El espejo y la cruz

person holding bible with cross
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Conforme marca la tradición, tras el Carnaval sigue el tiempo de Cuaresma, en el que los cristianos nos preparamos espiritualmente para la festividad de la Pascua. Se trata de una sucesión engañosa pues realmente es la Cuaresma la que provoca el Carnaval, unos días en los que tradicionalmente se daba rienda suelta, entre otros, a los apetitos carnales, antes de entrar en un periodo de penitencia y rigor moral.  

Hace ya mucho tiempo que la secularización y el abandono generalizado de la fe cristiana provocó, en la inmensa mayoría de personas, el olvido de estas prácticas penitenciales, quedando en el recuerdo, casi como una curiosidad, la prescripción de no comer carne los viernes, o la de realizar algún ejercicio ascético del estilo de abandonar el tabaco o dejar de ver debates televisivos.  

Curiosamente, sin embargo, los rigores ascéticos de antaño se han vuelto a imponer con fines menos espirituales y hoy es legión la gente que abandona hábitos que considera nocivos y se somete a rigurosos ayunos y otros castigos corporales. La diferencia se encuentra, básicamente, en el objetivo pretendido, pues la preparación no es ya para la fiesta de la Pascua sino, en no pocas ocasiones, para la llegada del verano.  

Para empezar, el ayuno que se practica hoy resulta, sin ningún lugar a dudas, mucho más duro que el fijado por la Iglesia, que se limita a dos días al año, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, añadiendo la prohibición del consumo de carne durante los viernes de la Cuaresma. Una ridiculez incluso para el vegetariano poco practicante.  

Por otro lado, no podemos olvidar que el asceta moderno no solo se priva de estos alimentos, sino que con frecuencia los sustituye con comidas de gusto discutible, brebajes compuestos de vegetales de maridaje estrafalario y sesiones de castigo corporal en gimnasios o en los espacios públicos de las ciudades.  

Pero la diferencia entre estas prácticas no es solo de rigor. Si el ayuno del creyente busca la salud del alma, no puede decirse lo mismo del ayuno de muchos de nuestros congéneres, que desconocen la existencia de aquella y se centran en la salud corporal. Es evidente que, en muchos casos, tales hábitos conducen a una superficialidad alarmante y a una frustración evidente, pues no se conoce aún práctica ascética que lleve, no ya a la inmortalidad del cuerpo, sino a evitar el deterioro físico de la carne, la enfermedad o la fatiga propia del paso del tiempo.  

Sería injusto, sin embargo, pensar que todos los practicantes de estos rigores salutíferos no persiguen otra cosa que mejorar su aspecto físico. También se dan prácticas que buscan mejorar el autocontrol y el equilibrio mental, aunque entre estos no siempre hay una coincidencia de fines.  

Algunos siguen priorizando lo corporal e intentan que su mente se ponga al servicio de tal fin. Este es el caso de los que se preparan mentalmente para la realización de alguna proeza física extrema o para torcer la voluntad que se quiebra ante un mal hábito alimenticio o alguna adicción.  

Otros, en cambio, sí buscan la salud y el equilibrio mental de forma preferente, intentando dominar el cuerpo para que esté al servicio de ese fin y que, por tanto, sus contingencias y sus necesidades no perturben el equilibrio logrado. 

Si me permiten la metáfora, para los del primer grupo, la mente es el software que rige la persona (en su sentido puramente físico y material) y que debe adaptarse a sus necesidades. Para los del segundo grupo, en cambio, la persona tiene sobre todo una dimensión mental (algunos se atreverán a decir espiritual) que conforma su identidad, si bien necesita un soporte físico, un hardware, para poder desarrollarse. 

Para los primeros, lo que denominamos mente o conciencia es pura química, una estrategia biológica para que nuestro cuerpo se mantenga sano en un entorno natural en que el sobreviven los más fuertes o los que mejor se adaptan. En cambio, para el segundo grupo, la mente es algo distinto del cuerpo, aunque dependa de él para existir.  

El creyente incauto puede reconocer aquí una realidad familiar, el alma, pero debe tener en cuenta que tal trascendencia no necesariamente tendrá un carácter sobrenatural. En la medida en que la conciencia, nuestra identidad más personal, no es sino información contenida y procesada en nuestro cerebro, deberíamos poder ser capaces de copiarla, por ejemplo, cuando nuestro cuerpo se encuentra ya en un proceso de deterioro físico importante, e instalarla en una máquina que pudiera funcionar igual –o mejor– que el cerebro humano. Tal posibilidad puede parecer el delirio de un zumbado, pero quien la sostiene es, entre otros, Raymond Kurzweil, un reputado experto en inteligencia artificial y director de ingeniería de Google.  

Parecería, pues, que en la falsa religión posmoderna del transhumanismo vuelve a recuperarse algo tan propio de muchas religiones como es el ascetismo, en este caso con el fin de fomentar el cuidado de la mente, conciencia o como lo queramos denominar.   

No obstante, el paralelismo que puede hacerse de estas prácticas pseudoreligiosas con el viejo cristianismo pone de manifiesto una diferencia de calado. En el hombre moderno, tanto si se persigue la mejora física como la mental, el sentido final de todo ello es siempre uno mismo. Cuando el devoto seguidor de este nuevo humanismo se desloma en el gimnasio, o ejercita su equilibrio mental con el sonido de campanas tibetanas y arroyos imaginarios, no busca otra cosa que su interés, su bienestar.  

El cristiano, por el contrario, liga el ayuno –mucho más modesto– o la abstinencia con la limosna y la oración. Tiene claro que, si deja de comer carne los viernes, no es para venerar una vaca, sino porque con ello quiere contribuir a que su vecino más pobre pueda comerse algún día un bistec.  

Es muy posible que no todos los cristianos obren así, pero este es el fundamento de su práctica. La diferencia entre el hombre moderno y el creyente es que este último, cuando mira la pared, no busca un espejo, sino un crucifijo. Y en la cruz ve reflejada su familia, sus vecinos o sus compañeros. Y si ayuna, no piensa que con ello vivirá más años, sino que cree que ello puede contribuir a que su entorno viva mejor. Es importante remarcar, además, esta idea de proximidad, de ayudar al cercano a sabiendas que no va arreglar con ello todos los problemas del mundo, pero sí los del que está a su lado. Porque sabe que el exceso de idealismo puede llegar a ser tan vacío como el del narcisista que no se aparta del espejo. 

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 30 de marzo de 2019

El misterio y la duda

El materialismo que de alguna manera se ha ido imponiendo en nuestra sociedad rechaza todo asomo de misterio. Todo conocimiento, tarde o temprano, debe ser asequible a las personas. No hay nada trascendente que quede fuera de esa pretensión. De sostener su existencia,  tal afirmación sería fruto de una creencia absurda, una superstición sin sentido alguno. Lo que no podemos explicar hoy, dirá el materialista, se explicará más adelante.

Aunque, muy posiblemente, esta postura no es compartida por la mayoría de personas, sí que goza de cierta influencia y predicación en muchos ámbitos intelectuales y académicos. Es fácil, por otro lado, oponer esta postura “científica” a la religiosa [entrecomillo el termino “científica” pues la afirmación de que todo se reduce a materia (o a energía) y es posible su conocimiento a través de pruebas empíricas, es algo que carece de base científica (es meta-científico o, si quieren, meta-físico)], algo bastante más común pese a que no pocos científicos se confiesan creyentes.

Sin embargo, ese rechazo al misterio y su correlativa admiración por la seguridad y la certeza del conocimiento, guarda un curioso parecido con los fundamentalismos religiosos. El cientificismo radical no es tan diferente en la afirmación de sus postulados como lo es el creacionista cristiano que defiende la literalidad del Génesis, rechazando el darwinismo en cualquiera de sus variedades.

En ambos casos, el rechazo a zonas de inseguridad, de incerteza, provocan una automutilación que limita el propio conocimiento y reduce su capacidad crítica. Dejar de preguntarse si la existencia tiene algún sentido, como hace el materialista, o condenar teorías que acreditan su coherencia y razonabilidad más allá de escritos milenarios sin pretensión científica alguna, como ocurre con los fundamentalistas, empobrecen sus propuestas y ralentizan los avances.

Al contrario de lo que a muchos les puede parecer, la duda no debilita, sino que ayuda a los seres humanos a madurar en sus creencias. Pero no solo en estas. También resulta fundamental para llegar a conocer el sentido del conocimiento que alcanzamos y los valores que deben imperar en su uso.

 

Eternamente mortales

La reciente muerte de Enrique Castro Quini sorprendió a mucha gente, incluidos aquellos que, sin ser grandes aficionados al fútbol, recordaban con simpatía la figura del jugador y el calvario que pasó con su secuestro, allá por el año 1981. Aunque Quini murió de un infarto, posiblemente una de las causas más comunes de muerte en nuestro país, han sido frecuentes los comentarios acerca del desafortunado suceso y su inevitabilidad, pese a ser reanimado en plena calle por unos agentes de policía. Si cuando el jugador estaba en activo, hace cuarenta años, este tipo de afecciones solían ser letales, hoy parece como si fuera algo extraordinario no sobrevivir al achaque.

Afortunadamente, en estos cuarenta años los avances en el campo de la medicina han sido constantes, también en los casos de cáncer o de otras afecciones que antaño eran irremediablemente fatales. Y la progresión continúa. Nuevas técnicas, como el uso de células madre, las terapias genéticas o la nanotecnología, auguran una auténtica revolución en la medicina a medio plazo, lo que puede llevarnos a incrementar la actual esperanza de vida hasta límites hoy insospechados.

Hasta dónde pueden llegar esos avances es objeto de especulación y, aunque no faltan recelos de distinto cariz, incluidos los de naturaleza religiosa o moral, tampoco faltan actitudes entusiastas y optimistas. Muchos recordaran el revuelo que provocó, hace algo menos de un año, la Cumbre Internacional de Longevidad y Criopreservación que se celebró en Madrid y en la que se predijo, sin demasiados tapujos, el fin de la muerte. De hecho, José Luis Cordeiro, profesor de la Singularity University y uno de los organizadores del evento, se atrevió a fijar una fecha: el año 2045.

Como es de suponer, lo del fin de la muerte hay que entenderlo en su justa medida. La muerte siempre estará con nosotros pues en cualquier momento podremos sufrir un accidente, morir quemados en un incendio o, simplemente, suicidarnos. Pero sí que es verdad que la ciencia avanza hacia una meta que nos permitirá ser, al menos en teoría, eternamente mortales, en expresión del filósofo francés Luc Ferry. Una meta que, por otro lado, solo tiene un mínimo atractivo si corre pareja con la reversión de los procesos de envejecimiento. Vivir veinte años más para estar prostrado en una cama como un vegetal no es algo apetecible para nadie.

Cuestiones técnicas aparte, de producirse este alargamiento significativo de la esperanza de vida en un horizonte que no va más allá de unas cuantas décadas, lo que sí se pueden plantear son serios problemas económicos y sociales. Para empezar, habrá que ver cómo se pagan las pensiones de jubilación de los actuales trabajadores si estos alcanzan edades más allá de los cien años. Aunque también es verdad que, si se atenúan los procesos de envejecimiento, estos mismos trabajadores pueden seguir activos hasta bien cumplidos los noventa años, lo que en algunos casos puede ser un hándicap y, desde luego, nada bueno augura a los que nacen hoy e inevitablemente se encaminan hacia las largas listas del paro juvenil.

También es verdad que una cosa son las posibilidades de la ciencia y otra muy diferente las de los bolsillos del ciudadano. Aunque los grandes investigadores se guardan normalmente de hacer referencia al vil metal, las multinacionales que patrocinan sus experimentos a buen seguro buscarán suculentos beneficios tras estos descubrimientos. Es por ello que es muy posible que, al menos en las primeras décadas de uso de estas terapias, su aplicación solo se ciña a personas de alto nivel adquisitivo o hacia los que exista un especial interés. Pensemos, por poner un ejemplo, en el que pueda haber por mantener una larga y longeva dinastía política en los EE.UU, al estilo de los Kennedy, pero en este caso a partir de los retoños de la familia Trump.

Lo cierto es, por otro lado, que con el tiempo estos avances dejan de ser un privilegio de unos pocos y se van generalizando, hasta llegar a formar parte de la carta de servicios de la sanidad pública. Es lo que ocurrió, sin ir más lejos, con la cirugía estética, que al principio era solo accesible a millonarios y a glamurosas actrices hollywoodienses y hoy se ha generalizado a muchas capas de la sociedad. Aún así, habrá que ver hasta qué punto no seguirá habiendo diferencias entre distintos grupos.

Aunque sea un caso de ciencia ficción, algo parecido a esto que explicamos es lo que ocurre en la serie de TV Altered Carbon, en la que, en pleno siglo XXIV, la identidad humana se conserva en una especie de unidad de memoria que puede insertarse en diferentes cuerpos, que son así revividos. Como es fácil imaginar, los cuerpos jóvenes y hermosos son altamente cotizados y solo quedan al alcance de millonarios, mientras que el común de los mortales debe conformarse con lo que nadie quiere. En una de las primeras escenas de la serie se ve a una familia atónita al comprobar que la identidad de su hija pequeña fallecida ha sido insertada en el cuerpo de una anciana.

Evidentemente, las apuntadas son tan solo un muestreo de las implicaciones éticas, políticas y económicas que pueden conllevar determinados avances en el terreno de la medicina. Aun así, la gran mayoría de personas pensará que se trata de problemas que se irán solucionando, pero que en ningún caso pueden suponer trabas al avance en las investigaciones médicas. Y en buena parte es así. Nadie en su sano juicio se opondrá a que avancemos en poder tener una vida más larga y sin los achaques de la vejez. Ya no digamos si podemos evitar determinadas enfermedades y afecciones graves, no tanto ya para nosotros como para nuestros hijos o nietos. Pero que el fin sea loable, no quiere decir que lo sea a cualquier precio ni sin tener en cuenta los efectos secundarios que pueden aparecer, no solo en el campo fisiológico, sino también en el social, cultural y moral. Al fin y al cabo, las personas somos algo más que carne animada.

Y es ahí donde radica el problema. Nadie o casi nadie parece querer mirar más allá del titular entusiasta predicando los milagrosos avances hacia los que nos dirigimos. Preferimos no pensar. Asumimos expectantes que la mayoría viviremos más que nuestros antepasados. Desde luego, no sé si seremos más felices, pero creo que no está nada claro que vayamos a ser más listos.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 25/3/2018

Planetas habitables

Aunque todos hemos estudiado alguna vez aquello del “paso del mito al logos”, no es menos cierto que todas las transiciones tienden a arrastrar los restos del paradigma anterior, que a veces logran adaptarse a la nueva situación y a regenerarse. Aunque hoy nadie interpreta la realidad como una especie de juego de mesa de los moradores del Olimpo, son numerosos los que siguen soñando con superheroes fantásticos, robots que sienten como humanos y alienígenas de todo pelaje. stefan-stefancik-106115

En algunos casos, estos sueños se habrán visto estimulados esta semana por la noticia del descubrimiento de un sistema solar con seis planetas muy similares a la Tierra. Son similares por el tamaño y por la temperatura a la que aparentemente están sometidos, por lo que podrían tener agua en estado líquido y, consecuentemente, seres vivos. Es verdad que habría que ver a qué llamamos “vida”. En nuestro planeta parece que lo tenemos bastante claro, pero aun así discrepamos a veces en si algunos organismos como los virus son realmente seres vivos o no. En todo caso, no podemos descartar que puedan existir algunas formas de vida, tal vez unicelulares, tal vez más complejas, en alguno de estos planetas. Nos apresuraríamos entonces a intentar buscar ahí indicios de un proceso evolutivo como el que sostenemos aquí en al Tierra.

Sin embargo, en el imaginario social, en nuestra particular mitología, cuando pensamos en vida extraterrestre no vemos un microscopio, sino una nave espacial. Antropomorfizamos cualquier indicio vital, pues si hay vida en otros sitios, debe parecerse a nosotros, que para algo somos los seres vivos por excelencia. Nos asombramos y nos inquietamos, pensando en las imágenes de alguna película más o menos apocalíptica en la que un grupo de humanos resistentes logra acabar siempre con la invasión planetaria.

Algunos pueden incluso sentir un vértigo que provoque no pocas dudas, incluso a un nivel espiritual, o aprovechar el tema para arremeter contra las creencias de los demás, siempre con argumentos revestidos de un cientificismo ingenuo. Otros saldrán, afortunadamente, para conjurar el peligro.

Curiosamente, el mayor peligro en estos casos no está en dejar volar la imaginación sino en leer la noticia. Si esta empieza afirmando que “A medida que avanza la exploración del espacio resulta más evidente que la Vía Láctea se encuentra totalmente repleta de lugares que podrían albergar vida” (véase la contundencia de lo que hemos subrayado), a medida que leemos nos damos cuenta que el descubrimiento se basa en unas variaciones en la luz de una estrella que permite determinar la existencia de planetas que van provocando en ella pequeños eclipses, lo que permite hacer estimaciones de su tamaño y poco más. Parece pues que la contundencia inicial no está tan justificada.

Seguimos leyendo que, por ejemplo, “los siete planetas podrían albergar agua en superficie, si tuvieran una atmósfera adecuada”, lo que es como decir que podría haber agua en mi vaso si tuviera un vaso. Sin embargo, pese a estas dudas el entusiasmo del periodista no decae, pues dando por supuesto que  hay océanos y mares aun sin saber si hay atmósfera, prosigue diciendo que la cercanía con la estrella “hace muy probable que el tirón gravitacional de los planetas provoque fuerzas de marea capaces de generar actividad volcánica en algunos de ellos”. Casi nada.

Al final, la elevada probabilidad de que todo esté repleto de vida se basa en estimaciones de estimaciones rellenas de incógnitas sin confirmar. Algunos se sentirán como si les hubieran echado un jarro de agua fría, pero hay que resistirse ante la evidencia. No dejemos que el logos vuelva a cargarse la mitología. Es mejor seguir soñando con el día en que los habitantes de la tierra podamos convivir con nuestros aliados vulcanianos y tal vez, quien sabe, poder tener a nuestro señor Spock con nosotros. Maldita razón, diremos. Y, como reza el subtítulo de esta web, haremos mala teología.