Cuentas que no salen

Asistimos estos días a un curioso debate sobre la prisión permanente revisable en el que se da la paradoja de que un partido, el PSOE, propone su supresión, posiblemente en contra de lo que piensan la mayoría de sus votantes, algo que a priori no parece muy inteligente. Es verdad, dirán algunos, que la fidelidad electoral de muchos votantes es tan elevada que pocos dejarán de votar a este partido por dar su apoyo a esa propuesta. Pero no es menos cierto que nada hace pensar que vayan a ser muchos los que se decidan a votar por el PSOE gracias a esta iniciativa. Entonces, si parece evidente que el balance final es negativo, ¿por qué los dirigentes del partido se emperran en mantener esta postura?

Intuyo que si lo preguntamos a los que han optado por esta estrategia, nos dirán que es una cuestión de principios, de defender determinados valores del partido. En este caso concreto, la defensa de un sistema penal orientado a la reinserción del delincuente más que al carácter retributivo de la pena. No voy a entrar aquí a discutir la bondad de esta postura. Lo que me interesa es plantear si esa decisión, que aparentemente resulta contraproducente puede acabar, a la larga, siendo favorable.

Adelanto ya que, a mi juicio, este tipo de decisiones no son tan insensatas como pudiera aparentar. En el caso del PSOE, me atrevería a decir que, históricamente, le han salido rentables. Recordarán los lectores que, durante los años de gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero, surgieron curiosas polémicas que respondían a las inquietudes de una minoría pero que reflejaban esa preocupación mayúscula del gobierno por la defensa de propuestas basadas en ciertos principios o valores: el matrimonio homosexual, la laxitud general en materia de aborto, la recuperación de la memoria histórica, la alianza de civilizaciones etc. Eran problemas que, inicialmente, no preocupaban casi a nadie, pero que de repente se encontraban en boca de todos. Y con ello la izquierda se apropiaba de la defensa de unos valores que hacía suyos, sin que la derecha supiera muy bien qué decir o cómo actuar. Y de ahí obtuvieron un cierto rédito electoral. No digo que fuera para echar cohetes, pero sí que fueron apuestas que en ningún caso perjudicaron a sus intereses y sirvieron, de hecho, para regalar una segunda legislatura a uno de los presidentes más ineptos de la historia reciente de Europa.

Paradójicamente, sin embargo, no parece que entre los partidos tradicionales de la derecha (básicamente, el PP) sea esta una estrategia habitual. No se desanimen si son incapaces de encontrar una cuestión análoga a las que hemos citado y que haya encabezado el PP. No las hay. Y no es que en la derecha no existan principios y valores que defender: la seguridad jurídica, la tolerancia religiosa, la familia o el patriotismo, frente al peregrino internacionalismo de la izquierda (hasta que se vuelve nacionalista, claro), son claros ejemplos de ello. Obviamente no hay un catálogo único de tales valores ni una unanimidad: un libertario del Tea Party no aceptará un ordenamiento jurídico paternalista propio de un conservador de raíces calvinistas. La diversidad es inevitable y cada partido puede optar por priorizar unos principios frente a otros, siempre que mantenga un mínimo de coherencia.

Sorprendentemente, nada de esto encontramos en el PP. Incluso en una situación tan singular como el desafío separatista catalán, siguen en un estado de tibieza emocional próxima al coma ético. Sin ir más lejos, el mismo Mariano Rajoy insiste en vender el éxito de su intervención con el 155 (un éxito, por otro lado, muy discutible) alegando la mejora de cifras económicas coyunturales, sin entender que las cifras no son suficientes. A los españoles de Cataluña que se siguen sintiendo como tal, que la ocupación hotelera baje más o menos les importa un bledo, pues siguen viendo como son objeto de desprecio por parte no solo de otros conciudadanos sino, lo que es más grave, de los propios medios de comunicación públicos.

Pero ¿por qué se comporta así el gobierno y el PP en general? En mi opinión porque, al referirnos a principios y a valores, salvo que seamos fanáticos fundamentalistas, resulta inevitable entrar en su discusión y debate. Y es algo acreditado que a la dirección del PP le aparecen sarpullidos al escuchar palabras como “debate” o “confrontación de ideas”. Todos hablan mucho y bien de números y de resultados, pero es evidente que son multitud los ciudadanos que esperan algo más del que todavía es el partido más votado del país: que exponga unos valores coherentes de lo que cree que tiene que ser la convivencia en España. Una convivencia que debe fundamentarse en un pacto social en el que, entre otros, se aborden de una vez temas como la solidaridad entre regiones, el uso de las lenguas cooficiales o la existencia de servicios básicos (sanidad, educación etc.) con la misma calidad en cualquier rincón del país. Aunque al final todo es traducible a euros o a bitcoins, estos temas no pueden abordarse de forma seria sin tener en cuenta unos principios que hay que exponer primero, y debatir después.

Esta endeblez estructural del PP, cuya solidez como partido parece descansar solamente en una estructura burocrática debidamente macerada con la más que discutible financiación pública de los partidos en España, contrasta precisamente con la fortaleza pujante de Ciudadanos. A este último partido, al que le falta casi de todo (personal, sedes, historia…), no le faltan, precisamente, ni principios ni valores. No olvidemos que Cs nació como bastión contra el nacionalismo supremacista catalán y creció defendiendo su postura sufriendo el desprecio de los partidos nacionales, que hasta hoy no han tenido pudor alguno en aliarse con los separatistas, en la intimidad y fuera de ella. Es por ello que la opción de Rivera, con su idea de España, es hoy la más solida para muchos ciudadanos frente a las opciones almibaradas de PP o PSOE. Lo cual no quiere decir que, en otros aspectos, no adopte aquel partido derivas extrañas que no son fáciles de comprender, como su apoyo dubitativo al tema que encabeza este artículo, la prisión permanente revisable. Pero pese a estas zozobras, con su habitual firmeza acredita que, en la confrontación electoral, los valores y los principios sí importan. Algo que en el PP aún no han entendido, aunque bien pronto verán que las cuentas no les salen.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 21/02/2018

Profetas malditos

Cuenta la Biblia, en el capítulo 8 del libro primero de Samuel, como el pueblo de Israel decidió un día tener un rey y constituirse en monarquía. Eran momentos complicados para los hebreos. Los filisteos habían destruido el santuario de Siló y se habían apropiado del arca sagrada. Afortunadamente, la ira de Yahvé cayó sobre los filisteos con toda suerte de abscesos y tumores, lo que les persuadió de inmediato a devolver el preciado recipiente a sus legítimos dueños. Ello no consiguió tranquilizar del todo al pueblo israelita, que veía en la presión filistea un riesgo real de destrucción y disgregación.

En aquel momento ellos seguían manteniendo una estructura de tipo tribal y descentralizada, las famosas doce tribus, y veían que tal estructura era poco práctica para hacer frente al enemigo exterior. Por ello, se dirigieron a su profético líder, a Samuel, y le pidieron que les asignara un rey para ser así igual que el resto de naciones.

A Samuel no le hizo mucha gracia la propuesta. Había en su recelo una motivación religiosa: Israel, el pueblo elegido por Yahvé, tenía a este por máximo soberano y nombrar a un rey, título que en la Antigüedad fácilmente acababa teniendo connotaciones divinas, podía poner en entredicho el monopolio de Dios. Pero Yahvé no quiso oponerse a los designios de su pueblo de forma frontal, sino que se limitó a advertirles, a través de Samuel, de todas las consecuencias que implica tener un rey: tomará sus hijos para formar su ejército o para fabricar armas, los freirá a impuestos para financiar el reino, entregará parte de sus tierras a sus funcionarios… No obstante, pese a las evidentes consecuencias negativas de implantar una monarquía, el pueblo insistió: querían un rey como las demás naciones, que los juzgara y que combatiera con ellos. Y Yahvé cedió a los designios del pueblo.

Su primer rey fue el memo de Saúl. Le sucedió el rey David, un caso claro de enchufismo por parte de Yahvé y ejemplo de monarca donde los haya, pese a sus escarceos con Jezabel, la mujer de uno de sus generales a la que dejó embarazada (lo que le llevó a la incómoda circunstancia de tener que asesinar al marido). De Salomón, su hijo y sucesor, podemos decir que tuvo una primera parte acertada y una segunda desastrosa. A partir de ahí, el reino se dividió y fue cuestión de tiempo que todos los malos presagios se cumplieran. Se equivocó el pueblo de Israel y pagó por ello.

Al margen de la historicidad de lo contado en la Biblia (nunca está de más recordar que es un clamoroso error leerla como si se tratase de un manual de historia), resulta interesante ver cómo, milenios después, los pueblos pueden seguir equivocándose. Y el patrón no es muy diferente.

La denominada “crisis catalana” es un ejemplo de manual. Aprovechando un momento de crisis social y de debilidad de las instituciones, con una elevada desafección ciudadana hacia la clase política, la aparición de movimientos radicales, etc., una parte importante del pueblo catalán (no entraremos aquí en detalles demográficos) ha querido también “ser como las demás naciones” y tener su propio Estado. No han faltado tampoco los líderes políticos e intelectuales que, a modo de profetas, han advertido acerca de las consecuencias de esta pretensión: el caos jurídico, el abandono de empresas, la salida de los organismos internacionales, el no reconocimiento de la comunidad internacional … Pero a ese pueblo, o a una parte muy importante y significativa de él, le ha dado igual. No han querido escuchar las voces proféticas y han repetido como un mantra eso de querer “ser como las demás naciones”. Nadie es profeta en su tierra, afirmaba Jesús de Nazaret, que conocía muy bien el desprecio que los suyos le profesaban cuando les decía aquello que ellos no querían escuchar. Y no querían porque el sino del profeta es que, al final, siempre acaba teniendo razón.

Tras los acontecimientos de los últimos meses, ya no hace falta recurrir a labores proféticas para prever que la crisis catalana pasará su factura a ese pueblo que quería “ser como las otras naciones”. A ellos y a los que se pronunciaban en contra, porque cuando un pueblo se divide, el dolor y el sufrimiento se sigue repartiendo por igual. Las medidas administrativas o judiciales que se tomen podrán parar la hemorragia, pero la herida seguirá ahí.

En el Antiguo Testamento, estas crisis eran normalmente interpretadas como una consecuencia de la deslealtad hacia Yahvé. No tanto como un castigo directo de Dios sino como el efecto del alejamiento de este, por lo que los profetas predicaban la conversión del pueblo para recuperar esa cercanía con un Dios que siempre era fiel a su Alianza.

En nuestro mundo individualista en el que la libertad y la responsabilidad se predica sobre todo del sujeto, no estamos acostumbrados a pensar en el hecho de que un colectivo puede actuar como tal y equivocarse. Sin embargo, seria un error pensar que lo que ha llevado a la situación actual a Cataluña es la irresponsabilidad de una docena de líderes en una suerte de conspiración antiespañola. Salvo que pensemos que Cataluña está poblada de idiotas, no podemos dejar de pensar que existe una responsabilidad en todas y aquellas personas que han contribuido a esta situación. Y, evidentemente, no son solo aquellas personas que se han manifestado y votado a favor de la independencia; también aquellas que han callado, consentido o han mirado a otro lado mientras los “profetas” advertían del disparate.

Esa complicidad con el desastre afecta a muchísima más gente, más allá del territorio catalán. Llevamos décadas en las que hemos visto como, incluso desde los que ahora se manifiestan más unionistas que nadie, se ha alimentado ese insano nacionalismo porque convenía, porque aprovechaba a determinados grupos de poder o fastidiaba a otros. Hemos asistido como surgían, además, sectores radicales que alimentaban un rancio españolismo del que desde los años de la transición parecía que nos habíamos inmunizado.

Hoy, perpetrado del desastre, todos corren a rasgarse las vestiduras y a buscar culpables para lapidar. Pero, en el fondo, culpables lo somos un poco todos. Todos sufrimos el dolor de la división y el rechazo. La duda es si, pasado el tiempo y acostumbrados a ese entumecimiento ya enquistado, no volveremos a caer en la misma estupidez y seguiremos ignorando a los profetas malditos.

Publicada en El Mundo/El Día de Baleares el 30/1/2018

Paradojas del Club de la Libertad

Si alguno de ustedes ha visto la serie de televisión Manhunt: Unabomber les sonará el título de este artículo, de la misma forma que no desconocerán quién es Theodore Kaczynski, uno de los terroristas más famosos de finales del siglo pasado. Sabrán que el sujeto en cuestión es un sociópata con una sólida formación como matemático y que, además de fabricar paquetes explosivos, se preocupó de fundamentar ideológicamente la aparente arbitrariedad de sus atentados a través de un manifiesto, que tituló La sociedad industrial y su futuro y que firmaba con el pseudónimo “Club de la Libertad”.

El contenido del manifiesto, del que en la serie se ofrecen algunas pinceladas, es una crítica a la sociedad moderna y consumista no muy diferente del discurso que podemos escuchar en ciertos círculos actuales. Y, como ocurre también ahora, si bien plasma un diagnóstico que no es del todo errado, a la hora de prescribir las soluciones siempre resulta que la terapia es mucho peor que la patología. En definitiva, su defensa de la libertad acaba siendo liberticida.

Merece la pena destacar esto último pues hoy, al igual que en los años 90 del siglo pasado, la libertad y su conquista plena es considerada por muchos como el valor supremo en la mayoría de escenarios políticos, al menos en Occidente. Sin embargo, se trata de un término que posiblemente se ha politizado en exceso, dejando de lado otros sentidos de la libertad humana antaño más comunes, como el del libre albedrío. Un olvido que no carece de importancia, pues poco sentido puede tener reivindicar la libertad como derecho político si no tenemos claro si somos realmente libres para tomar decisiones más cotidianas. La cuestión inicial está por tanto en saber si el ser humano toma realmente sus decisiones con libertad, o si estas vienen ya “naturalmente” determinadas como ocurre con el resto de seres vivos.

Hace 2.500 años, Demócrito explicaba el mundo como un conjunto de pequeñas unidades que denominaba átomos y sostenía que todo en la naturaleza ocurría por necesidad, que todo estaba predeterminado. Un siglo después, Epicuro, horrorizado ante este mecanicismo, introdujo en la cosmovisión del atomista un elemento nuevo: el azar. Sostenía el sabio griego que gracias al azar el hombre puede actuar por propia decisión (libremente) en aquello que la naturaleza no predetermina. Estaba claro que el mundo se movía entre la necesidad y el azar.

Más de dos mil años después, esta idea no nos puede parecer muy extraña. Con el tiempo hemos aprendido no solo que buena parte de los fenómenos físicos son predecibles a partir de leyes que hemos ido formulando, sino que incluso determinados fenómenos, antes aparentemente azarosos, hoy no lo son tanto. Por ejemplo, sabemos que nuestro aspecto físico, nuestra forma de ser o algunas enfermedades que padecemos, vienen ya escritos con frecuencia en nuestro código genético. Pero hemos aprendido también que Epicuro no iba desencaminado del todo al introducir el azar como contrapeso a la necesidad. La misma ciencia física ha reconocido que el azar se encuentra presente en la materia, a nivel subatómico. A otras escalas también encontramos comportamientos cuya predicción nunca puede ser exacta. Recuerden sino aquel símil de la mariposa que agitando sus alas en Singapur acaba provocando una tormenta en Manhattan.

Sin embargo, resulta tremendamente paradójico fundamentar nuestra libertad en la presencia del azar, pues nada parece perturbar más la tranquilidad de la mayoría de nosotros que la incerteza y la inseguridad. Nos pasamos buena parte de nuestra vida esforzándonos en evitar la aleatoriedad y en predecir al máximo nuestro futuro, sea en el plano de la salud, en el laboral o el afectivo. Por ello, si efectivamente el azar fundamenta nuestra libertad, cabe preguntarnos hasta qué punto no la destruimos a medida que nos esforzamos en eliminar lo fortuito en nuestras vidas. ¿No será que el fundamento de la libertad proviene de otra parte? Pero ¿de dónde?

Uno podría pensar que el hombre es libre de forma constitutiva, es decir, que es libre por naturaleza, de la misma forma que es mamífero o bípedo. Pero esta definición esencialista plantea problemas que pueden hacernos recaer en el determinismo liberticida, pues en la naturaleza, salvo aquello que es completamente azaroso, todo sigue el dictado de unas leyes necesarias, de una racionalidad. Aunque no podemos negar que el ejercicio de la libertad pueda ser racional, no tiene sentido decir que la libertad proviene de la racionalidad, pues no seríamos muy libres si solo pudiéramos actuar racionalmente. Ser libre implica la posibilidad de actuar contra la razón, de saltarse de vez en cuando las leyes de la naturaleza. Por tanto, la libertad es una facultad humana que proviene de otra parte, de algo distinto del conjunto de reglas y causalidades que rige este universo.

Aunque posiblemente no sea la única, la tradición judeo-cristiana nos brinda una posible solución con una idea relativamente original: la de un dios creador. Para entender esta originalidad, es importante tener en cuenta la diferencia que existe entre el dios bíblico y el teísmo heredado de la tradición filosófica grecolatina. En primer lugar, porque en esta última tradición no existe la idea de la creación del mundo. La divinidad se concibe como el Ser o el Bien supremos, que es causa primera de todo lo que existe, pero entendiendo que el universo ha existido siempre, que todo él es algo necesario. Esta concepción es ajena a la cosmovisión bíblica, que concibe a Dios como aquel al que nada precede y que, por propia (y libre) decisión ha creado el mundo. Dios es distinto y anterior a todo lo creado, incluida la propia racionalidad. En este sentido, podemos incluso afirmar que Dios es irracional.

Continuando con la tradición bíblica, se nos cuenta como Dios crea al hombre de forma diferente al resto de seres, pues lo crea a imagen suya. Ello no quiere decir que el hombre tenga carácter divino, pero sí que comparte de forma no plena determinados atributos de Dios, como la libertad entendida, desde esta perspectiva del creador, como la posibilidad de situarse al margen de la racionalidad. En la doctrina católica, esta creación a imagen del creador se ha entendido como una invitación al hombre a continuar la obra creadora de Dios, lo que no solo pone de relieve el papel destacado del hombre frente al resto de criaturas, sino que explica también temas tan espinosos como la existencia del mal: Dios, al querer que el hombre participara de su tarea, dejó adrede el mundo sin acabar.

Esta idea del mundo imperfecto la encontramos, por ejemplo, en la cercana encíclica del papa Francisco Laudato Si. Con esta idea no solo se fundamenta el carácter libre del hombre, sino también su responsabilidad. En definitiva, Dios nos ha hecho libres pero no para que hagamos lo que nos dé la gana, sino para continuar su labor creadora. La libertad no es, por tanto, solo un derecho político, sino que es ante todo un don al que debemos corresponder en favor de todos, evitando así derivas liberticidas.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 24/1/2018

Muerte y salvación

Permítanme que empiece hablando de la muerte. Alguno de los lectores se molestará por mi atrevimiento, e incluso considerará inapropiado este tema en medio de las fiestas navideñas, tan alegres y vivaces, ellas. Pero es lo que tiene la muerte, que suele venir cuando menos se la espera.

Empecemos reconociendo que, posiblemente, morir es lo más natural del mundo, si bien la gente tiende a demorar tal acontecimiento todo lo que puede. Algunos llegan a desvivirse con ello, esforzándose en llevar una vida sana, alejados de ambientes contaminados y peligrosos, y rechazando riesgos y aventuras que pueden frustrar su objetivo de la máxima longevidad. En un mundo como el nuestro, en el que el dinero no da la felicidad pero permite acercarse a ella en cómodos plazos, el afán de la eterna juventud o, al menos, el del envejecimiento demorado, es también un pingüe negocio. Desde cosméticos a gimnasios, de los airbags a la medicina preventiva, todo es bueno si va encaminado a evitar aquello que el profeta Oseas denominaba la fetidez de la muerte. Pero nos guste o no, la muerte llegará en cualquier caso, sea de forma inesperada o de forma agónica, en la cama de un hospital.

Sea como sea, si algo es característico de la muerte humana es la autoconciencia de la misma. Que todos morimos es algo que conocemos en una etapa temprana de nuestra vida y esa conciencia de nuestra finitud temporal nos marca de forma decisiva. Lo que no impide llevar a cabo un planteamiento vital positivo. Se puede ser mortal y optimista a la vez, sin demasiadas contraindicaciones.

Es por ello que lleva razón Adolphe Gesché cuando afirma que el hombre no está hecho para la muerte, sino para la vida. Y si algo caracteriza la vida del hombre es su libertad y una inherente capacidad de aspirar a una idea elevada de sí mismo y de la persona. Efectivamente, el hombre libre no se conforma con su finitud, con su simple naturaleza biológica. Se sabe llamado a crear su propio universo simbólico, su cultura, a dejar un legado. Pero inevitablemente se topa con el tiempo y con la muerte. Por la certeza de la muerte sabe que no va a llegar a esa excelencia a la que aspira. Sigue siendo libre, pero su libertad apenas le sirve para administrar su frustración.

Pese a ello, sería un tremendo error entender la libertad como una maldición, o incluso negar su realidad. Lo cierto es, sin embargo, que esta visión del hombre no siempre ha sido tal y como la entendemos hoy. El hombre de la antigüedad, atribulado por los dioses caprichosos y por los ciclos cósmicos, creía tener ya escrito su destino desde el mismo momento de su nacimiento. Nada podía evitar escapar del trazo marcado por los astros o por las criaturas divinas. O casi nadie. Odiseo, el héroe homérico por excelencia, debía ser en aquel entonces lo más parecido a un personaje de Marvel. Burlaba a los dioses con el mayor desparpajo y trazaba valerosamente su propio rumbo, perfilando así la figura del hombre que construye su propio futuro.

Posiblemente ha sido el cristianismo quien más fielmente ha seguido la senda homérica, defendiendo la idea del hombre como un ser libre, capaz de decidir entre seguir a Dios o alejarse de él. Salvo en algunos de sus afluentes deterministas, como el luteranismo, los cristianos saben que Dios quiere una adhesión personal y libre del hombre, pues no se puede amar verdaderamente por obligación o bajo coacción. Solo así se entiende que, frente al arquetipo de los soberbios dioses paganos, el Dios cristiano entra en la historia del hombre a través de Jesús de Nazaret, un judío marginal al decir de John P. Meier. Si en lugar de ello Dios se hubiera manifestado con un estilo más cinematográfico, lanzando rayos sobre las colinas romanas pidiendo la rendición del Emperador, el cristianismo hubiera sido ya, desde el primer momento, una religión única e indiscutible. Solo los necios y los suicidas habrían discutido al autoridad de Dios, pero la adhesión de la humanidad a su creador se hubiera fundamentado más en el temor que en otra cosa.

Pero la religión aporta otro aspecto importante para el tema que aquí tratamos. Antes hemos insinuado que la libertad, por valiosa que sea, se ve limitada por la finitud y la muerte. Sin embargo, las principales religiones, y entre ellas el cristianismo, superan esta limitación a través de la idea de la salvación. Es verdad que esta idea no elimina la muerte como tal, pues, como advierte Gesché, no se trata de un «salvarnos de» sino de un «salvarnos para» algo. Es inevitable preguntarnos en qué consiste esa salvación.  Posiblemente no hay misterio más profundo que este, pero sin duda sería un error confundir misterio con fantasía.

Para la mayoría de personas de nuestro entorno, que viven como si Dios no existiera, pocas veces se plantea esa posibilidad. Pero es difícil creer que en algún momento de su vida no intenten ubicar su pensamiento más allá de su inmanencia. Si la libertad es la vía para alcanzar esa idea elevada de la persona, nada impide trascender la realidad material que nos rodea y asomarnos al abismo del misterio. De otra manera, ¿qué sentido puede tener una vida en libertad encerrada tras los muros de la temporalidad? De la misma manera que esa libertad puede llevarnos a saltar por encima del muro, también nos puede llevar a negarnos el asombro de lo inefable, lo que solo puede conducirnos a la frustración y a la nausea sartriana. Ustedes eligen.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 31/12/2017

Mesianismo político y liderazgo moral

Estos días, con motivo del conflicto separatista, hemos asistido a la reaparición de viejas figuras políticas, personajes cuya edad les permite gozar de esa experiencia tranquila del que ha cerrado los capítulos más trepidantes de su vida y que, sin embargo, aún busca hilos de esperanza para un futuro que ya no será suyo. Paradójicamente, también hemos visto como su consejo se ha topado, a menudo, con el velado rechazo de la mayoría de sus conciudadanos

Las razones de este rechazo pueden ser varias, pero sin duda incide en ello esa adoración casi enfermiza que muchos dispensan a la juventud. En el ámbito político, parece que todos los problemas se solucionan con la manoseada frase de “dejar paso a los más jóvenes”, como si determinados vicios estuvieran ligados a componentes genéticos propios de una sola generación e incomunicables a sus descendientes. Tanto es así, que la eternamente predicada regeneración de los partidos o de la vida política, acaba siendo una mera aceptación de herencia. La consecuencia de ello es que pocas veces asistimos ya a un verdadero debate de ideas y lo decisivo acaba siendo el aspecto físico del candidato o de su equipo, cómo es valorado en las encuestas o que opinan sobre él los expertos en imagen. Y lo bueno de todo esto, o lo malo, según lo entienda cada uno, es que la cosa funciona.

El caso más reciente de éxito tal vez sea la increíble proyección del austríaco Sebastian Kurtz, que con apenas treinta años tiene muchas papeletas para ser el nuevo canciller de su país. Especialmente llamativo fue también el ascenso al Elíseo de Emmanuel Macron, con solo 39 años y con una imagen fresca, juvenil y tremendamente atractiva que no ha sido precisamente fruto de la improvisación. O al menos eso puede deducirse del hecho de que se gastara 26.000 euros en maquillaje en sus primeros tres meses en el Elíseo.

El problema de esta tendencia no está, como es fácil imaginar, en la necesidad o no de incrementar el gasto cosmético del Estado, sino en la superficialidad del debate de ideas, si es que se da. Porque con los nuevos mesías de la política, se busca una imagen que simbolice la renovación o el cambio, y una vez encontrada ya se preocupará alguien de asociar algunas ideas a esa imagen. La simplicidad y la inmediatez son fundamentales para impactar en la opinión pública. Un impacto que la mayoría de veces es básicamente emocional y vacío en cuanto a contenido. Incluso los nombres de los partidos dejan de ser definitorios de nada para pasar a ser una marca o un eslogan. En el fondo, llamarse “Ciudadanos” o “Podemos” no es tan distinto a asociar “Just do it” a unas zapatillas o “Piensa en verde” a una cerveza.

Ante esta situación, es fácil caer en la nostalgia de los líderes de antaño, de los estadistas que hoy quedan relegados en los manuales de historia y en las gruesas biografías que nadie lee. Pero la nostalgia es un ejercicio tan angustioso como inútil pues, como decía aquel, nunca nos bañaremos dos veces en el mismo rio. Lo cual no quiere decir que el tiempo de los grandes líderes haya acabado.

Pocos o muchos, siguen existiendo personas que ejercen, cuanto menos, un liderazgo moral. Personas que no venden una imagen o una marca, sino que manifiestan unos valores que los hace merecedores de una autoridad particular. Algunos han sido referentes políticos que han podido perder su libertad o sus derechos por defender la libertad y la justicia. Otros luchan contra corriente para reivindicar un mundo más libre o denunciar los abusos de gobiernos y corporaciones privadas.

Un destacado ejemplo de liderazgo moral es el del papa Francisco. Su influencia va mucho más allá de los más de mil millones de católicos que hay en el mundo y es respetado por la mayoría de jefes de Estado y por otros grandes líderes mundiales. De hecho, son pocos los que se atreven a manifestarse públicamente en contra de sus mensajes, incluso cuando son denuncias más o menos veladas contra situaciones abusivas, como las políticas de inmigración en la UE o en EE.UU., la insostenible deuda exterior de muchos países del tercer mundo que les aboca a una pobreza crónica o cuestiones medioambientales.

Obviamente, la diferencia entre líderes como el papa y los nuevos mesías políticos a los que me refería no está solo en la edad. El obispo de Roma se sitúa en un plano muy diferente al de la emotividad superficial de los publicistas de la política. Es verdad que juega con ventaja. Como sabemos los católicos, el reino que predica Francisco no es de este mundo, aunque tenemos el deber de empezar su construcción en él. Pero para empezar a poner los cimientos, es preciso quitar la maleza y nivelar el terreno, esto es, luchar contra la opresión y la injusticia del sistema, pero también contra el desencanto y la pereza de cada uno de nosotros, contra nuestra propia codicia y egoísmo. De lo que se trata, pues, es de empezar a despertar la conciencia de los adormecidos obreros.

Por supuesto que todo esto suena a fantasía pueril para los no creyentes. También para ellos es posible aspirar a construir un reino terrenal, más justo y donde todos puedan llevar a cabo sus proyectos vitales. Ahí es precisamente donde se aprecia el liderazgo moral del papa. Pero ello requiere el esfuerzo de todo ese conjunto de hombres y mujeres que permanecemos en una modorra cada vez más insoportable. De nada van a servir los eslóganes para despertar las conciencias dormidas. Seamos realistas: la regeneración política prometida será simple cosmética. No son tiempos de mesías, sino de acción frente al adormecimiento ciudadano, de denuncia valiente y de reivindicación de los valores que fundamentan la convivencia pacífica en nuestra sociedad. Ninguna solución a los problemas reales vendrá de la mano de un mesías político, por muy atractivo que a algunos les parezca. La convivencia democrática requiere el trabajo de todos, por mucha pereza que nos dé abandonar nuestro querido sofá.

 

(Publicado en El Mundo-El Día de Baleares el 17 de noviembre de 2017)

El vértigo de lo trascendente

La revolución tecnológica en la que vivimos ha cambiado buena parte de nuestra forma de pensar y de comunicarnos. No debe extrañarnos, pues, que la tecnología y la ciencia en general despierte el interés del público, incluso por parte de personas legas en la materia. Uno podría pensar que son muchos los que simplemente parecen vivir pendientes de los avances tecnológicos que aporta el último modelo de teléfono inteligente. Sin embargo, cada cierto tiempo asistimos a la publicitación de un avance técnico o científico espectacular, a menudo arropado por expectativas tan inusitadas como deseables, que cautiva a un público predispuesto. Suelen llamar especialmente la atención aquellos avances en la curación de enfermedades graves o las terapias que prometen retrasar los efectos de la vejez. Si, además, dichos avances suponen la utilización de técnica de manipulación genética, por ejemplo, de forma casi automática se suscitan interesantes y enconados debates.

Más pacíficos, pero no menos comentados, suelen ser los avances en el terreno de lo material, de la física en sus aspectos más pequeños. Recuerden sino el revuelo general al ser detectado por primera vez el famoso bosón de Higgs, también llamado por algún nostálgico de la alquimia “la partícula de Dios”. O los hallazgos en el vasto universo y su tendencia a ser horadado, sea por agujeros negros, de gusano o de cualquier otro calificativo taladrador. Tal vez al estar ausentes de problemas éticos inmediatos, este tipo de descubrimientos suelen empujarnos hacia una reflexión más imaginativa y aventurera, pero no exenta de cierta angustia existencial. Es difícil, ante estos avances, no pensar en el sentido de nuestra existencia, en nuestro origen, en la increíble insignificancia de nuestro planeta o en la posibilidad de que puedan existir muchas otras formas de vida y quizá, quien sabe, algunas de ellas inteligentes y similares a nosotros.

El pasado 12 de abril, el astrónomo Rafael Bachiller escribía en este mismo periódico acerca del universo improbable, ofreciendo una serie de datos, nunca concluyentes, que le llevaban a plantear diversas concepciones cosmológicas que, en todos los casos, rechazaban el supuesto carácter azaroso del universo. Son conocidas las posturas que sostienen que el cosmos se ha ido configurando a partir de un diseño inteligente (lo que lleva implícita la idea de un diseñador del que se suele evitar el apelativo de “divino”). Particularmente interesante resulta también el llamado principio antrópico, en el que se sostiene que el diseño inteligente del que parte el universo parece encaminado a facilitar la aparición y desarrollo del ser humano. Lo que se viene a decir, en definitiva, es que el hecho de que el mundo sea como es, es fruto de tantas circunstancias que es difícil pensar que sea casualidad. Alguien o algo debe estar detrás de todo esto.

Este tipo de reflexiones no son exclusivas de los científicos, pero sin duda la fascinación de llegar al límite de lo conocido, de asomarse más allá de la física, de lo material, produce algún tipo de vértigo que le lleva a uno a preguntarse qué hay más allá. El bioquímico Juan Carlos Izpisúa, el pasado 5 de agosto en estas páginas, hablaba de su experiencia al contemplar como desde una sola célula embrionaria se desarrolla y multiplica hasta crear un ser tan complejo como el humano. Al final reconocía que “algo divino hay en eso. La ciencia no explica todo”.

Es verdad que estos posicionamientos no son ni mucho menos unánimes en la comunidad científica. Otros investigadores ven en esas evidencias la innecesaridad de un elemento trascendente o de un plan prefijado por una mente divina. En muchos casos, sin embargo, el planteamiento combativo de quienes rechazan lo trascendente no viene tanto por la ausencia de esa fascinación, como por prejuicios acerca de las dificultades de conciliar los postulados científicos y religiosos. Prejuicios que, desgraciadamente, pueden tener su fundamento, no en vano sigue habiendo confesiones religiosas en EE. UU. que continúan negando las teorías de la evolución, reafirmándose en la literalidad del Génesis y en la existencia real de Adán y Eva.

Es importante, sin embargo, no confundir la creencia en una entidad trascendente y la pertenencia a una confesión religiosa como el cristianismo o el islam. La creencia en un arquitecto universal, una inteligencia ordenadora que explica el universo y la existencia del hombre, es una creencia muy extendida, más allá de consideraciones metacientíficas. Es lo que comúnmente se llama deísmo y que es diferente del teísmo, que supone la creencia en dioses personales que intervienen de algún modo en la vida del hombre a lo largo de la historia. Destaquemos, no obstante, que las principales religiones teístas -como el cristianismo- profesan la creencia en un solo dios (monoteísmo), un dios personal que pretende algún modo de reconciliación con la humanidad tras la muerte terrena.

La diferencia entre deísmo y teísmo es más importante de lo que a muchos les puede parecer. El deísmo puede suponer una explicación, un eslabón final en la cadena de razonamientos, pero no va más allá, no ofrece sentido a la vida humana. El dios relojero es un dios ocioso, que se regocija construyendo su maquinaria, pero una vez acabada se olvida de ella: la fascinación por ver como se mueve el mecanismo es algo propio de sus limitadas criaturas, los hombres. Por el contrario, la experiencia religiosa del cristiano, en su pleno sentido antropológico, es algo mucho más profundo que la simple fascinación por el misterio que experimenta el deísta.

La vacuidad de esa fascinación se acredita, precisamente, cuando hay preguntas que nos devuelven a la realidad más cruda. Cuando se cambia el laboratorio experimental por el contacto con el enfermo que busca una última esperanza a la que aferrarse, no hay tiempo para especulaciones. La imagen del dios mecánico de nada sirve para comprender el sentido de la muerte, el dolor o la maldad humana. Enfrentarse a ello nos tocará a buen seguro a todos, en un momento u otro de la vida, seamos o no creyentes. Tal vez entonces comprendamos que, más allá de lo biológico, también nosotros formamos parte del misterio.

 

(Publicado en El Mundo-El Dia de Baleares el 12 de octubre de 2017)

Mi casa es mi hotel

Casi sin querer, parece ser que el Parlament balear aprobó días atrás una modificación normativa de cierto calado sobre alquileres turísticos. Este tipo de alquiler se encontraba ya regulado en la ley de turismo de 2012, si bien en ella se limitaba la posibilidad de alquilar viviendas como servicio turístico a las viviendas unifamiliares aisladas, esto es, chalés, casas de campo y edificaciones análogas. Con ello se acotaba un perfil de edificación concreto pero, sobre todo, se limitaba el número de plazas potencialmente ofertables, pues la mayor parte de viviendas en Baleares son pisos ubicados en edificios plurifamiliares y estos quedaban fuera de juego.

Sin embargo, el actual gobierno ecosocialsoberanista ha promovido la modificación de esta regulación para permitir, a priori, el uso de cualquier piso como alquiler vacacional, si bien con la posibilidad de restringir esta potestad en función de unas posteriores zonificaciones o de límites en razón del número de viviendas por propietario. Incluso parece ser que se fomenta, con algunos límites, que uno alquile su propia vivienda.

Antes de nada, debo confesar mi estupor por el hecho de que esta propuesta liberalizadora provenga de un gobierno tan supuestamente escorado a la izquierda, pues a mí me recuerda mucho a lo que décadas atrás se llamó capitalismo popular y que propugnó sobre todo Margaret Thatcher, alentando a que todo británico fuera empresario. En esta misma línea, parece que el actual gobierno ha optado por hacer renacer el thatcherismo más clásico, ofreciendo la posibilidad a todo balear de convertirse en lo que siempre ha querido ser: un hotelero.

Mi estupor se acrecienta si tenemos en cuenta como los ecosoberanistas, promotores directos de la norma, han demonizado tradicionalmente al hotelero como origen de todas las plagas bíblicas de la balearización. Es de justicia reconocer en ello el mérito del vicepresidente Barceló como el más digno sucesor de Ionesco, y eso que los artistas de Podemos no se lo ponen nunca fácil.

Es verdad que, al final, la ley que se ha aprobado es básicamente un desaguisado jurídico sobre el que nadie se atreve a aventurar lo que regula. Pero esto, en el fondo, casi es lo de menos. Lo preocupante de la propuesta es el mensaje que se lanza de que todo habitáculo balear, incluido el propio, es un hotelito en potencia. Un mensaje que muchos ya habían interiorizado, hasta el punto de que es fácil encontrar personas que viven en verano en casa de sus padres para poder alquilar así su propia vivienda con importantes beneficios. Cuando se trata de ganar dinero, aquí todo vale. Ya se sabe, lo que de verdad importa es poder realizar el viaje soñado o conducir un coche de esos que a uno le diferencian del vulgo mileurista.

En sí esto es ya un primer problema, pues lo que realmente promueve esta normativa no es otra cosa que la codicia, hasta el punto de incitar al ciudadano balear a sacrificar la inviolabilidad del domicilio y permitir su uso por desconocidos con solvencia económica acreditada. Mientras los británicos siguen sosteniendo, desde hace siglos, aquello de My home is my castle, en Baleares acabamos de proclamar por ley que “mi casa es mi hotel”.

Se me puede contraponer que no es misión del legislador legislar sobre las virtudes del ciudadano y que todos somos libres de ser codiciosos si queremos. Podríamos discutir mucho sobre ello, aunque no es este el lugar, ni es mi intención abogar por la penalización de la avaricia. Pero pienso que sería un error permitir que nuestras leyes propugnasen un modelo de ciudadano al estilo de Shylock o Scrooge.

No obstante, los efectos de esta norma van más allá de la propagación de determinados estereotipos literarios. Son harto conocidos los efectos de la proliferación de este tipo de actividad en el mercado de la vivienda, sobre todo el del alquiler, con lo que las posibilidades de que los jóvenes se emancipen o de que trabajadores de fuera puedan establecerse aquí se reducen muchísimo.

Por otra parte, ya se empieza notar en algunos barrios tradicionalmente residenciales el predominio del uso turístico, lo que terminará transformando ese barrio provocando que sus servicios y comercios cierren o se adapten a la estacionalidad propia del flujo de turistas: ajetreado bullicio en verano y un barrio a medio gas en invierno, con bares a media jornada y colmados en régimen de fijo discontinuo. Al final, lo que resulta de este proceso no es algo tan distinto a un gueto, aunque en este caso sea de alto standing. Pero no por ello deja de ser un gueto.

No quiero decir con ello que la alternativa sea la prohibición. Yo no me opongo a que existan viviendas que se alquilen como uso turístico, pero sí a convertir las ciudades y los pueblos en complejos hoteleros. Y a eso vamos si esa posibilidad no se limita.

La función social del derecho a la propiedad privada, que proclama el artículo 33 de nuestra Constitución, ampara no solo que deba garantizarse, por ejemplo, el disfrute de una vivienda digna y adecuada, sino también poder vivir en un pueblo o ciudad que permita la convivencia y la vida comunitaria de sus vecinos. Y garantizar esto corresponde en primer lugar a los poderes públicos.

La normativa sobre el alquiler turístico aprobada la legislatura anterior es sin duda mejorable, pero ello no debe pasar por ceder a las ansias de dinero fácil de muchos propietarios, dispuestos a ceder su propio hogar a cambio de unas perras. La ciudad es de todos, incluso de aquellos que no figuran en el Registro de la Propiedad. Y debe ser para todos, incluidos los que nos visitan. Con independencia de que, en su casa, cada uno se sienta en su castillo.

 

(Publicado en El Mundo-El Día de Baleares el 28 de julio de 2017)