Ansiolíticos

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Días atrás fue portada en Diario de Mallorca la noticia de que algo más de un quince por ciento de los habitantes de Baleares se sometió en 2018 a algún tipo de tratamiento con ansiolíticos o antidepresivos. El artículo en sí, que puede encontrarse en Internet, no hacía una especial valoración del tema, más allá de apuntar que estas cifras van aumentando de año en año. Tampoco indagaba mucho acerca de las causas de esas afecciones, ni entraba a analizar siquiera si el propio titular del periódico, bastante aparatoso, podía provocar un rebrote puntual de estas enfermedades. Lo que sí puedo apuntar es que, en mi caso, esa noticia me llevó a pensar si tales datos no estarían confirmando las tesis del filósofo coreano y afincado en Alemania Byung-Chul Han.

En las últimas décadas en Occidente, según sostiene este autor, se ha producido el paso de una sociedad disciplinaria, en la que los trabajadores producían conforme a los dictados de sus empleadores, a una sociedad del rendimiento, en la que es el propio trabajador el que se explota a sí mismo, sin necesidad de una coacción externa. El actual individuo, educado en la cultura del esfuerzo y en la creencia de que siempre es posible “hacer más” y llegar más lejos, dedica su tiempo y energía en autoexigirse un rendimiento creciente hasta llegar exhausto a su límite, a no poder más.

Desde el punto de vista de la productividad y eficacia, la sociedad del rendimiento tiene grandes ventajas en relación con la antigua sociedad disciplinaria. Claramente resulta mucho más productiva que aquella, no solo porque, al autoexplotarse, el individuo tiende a trabajar en exceso y hasta el límite de sus posibilidades, sino porque, además, ese mismo sujeto lo hace gustosamente, pues no se siente coaccionado por ninguna fuerza o poder externo. Actúa así en lo que piensa que es un ejercicio de libertad y autorealización, lo que le motiva aun para rendir más.

Pero los excesos se pagan, como suele decirse, y la sociedad del rendimiento tiene sus desventajas en forma de algunos efectos no deseados. Como vemos, explotador y explotado son la misma persona, pero cuando esa persona llega al límite, por edad, fatiga o porque, sencillamente, sus capacidades no dan más de sí, la frustración se impone y aparece el llamado síndrome del trabajador quemado –burnout– y la depresión.

Paradójicamente, continúa Byung-Chul Han, la sociedad actual es aparentemente menos represiva que la disciplinaria, mucho más abierta y libre. Pero la realidad es que la represión de aquella ha sido desplazada por la depresión, cuyos efectos son más graves, pues acaba minando la voluntad del individuo para salir adelante.

De tener razón este filósofo, los datos con los que empezamos este artículo casi se explican solos. Podríamos añadir, incluso, que esto no ha hecho más que empezar y que puede acabar siendo un grave problema de salud pública. Inmediatamente, sin embargo, asoma la duda de si llegaremos a ver algún tipo de campaña gubernamental para frenar esta eventual epidemia. Desde los poderes públicos es habitual lanzar campañas de concienciación o de reeducación de hábitos, sea combatiendo el tabaco, el sedentarismo o el consumo de bebidas azucaradas. Pero está claro que aquí nos movemos a otro nivel. Por mucho que aumente la incidencia de la ansiedad y la depresión, no parece probable que el ministerio competente en estos temas recomiende la reducción de la jornada laboral o promueva hábitos de contención del consumo para evitar tener que trabajar de forma desmedida.

Tampoco está claro que la población que hoy rinde hiperactivamente y que está encantada con su modo de vida –aunque este se fundamente en una autoesclavitud disfrazada de libre albedrío–, acepte cambiar sus condiciones vitales. No podemos dejar de tener en cuenta que la sociedad del rendimiento transforma al individuo en su conjunto y no solo en sus aspectos laborales.

El sujeto de rendimiento también destina buena parte de su esfuerzo a su salud y a su aspecto físico, con la finalidad de mantenerse en plena forma. Intenta con ello alargar al máximo esa juventud del pleno rendimiento hasta los cuarenta o superando los cincuenta. Lo que sí tiene muy claro es que, en esta sociedad, la inactividad es propia de enfermos o de vagos: mantener la maquinaria corporal en buenas condiciones es el objetivo de cualquier persona responsable.

Sin embargo, una cosa es la teoría y otra la realidad pues, como hemos visto, todo tiene un límite y al final el tiempo se agota y se agota el individuo con él. Como apunta Han, si el sujeto de rendimiento se encuentra en el fondo en una constante guerra consigo mismo, el depresivo es el caído en combate en esa guerra, el excombatiente inválido que ya no sirve a la sociedad. ¿Qué podemos hacer entonces?

La solución actual, y a la noticia del encabezado me remito, es claramente farmacológica pero con un tinte optimista. Al fin y al cabo, otro aspecto característico de la sociedad del rendimiento es su inquebrantable fe en la ciencia. Si la situación actual lleva al ser humano a la depresión, es insensato renunciar por este motivo a los avances productivos conseguidos. Simplemente, es cuestión de tiempo no solo hallar el medicamento para erradicar esta enfermedad sino encontrar las soluciones tecnológicas que permitan una mejora sustancial del ser humano tal y como lo conocemos hoy.

El transhumanismo persigue precisamente esto: la superación de los límites biológicos a través de la aplicación de innovaciones que nos proporcionarán las nuevas técnicas como la biotecnología, la inteligencia artificial, etc. Ya no se trata solo de curar enfermedades o de eliminar discapacidades, sino de mejorar al ser humano, acelerar y dirigir la evolución hacia donde queramos y más allá de los límites a los que razonablemente nos habría llevado la naturaleza a lo largo de siglos.

Por supuesto, dentro del elenco de mejoras a abordar se encuentra la superación del mayor obstáculo con que se encuentra el hombre: el envejecimiento y la muerte. Pero el transhumanismo está convencido de superar definitivamente el problema de la finitud humana y promete la inmortalidad en un futuro no muy lejano. De hecho, algunos de los profetas de esta nueva corriente afirman ya que el primer hombre que alcanzará los mil años de vida está ya vivo hoy.

Tales promesas nos pueden parecer más o menos creíbles, pero se trata de mensajes que tienen un importante atractivo entre nuestros congéneres. Lo que tampoco debe sorprendernos pues, desde hace siglos, el ser humano ansia la inmortalidad o, al menos, una suerte de situación de inmunidad biológica que le permita sortear los reveses a los que está sometido como miembro de este universo azaroso y hostil.

La solución transhumanista no deja de ser, en este sentido, una oferta de salvación inmanente, mundana, que ha venido a desplazar a la salvación trascendente propia de la religión, hoy desgraciadamente de capa caída en Occidente. Habrá que ver, de todas formas, qué posibilidades reales tiene de éxito y a quién va a alcanzar (o, lo que es lo mismo, quien va a poder pagarlo). Mientras tanto, el consumo de ansiolíticos y antidepresivos seguirá aumentando y alcanzando a más personas. Un crecimiento al que espero no haber contribuido al escribir estas líneas.

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 12 de mayo de 2019

Sodoma

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A lo largo de la Biblia encontramos topónimos de todo tipo, algunos de los cuales han llegado a obtener un valor simbólico que supera su significación meramente geográfica. Incluso en algún caso se emplean para referirse a una realidad diferente. Así, en nuestro entorno, cuando hablamos de belén solemos pensar en las representaciones más o menos imaginativas del nacimiento de Jesús más que en la aldea física en la que tal acontecimiento tuvo lugar según los evangelios de Mateo y Lucas.

Otros topónimos han tenido connotaciones menos positivas, siendo posiblemente los de las ciudades de Sodoma y Gomorra los más conocidos. Ambas poblaciones fueron destruidas por un airado Dios según se relata en el libro del Génesis, harto de las depravaciones de sus habitantes. Tal sea menos conocida, sin embargo, la curiosa interpelación de Abrahán, el gran patriarca bíblico, a favor de Sodoma, pues allí vivía su sobrino Lot con su familia.

Sabemos por el relato del Génesis que Lot no era oriundo del lugar y no participaba de los desmanes de sus vecinos sodomitas. Sin embargo, Abrahán no hace uso de su buena relación con Dios para interceder directamente por su sobrino, sino que pretende disuadir a Dios para evitar la completa destrucción de la ciudad. Su argumento es impecable: explica a Dios que es posible que existan cincuenta hombres justos en Sodoma y que sería impropio de la justicia divina someter a estos cincuenta justos al mismo castigo que a los impíos y depravados. Dios cede ante Abrahán siempre que se acredite que esos cincuenta hombres realmente existen. Al devolverle la pelota al patriarca, se inicia un regateo en el que, sucesivamente, Abrahán va convenciendo a Dios de que debe abstenerse de destruir Sodoma, aunque los justos que ahí vivan sean solo cuarenta y cinco o cuarenta o treinta y, así hasta llegar a diez.

Al final, parece que la audacia de Abrahán fue superior a la condición moral real de los sodomitas, pues Dios termina destruyendo la ciudad de la que solo escapan, con la ayuda de unos ángeles, Lot, su mujer y sus hijas. No obstante, la interpelación de Abrahán a Dios tiene unos aspectos chocantes que vale la pena destacar.

Como hemos indicado, Abrahán ni siquiera menciona a Lot al dirigirse a Dios, sino que se erige como defensor de los posibles inocentes de Sodoma, de cuya existencia real ni siquiera puede dar fe. Su actitud es más bien la de quien se rebela ante la decisión de una autoridad que entiende injusta, aunque esta provenga de un dios furioso y ofendido.

Conviene, en este sentido, llamar la atención acerca del talante paciente del dios veterotestamentario, que accede a dialogar con una criatura mortal como es Abrahán. Es muy fácil hoy fijarse solo en el carácter cruel y vengativo de la acción divina contra Sodoma, incomprensible a los ojos de un europeo del siglo XXI. Esta visión anacrónica y descontextualizada eclipsa lo importante de la situación, que es la de presentar un Dios que atiende al hombre creyente que busca justicia.

En este caso, Abrahán se rebela ante una situación que, tanto en su tiempo como hoy, era demasiado común: el sufrimiento de inocentes por las acciones de malvados. ¿Acaso no es lo que vemos a diario en tantos sitios de Oriente medio, de África, incluso en nuestra civilizada Europa?

Abrahán intercede y Dios atiende a su petición. Sin embargo, fijémonos una vez más en la demanda del patriarca. Podríamos pensar que el justo Abrahán sale en defensa de los inocentes, como haría cualquier hombre de bien. Pero no es exactamente así. Él no pide a Dios que saque a los cincuenta inocentes de Sodoma ante la inminente destrucción. Lo que reclama Abrahán es que Dios perdone a los sodomitas si entre ellos existe, al menos, una minoría justa. A sus ojos, unos pocos hombres buenos pueden ser suficientes para justificar un pueblo que, en su conjunto, es malvado y cruel.

Este planteamiento nos puede resultar muy extraño en una sociedad marcada por el individualismo, en la que cada persona actúa conforme a su decisión personal y responde de sus actos de forma singular. Los hebreos, en cambio, tenían una idea de la justicia de carácter colectivo y a este colectivo se le atribuían los actos de sus miembros. Por ello, no era extraña a esa concepción de la justicia el que los hijos pagasen por los pecados de los padres, un hecho que a nosotros nos parece tremendamente injusto.

Lo que no quiere decir que, pese a ello, algo parecido a esto no ocurra hoy. ¿Alguien duda, acaso, de que las futuras generaciones pagarán por nuestros pecados medioambientales? ¿No serán nuestros hijos y nietos los que deban asumir las consecuencias de la actual falta de una regulación legal y de una visión moral crítica en relación con los avances biotecnológicos que ponen en cuestión nuestra idea de ser humano y su dignidad?

Pero no hace falta irse al futuro. Hoy mismo vivimos en una época en la que la juventud no goza de las mismas esperanzas y expectativas que teníamos sus padres. Las dificultades de encontrar un trabajo estable o de poder adquirir una vivienda han mermado de forma considerable. La posibilidad de que un joven de clase baja pueda lograr un estatus social superior al de sus padres también se ha reducido respecto a la anterior generación. Cada uno de nosotros puede realizar su examen de conciencia y, tal vez, la gran mayoría llegue a la conclusión de que vive y se relaciona con su entorno de forma justa, sin perjudicar a los demás, cumpliendo las leyes y pagando sus impuestos. Pero lo cierto es que, entre todos y aun inconscientemente, estamos construyendo una sociedad más injusta.

Sin embargo, la lección de Abrahán no puede quedarse en esa vertiente negativa. Ciertamente Dios destruyó Sodoma al no encontrar un solo justo allí, salvo la familia foránea de Lot. Pero de haber habido, entre los sodomitas, un puñado de hombres justos, Dios habría perdonado a toda la ciudad.

En nuestra sociedad, en la que tendemos a valorar a las personas por su poder adquisitivo, su imagen o su posición social, cometemos el error de infravalorar la acción de los hombres justos. Y, por tales, no me refiero a los que vivimos cómodamente en nuestras casas y pagamos puntualmente los impuestos y las cuotas de la hipoteca. Me refiero a aquellos que trabajan directamente por transformar la sociedad y hacerlo desde abajo. No se trata de cuestionar el sistema y promover un cambio radical, sino de transformar las vidas de aquellos que se encuentran en la periferia de ese sistema y ofrecerles una esperanza y una oportunidad.

El mérito de estos hombres justos es que su labor carece de recompensa socialmente reconocible. Su vida no mejorará con su labor y, aunque ayuden a otros, posiblemente su esfuerzo sea estadísticamente insignificante, y lo saben. O al menos será así hasta que los demás nos demos cuenta de que su testimonio puede salvarnos a nosotros de la quema y la destrucción. Podemos confiar en que siempre habrá un Abrahán que interceda por nosotros, pero lo prudente es asegurarnos de que exista un porcentaje mínimo de hombres justos que haga que merezca la pena salvarnos a todos. El riesgo de acabar como Sodoma, destruyendo nuestra propia forma de vida, está ahí. Y la única forma realista de evitar de que ello ocurra es, seguramente, levantarnos de una vez del sofá.

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 28 de abril de 2019

El espejo y la cruz

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Conforme marca la tradición, tras el Carnaval sigue el tiempo de Cuaresma, en el que los cristianos nos preparamos espiritualmente para la festividad de la Pascua. Se trata de una sucesión engañosa pues realmente es la Cuaresma la que provoca el Carnaval, unos días en los que tradicionalmente se daba rienda suelta, entre otros, a los apetitos carnales, antes de entrar en un periodo de penitencia y rigor moral.  

Hace ya mucho tiempo que la secularización y el abandono generalizado de la fe cristiana provocó, en la inmensa mayoría de personas, el olvido de estas prácticas penitenciales, quedando en el recuerdo, casi como una curiosidad, la prescripción de no comer carne los viernes, o la de realizar algún ejercicio ascético del estilo de abandonar el tabaco o dejar de ver debates televisivos.  

Curiosamente, sin embargo, los rigores ascéticos de antaño se han vuelto a imponer con fines menos espirituales y hoy es legión la gente que abandona hábitos que considera nocivos y se somete a rigurosos ayunos y otros castigos corporales. La diferencia se encuentra, básicamente, en el objetivo pretendido, pues la preparación no es ya para la fiesta de la Pascua sino, en no pocas ocasiones, para la llegada del verano.  

Para empezar, el ayuno que se practica hoy resulta, sin ningún lugar a dudas, mucho más duro que el fijado por la Iglesia, que se limita a dos días al año, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, añadiendo la prohibición del consumo de carne durante los viernes de la Cuaresma. Una ridiculez incluso para el vegetariano poco practicante.  

Por otro lado, no podemos olvidar que el asceta moderno no solo se priva de estos alimentos, sino que con frecuencia los sustituye con comidas de gusto discutible, brebajes compuestos de vegetales de maridaje estrafalario y sesiones de castigo corporal en gimnasios o en los espacios públicos de las ciudades.  

Pero la diferencia entre estas prácticas no es solo de rigor. Si el ayuno del creyente busca la salud del alma, no puede decirse lo mismo del ayuno de muchos de nuestros congéneres, que desconocen la existencia de aquella y se centran en la salud corporal. Es evidente que, en muchos casos, tales hábitos conducen a una superficialidad alarmante y a una frustración evidente, pues no se conoce aún práctica ascética que lleve, no ya a la inmortalidad del cuerpo, sino a evitar el deterioro físico de la carne, la enfermedad o la fatiga propia del paso del tiempo.  

Sería injusto, sin embargo, pensar que todos los practicantes de estos rigores salutíferos no persiguen otra cosa que mejorar su aspecto físico. También se dan prácticas que buscan mejorar el autocontrol y el equilibrio mental, aunque entre estos no siempre hay una coincidencia de fines.  

Algunos siguen priorizando lo corporal e intentan que su mente se ponga al servicio de tal fin. Este es el caso de los que se preparan mentalmente para la realización de alguna proeza física extrema o para torcer la voluntad que se quiebra ante un mal hábito alimenticio o alguna adicción.  

Otros, en cambio, sí buscan la salud y el equilibrio mental de forma preferente, intentando dominar el cuerpo para que esté al servicio de ese fin y que, por tanto, sus contingencias y sus necesidades no perturben el equilibrio logrado. 

Si me permiten la metáfora, para los del primer grupo, la mente es el software que rige la persona (en su sentido puramente físico y material) y que debe adaptarse a sus necesidades. Para los del segundo grupo, en cambio, la persona tiene sobre todo una dimensión mental (algunos se atreverán a decir espiritual) que conforma su identidad, si bien necesita un soporte físico, un hardware, para poder desarrollarse. 

Para los primeros, lo que denominamos mente o conciencia es pura química, una estrategia biológica para que nuestro cuerpo se mantenga sano en un entorno natural en que el sobreviven los más fuertes o los que mejor se adaptan. En cambio, para el segundo grupo, la mente es algo distinto del cuerpo, aunque dependa de él para existir.  

El creyente incauto puede reconocer aquí una realidad familiar, el alma, pero debe tener en cuenta que tal trascendencia no necesariamente tendrá un carácter sobrenatural. En la medida en que la conciencia, nuestra identidad más personal, no es sino información contenida y procesada en nuestro cerebro, deberíamos poder ser capaces de copiarla, por ejemplo, cuando nuestro cuerpo se encuentra ya en un proceso de deterioro físico importante, e instalarla en una máquina que pudiera funcionar igual –o mejor– que el cerebro humano. Tal posibilidad puede parecer el delirio de un zumbado, pero quien la sostiene es, entre otros, Raymond Kurzweil, un reputado experto en inteligencia artificial y director de ingeniería de Google.  

Parecería, pues, que en la falsa religión posmoderna del transhumanismo vuelve a recuperarse algo tan propio de muchas religiones como es el ascetismo, en este caso con el fin de fomentar el cuidado de la mente, conciencia o como lo queramos denominar.   

No obstante, el paralelismo que puede hacerse de estas prácticas pseudoreligiosas con el viejo cristianismo pone de manifiesto una diferencia de calado. En el hombre moderno, tanto si se persigue la mejora física como la mental, el sentido final de todo ello es siempre uno mismo. Cuando el devoto seguidor de este nuevo humanismo se desloma en el gimnasio, o ejercita su equilibrio mental con el sonido de campanas tibetanas y arroyos imaginarios, no busca otra cosa que su interés, su bienestar.  

El cristiano, por el contrario, liga el ayuno –mucho más modesto– o la abstinencia con la limosna y la oración. Tiene claro que, si deja de comer carne los viernes, no es para venerar una vaca, sino porque con ello quiere contribuir a que su vecino más pobre pueda comerse algún día un bistec.  

Es muy posible que no todos los cristianos obren así, pero este es el fundamento de su práctica. La diferencia entre el hombre moderno y el creyente es que este último, cuando mira la pared, no busca un espejo, sino un crucifijo. Y en la cruz ve reflejada su familia, sus vecinos o sus compañeros. Y si ayuna, no piensa que con ello vivirá más años, sino que cree que ello puede contribuir a que su entorno viva mejor. Es importante remarcar, además, esta idea de proximidad, de ayudar al cercano a sabiendas que no va arreglar con ello todos los problemas del mundo, pero sí los del que está a su lado. Porque sabe que el exceso de idealismo puede llegar a ser tan vacío como el del narcisista que no se aparta del espejo. 

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 30 de marzo de 2019

El misterio y la duda

El materialismo que de alguna manera se ha ido imponiendo en nuestra sociedad rechaza todo asomo de misterio. Todo conocimiento, tarde o temprano, debe ser asequible a las personas. No hay nada trascendente que quede fuera de esa pretensión. De sostener su existencia,  tal afirmación sería fruto de una creencia absurda, una superstición sin sentido alguno. Lo que no podemos explicar hoy, dirá el materialista, se explicará más adelante.

Aunque, muy posiblemente, esta postura no es compartida por la mayoría de personas, sí que goza de cierta influencia y predicación en muchos ámbitos intelectuales y académicos. Es fácil, por otro lado, oponer esta postura “científica” a la religiosa [entrecomillo el termino “científica” pues la afirmación de que todo se reduce a materia (o a energía) y es posible su conocimiento a través de pruebas empíricas, es algo que carece de base científica (es meta-científico o, si quieren, meta-físico)], algo bastante más común pese a que no pocos científicos se confiesan creyentes.

Sin embargo, ese rechazo al misterio y su correlativa admiración por la seguridad y la certeza del conocimiento, guarda un curioso parecido con los fundamentalismos religiosos. El cientificismo radical no es tan diferente en la afirmación de sus postulados como lo es el creacionista cristiano que defiende la literalidad del Génesis, rechazando el darwinismo en cualquiera de sus variedades.

En ambos casos, el rechazo a zonas de inseguridad, de incerteza, provocan una automutilación que limita el propio conocimiento y reduce su capacidad crítica. Dejar de preguntarse si la existencia tiene algún sentido, como hace el materialista, o condenar teorías que acreditan su coherencia y razonabilidad más allá de escritos milenarios sin pretensión científica alguna, como ocurre con los fundamentalistas, empobrecen sus propuestas y ralentizan los avances.

Al contrario de lo que a muchos les puede parecer, la duda no debilita, sino que ayuda a los seres humanos a madurar en sus creencias. Pero no solo en estas. También resulta fundamental para llegar a conocer el sentido del conocimiento que alcanzamos y los valores que deben imperar en su uso.

 

Eternamente mortales

La reciente muerte de Enrique Castro Quini sorprendió a mucha gente, incluidos aquellos que, sin ser grandes aficionados al fútbol, recordaban con simpatía la figura del jugador y el calvario que pasó con su secuestro, allá por el año 1981. Aunque Quini murió de un infarto, posiblemente una de las causas más comunes de muerte en nuestro país, han sido frecuentes los comentarios acerca del desafortunado suceso y su inevitabilidad, pese a ser reanimado en plena calle por unos agentes de policía. Si cuando el jugador estaba en activo, hace cuarenta años, este tipo de afecciones solían ser letales, hoy parece como si fuera algo extraordinario no sobrevivir al achaque.

Afortunadamente, en estos cuarenta años los avances en el campo de la medicina han sido constantes, también en los casos de cáncer o de otras afecciones que antaño eran irremediablemente fatales. Y la progresión continúa. Nuevas técnicas, como el uso de células madre, las terapias genéticas o la nanotecnología, auguran una auténtica revolución en la medicina a medio plazo, lo que puede llevarnos a incrementar la actual esperanza de vida hasta límites hoy insospechados.

Hasta dónde pueden llegar esos avances es objeto de especulación y, aunque no faltan recelos de distinto cariz, incluidos los de naturaleza religiosa o moral, tampoco faltan actitudes entusiastas y optimistas. Muchos recordaran el revuelo que provocó, hace algo menos de un año, la Cumbre Internacional de Longevidad y Criopreservación que se celebró en Madrid y en la que se predijo, sin demasiados tapujos, el fin de la muerte. De hecho, José Luis Cordeiro, profesor de la Singularity University y uno de los organizadores del evento, se atrevió a fijar una fecha: el año 2045.

Como es de suponer, lo del fin de la muerte hay que entenderlo en su justa medida. La muerte siempre estará con nosotros pues en cualquier momento podremos sufrir un accidente, morir quemados en un incendio o, simplemente, suicidarnos. Pero sí que es verdad que la ciencia avanza hacia una meta que nos permitirá ser, al menos en teoría, eternamente mortales, en expresión del filósofo francés Luc Ferry. Una meta que, por otro lado, solo tiene un mínimo atractivo si corre pareja con la reversión de los procesos de envejecimiento. Vivir veinte años más para estar prostrado en una cama como un vegetal no es algo apetecible para nadie.

Cuestiones técnicas aparte, de producirse este alargamiento significativo de la esperanza de vida en un horizonte que no va más allá de unas cuantas décadas, lo que sí se pueden plantear son serios problemas económicos y sociales. Para empezar, habrá que ver cómo se pagan las pensiones de jubilación de los actuales trabajadores si estos alcanzan edades más allá de los cien años. Aunque también es verdad que, si se atenúan los procesos de envejecimiento, estos mismos trabajadores pueden seguir activos hasta bien cumplidos los noventa años, lo que en algunos casos puede ser un hándicap y, desde luego, nada bueno augura a los que nacen hoy e inevitablemente se encaminan hacia las largas listas del paro juvenil.

También es verdad que una cosa son las posibilidades de la ciencia y otra muy diferente las de los bolsillos del ciudadano. Aunque los grandes investigadores se guardan normalmente de hacer referencia al vil metal, las multinacionales que patrocinan sus experimentos a buen seguro buscarán suculentos beneficios tras estos descubrimientos. Es por ello que es muy posible que, al menos en las primeras décadas de uso de estas terapias, su aplicación solo se ciña a personas de alto nivel adquisitivo o hacia los que exista un especial interés. Pensemos, por poner un ejemplo, en el que pueda haber por mantener una larga y longeva dinastía política en los EE.UU, al estilo de los Kennedy, pero en este caso a partir de los retoños de la familia Trump.

Lo cierto es, por otro lado, que con el tiempo estos avances dejan de ser un privilegio de unos pocos y se van generalizando, hasta llegar a formar parte de la carta de servicios de la sanidad pública. Es lo que ocurrió, sin ir más lejos, con la cirugía estética, que al principio era solo accesible a millonarios y a glamurosas actrices hollywoodienses y hoy se ha generalizado a muchas capas de la sociedad. Aún así, habrá que ver hasta qué punto no seguirá habiendo diferencias entre distintos grupos.

Aunque sea un caso de ciencia ficción, algo parecido a esto que explicamos es lo que ocurre en la serie de TV Altered Carbon, en la que, en pleno siglo XXIV, la identidad humana se conserva en una especie de unidad de memoria que puede insertarse en diferentes cuerpos, que son así revividos. Como es fácil imaginar, los cuerpos jóvenes y hermosos son altamente cotizados y solo quedan al alcance de millonarios, mientras que el común de los mortales debe conformarse con lo que nadie quiere. En una de las primeras escenas de la serie se ve a una familia atónita al comprobar que la identidad de su hija pequeña fallecida ha sido insertada en el cuerpo de una anciana.

Evidentemente, las apuntadas son tan solo un muestreo de las implicaciones éticas, políticas y económicas que pueden conllevar determinados avances en el terreno de la medicina. Aun así, la gran mayoría de personas pensará que se trata de problemas que se irán solucionando, pero que en ningún caso pueden suponer trabas al avance en las investigaciones médicas. Y en buena parte es así. Nadie en su sano juicio se opondrá a que avancemos en poder tener una vida más larga y sin los achaques de la vejez. Ya no digamos si podemos evitar determinadas enfermedades y afecciones graves, no tanto ya para nosotros como para nuestros hijos o nietos. Pero que el fin sea loable, no quiere decir que lo sea a cualquier precio ni sin tener en cuenta los efectos secundarios que pueden aparecer, no solo en el campo fisiológico, sino también en el social, cultural y moral. Al fin y al cabo, las personas somos algo más que carne animada.

Y es ahí donde radica el problema. Nadie o casi nadie parece querer mirar más allá del titular entusiasta predicando los milagrosos avances hacia los que nos dirigimos. Preferimos no pensar. Asumimos expectantes que la mayoría viviremos más que nuestros antepasados. Desde luego, no sé si seremos más felices, pero creo que no está nada claro que vayamos a ser más listos.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 25/3/2018

Planetas habitables

Aunque todos hemos estudiado alguna vez aquello del “paso del mito al logos”, no es menos cierto que todas las transiciones tienden a arrastrar los restos del paradigma anterior, que a veces logran adaptarse a la nueva situación y a regenerarse. Aunque hoy nadie interpreta la realidad como una especie de juego de mesa de los moradores del Olimpo, son numerosos los que siguen soñando con superheroes fantásticos, robots que sienten como humanos y alienígenas de todo pelaje. stefan-stefancik-106115

En algunos casos, estos sueños se habrán visto estimulados esta semana por la noticia del descubrimiento de un sistema solar con seis planetas muy similares a la Tierra. Son similares por el tamaño y por la temperatura a la que aparentemente están sometidos, por lo que podrían tener agua en estado líquido y, consecuentemente, seres vivos. Es verdad que habría que ver a qué llamamos “vida”. En nuestro planeta parece que lo tenemos bastante claro, pero aun así discrepamos a veces en si algunos organismos como los virus son realmente seres vivos o no. En todo caso, no podemos descartar que puedan existir algunas formas de vida, tal vez unicelulares, tal vez más complejas, en alguno de estos planetas. Nos apresuraríamos entonces a intentar buscar ahí indicios de un proceso evolutivo como el que sostenemos aquí en al Tierra.

Sin embargo, en el imaginario social, en nuestra particular mitología, cuando pensamos en vida extraterrestre no vemos un microscopio, sino una nave espacial. Antropomorfizamos cualquier indicio vital, pues si hay vida en otros sitios, debe parecerse a nosotros, que para algo somos los seres vivos por excelencia. Nos asombramos y nos inquietamos, pensando en las imágenes de alguna película más o menos apocalíptica en la que un grupo de humanos resistentes logra acabar siempre con la invasión planetaria.

Algunos pueden incluso sentir un vértigo que provoque no pocas dudas, incluso a un nivel espiritual, o aprovechar el tema para arremeter contra las creencias de los demás, siempre con argumentos revestidos de un cientificismo ingenuo. Otros saldrán, afortunadamente, para conjurar el peligro.

Curiosamente, el mayor peligro en estos casos no está en dejar volar la imaginación sino en leer la noticia. Si esta empieza afirmando que “A medida que avanza la exploración del espacio resulta más evidente que la Vía Láctea se encuentra totalmente repleta de lugares que podrían albergar vida” (véase la contundencia de lo que hemos subrayado), a medida que leemos nos damos cuenta que el descubrimiento se basa en unas variaciones en la luz de una estrella que permite determinar la existencia de planetas que van provocando en ella pequeños eclipses, lo que permite hacer estimaciones de su tamaño y poco más. Parece pues que la contundencia inicial no está tan justificada.

Seguimos leyendo que, por ejemplo, “los siete planetas podrían albergar agua en superficie, si tuvieran una atmósfera adecuada”, lo que es como decir que podría haber agua en mi vaso si tuviera un vaso. Sin embargo, pese a estas dudas el entusiasmo del periodista no decae, pues dando por supuesto que  hay océanos y mares aun sin saber si hay atmósfera, prosigue diciendo que la cercanía con la estrella “hace muy probable que el tirón gravitacional de los planetas provoque fuerzas de marea capaces de generar actividad volcánica en algunos de ellos”. Casi nada.

Al final, la elevada probabilidad de que todo esté repleto de vida se basa en estimaciones de estimaciones rellenas de incógnitas sin confirmar. Algunos se sentirán como si les hubieran echado un jarro de agua fría, pero hay que resistirse ante la evidencia. No dejemos que el logos vuelva a cargarse la mitología. Es mejor seguir soñando con el día en que los habitantes de la tierra podamos convivir con nuestros aliados vulcanianos y tal vez, quien sabe, poder tener a nuestro señor Spock con nosotros. Maldita razón, diremos. Y, como reza el subtítulo de esta web, haremos mala teología.