mantener la mentira. Mentir es fácil, pero no lo es mantenerse en la mentira. Si no hay una labor constante, la mentira envejece y acaba por delatarse.

Pero la mentira tiene otro efecto más perverso aún. Su capacidad para minar la confianza. A los niños se les conmina a no mentir con la advertencia amenazante de que cuando digan la verdad, nadie les va a creer. No se fiarán de ellos. La mentira crea desconfianza y esta conduce al rechazo a los demás, al individualismo más abyecto e insolidario.

No es posible vivir siempre en la mentira, en la ficción de algo que no es. Lo entendió Doris Day y se retiró, manteniendo así perpetuamente su angelical rostro de mujer de la acomodada clase media americana. Rubalcaba no hizo lo mismo y aquellos que ahora han ensalzado su figura en su propio partido, fueron los mismos que echaron fuera a los suyos borrando todo rastro de su legado.

Tal vez es posible vivir en una mentira constante, pero no es fácil, y tarde o temprano esa mentira caerá, como un castillo de naipes. Es posible que no nos afecte a nosotros, pero acabará afectando a nuestros hijos. Y nadie merece vivir en un mundo de mentiras, aunque a veces la mentira sea más atractiva que la verdad.

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 28 de mayo de 2019

Ansiolíticos

person holding medication pill and capsules
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Días atrás fue portada en Diario de Mallorca la noticia de que algo más de un quince por ciento de los habitantes de Baleares se sometió en 2018 a algún tipo de tratamiento con ansiolíticos o antidepresivos. El artículo en sí, que puede encontrarse en Internet, no hacía una especial valoración del tema, más allá de apuntar que estas cifras van aumentando de año en año. Tampoco indagaba mucho acerca de las causas de esas afecciones, ni entraba a analizar siquiera si el propio titular del periódico, bastante aparatoso, podía provocar un rebrote puntual de estas enfermedades. Lo que sí puedo apuntar es que, en mi caso, esa noticia me llevó a pensar si tales datos no estarían confirmando las tesis del filósofo coreano y afincado en Alemania Byung-Chul Han.

En las últimas décadas en Occidente, según sostiene este autor, se ha producido el paso de una sociedad disciplinaria, en la que los trabajadores producían conforme a los dictados de sus empleadores, a una sociedad del rendimiento, en la que es el propio trabajador el que se explota a sí mismo, sin necesidad de una coacción externa. El actual individuo, educado en la cultura del esfuerzo y en la creencia de que siempre es posible “hacer más” y llegar más lejos, dedica su tiempo y energía en autoexigirse un rendimiento creciente hasta llegar exhausto a su límite, a no poder más.

Desde el punto de vista de la productividad y eficacia, la sociedad del rendimiento tiene grandes ventajas en relación con la antigua sociedad disciplinaria. Claramente resulta mucho más productiva que aquella, no solo porque, al autoexplotarse, el individuo tiende a trabajar en exceso y hasta el límite de sus posibilidades, sino porque, además, ese mismo sujeto lo hace gustosamente, pues no se siente coaccionado por ninguna fuerza o poder externo. Actúa así en lo que piensa que es un ejercicio de libertad y autorealización, lo que le motiva aun para rendir más.

Pero los excesos se pagan, como suele decirse, y la sociedad del rendimiento tiene sus desventajas en forma de algunos efectos no deseados. Como vemos, explotador y explotado son la misma persona, pero cuando esa persona llega al límite, por edad, fatiga o porque, sencillamente, sus capacidades no dan más de sí, la frustración se impone y aparece el llamado síndrome del trabajador quemado –burnout– y la depresión.

Paradójicamente, continúa Byung-Chul Han, la sociedad actual es aparentemente menos represiva que la disciplinaria, mucho más abierta y libre. Pero la realidad es que la represión de aquella ha sido desplazada por la depresión, cuyos efectos son más graves, pues acaba minando la voluntad del individuo para salir adelante.

De tener razón este filósofo, los datos con los que empezamos este artículo casi se explican solos. Podríamos añadir, incluso, que esto no ha hecho más que empezar y que puede acabar siendo un grave problema de salud pública. Inmediatamente, sin embargo, asoma la duda de si llegaremos a ver algún tipo de campaña gubernamental para frenar esta eventual epidemia. Desde los poderes públicos es habitual lanzar campañas de concienciación o de reeducación de hábitos, sea combatiendo el tabaco, el sedentarismo o el consumo de bebidas azucaradas. Pero está claro que aquí nos movemos a otro nivel. Por mucho que aumente la incidencia de la ansiedad y la depresión, no parece probable que el ministerio competente en estos temas recomiende la reducción de la jornada laboral o promueva hábitos de contención del consumo para evitar tener que trabajar de forma desmedida.

Tampoco está claro que la población que hoy rinde hiperactivamente y que está encantada con su modo de vida –aunque este se fundamente en una autoesclavitud disfrazada de libre albedrío–, acepte cambiar sus condiciones vitales. No podemos dejar de tener en cuenta que la sociedad del rendimiento transforma al individuo en su conjunto y no solo en sus aspectos laborales.

El sujeto de rendimiento también destina buena parte de su esfuerzo a su salud y a su aspecto físico, con la finalidad de mantenerse en plena forma. Intenta con ello alargar al máximo esa juventud del pleno rendimiento hasta los cuarenta o superando los cincuenta. Lo que sí tiene muy claro es que, en esta sociedad, la inactividad es propia de enfermos o de vagos: mantener la maquinaria corporal en buenas condiciones es el objetivo de cualquier persona responsable.

Sin embargo, una cosa es la teoría y otra la realidad pues, como hemos visto, todo tiene un límite y al final el tiempo se agota y se agota el individuo con él. Como apunta Han, si el sujeto de rendimiento se encuentra en el fondo en una constante guerra consigo mismo, el depresivo es el caído en combate en esa guerra, el excombatiente inválido que ya no sirve a la sociedad. ¿Qué podemos hacer entonces?

La solución actual, y a la noticia del encabezado me remito, es claramente farmacológica pero con un tinte optimista. Al fin y al cabo, otro aspecto característico de la sociedad del rendimiento es su inquebrantable fe en la ciencia. Si la situación actual lleva al ser humano a la depresión, es insensato renunciar por este motivo a los avances productivos conseguidos. Simplemente, es cuestión de tiempo no solo hallar el medicamento para erradicar esta enfermedad sino encontrar las soluciones tecnológicas que permitan una mejora sustancial del ser humano tal y como lo conocemos hoy.

El transhumanismo persigue precisamente esto: la superación de los límites biológicos a través de la aplicación de innovaciones que nos proporcionarán las nuevas técnicas como la biotecnología, la inteligencia artificial, etc. Ya no se trata solo de curar enfermedades o de eliminar discapacidades, sino de mejorar al ser humano, acelerar y dirigir la evolución hacia donde queramos y más allá de los límites a los que razonablemente nos habría llevado la naturaleza a lo largo de siglos.

Por supuesto, dentro del elenco de mejoras a abordar se encuentra la superación del mayor obstáculo con que se encuentra el hombre: el envejecimiento y la muerte. Pero el transhumanismo está convencido de superar definitivamente el problema de la finitud humana y promete la inmortalidad en un futuro no muy lejano. De hecho, algunos de los profetas de esta nueva corriente afirman ya que el primer hombre que alcanzará los mil años de vida está ya vivo hoy.

Tales promesas nos pueden parecer más o menos creíbles, pero se trata de mensajes que tienen un importante atractivo entre nuestros congéneres. Lo que tampoco debe sorprendernos pues, desde hace siglos, el ser humano ansia la inmortalidad o, al menos, una suerte de situación de inmunidad biológica que le permita sortear los reveses a los que está sometido como miembro de este universo azaroso y hostil.

La solución transhumanista no deja de ser, en este sentido, una oferta de salvación inmanente, mundana, que ha venido a desplazar a la salvación trascendente propia de la religión, hoy desgraciadamente de capa caída en Occidente. Habrá que ver, de todas formas, qué posibilidades reales tiene de éxito y a quién va a alcanzar (o, lo que es lo mismo, quien va a poder pagarlo). Mientras tanto, el consumo de ansiolíticos y antidepresivos seguirá aumentando y alcanzando a más personas. Un crecimiento al que espero no haber contribuido al escribir estas líneas.

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 12 de mayo de 2019

Sodoma

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A lo largo de la Biblia encontramos topónimos de todo tipo, algunos de los cuales han llegado a obtener un valor simbólico que supera su significación meramente geográfica. Incluso en algún caso se emplean para referirse a una realidad diferente. Así, en nuestro entorno, cuando hablamos de belén solemos pensar en las representaciones más o menos imaginativas del nacimiento de Jesús más que en la aldea física en la que tal acontecimiento tuvo lugar según los evangelios de Mateo y Lucas.

Otros topónimos han tenido connotaciones menos positivas, siendo posiblemente los de las ciudades de Sodoma y Gomorra los más conocidos. Ambas poblaciones fueron destruidas por un airado Dios según se relata en el libro del Génesis, harto de las depravaciones de sus habitantes. Tal sea menos conocida, sin embargo, la curiosa interpelación de Abrahán, el gran patriarca bíblico, a favor de Sodoma, pues allí vivía su sobrino Lot con su familia.

Sabemos por el relato del Génesis que Lot no era oriundo del lugar y no participaba de los desmanes de sus vecinos sodomitas. Sin embargo, Abrahán no hace uso de su buena relación con Dios para interceder directamente por su sobrino, sino que pretende disuadir a Dios para evitar la completa destrucción de la ciudad. Su argumento es impecable: explica a Dios que es posible que existan cincuenta hombres justos en Sodoma y que sería impropio de la justicia divina someter a estos cincuenta justos al mismo castigo que a los impíos y depravados. Dios cede ante Abrahán siempre que se acredite que esos cincuenta hombres realmente existen. Al devolverle la pelota al patriarca, se inicia un regateo en el que, sucesivamente, Abrahán va convenciendo a Dios de que debe abstenerse de destruir Sodoma, aunque los justos que ahí vivan sean solo cuarenta y cinco o cuarenta o treinta y, así hasta llegar a diez.

Al final, parece que la audacia de Abrahán fue superior a la condición moral real de los sodomitas, pues Dios termina destruyendo la ciudad de la que solo escapan, con la ayuda de unos ángeles, Lot, su mujer y sus hijas. No obstante, la interpelación de Abrahán a Dios tiene unos aspectos chocantes que vale la pena destacar.

Como hemos indicado, Abrahán ni siquiera menciona a Lot al dirigirse a Dios, sino que se erige como defensor de los posibles inocentes de Sodoma, de cuya existencia real ni siquiera puede dar fe. Su actitud es más bien la de quien se rebela ante la decisión de una autoridad que entiende injusta, aunque esta provenga de un dios furioso y ofendido.

Conviene, en este sentido, llamar la atención acerca del talante paciente del dios veterotestamentario, que accede a dialogar con una criatura mortal como es Abrahán. Es muy fácil hoy fijarse solo en el carácter cruel y vengativo de la acción divina contra Sodoma, incomprensible a los ojos de un europeo del siglo XXI. Esta visión anacrónica y descontextualizada eclipsa lo importante de la situación, que es la de presentar un Dios que atiende al hombre creyente que busca justicia.

En este caso, Abrahán se rebela ante una situación que, tanto en su tiempo como hoy, era demasiado común: el sufrimiento de inocentes por las acciones de malvados. ¿Acaso no es lo que vemos a diario en tantos sitios de Oriente medio, de África, incluso en nuestra civilizada Europa?

Abrahán intercede y Dios atiende a su petición. Sin embargo, fijémonos una vez más en la demanda del patriarca. Podríamos pensar que el justo Abrahán sale en defensa de los inocentes, como haría cualquier hombre de bien. Pero no es exactamente así. Él no pide a Dios que saque a los cincuenta inocentes de Sodoma ante la inminente destrucción. Lo que reclama Abrahán es que Dios perdone a los sodomitas si entre ellos existe, al menos, una minoría justa. A sus ojos, unos pocos hombres buenos pueden ser suficientes para justificar un pueblo que, en su conjunto, es malvado y cruel.

Este planteamiento nos puede resultar muy extraño en una sociedad marcada por el individualismo, en la que cada persona actúa conforme a su decisión personal y responde de sus actos de forma singular. Los hebreos, en cambio, tenían una idea de la justicia de carácter colectivo y a este colectivo se le atribuían los actos de sus miembros. Por ello, no era extraña a esa concepción de la justicia el que los hijos pagasen por los pecados de los padres, un hecho que a nosotros nos parece tremendamente injusto.

Lo que no quiere decir que, pese a ello, algo parecido a esto no ocurra hoy. ¿Alguien duda, acaso, de que las futuras generaciones pagarán por nuestros pecados medioambientales? ¿No serán nuestros hijos y nietos los que deban asumir las consecuencias de la actual falta de una regulación legal y de una visión moral crítica en relación con los avances biotecnológicos que ponen en cuestión nuestra idea de ser humano y su dignidad?

Pero no hace falta irse al futuro. Hoy mismo vivimos en una época en la que la juventud no goza de las mismas esperanzas y expectativas que teníamos sus padres. Las dificultades de encontrar un trabajo estable o de poder adquirir una vivienda han mermado de forma considerable. La posibilidad de que un joven de clase baja pueda lograr un estatus social superior al de sus padres también se ha reducido respecto a la anterior generación. Cada uno de nosotros puede realizar su examen de conciencia y, tal vez, la gran mayoría llegue a la conclusión de que vive y se relaciona con su entorno de forma justa, sin perjudicar a los demás, cumpliendo las leyes y pagando sus impuestos. Pero lo cierto es que, entre todos y aun inconscientemente, estamos construyendo una sociedad más injusta.

Sin embargo, la lección de Abrahán no puede quedarse en esa vertiente negativa. Ciertamente Dios destruyó Sodoma al no encontrar un solo justo allí, salvo la familia foránea de Lot. Pero de haber habido, entre los sodomitas, un puñado de hombres justos, Dios habría perdonado a toda la ciudad.

En nuestra sociedad, en la que tendemos a valorar a las personas por su poder adquisitivo, su imagen o su posición social, cometemos el error de infravalorar la acción de los hombres justos. Y, por tales, no me refiero a los que vivimos cómodamente en nuestras casas y pagamos puntualmente los impuestos y las cuotas de la hipoteca. Me refiero a aquellos que trabajan directamente por transformar la sociedad y hacerlo desde abajo. No se trata de cuestionar el sistema y promover un cambio radical, sino de transformar las vidas de aquellos que se encuentran en la periferia de ese sistema y ofrecerles una esperanza y una oportunidad.

El mérito de estos hombres justos es que su labor carece de recompensa socialmente reconocible. Su vida no mejorará con su labor y, aunque ayuden a otros, posiblemente su esfuerzo sea estadísticamente insignificante, y lo saben. O al menos será así hasta que los demás nos demos cuenta de que su testimonio puede salvarnos a nosotros de la quema y la destrucción. Podemos confiar en que siempre habrá un Abrahán que interceda por nosotros, pero lo prudente es asegurarnos de que exista un porcentaje mínimo de hombres justos que haga que merezca la pena salvarnos a todos. El riesgo de acabar como Sodoma, destruyendo nuestra propia forma de vida, está ahí. Y la única forma realista de evitar de que ello ocurra es, seguramente, levantarnos de una vez del sofá.

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 28 de abril de 2019

Intolerantes

protesters on the street
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En una sociedad que se autodefine como tolerante y plural, resulta sorprendente y cansino observar como amplios sectores de la opinión pública reaccionan de forma furibunda cuando alguien realiza una propuesta o da una opinión desde postulados religiosos. Ocurre, por ejemplo, cuando a un candidato se le ocurre manifestarse contrario al aborto sin inmediatamente apresurarse a maquillar lo dicho con matices de todo tipo. Lo mismo puede decirse de quien se oponga con meridiana firmeza a los postulados de la ideología de género, a los animalistas o a los defensores de cualquier colectivo minoritario y casi obligatoriamente oprimido. 

Quienes se atreven a opinar contra corriente suelen ser acusados de fundamentalistas y retrógrados, cuando no se les intenta perseguir por algún tipo de delito atribuible a su supuesta misantropía o al odio al progreso humano. Estas acusaciones suelen tener un patrón común. En primer lugar, suelen ser exacerbadas, radicales y excluyentes de cualquier tipo de diálogo o transacción. Al que discrepa se le suele etiquetar de intolerante y tal atributo conlleva el aislamiento y la puesta en cuarentena de la opinión y de su opinante. La metáfora médica no es casual, pues con frecuencia se alude a la necesidad de un cordón sanitario para fagocitar cuanto antes al discrepante y sus perniciosos efectos.  

En segundo lugar, y como es fácil deducir, la reacción de los veladores de esa “verdad oficial” no suele fundamentarse en sesudos razonamientos ni falta que les hace. Su mensaje suele ser simple y conciso, lo que le añade un plus de eficacia entre ese gran colectivo de personas que tienden a opinar sobre cualquier cosa que desconozcan. Lo que sí es vital para el éxito del mensaje es la identificación de un colectivo atacado, sea el género femenino en general o sea un grupo minoritario que supuestamente sufra algún tipo de discriminación u ofensa.  

Así, cuando alguien se opone al aborto, se dirá que no defiende la vida del embrión, sino que ataca el derecho de las mujeres a abortar. Si cuestiona la existencia de este derecho o, al menos, se atreve a oponer a él el derecho del ser vivo no nacido a seguir viviendo, se añadirá, por parte de sus adversarios, que es un misógino y que odia a las mujeres. Si encima es una mujer, directamente se la tildará de idiota. Lo más fascinante del proceso es que, pese a la escasa discusión que se llegará a producir, los interlocutores acaban en un escenario sorprendente. El embrión humano deja de ser el elemento central de la confrontación, para dejar paso a la existencia de un derecho de la mujer que es cuestionado. La víctima ya no es el no nacido, sino la progenitora. Para esa “verdad oficial”, defender la humanidad de la vida del embrión es un desatino, como lo es defender la existencia del alma o de Dios 

Tal vez por ello, pocas cosas satisfacen más a estos intolerantes que poder atribuir a sus discrepantes una fundamentación religiosa a sus opiniones. En este caso, juega a su favor el hecho de que el postulado religioso que acompaña esa opinión provoca, aún hoy, numerosos prejuicios derivados de otras épocas en las que las autoridades religiosas se erigían en poseedoras de una verdad indiscutible. Un error que la Iglesia, en este caso, ha pagado con creces, pues tal fanatismo en no pocas ocasiones le llevó a anteponer esta verdad por encima de otros valores como la justicia o la fraternidad, como denunció Pascal 

No obstante, esta postura idólatra, que aun sostienen desgraciadamente algunas pocas personas en la propia Iglesia, hace ya tiempo que ha sido desterrada por la mayoría. La Iglesia hoy no impone, sino que intenta persuadir y convencer, con la palabra y con el testimonio de sus fieles. No corresponde a la Iglesia transigir con el núcleo de su fe, pero sí actuar conforme a los valores de pluralismo y tolerancia que ella misma ha contribuido en su construcción. Pero, si esto es así, ¿a qué se debe el inusitado enconamiento de tanta gente contra los fieles que se limitan a sostener, entre muchas otras, su opinión? 

Una de las causas está en el hecho de que la supuesta superación de la religión en el ámbito público, fruto la secularización de la Modernidad, ha dado lugar a un nuevo y distinto ejercicio idolátrico de la verdad. Ciertamente, se trata hoy de una verdad más difusa en según qué aspectos, pues rehuye fundamentarse en principios trascendentes y se refugia en un relativismo acomodable a las exigencias del momento. Pero no por ello deja de ser una idolatría que impone criterios jurídicos y morales avasallando los valores fundamentales para toda convivencia, como son el respeto a la vida, la igualdad ante la ley, la equidad, el reconocimiento de la legitimidad del adversario o la proporcionalidad en las medidas que se adopten.  

Y esto es importante puesto que esta nueva verdad tiende a centrarse en cuestiones que afectan a temas morales importantes. Nos referimos aquí a cuestiones tan fundamentales como el mismo concepto de ser humano. Un ejemplo de ello es la primacía del reduccionismo biológico al referirnos al hombre, lo que lleva a muchos a considerarlo como una especie animal más, sin que exista en apariencia nada especialmente diferente entre nosotros y, por ejemplo, un primate, salvo un porcentaje ínfimo de código genético y poco más.  

Tal visión ha llevado, en el caso de los llamados animalistas, a considerar la eventual extensión de la humanidad más allá de nuestra especie, o al menos, a reconocer cierto valor moral y jurídico a los animales que más parecido guardan con nosotros. Inmediatamente aparece una nueva verdad oficial, referida a la dignidad animal y sus derechos, lo que conllevará nuevas y sorprendentes regulaciones. Al final, casi sin darnos cuenta, resulta que es más fácil matar un feto humano que recortar las orejas a un perro. 

Pero en la misma medida que reconocemos un valor moral en otras especies, con insólita facilidad degradamos el nuestro, pues fácilmente podemos legitimar una instrumentalización de nuestro ser biológico, bien sea para mejorar nuestras capacidades con prótesis y otros elementos tecnológicos, o bien sea para evitar problemas futuros a nivel de especie con prácticas eugenésicas. La manipulación genética y los avances biotecnológicos avanzan en este sentido. Además, gracias al desarrollo de la inteligencia artificial, tendremos cada vez más máquinas que se parezcan a los humanos, y humanos que se parezcan a las máquinas. Hasta llegar a la soñada convergencia hombre-máquina a la que aspiran los posthumanistas. 

Como se puede observar, la importancia de este debate es tal, que ya no es solo que un católico pueda oponerse a la legislación permisiva sobre el aborto. En muchos casos, aunque manifestemos nuestra opinión, somos conscientes de que se trata de una batalla prácticamente perdida. El problema es que, esa misma mayoría intolerante, que es incapaz de ir más allá de mensajes simplistas y de sostener un debate sincero y con un talante abierto, es la que acabará orientando las decisiones respecto a cuestiones como la manipulación genética del hombre, los hijos a la carta, la clonación humana y tantos otros retos que tarde o temprano la humanidad tendrá que abordar. O peor aún, ni siquiera opinará sobre ello, pues mientras corporaciones y empresas poco escrupulosas ofertarán este tipo de servicios, esa mayoría intolerante estará defendiendo los derechos del colectivo de pelirrojos alopécicos o cualquier otra minoría supuestamente oprimida. 

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 19 de abril de 2019 

La democracia ilegal

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En determinados sectores de nuestra ciudadanía han causado cierto asombro las declaraciones de algunos justiciables en el mediático juicio del procés, al alegar que sus actos no pueden ser castigados porque fueron realizados con un fin democrático. Se trata, sin duda, de un desafortunado razonamiento que parece dar a entender que la democracia puede prescindir del ordenamiento jurídico, lo que tiene tan poco sentido como pretender atarse los cordones del zapato prescindiendo del zapato.

Podemos tener zapatos sin cordones, pero de poco sirven los cordones sin el zapato que los necesita. De la misma manera, pueden existir leyes sin democracia, pero no hay democracia sin leyes. Lo que sustenta la democracia no es el pueblo, la ciudadanía o el censo electoral. Es la ley.

Sin embargo, es digno de todo respeto y consideración el hecho de que, en el noble ejercicio del derecho a su defensa, el reo profiera argumentos que corren en sentido opuesto a la razón. Si se ve obligado a partir de una motivación jurídica débil, el recurso a la ironía puede ser una buena arma para llegar al corazón piadoso del tribunal, siempre atento a cualquier gesto que pueda romper la zozobra somnolienta de las interminables declaraciones. Pero cuando argumentos de este estilo se escuchan fuera de un tribunal, saltan todas las alarmas. Defender públicamente, como se ha hecho estos días, que votar nunca puede ser ilegal, solo puede ser fruto de un modelo educativo caduco o de algún tipo de trastorno que perjudica el entendimiento hasta límites insospechados.

Porque votar, como jugar a los chinos, es tan solo una forma como otra cualquiera de tomar una decisión. Si esa decisión, o las causas que la motivan o alguna otra circunstancia, son contrarias a la ley, también es ilegal la propia toma de decisión. Cuando un grupo de delincuentes elige a quien le toca descuartizar a la viuda octogenaria, mientras los demás desvalijan su ajuar, se está cometiendo un delito. Nadie puede pensar que será una eximente ante el juez, el que lo hayan decidido en una elección a través de voto secreto y con un notario presente.

De la misma manera que un referéndum puede ser ilegal, también puede no ser democrático. Prueba de ello son los numerosos referéndums que suelen organizar los dictadores. Franco, sin ir más lejos, organizó dos. Incluso puede darse el caso de que unas elecciones democráticas sirvan para cargarse la democracia, como ocurrió en Alemania cuando con ellas se propició el ascenso de Hitler al poder.

Como sabe incluso el más necio, democracia significa, etimológicamente, el gobierno del pueblo. El problema del necio suele ser que, sabiendo eso, se convence no solo de su dominio del griego clásico, sino de que también lo sabe todo sobre la democracia. Lo que desconoce, posiblemente, es que los griegos inteligentes, como Platón, huían de la democracia como de la lepra, pues la veían propensa al caos y a caer bajo el influjo de demagogos y sinvergüenzas, que no aspiraban a otra cosa que a convertirse en tiranos.

Hoy, casi dos mil quinientos años después, nadie en su sano juicio negará que la democracia atrae a los demagogos y farsantes, como la luz atrae a los mosquitos. Sin embargo, Platón se equivocaba al predecir la natural inestabilidad de la democracia, pues no preveía que esta pudiera ejercerse de forma estable a largo plazo, simplemente haciendo uso de una resistente mosquitera. Y la mosquitera de la democracia es el Estado de Derecho.

Como es fácil adivinar, este supone la primacía de ley, aunque no de cualquier ley. En una democracia, la ley se aprueba por los representantes de la soberanía nacional, pero dentro de unos límites. No puede aprobarse cualquier ley de cualquier manera, ni con cualquier contenido. Por una parte, deben seguirse unos procedimientos y unas reglas que garanticen el debate y la participación de las diferentes opciones políticas. Y, por otra, deben tenerse en cuenta unos principios básicos, como el respeto a los derechos fundamentales o el sometimiento a las normas de rango superior, como la Constitución. Todo ello es fundamental para conformar un verdadero Estado de Derecho y empezar a pensar en un sistema democrático. Pero incluso esto, posiblemente, no es todavía lo más importante.

Lo más importante es que el Estado, esa gran estructura de poder que tiene a su alcance el dictado de normas y el control de las fuerzas policiales, que cobra impuestos y administra los bienes públicos, también está sometido a las leyes. De hecho, el origen del Estado de Derecho lo encontramos en los intentos de establecer la primacía de la ley o, al menos, de algunas leyes, por encima de la voluntad del rey. Ello no siempre garantizaba que la ley fuera justa. Pero sí que, por injusta que fuera, una vez conocida y vigente, incluso el poder regio quedaba sometido a ella.

Este principio de supremacía de la ley sigue siendo un pilar fundamental para limitar el poder del soberano y permitir la instauración de una democracia. La gran diferencia estará en que, con la democracia, será el conjunto de los ciudadanos, y no un rey, el que ostente el poder soberano. Un poder que delegarán en el presidente de la república, si lo hubiere, y en sus representantes en las asambleas legislativas, pero siempre por un tiempo limitado y con unas condiciones fijadas en la Constitución. Sin embargo, tampoco ese nuevo poder soberano puede sustraerse al sometimiento a las leyes aprobadas por las instituciones indicadas para ello. Ni va a poder hacerlo el gobierno surgido de un sistema democrático, por mucha legitimidad electoral que pretenda tener.

Una importante consecuencia de todo esto es que el uso de herramientas propias de los sistemas democráticos, como los procesos electorales o las decisiones formales del parlamento, no tiene la capacidad de convertir una acción ilegal en legal. Por mucho que se le intente dar forma democrática a una ilegalidad, toda la parafernalia añadida resulta irrelevante. Lo contrario sería tan absurdo como pretender que hubiera que exculpar al carpintero que asesina a su vecino porque ha usado una herramienta tan propia de su oficio como es un martillo.

Por las mismas razones tampoco legaliza una acción ilícita el que tenga el respaldo de una muchedumbre recorriendo las calles de las ciudades, por muchos que sean y por fuerte que griten. Muy distinto es que, si llegan a convencer a muchos, llegue un día en que los que griten sean la mayoría de la gente. En ese momento sí que es posible que subviertan la situación y acaben imponiendo sus pretensiones a los demás, torciendo las leyes vigentes. Pero, aunque sea la mayoría de la población, la acción seguirá siendo ilegal. En este caso, no solo estaremos ante una acción ilegal, sino que también será revolucionaria. Una revolución cuya primera víctima, curiosamente, habrá sido la democracia, pero a la que, por desgracia, seguirán muchas más.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 3 de marzo de 2019

Singularidad

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Al igual que errar, clasificar es un acto típicamente humano. Es importante para sistematizar nuestro conocimiento y seguir aprendiendo, pero, como todo en la vida, se paga un precio: se pierde la singularidad. Ocurre continuamente, como por ejemplo cuando conocemos a alguien que parece amable, culto, ingenioso, pero en cuanto nos dicen algo sobre él que nos permite clasificarlo, acabamos atribuyéndole características que pensamos que tienen la mayoría de los que están en el grupo en el que lo hemos incluido, aunque él no las tenga. Si es esquimal, pensaremos en alguien a quien solo le apetece comer pescado; si trabaja en una funeraria, nos lo imaginaremos como una persona solitaria que colecciona botones o chapas; y si es un reputado asesor financiero, sospecharemos que se trata de alguien ambicioso, con escasos escrúpulos y que desprecia la Navidad.

Algo así ocurre también cuando surgen fuerzas políticas con propuestas distintas a las tradicionales. Ocurrió con Podemos y sus diferentes franquicias, que rápidamente fueron calificados de extremistas y radicales, cuando en la práctica hemos podido comprobar que se han acomodado al sistema con una rapidez inusitada. Y ocurre en mucha mayor medida cuando el nuevo partido se sitúa a la derecha del espectro político nacional.

Un caso claro de lo que explico ha sido la irrupción de Vox en nuestro panorama político. Inmediatamente ha provocado un desmarque de la mayoría de actores políticos, que se han apresurado a etiquetar ese partido como de extrema derecha, comparándolo con fuerzas que se autocalifican como tales en Francia, Alemania y otros países europeos. Consecuentemente, ello ha supuesto que los aspectos más negativos de estos partidos se hayan acabado atribuyendo a Vox: violento, racista, antisemita, contrario a la unidad europea, etc.

Con este tipo de análisis, los líderes de los partidos convencionales esperan que la mayoría de personas rechacen de plano apoyar esa nueva formación política. En caso de no persuadir al personal, los mismos lideres no tardarán en atribuir su fracaso a la práctica manipuladora de una horda de discípulos goebbelsianos, adiestrados por el nuevo partido en las oscuras artes de las redes sociales y la mensajería digital. Como suele ser habitual, el político convencional se debatirá, según los casos, en demostrar que tiene razón o en acreditar que los demás están equivocados.

El problema puede agravarse, sin embargo, cuando se choca con la realidad. Objetivamente, Vox no se parece tanto a esos otros partidos con los que lo asocian. Hasta donde he podido leer o escuchar, no se ha manifestado en contra de la UE ni ha provocado acciones violentas de algún tipo. Tiene propuestas conservadoras en el ámbito de la familia, por ejemplo, con las que yo podría estar de acuerdo por su cercanía a las que defiende la Iglesia católica, y que, de hecho, no se diferencian de las propuestas de otros partidos conservadores. No comparto en absoluto otras propuestas, como su política de inmigración, difícilmente conciliable con el ideal evangélico, pero reconozco que pueden tener cierto atractivo en muchos sectores del electorado.

Tal vez uno de los aspectos más preocupantes de Vox sean sus propuestas más descabelladas e irrealizables, como desmantelar el sistema autonómico. No tanto por la extravagancia de lo propuesto, que suele ser síntoma de un partido advenedizo (recordemos que no hace tanto Ciudadanos proponía suprimir las diputaciones provinciales y fusionar los municipios de menos de 5000 habitantes, que son la inmensa mayoría), como por las expectativas creadas y que, inevitablemente, van a verse frustradas. Una frustración –y eso es lo malo–que puede acabar siendo una puerta abierta a propuestas políticas mucho más radicales y peligrosas.

Y aunque estas propuestas conciten cierto temor, muchos analistas explican este éxito alegando que una parte del electorado ha perdido el miedo a votar propuestas y partidos distintos de los convencionales. Habría ocurrido con Podemos hace algunos años y ha pasado ahora con Vox en las elecciones andaluzas. Como es lógico, la pérdida de ese miedo es visto como un acto de valentía desde las posiciones de estos partidos, pero se percibe con temor y dudas cuando se observa desde la perspectiva de las fuerzas políticas convencionales.

A mi juicio, creo que es exagerado hablar de miedo en el electorado. Donde sí puede haber un cierto grado de desasosiego, sin embargo, es en los partidos tradicionales y en la élite política y económica, al comprobar que pueden ser socavados los cimientos de lo que Zygmunt Bauman denomina la doctrina TINA, acrónimo del inglés There Is No Alternative. Porque para lo que no están preparados estos partidos es para que surjan alternativas al sistema actual.

En el último cuarto de siglo se han ido imponiendo diversos dogmas que rechazan cualquier intento de discutir su formulación. El principal de ellos es la creencia de que vivimos en un sistema gobernado desde parámetros económicos globalizados que, además, han minado la mayor parte de la capacidad de decisión de los gobiernos nacionales. No niego que en ello haya buena parte de verdad. Pero lo que proclama el dogma no es solo esta descripción, sino su carácter inevitable. El sistema de mercado global no es ya una mano invisible, sino un sistema determinista regido por normas que nada tienen que envidiar a la ley de la gravedad universal. De ahí que se nos diga que plantear una alternativa a ello, es como querer levantar el vuelo con solo agitar los brazos.

Pero los dogmas no solo se dan en el ámbito económico. También encontramos una situación parecida en relación a la visión antropológica del ser humano, su sexualidad y el rol de la familia tradicional, que no pocos entienden como algo trasnochado y a superar. O en el ámbito religioso y ético, en el que cualquier propuesta que suponga la defensa de principios absolutos es vista como un ejemplo de fanatismo, pues el dogma actual proclama que todo valor moral debe someterse a los deseos y aspiraciones de las personas. Lo que supone, claro está, que si la aspiración de alguien es conseguir un super-bebé genéticamente mejorado, debe poder tenerlo. Y si una mujer aspira a que su vientre sea una suerte de Termomix cocinando bebés a la carta, nadie debe poder impedirlo.

Pero los dogmas tienen su talón de Aquiles. Si hay una institución humana –aunque sea de origen divino– que sabe de dogmas, es la Iglesia Católica. Y si es la más sabia de las instituciones, es porque sabe que el dogma, para serlo, debe fundamentarse en el sensus fidei. En lenguaje mundano, el sentido común de la gente.

Por eso, cuando los líderes de los partidos convencionales se preocupan por el auge de grupos como Vox, deben preguntarse por qué han traicionado ese sentido común y se han agarrado a una colección de dogmas negando la posibilidad a cualquier alternativa. Sobre todo cuando ello obliga a renunciar a unos valores y unas tradiciones que, no por ser antiguas, deben darse por superadas. Lo triste es que, si estos líderes se hacen sinceramente esa pregunta, muy posiblemente llegarán a la lógica conclusión de que, al aceptar un dogma sin más, ello simplemente les ha permitido evitar el difícil trance de tener que pensar por sí mismos. Pero lo que no puede impedir es que, incluso los que les votaron, sí quieran pensar y decidan buscar una alternativa cercana al sentido común. Otra cosa es que finalmente la encuentren.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 17 de febrero de 2019