¿Puede ser hoy deseable creer en Dios?

¿Puede ser hoy deseable creer en Dios? es el título de mi nuevo artículo en la revista Razón y Fe y que puede leerse íntegramente en la web de la revista: www.razonyfe.org

La esclavitud de la inmediatez

Es asombroso contemplar como la avalancha de información apenas ya nos abruma. Nos hemos acostumbrado a ese ritmo vertiginoso que nos compele a decidir con excesiva precipitación. La inmediatez de la información requiere inmediatez en la opinión, sea en Twitter o en una reunión ejecutiva. Pero ¿no es esta una nueva y sutil forma de (auto)censurar(nos)?fair-540127_1280

Casi no hay tiempo para hablar pero lo poco que decimos se traslada a la velocidad de la luz y dejamos de controlar unas palabras que pasan a ser nuestras acusadoras. No hay tiempo para la reflexión. Nuestras decisiones adolecen de una miserable inanición. ¿Qué podemos esperar de ellas cuando precisamente ya no hay tiempo para esperar más?

Sin darnos cuenta hemos sido hechos esclavos de una urgencia imaginaria. Vivimos aterrorizados por el “ya pasó” que nos deja fuera de un juego que apenas se ha iniciado y termina ya. Cuanto más nos asusta el futuro, más parece que consumimos el presente de forma compulsiva. Todo fluye y es por ello que cada vez nos cuesta más mantener la mirada con un interlocutor y esperar un gesto de afecto o de aceptación. No somos capaces ya de entender que comunicar no es dialogar. Opinamos ante el mundo sin buscar un interlocutor, cayendo en un mero exhibicionismo narcisista de la palabra. Y al final queda el vacío. La palabra se desvanece sin la necesaria memoria del que la debería escuchar y con ello se derrumba nuestra cordura.

El misterio y la duda

El materialismo que de alguna manera se ha ido imponiendo en nuestra sociedad rechaza todo asomo de misterio. Todo conocimiento, tarde o temprano, debe ser asequible a las personas. No hay nada trascendente que quede fuera de esa pretensión. De sostener su existencia,  tal afirmación sería fruto de una creencia absurda, una superstición sin sentido alguno. Lo que no podemos explicar hoy, dirá el materialista, se explicará más adelante.

Aunque, muy posiblemente, esta postura no es compartida por la mayoría de personas, sí que goza de cierta influencia y predicación en muchos ámbitos intelectuales y académicos. Es fácil, por otro lado, oponer esta postura “científica” a la religiosa [entrecomillo el termino “científica” pues la afirmación de que todo se reduce a materia (o a energía) y es posible su conocimiento a través de pruebas empíricas, es algo que carece de base científica (es meta-científico o, si quieren, meta-físico)], algo bastante más común pese a que no pocos científicos se confiesan creyentes.

Sin embargo, ese rechazo al misterio y su correlativa admiración por la seguridad y la certeza del conocimiento, guarda un curioso parecido con los fundamentalismos religiosos. El cientificismo radical no es tan diferente en la afirmación de sus postulados como lo es el creacionista cristiano que defiende la literalidad del Génesis, rechazando el darwinismo en cualquiera de sus variedades.

En ambos casos, el rechazo a zonas de inseguridad, de incerteza, provocan una automutilación que limita el propio conocimiento y reduce su capacidad crítica. Dejar de preguntarse si la existencia tiene algún sentido, como hace el materialista, o condenar teorías que acreditan su coherencia y razonabilidad más allá de escritos milenarios sin pretensión científica alguna, como ocurre con los fundamentalistas, empobrecen sus propuestas y ralentizan los avances.

Al contrario de lo que a muchos les puede parecer, la duda no debilita, sino que ayuda a los seres humanos a madurar en sus creencias. Pero no solo en estas. También resulta fundamental para llegar a conocer el sentido del conocimiento que alcanzamos y los valores que deben imperar en su uso.

 

Acedia

Juan Casiano fue un monje asceta nacido en la actual Rumanía a mediados del siglo IV y que dedicó buena parte de su vida a la ordenación de la vida monástica. Una de sus grandes preocupaciones era la de mantener la integridad espiritual de los monjes, que se encontraba en constante peligro ante las tentaciones de la carne. Dicha integridad podía ser puesta en peligro por múltiples vicios, siendo la acedia uno de los más comunes y que, por ello, mayor riesgo suponía.

Nuestro monje entendía la acedia como un estado de tristeza honda que sumía al monje en una asfixiante amargura que lo llevaba a alejarse del bien espiritual al que estaba llamado. Se trataba pues de un vicio con tintes de enfermedad, por lo que su afección ponía en duda la responsabilidad moral del afectado y su carácter pecaminoso. Tomás de Aquino, sin embargo, tenía pocas dudas acerca de la naturaleza de la acedia como pecado y la emparejaba ni más ni menos que con la envidia. Afirmaba el dominico que si la envidia es una oposición interior de alguien frente al gozo de los demás con sus bienes, la acedia es la oposición interior al gozo de los bienes divinos que se ponen a nuestra disposición. Por tato, la gravedad de la acedia no es el eventual perjuicio que se produce a terceros, que es en principio mínimo, ni el que se produce uno a sí mismo, sino el hecho en sí de desaprovechar o rechazar un bien espiritual que proviene de Dios.

En el ámbito religioso, o al menos en el específicamente católico, la acedia sigue siendo considerada como una actitud de relajación de la ascesis o de descuido de la oración debida a la pereza y al desabrimiento. Fuera de este ámbito, la acedia se entiende como sinónimo de pereza y de amargura o tristeza, tal y como se recoge en el actual Diccionario de la Real Academia Española, dejando atrás el origen pecaminoso o culposo del término, que va más allá del monasticismo, pues en su etimología, acedia deriva del griego akêdía, que significa negligencia.

No tengo demasiadas dudas de que sería relativamente fácil encontrar ejemplos de esa pereza negligente y triste en nuestra sociedad. Se me ocurre en el ámbito político, en el que un elevado porcentaje de la población parece haber renunciado a ejercer sus potestades que como ciudadano le viene dadas. Pero también en el ámbito familiar, donde tantos padres fuerzan extrañas delegaciones en maestros y otras personas para evitar su obligación de educar con firmeza y prudencia a sus hijos. Una negligencia vergonzante que al final acaba minando el ánimo y convirtiéndose en agria tristeza.

La paradoja del conocimiento

Yuval Noah Harari plantea en su libro Homo Deus una curiosa paradoja que denomina del conocimiento. Su formulación es aproximadamente esta: el conocimiento que no provoca cambios es inútil; el que sí provoca cambios es útil si bien estos cambios hacen que ese mismo conocimiento acabe siendo irrelevante. Para explicar esto propone un ejemplo muy visual. El marxismo, explica, aportó un conocimiento útil no solo porque realizaba un análisis socioeconómico novedoso, sino porque al profetizar una sociedad sin clases aboliendo la propiedad privada, provocó que la burguesía capitalista se apresurara a introducir cambios a nivel jurídico y social con el fin de evitar llegar a una sociedad comunista, es decir, con el fin de demostrar que Marx se equivocaba y que la sociedad comunista era un riesgo perfectamente evitable.

Si buscamos otros ejemplos, veremos cómo esta paradoja se da en ámbitos diferentes al de la economía o de las ciencias sociales. Por ejemplo, el conocimiento de que el sol va a estallar dentro de tres meses sería un conocimiento inútil pues no aporta nada que nos permita impedir este suceso y, por tanto, no provocará cambios que hagan irrelevante este conocimiento. En cambio, los modelos y el conocimiento que obtenemos acerca del cambio climático sí que pueden servirnos para paliar sus efectos perversos e intentar revertirlos. Si lo intentamos de forma seria, posiblemente logremos paliar el problema, pero ello nos llevará a una situación diferente a la actual que nos obligará a redefinir los modelos climáticos y nuestra influencia sobre el clima; es decir, el conocimiento que nos ha llevado a la solución del problema acabará siendo irrelevante (ergo, habrá sido útil).

Lo relevante aquí es que, de alguna manera, el conocimiento útil nos empuja a actuar. Este elemento contiene en sí otro efecto, si cabe más importante. Cuanto mayor es la capacidad que tenemos para generar conocimiento, más aumentamos nuestra capacidad de cambio. Se produce entonces una aceleración y los cambios se suceden cada vez a mayor velocidad. Con ello obtenemos un efecto paradójico completo: cuanto más conocimiento tenemos de un sistema, más difícil nos resulta hacer predicciones fiables sobre el mismo. ¿Por qué? Porque al tener ese nivel de conocimiento, tenemos también una mayor posibilidad de aplicarlo para alterar las condiciones con el fin de que no se cumplan las predicciones. Dicho así, puede parecer que no tiene mucho sentido, pero enseguida verán que no es así.

Imaginemos que alguien consigue elaborar un algoritmo que permita adivinar con días u horas de antelación los movimientos bursátiles. Esa persona sin duda se enriquecerá en cuestión de semanas y, si es discreta, podrá mantener su secreto a salvo y vivir como un rey. Sin embargo, ¿qué pasaría si el algoritmo fuera público y estuviera en manos de la mayoría de inversores y de los gobiernos? Pues que, ante la ausencia de riesgo, la bolsa carecería de atractivo y los tiburones que consiguen grandes ganancias, especulando y realizando movimientos de capital de forma aparentemente errática y continua, se verían forzados a tomar medidas. ¿Cuáles? El lector ya debe imaginar la respuesta: se deberían buscar elementos para provocar cambios suficientes como para aumentar la impredecibilidad y hacer irrelevante el algoritmo. Cada vez que los inventores del algoritmo mejoraran su versión para tener en cuenta los cambios, solo conseguirán provocar a los ávidos especuladores y acelerar el proceso de cambio.

Algo así ocurre hoy a gran escala, aunque apenas nos damos cuenta. Hoy tenemos más información de lo que ocurre en el mundo de la que tenían nuestros semejantes hace quinientos años. Nuestras capacidades para predecir lo que puede ocurrir son mucho más sofisticadas y precisas que antaño. Sin embargo, la velocidad a la que se producen los cambios supera esa capacidad de comprensión.

Busquemos una vez más un ejemplo. Un español de hace quinientos años podía vivir con la tranquilidad de saber que su hijo habitaría en un mundo parecido al suyo. Lo que no quiere decir que no hubiera cambios. Ese hijo sería testigo, a lo largo de los años, de la división religiosa de Europa provocada por las famosas tesis de Lutero de 1517, que llevarían a la reacción más o menos tardía de Trento a mediados de siglo. Si estuviera vivo en 1568 tendría noticia del inicio de la Guerra de los Ochenta Años, aunque con seguridad moriría sin ver su fin. Es posible que oyera hablar de un tal Copérnico y su curiosa visión del cosmos, publicada en los años 40 de su siglo, pero dejaría este mundo sin saber que, años después, nacería un italiano llamado Galileo que inventaría el telescopio, lo que le permitiría confirmar las tesis del astrónomo polaco. No obstante, en su vida cotidiana, esa persona no vería muchos más cambios en su vida respecto a la que había sido la de su padre

Hoy, sin embargo, las guerras no duran casi un siglo y los descubrimientos científicos se difunden en horas a lo largo del planeta. Hace tan solo treinta años no existía Internet, la telefonía móvil o la Game Boy. Nadie había oído hablar de células madre o de terapias genéticas ni se imaginaba que medio mundo, incluido el sistema de salud británico, pudiera quedar fuera de servicio por el ataque de un virus informático llamado WannaCry. Para los padres de hoy, es complicado saber cómo será el futuro de nuestros hijos. Lo más seguro es que vivan en un mundo en el que la combustión de hidrocarburos sea algo del pasado y que el cáncer se cure con medicamentos basados en nanotecnología, que tal vez sean dispensados tras un diagnóstico a partir de inteligencia artificial. Pero también es bastante probable que la gente poderosa tenga hijos genéticamente seleccionados, más guapos, fuertes y listos que la media, aprovechándose de la legislación de algún país poco escrupuloso en temas éticos.

En cualquier caso, esa velocidad en los cambios afecta a nuestra percepción de la realidad y nuestra capacidad para evaluar y decidir. Pararse a reflexionar tiene hoy el riesgo de llegar tarde, de verse superado por los problemas. De ahí la provisionalidad de las decisiones y la ausencia de juicios de carácter ético o valorativo en decisiones que lo requieren.

El cortoplacismo y la búsqueda de efectos inmediatos se superponen a visiones más a largo plazo. Lo vemos en los jóvenes que buscan vivir al día, gastando su dinero en “vivir experiencias” en forma de viajes exóticos o deportes de riesgo, pues no ven sentido a invertirlo en la adquisición de patrimonio o, simplemente, en ahorrarlo para un futuro que perciben difuso. Pero lo podemos observar también en un ámbito más general. Un buen ejemplo de ello ha sido el escándalo de Facebook, cuya influencia en asuntos tan trascendentes como el Brexit o la desastrosa victoria de Donald Trump puede haber sido decisiva. Paradójicamente, mientras se manipulaba a los ciudadanos, a las autoridades europeas lo único que parecía preocuparles era como lograr que estas empresas tecnológicas pagaran más impuestos. El cortoplacismo se impone junto con la miope visión del dirigente contable, para quien el horizonte no va mucho más allá del año fiscal. Por desgracia, sin embargo, los valores éticos no suelen reflejarse en las cuentas de resultados. Así nos va.

Publicado en El Mundo/El Día de Balares el 24/6/2018

Toxicidad digital

No cabe duda de que el escándalo de Facebook va a dar mucho de sí. Significará, muy posiblemente, un antes y un después no solo para la empresa de Mark Zuckerberg sino en general para las redes sociales y, por extensión, para esa realidad más o menos tangible que llamamos 2.0 y cuyo más cotizado recurso es el conocido big data. En relación a Facebook, ya se está produciendo una reacción por parte de las autoridades y de muchos usuarios en las propias redes, publicitando el hashtag #deletefacebook. Es comprensible. Muchos pensaran incluso que la reacción de los usuarios es natural, al fin y al cabo, el consumidor o usuario de un bien o servicio tiene siempre ese poder último de rechazar un producto o boicotear una marca. Ha ocurrido otras veces y en algunos casos la empresa afectada ha podido sufrir fuertes reveses, si bien en la mayoría de ocasiones el boicot no pasa de ser algo pasajero que suele acabar difuminando una buena campaña de marketing y un lavado de cara de la imagen de la marca.

Esto es lo normal. Sin embargo, tengo la impresión que en este caso las cosas no son tan de manual como podría parecer. El escenario en el que deambulamos aquí no se parece en nada al de un escándalo de una marca de yogures o de un gigante de la automoción al que pillan falseando datos sobre la emisión de gases de sus vehículos. La coyuntura del caso de Facebook es muy diferente por diversos motivos.

En primer lugar, porque son pocas las personas que tienen más o menos claro lo que ha pasado, es decir, cuál es el alcance del daño que han podido sufrir los usuarios de esa red social. Aquí no estamos hablando de un hacker que haya robado datos bancarios o de tarjetas de crédito, o de un malhechor que chantajea a ciudadanos amenazando con publicar fotos íntimas o documentos confidenciales. De lo que aquí se trata es de que una empresa, Cambridge Analytica, ha recopilado y hecho uso de datos de hasta cincuenta millones de ciudadanos. Pero no de datos privados sino de datos que de una forma u otra estos usuarios han cedido a Facebook de forma voluntaria. Puede discutirse si, al ceder esos datos, se era consciente de los riesgos que acompañan a esta cesión. Pero de lo que no hay duda es que son datos que el propio usuario cede a Facebook, en muchos casos sin que esta empresa se los pida. Como pasa cada vez que alguien tiene la ocurrencia de colgar subir a la red una foto de sus vacaciones desde la piscina de un resort caribeño: nadie le obliga a hacerlo.

Es verdad, dirán algunos, que el hecho de colgar esa foto no autoriza a Facebook ni a nadie a hacer uso de ella de forma vejatoria o en perjuicio de la persona fotografiada. Pero es que ni Facebook ni Cambridge Analytica lo hacen. Por divertida que resulte la foto, lo que se busca aquí no es la foto en sí misma ni sus discutibles valores estéticos, sino el dato (o el metadato) que tras la foto se esconde: el perfil del usuario, su ubicación, el color del bañador, si es calvo o no, etc. Este conjunto de datos forman la materia prima a partir de la que se construye el famoso big data.

Visto así, podemos pensar que lo ocurrido tampoco es tan grave. Que vivimos en una sociedad en la que la publicidad nos incita a consumir compulsivamente, no es una novedad. Tenemos claro que el consumismo existía mucho antes de Facebook y de Internet. En este sentido, las redes sociales son simplemente nuevos canales que usan la publicidad y el marketing para llegar al consumidor y modelar sus gustos. Pero ¿quién se atreve a decir que esto sea malo? ¿No es hoy casi un deber cívico estimular el consumo y eso que denominan la demanda interna? Por otro lado, obtener este fabuloso néctar del big data y ponerlo a la venta ¿no es acaso el objeto empresarial principal de Facebook?

Ello nos lleva al segundo motivo de por qué este caso no es un caso normal de un mal funcionamiento de una empresa. No lo es porque no está nada claro hasta qué punto la empresa ha funcionado mal. Es decir, hasta qué punto Facebook no ha hecho sino lo que se espera de ella. Lo que sí es cierto es que esta vez ha traspasado una línea roja de la que apenas teníamos conocimiento, pero que ha provocado más de un sarpullido: ha permitido el uso del big data para la manipulación política.

La posibilidad de manipular a la opinión pública y afectar a los resultados de procesos electorales es algo que los gobiernos no están dispuestos a tolerar. Es por ello de que nadie duda de que, más pronto que tarde, establecerán las regulaciones y las cautelas necesarias para evitar que se repita algo parecido a lo que parece que ocurrió en las últimas elecciones presidenciales en EE.UU. o con el referéndum del Brexit. El tema es lo suficientemente delicado como para que se lo tomen en serio, pues ya no se trata de favorecer a uno u otro partido o que estos mecanismos se encuentren en manos de una potencia extranjera. Se trata sobre todo de que con ello se socava la legitimidad de todo gobierno democrático pues qué credibilidad va a poder tener un proceso electoral si no hay forma de saber si se ha manipulado burdamente a sus votantes.

Concluyamos pues que la raíz del problema es que se ha hecho un uso no controlado del big data en el ámbito político, pues parece que, fuera de este ámbito, son pocos los que tienen algo que reprochar respecto al modelo empresarial de Facebook. Modelo que no es esencialmente diferente del de otros gigantes de la red. La conclusión parece clara: se nos puede manipular como consumidores pero los gobiernos no van a consentir que se nos manipule como votantes. Alguien podrá decir que el consumidor siempre tiene la opción de abandonar Facebook, pero en la práctica este abandono no es tan sencillo. La actividad habitual en Internet para muchas personas se limita a poco más que visitar esta red social y a mandar mensajes por Whatsapp: ahí está su universo de relaciones, amistades, familia, clientes… Por cierto que esta última aplicación pertenece también a Mark Zuckerberg. Como Instagram. Y a todo esto no hemos hablado para nada de Google, cuyos tentáculos van posiblemente más allá de los de Facebook. Que levanten la mano quienes no tengan una cuenta de Gmail…

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 3/4/2018

Eternamente mortales

La reciente muerte de Enrique Castro Quini sorprendió a mucha gente, incluidos aquellos que, sin ser grandes aficionados al fútbol, recordaban con simpatía la figura del jugador y el calvario que pasó con su secuestro, allá por el año 1981. Aunque Quini murió de un infarto, posiblemente una de las causas más comunes de muerte en nuestro país, han sido frecuentes los comentarios acerca del desafortunado suceso y su inevitabilidad, pese a ser reanimado en plena calle por unos agentes de policía. Si cuando el jugador estaba en activo, hace cuarenta años, este tipo de afecciones solían ser letales, hoy parece como si fuera algo extraordinario no sobrevivir al achaque.

Afortunadamente, en estos cuarenta años los avances en el campo de la medicina han sido constantes, también en los casos de cáncer o de otras afecciones que antaño eran irremediablemente fatales. Y la progresión continúa. Nuevas técnicas, como el uso de células madre, las terapias genéticas o la nanotecnología, auguran una auténtica revolución en la medicina a medio plazo, lo que puede llevarnos a incrementar la actual esperanza de vida hasta límites hoy insospechados.

Hasta dónde pueden llegar esos avances es objeto de especulación y, aunque no faltan recelos de distinto cariz, incluidos los de naturaleza religiosa o moral, tampoco faltan actitudes entusiastas y optimistas. Muchos recordaran el revuelo que provocó, hace algo menos de un año, la Cumbre Internacional de Longevidad y Criopreservación que se celebró en Madrid y en la que se predijo, sin demasiados tapujos, el fin de la muerte. De hecho, José Luis Cordeiro, profesor de la Singularity University y uno de los organizadores del evento, se atrevió a fijar una fecha: el año 2045.

Como es de suponer, lo del fin de la muerte hay que entenderlo en su justa medida. La muerte siempre estará con nosotros pues en cualquier momento podremos sufrir un accidente, morir quemados en un incendio o, simplemente, suicidarnos. Pero sí que es verdad que la ciencia avanza hacia una meta que nos permitirá ser, al menos en teoría, eternamente mortales, en expresión del filósofo francés Luc Ferry. Una meta que, por otro lado, solo tiene un mínimo atractivo si corre pareja con la reversión de los procesos de envejecimiento. Vivir veinte años más para estar prostrado en una cama como un vegetal no es algo apetecible para nadie.

Cuestiones técnicas aparte, de producirse este alargamiento significativo de la esperanza de vida en un horizonte que no va más allá de unas cuantas décadas, lo que sí se pueden plantear son serios problemas económicos y sociales. Para empezar, habrá que ver cómo se pagan las pensiones de jubilación de los actuales trabajadores si estos alcanzan edades más allá de los cien años. Aunque también es verdad que, si se atenúan los procesos de envejecimiento, estos mismos trabajadores pueden seguir activos hasta bien cumplidos los noventa años, lo que en algunos casos puede ser un hándicap y, desde luego, nada bueno augura a los que nacen hoy e inevitablemente se encaminan hacia las largas listas del paro juvenil.

También es verdad que una cosa son las posibilidades de la ciencia y otra muy diferente las de los bolsillos del ciudadano. Aunque los grandes investigadores se guardan normalmente de hacer referencia al vil metal, las multinacionales que patrocinan sus experimentos a buen seguro buscarán suculentos beneficios tras estos descubrimientos. Es por ello que es muy posible que, al menos en las primeras décadas de uso de estas terapias, su aplicación solo se ciña a personas de alto nivel adquisitivo o hacia los que exista un especial interés. Pensemos, por poner un ejemplo, en el que pueda haber por mantener una larga y longeva dinastía política en los EE.UU, al estilo de los Kennedy, pero en este caso a partir de los retoños de la familia Trump.

Lo cierto es, por otro lado, que con el tiempo estos avances dejan de ser un privilegio de unos pocos y se van generalizando, hasta llegar a formar parte de la carta de servicios de la sanidad pública. Es lo que ocurrió, sin ir más lejos, con la cirugía estética, que al principio era solo accesible a millonarios y a glamurosas actrices hollywoodienses y hoy se ha generalizado a muchas capas de la sociedad. Aún así, habrá que ver hasta qué punto no seguirá habiendo diferencias entre distintos grupos.

Aunque sea un caso de ciencia ficción, algo parecido a esto que explicamos es lo que ocurre en la serie de TV Altered Carbon, en la que, en pleno siglo XXIV, la identidad humana se conserva en una especie de unidad de memoria que puede insertarse en diferentes cuerpos, que son así revividos. Como es fácil imaginar, los cuerpos jóvenes y hermosos son altamente cotizados y solo quedan al alcance de millonarios, mientras que el común de los mortales debe conformarse con lo que nadie quiere. En una de las primeras escenas de la serie se ve a una familia atónita al comprobar que la identidad de su hija pequeña fallecida ha sido insertada en el cuerpo de una anciana.

Evidentemente, las apuntadas son tan solo un muestreo de las implicaciones éticas, políticas y económicas que pueden conllevar determinados avances en el terreno de la medicina. Aun así, la gran mayoría de personas pensará que se trata de problemas que se irán solucionando, pero que en ningún caso pueden suponer trabas al avance en las investigaciones médicas. Y en buena parte es así. Nadie en su sano juicio se opondrá a que avancemos en poder tener una vida más larga y sin los achaques de la vejez. Ya no digamos si podemos evitar determinadas enfermedades y afecciones graves, no tanto ya para nosotros como para nuestros hijos o nietos. Pero que el fin sea loable, no quiere decir que lo sea a cualquier precio ni sin tener en cuenta los efectos secundarios que pueden aparecer, no solo en el campo fisiológico, sino también en el social, cultural y moral. Al fin y al cabo, las personas somos algo más que carne animada.

Y es ahí donde radica el problema. Nadie o casi nadie parece querer mirar más allá del titular entusiasta predicando los milagrosos avances hacia los que nos dirigimos. Preferimos no pensar. Asumimos expectantes que la mayoría viviremos más que nuestros antepasados. Desde luego, no sé si seremos más felices, pero creo que no está nada claro que vayamos a ser más listos.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 25/3/2018