La religión de lo saludable

La vinculación entre la salud y las creencias religiosas es tan antigua como la propia cultura humana. En la prehistoria, el desconocimiento de los factores que desencadenaban las enfermedades provocaba su fácil atribución a entes misteriosos o a fuerzas invisibles. A partir de las primeras civilizaciones, en las que aparecen las grandes religiones que han marcado la historia humana, continúa el desconocimiento de la naturaleza biológica de las enfermedades, pero se adopta una postura más antropocéntrica y se empieza a pensar acerca de la responsabilidad de los individuos en la aparición de enfermedades y otras calamidades. No solo resultaba imprudente provocar la ira de los dioses, sino que la enfermedad podía ser el resultado de una mala conducta, de un pecado, propio o de un antepasado que ni siquiera habían conocido.

En ese momento encontramos ya codificaciones normativas de autenticas medidas de salud pública, aunque revestidas de precepto religioso. El aislamiento de los leprosos o las largas listas de alimentos prohibidos o declarados impuros son una buena muestra de ello. Preceptos que han sobrevivido en algunos casos hasta hoy, como en el caso del islam y el judaísmo.

A lo largo de los siglos y hasta mediados del siglo pasado, la religión ha sido un factor de cohesión social y no pocas veces de corrección en aspectos ligados a la salud. A lo largo del siglo XIX, por ejemplo, surgieron muchos movimientos renovadores religiosos como reacción a la secularización promovida por el liberalismo y su laxitud moral. Y, entre estos, no pocos tuvieron como eje estructurador la lucha contra determinados vicios muy arraigados en las clases populares, como el alcoholismo o la promiscuidad sexual. Campañas especialmente combativas que en algunos lugares consiguieron éxitos importantes, incluso en el siglo XX, como fue el caso de la famosa Ley seca en EE.UU., que prohibía la fabricación y comercialización de bebidas alcohólicas.

Actualmente, sin embargo, el paisaje ha cambiado de forma rotunda en las sociedades de raíz cristiana (no así, por ejemplo, entre los musulmanes). El papel de las religiones tradicionales es casi marginal mientras que aquellas personas que buscan algún tipo de espiritualidad, se sienten motivadas por una búsqueda interior que parte de la necesidad de que cada persona encuentre su yo auténtico. El resultado de todo ello es una pluralidad de creencias que carecen de referentes de autoridad sólidos y en un marco de amplia tolerancia religiosa. Este tipo de espiritualidad no necesita la hipótesis de un dios creador. No obstante, resulta llamativo que sea la dominante entre muchas personas que se definen como católicas: creen en Dios, aceptan los valores evangélicos o defienden el poder de la oración para conseguir favores divinos, pero no aceptan algunos postulados morales (por ejemplo, en materia sexual), ni participan en actos comunitarios como la asistencia a la misa dominical. Para el caso que uno crea que existe, el creyente ya no sirve a Dios, sino que se sirve de él.

Volviendo, sin embargo, a esa nueva espiritualidad, ya hemos dicho que se mueve en un marco de generosa tolerancia y que promueve una cierta laxitud moral en algunos ámbitos como el sexual (de hecho, el sexo es considerado en muchos casos una vía para encontrar esa interioridad más profunda). Sin embargo, no pocos aspectos relacionados con la salud vuelven a gozar de un importante protagonismo. La diferencia, respecto a situaciones anteriores, es que en pleno siglo XXI la religión ya no forma parte del canon civilizatorio de la sociedad y los vicios que la nueva espiritualidad censura no son conductas antisociales, sino elementos tóxicos que obstaculizan, a nivel individual, esa búsqueda de la autenticidad.

A medida que esta nueva espiritualidad se va desembarazando de sus conexiones con las religiones tradicionales, aparecen sus propios credos a partir, por ejemplo, de determinadas pautas alimentarias, como puede ser el caso del veganismo, o de la práctica de disciplinas como el yoga. En general, se defiende una conexión entre la salud corporal y la espiritual, vistas desde una perspectiva holística que busca un bienestar general del cuerpo, incluida la propia psique. Pese a su carácter individualizador, con frecuencia esta visión integral va más allá del individuo y alcanza el entorno inmediato o incluso el medio ambiente en general. Se predica, en estos casos, un retorno a la naturaleza y el sujeto busca confundirse con ella, rechazando desde los productos tecnológicos a los alimentos procesados.

Pero como ocurre con la mayoría de credos, surge aquí también la idea de pecado, referido no tanto al ataque a los demás como al propio cuerpo. Se penalizan los excesos, sea en forma de sobrepeso o debido al consumo de sustancias consideradas tóxicas, como el tabaco o el alcohol. Paralelamente, aparecen las inevitables listas de alimentos prohibidos o impuros: los azúcares, determinadas grasas o según qué productos de origen animal. También los ritos expiatorios a seguir, esta vez en forma de dietas, ingesta de pócimas depurativas o programas de ejercicio físico.

Al contrario de lo que ocurría con las religiones tradicionales, la actual diversidad de creencias hace que sea muy difícil fijar un patrón común en esta espiritualidad ligada a la salud. Sí que destaca, como ya hemos indicado, la individualidad -cada uno se preocupa de su cuerpo/mente- y la inmediatez en cuanto a los objetivos. Si en las religiones tradicionales la salvación prometida se ubicaba más allá de la vida terrena, en esta espiritualidad moderna la salvación se sitúa en la vida presente, en esforzarse para ser uno mismo cuanto antes y vivir el día a día de la forma más auténtica posible.

Como contrapartida, y aunque no es así en todos los casos, se manifiesta con ello una espiritualidad laxa y autosuficiente, que tiende al narcisismo más que a la gratuidad y al amor a los demás. Es por ello que la aparición de un cierto grado de egoísmo resulta imparable: si se rechaza la idea de un Ser supremo por encima del individuo, resulta inevitable que cada uno de los individuos acabe siendo el centro de su propio universo. Pero lejos de tratarse de una liberación, la ausencia de Dios no evitará la proliferación de falsos profetas que prometen equilibrios cósmicos o elixires de una juventud infinita. Lo cual no debería sorprendernos, pues una espiritualidad proyectada en uno mismo, eliminando el componente interpersonal, no deja de ser una espiritualidad castrada.

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 23 de setiembre de 2018

Botes salvavidas

La madrugada del 14 al 15 de abril de 1912 tuvo lugar uno de los sucesos más recordados y que más han dado que hablar en muchas décadas: el hundimiento del Titanic. Aunque no se sabe a ciencia cierta el número exacto de personas que viajaban a bordo, se calcula que fueron algo más de 2.200, de las que casi un millar pertenecía a la tripulación del barco. Curiosamente, para ser la travesía inaugural, el buque iba muy por debajo de su capacidad en cuanto a pasajeros, que alcanzaba los 2.700. Aun así, la capacidad de los veinte botes salvavidas que llevaba era de 1.178 personas, una cifra muy inferior incluso al número real de personas que viajaban en el buque.

El encontronazo con el iceberg poco antes de la medianoche no solo sorprendió a los marinos, sino que se topó con la inicial incredulidad de buena parte del pasaje, que veía inverosímil que la mole de acero e ingenio naval en la que navegaban pudiera sucumbir ante la embestida de un carámbano flotante, por grande que fuera. Tal vez fue por ello que el primer bote, el número 7, no fue arriado hasta casi una hora después del choque, siendo sus pasajeros la mayoría hombres, pues en general las señoras eran reticentes a prestarse a tan ridículo ejercicio a aquellas horas de la noche. Una asombrosa ingenuidad que fue, no obstante, provocada por la actitud de la propia tripulación, que tenía órdenes estrictas de evitar situaciones de pánico. Esta misma pretensión tranquilizadora llevó al capitán a disponer que la orquesta empezara a tocar en la parte delantera de la cubierta de botes, en una situación que ha dado lugar a imágenes tragicómicas en innumerables películas y obras literarias.

Fuera por la incredulidad ante ese inopinado accidente, fuera por la mala formación de la tripulación, que desconocía como proceder a la evacuación del pasaje y cuál era a capacidad real de los botes, ese primer bote y los siguientes fueron arriados medio llenos. La mayoría de botes, con una cabida de 65 personas, no portaban mas de una treintena de pasajeros y tripulantes. En todo caso, y puesto que la capacidad era limitada, se dio la famosa orden de embarcar preferentemente a mujeres y niños. Sin embargo, en aquel naufragio ocurrieron otras cosas que nos llaman la atención.

En primer lugar, resultó que el criterio de salvar primero a mujeres y a niños no fue el único. Aunque es verdad que el porcentaje de hombres que murieron es el superior, es llamativo comprobar que entre los pasajeros de primera clase muriera algo menos del 40% del pasaje, mientras que en tercera clase murió el 75%. Ello explica que, pese a la preferencia por los niños, la mitad de ellos murieron en el suceso, siendo todos de tercera clase menos uno que, según los testimonios, murió por la tozudez de sus padres al negarse a embarcarlo en los botes.

Si la elección de ese criterio clasista es, como mínimo, discutible, no lo fue menos la actitud de los que se hallaban en los botes cuando el barco se acaba hundiendo, unas tres horas después del choque. Como es fácil imaginar, los botes se fueren alejando prudentemente del barco para no ser arrastrados por este al sumergirse totalmente en el océano. No obstante, los gritos de decenas de personas que habían caído al agua generaron una discusión acerca de si era razonable ir a socorrerlos o no. Un oficial de la tripulación, Harold Lowe, que tenía a su cargo el bote número 14, propuso traspasar a sus ocupantes a los demás botes, que estaban la mayoría muy por debajo de su capacidad, e ir en busca de supervivientes. Se originó un debate entre los afectados sobre si era conveniente acercarse a los náufragos y asumir el riesgo de que se abalanzaran a los botes y los hicieran zozobrar. No es difícil imaginar la situación de extrema tensión en medio del naufragio. Al final, los gritos fueron decayendo y Lowe se acercó hacia el lugar del hundimiento, aunque solo encontró a cuatro personas vivas, de las que una acabaría falleciendo poco después. La temperatura del agua, de -2º C, había acabado con la vida del resto de supervivientes. Al regresar con los demás fue inquirido por estos al ver el bote prácticamente vacío. “Hemos esperado demasiado”, fue su única respuesta.

No es difícil visualizar esas imágenes y recordar los muchos “titánics” que vemos hundirse en el Mediterráneo, barcazas sin lujo abarrotadas de refugiados y de inmigrantes. Aquí, sin embargo, no hay criterio alguno para su supervivencia. Tanto da que sean mujeres, niños o varones sanos y corpulentos. No hay distinción entre clases o estirpes. Y no la hay porque los que vivimos en primera clase contemplamos esta calamidad desde la comodidad de nuestras casas, de nuestros lugares de trabajo o desde la misma playa, en la que nos tumbamos ociosos, ajenos a los gritos de muerte y desesperación que desaparecen tras las olas.

Tampoco entre nosotros falta el debate entre la conveniencia de ir o no al rescate de los náufragos. Recoger a los náufragos puede, a juicio de no pocos, suponer un coste inasumible, colapsar nuestros servicios básicos, provocar un efecto llamada que hará insostenible nuestro Estado de bienestar. Por supuesto nada de todo es necesariamente cierto y, de hecho, países que han acogido a decenas de miles de refugiados como Alemania o Italia, no han visto caer su sistema de protección social. Sí que han visto como movimientos populistas agitan el discurso xenófobo y han conseguido un cierto grado de inestabilidad política que en nada beneficia a la población en general. Pero culpar a los inmigrantes del auge de la extrema derecha y el populismo en Europa es como culpar a los mexicanos de la victoria de Donald Trump.

Resulta incluso cómico que se acuse a los que se pronuncian a favor de acoger a los inmigrantes de buenismo. Si por “buenismo” entendemos ser solidarios y compasivos con aquellas personas que sufren o se encuentran en peligro, entiendo que la acusación tiene su peso si proviene de personajes cuyo credo se fundamenta en el egoísmo insolidario, casi más propio de algún personaje malvado de una película de animación. Si por buenismo entendemos, con la Real Academia, la “actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia”, alguien nos tendrá que explicar qué conflicto hay ante el grito desesperado de un padre que ve como su familia puede perecer si no pueden alcanzar tierra firme y segura. ¿Tenemos acaso derecho a sentirnos víctimas por vernos obligados a sacrificar nuestra comodidad para ayudar a esta pobre gente? ¿O será que un efecto del Estado de bienestar es anestesiar nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro, del que padece y demanda auxilio? Mientras tanto seguimos debatiendo sobre lo que hay que hacer y lo que no. Y parece que así sucederá hasta que dejemos de escuchar los gritos de socorro y alguien vuelva a decir que hemos esperado demasiado.

 

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 2-9-2018

¿Puede ser hoy deseable creer en Dios?

¿Puede ser hoy deseable creer en Dios? es el título de mi nuevo artículo en la revista Razón y Fe y que puede leerse íntegramente en la web de la revista: www.razonyfe.org

La esclavitud de la inmediatez

Es asombroso contemplar como la avalancha de información apenas ya nos abruma. Nos hemos acostumbrado a ese ritmo vertiginoso que nos compele a decidir con excesiva precipitación. La inmediatez de la información requiere inmediatez en la opinión, sea en Twitter o en una reunión ejecutiva. Pero ¿no es esta una nueva y sutil forma de (auto)censurar(nos)?fair-540127_1280

Casi no hay tiempo para hablar pero lo poco que decimos se traslada a la velocidad de la luz y dejamos de controlar unas palabras que pasan a ser nuestras acusadoras. No hay tiempo para la reflexión. Nuestras decisiones adolecen de una miserable inanición. ¿Qué podemos esperar de ellas cuando precisamente ya no hay tiempo para esperar más?

Sin darnos cuenta hemos sido hechos esclavos de una urgencia imaginaria. Vivimos aterrorizados por el “ya pasó” que nos deja fuera de un juego que apenas se ha iniciado y termina ya. Cuanto más nos asusta el futuro, más parece que consumimos el presente de forma compulsiva. Todo fluye y es por ello que cada vez nos cuesta más mantener la mirada con un interlocutor y esperar un gesto de afecto o de aceptación. No somos capaces ya de entender que comunicar no es dialogar. Opinamos ante el mundo sin buscar un interlocutor, cayendo en un mero exhibicionismo narcisista de la palabra. Y al final queda el vacío. La palabra se desvanece sin la necesaria memoria del que la debería escuchar y con ello se derrumba nuestra cordura.

El misterio y la duda

El materialismo que de alguna manera se ha ido imponiendo en nuestra sociedad rechaza todo asomo de misterio. Todo conocimiento, tarde o temprano, debe ser asequible a las personas. No hay nada trascendente que quede fuera de esa pretensión. De sostener su existencia,  tal afirmación sería fruto de una creencia absurda, una superstición sin sentido alguno. Lo que no podemos explicar hoy, dirá el materialista, se explicará más adelante.

Aunque, muy posiblemente, esta postura no es compartida por la mayoría de personas, sí que goza de cierta influencia y predicación en muchos ámbitos intelectuales y académicos. Es fácil, por otro lado, oponer esta postura “científica” a la religiosa [entrecomillo el termino “científica” pues la afirmación de que todo se reduce a materia (o a energía) y es posible su conocimiento a través de pruebas empíricas, es algo que carece de base científica (es meta-científico o, si quieren, meta-físico)], algo bastante más común pese a que no pocos científicos se confiesan creyentes.

Sin embargo, ese rechazo al misterio y su correlativa admiración por la seguridad y la certeza del conocimiento, guarda un curioso parecido con los fundamentalismos religiosos. El cientificismo radical no es tan diferente en la afirmación de sus postulados como lo es el creacionista cristiano que defiende la literalidad del Génesis, rechazando el darwinismo en cualquiera de sus variedades.

En ambos casos, el rechazo a zonas de inseguridad, de incerteza, provocan una automutilación que limita el propio conocimiento y reduce su capacidad crítica. Dejar de preguntarse si la existencia tiene algún sentido, como hace el materialista, o condenar teorías que acreditan su coherencia y razonabilidad más allá de escritos milenarios sin pretensión científica alguna, como ocurre con los fundamentalistas, empobrecen sus propuestas y ralentizan los avances.

Al contrario de lo que a muchos les puede parecer, la duda no debilita, sino que ayuda a los seres humanos a madurar en sus creencias. Pero no solo en estas. También resulta fundamental para llegar a conocer el sentido del conocimiento que alcanzamos y los valores que deben imperar en su uso.

 

Acedia

Juan Casiano fue un monje asceta nacido en la actual Rumanía a mediados del siglo IV y que dedicó buena parte de su vida a la ordenación de la vida monástica. Una de sus grandes preocupaciones era la de mantener la integridad espiritual de los monjes, que se encontraba en constante peligro ante las tentaciones de la carne. Dicha integridad podía ser puesta en peligro por múltiples vicios, siendo la acedia uno de los más comunes y que, por ello, mayor riesgo suponía.

Nuestro monje entendía la acedia como un estado de tristeza honda que sumía al monje en una asfixiante amargura que lo llevaba a alejarse del bien espiritual al que estaba llamado. Se trataba pues de un vicio con tintes de enfermedad, por lo que su afección ponía en duda la responsabilidad moral del afectado y su carácter pecaminoso. Tomás de Aquino, sin embargo, tenía pocas dudas acerca de la naturaleza de la acedia como pecado y la emparejaba ni más ni menos que con la envidia. Afirmaba el dominico que si la envidia es una oposición interior de alguien frente al gozo de los demás con sus bienes, la acedia es la oposición interior al gozo de los bienes divinos que se ponen a nuestra disposición. Por tato, la gravedad de la acedia no es el eventual perjuicio que se produce a terceros, que es en principio mínimo, ni el que se produce uno a sí mismo, sino el hecho en sí de desaprovechar o rechazar un bien espiritual que proviene de Dios.

En el ámbito religioso, o al menos en el específicamente católico, la acedia sigue siendo considerada como una actitud de relajación de la ascesis o de descuido de la oración debida a la pereza y al desabrimiento. Fuera de este ámbito, la acedia se entiende como sinónimo de pereza y de amargura o tristeza, tal y como se recoge en el actual Diccionario de la Real Academia Española, dejando atrás el origen pecaminoso o culposo del término, que va más allá del monasticismo, pues en su etimología, acedia deriva del griego akêdía, que significa negligencia.

No tengo demasiadas dudas de que sería relativamente fácil encontrar ejemplos de esa pereza negligente y triste en nuestra sociedad. Se me ocurre en el ámbito político, en el que un elevado porcentaje de la población parece haber renunciado a ejercer sus potestades que como ciudadano le viene dadas. Pero también en el ámbito familiar, donde tantos padres fuerzan extrañas delegaciones en maestros y otras personas para evitar su obligación de educar con firmeza y prudencia a sus hijos. Una negligencia vergonzante que al final acaba minando el ánimo y convirtiéndose en agria tristeza.

La paradoja del conocimiento

Yuval Noah Harari plantea en su libro Homo Deus una curiosa paradoja que denomina del conocimiento. Su formulación es aproximadamente esta: el conocimiento que no provoca cambios es inútil; el que sí provoca cambios es útil si bien estos cambios hacen que ese mismo conocimiento acabe siendo irrelevante. Para explicar esto propone un ejemplo muy visual. El marxismo, explica, aportó un conocimiento útil no solo porque realizaba un análisis socioeconómico novedoso, sino porque al profetizar una sociedad sin clases aboliendo la propiedad privada, provocó que la burguesía capitalista se apresurara a introducir cambios a nivel jurídico y social con el fin de evitar llegar a una sociedad comunista, es decir, con el fin de demostrar que Marx se equivocaba y que la sociedad comunista era un riesgo perfectamente evitable.

Si buscamos otros ejemplos, veremos cómo esta paradoja se da en ámbitos diferentes al de la economía o de las ciencias sociales. Por ejemplo, el conocimiento de que el sol va a estallar dentro de tres meses sería un conocimiento inútil pues no aporta nada que nos permita impedir este suceso y, por tanto, no provocará cambios que hagan irrelevante este conocimiento. En cambio, los modelos y el conocimiento que obtenemos acerca del cambio climático sí que pueden servirnos para paliar sus efectos perversos e intentar revertirlos. Si lo intentamos de forma seria, posiblemente logremos paliar el problema, pero ello nos llevará a una situación diferente a la actual que nos obligará a redefinir los modelos climáticos y nuestra influencia sobre el clima; es decir, el conocimiento que nos ha llevado a la solución del problema acabará siendo irrelevante (ergo, habrá sido útil).

Lo relevante aquí es que, de alguna manera, el conocimiento útil nos empuja a actuar. Este elemento contiene en sí otro efecto, si cabe más importante. Cuanto mayor es la capacidad que tenemos para generar conocimiento, más aumentamos nuestra capacidad de cambio. Se produce entonces una aceleración y los cambios se suceden cada vez a mayor velocidad. Con ello obtenemos un efecto paradójico completo: cuanto más conocimiento tenemos de un sistema, más difícil nos resulta hacer predicciones fiables sobre el mismo. ¿Por qué? Porque al tener ese nivel de conocimiento, tenemos también una mayor posibilidad de aplicarlo para alterar las condiciones con el fin de que no se cumplan las predicciones. Dicho así, puede parecer que no tiene mucho sentido, pero enseguida verán que no es así.

Imaginemos que alguien consigue elaborar un algoritmo que permita adivinar con días u horas de antelación los movimientos bursátiles. Esa persona sin duda se enriquecerá en cuestión de semanas y, si es discreta, podrá mantener su secreto a salvo y vivir como un rey. Sin embargo, ¿qué pasaría si el algoritmo fuera público y estuviera en manos de la mayoría de inversores y de los gobiernos? Pues que, ante la ausencia de riesgo, la bolsa carecería de atractivo y los tiburones que consiguen grandes ganancias, especulando y realizando movimientos de capital de forma aparentemente errática y continua, se verían forzados a tomar medidas. ¿Cuáles? El lector ya debe imaginar la respuesta: se deberían buscar elementos para provocar cambios suficientes como para aumentar la impredecibilidad y hacer irrelevante el algoritmo. Cada vez que los inventores del algoritmo mejoraran su versión para tener en cuenta los cambios, solo conseguirán provocar a los ávidos especuladores y acelerar el proceso de cambio.

Algo así ocurre hoy a gran escala, aunque apenas nos damos cuenta. Hoy tenemos más información de lo que ocurre en el mundo de la que tenían nuestros semejantes hace quinientos años. Nuestras capacidades para predecir lo que puede ocurrir son mucho más sofisticadas y precisas que antaño. Sin embargo, la velocidad a la que se producen los cambios supera esa capacidad de comprensión.

Busquemos una vez más un ejemplo. Un español de hace quinientos años podía vivir con la tranquilidad de saber que su hijo habitaría en un mundo parecido al suyo. Lo que no quiere decir que no hubiera cambios. Ese hijo sería testigo, a lo largo de los años, de la división religiosa de Europa provocada por las famosas tesis de Lutero de 1517, que llevarían a la reacción más o menos tardía de Trento a mediados de siglo. Si estuviera vivo en 1568 tendría noticia del inicio de la Guerra de los Ochenta Años, aunque con seguridad moriría sin ver su fin. Es posible que oyera hablar de un tal Copérnico y su curiosa visión del cosmos, publicada en los años 40 de su siglo, pero dejaría este mundo sin saber que, años después, nacería un italiano llamado Galileo que inventaría el telescopio, lo que le permitiría confirmar las tesis del astrónomo polaco. No obstante, en su vida cotidiana, esa persona no vería muchos más cambios en su vida respecto a la que había sido la de su padre

Hoy, sin embargo, las guerras no duran casi un siglo y los descubrimientos científicos se difunden en horas a lo largo del planeta. Hace tan solo treinta años no existía Internet, la telefonía móvil o la Game Boy. Nadie había oído hablar de células madre o de terapias genéticas ni se imaginaba que medio mundo, incluido el sistema de salud británico, pudiera quedar fuera de servicio por el ataque de un virus informático llamado WannaCry. Para los padres de hoy, es complicado saber cómo será el futuro de nuestros hijos. Lo más seguro es que vivan en un mundo en el que la combustión de hidrocarburos sea algo del pasado y que el cáncer se cure con medicamentos basados en nanotecnología, que tal vez sean dispensados tras un diagnóstico a partir de inteligencia artificial. Pero también es bastante probable que la gente poderosa tenga hijos genéticamente seleccionados, más guapos, fuertes y listos que la media, aprovechándose de la legislación de algún país poco escrupuloso en temas éticos.

En cualquier caso, esa velocidad en los cambios afecta a nuestra percepción de la realidad y nuestra capacidad para evaluar y decidir. Pararse a reflexionar tiene hoy el riesgo de llegar tarde, de verse superado por los problemas. De ahí la provisionalidad de las decisiones y la ausencia de juicios de carácter ético o valorativo en decisiones que lo requieren.

El cortoplacismo y la búsqueda de efectos inmediatos se superponen a visiones más a largo plazo. Lo vemos en los jóvenes que buscan vivir al día, gastando su dinero en “vivir experiencias” en forma de viajes exóticos o deportes de riesgo, pues no ven sentido a invertirlo en la adquisición de patrimonio o, simplemente, en ahorrarlo para un futuro que perciben difuso. Pero lo podemos observar también en un ámbito más general. Un buen ejemplo de ello ha sido el escándalo de Facebook, cuya influencia en asuntos tan trascendentes como el Brexit o la desastrosa victoria de Donald Trump puede haber sido decisiva. Paradójicamente, mientras se manipulaba a los ciudadanos, a las autoridades europeas lo único que parecía preocuparles era como lograr que estas empresas tecnológicas pagaran más impuestos. El cortoplacismo se impone junto con la miope visión del dirigente contable, para quien el horizonte no va mucho más allá del año fiscal. Por desgracia, sin embargo, los valores éticos no suelen reflejarse en las cuentas de resultados. Así nos va.

Publicado en El Mundo/El Día de Balares el 24/6/2018