¿Celebra Jesucristo la Navidad?

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Aunque un observador imparcial hoy casi lo podría en duda, es comúnmente conocido que el origen de la Navidad es religioso. Esos entrañables días próximos al solsticio de invierno eran festivos incluso antes de la Navidad, pues el cristianismo se apropió de las fiestas romanas dedicadas al Sol para celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret. Sin embargo, casi dos milenios más tarde, parece que las cosas han cambiado de forma radical. No sé hasta qué punto puede sostenerse que se ha vuelto a la paganización de estas fechas o si, simplemente, han perdido ya todo su tinte religioso y se han secularizado. Pero lo cierto es que, como cristiano, cada vez me cuesta más reconocer algo de mi religión en la Navidad. Y de ahí que tenga mis dudas al preguntarme si el propio Jesús sería capaz de reconocerse en la celebración de estas fiestas.

No niego que mucha gente pensará que exagero. Es verdad que en muchos lugares se siguen manteniendo las apariencias de lo que eran los principales aspectos religiosos de la Navidad de antaño. La misma mercantilización que ha transformado estas fiestas en una orgía de consumismo, promueve a su vez una regresión nostálgica al pasado, a la niñez, evocando los recuerdos más tiernos y profundos. Y si esa apariencia se mantiene es, en buena parte, por el papel fundamental que ostenta una de las principales enfermedades que afecta hoy al catolicismo y al cristianismo en general: la culturización de la religión.

Sin duda, la Navidad es el principal ejemplo de cómo la religión católica es vista, por la mayoría de conciudadanos nuestros, como un conjunto de tradiciones, costumbres y expresiones artísticas cuyo valor merece todos nuestros máximos esfuerzos para su preservación. Sean las catedrales o el canto gregoriano, las romerías o los belenes en nuestros hogares, todo forma parte de este acervo inconmensurable que merece ser conservado y difundido.

Esta visión forma parte de un proceso de secularización que ha llevado a la religión católica a ser considerada un objeto, un bien de un valor ciertamente relevante. Ello no impide que el catolicismo siga manteniendo otros dos aspectos igualmente importantes. Por una parte, sigue siendo considerado por muchos –incluidos muchos no creyentes– como el custodio de un conjunto de valores morales válidos y que deben ser socialmente promovidos, sobre todo a través del sistema educativo. Por otra parte, la Iglesia católica sigue siendo una parte importante del llamado tercer sector, con reconocidas aportaciones en favor de los más desfavorecidos de la sociedad.

Reconozcamos, pues, que el catolicismo sigue teniendo un indiscutible papel en el ámbito social y cultural pese a la secularización general, pero no es menos cierto que su peso como religión va disminuyendo día a día. De ahí la razón de mi pregunta inicial, en este caso referida a la Navidad. Al margen del papel de la Iglesia como institución social y cultural, si observamos lo que significa hoy socialmente la Navidad, incluso para muchos que se identifican como creyentes, me pregunto en qué se diferenciaría esa Navidad con la que celebraríamos si el motivo de la fiesta fuera el nacimiento del rey-Sol, como hacían los romanos. Dicho de otra manera: ¿Con qué facilidad nos topamos con Jesús durante la Navidad? ¿No será que, al final, Cristo es ese invitado ausente en la fiesta, al que la mayoría ha olvidado?

Llegados a este punto, es importante aclarar que celebrar el nacimiento de Cristo no es, para un cristiano, algo tan banal como asistir a una fiesta de cumpleaños. Ni siquiera es una excusa para recordar al fundador de nuestra religión. Lo que celebramos en la Navidad es posiblemente el aspecto más original e insólito del cristianismo: el misterio de la Encarnación.

La Encarnación se refiere al acontecimiento histórico, que se remonta a poco más de dos mil años, a través del cual Dios, creador del universo, se despojó de todos sus poderes y privilegios para hacerse un simple mortal. De esta forma, siendo Dios un ser humano como cualquiera de nosotros, podíamos ser capaces de entender qué quiere de nosotros. Es verdad que ni los milagros ni las buenas palabras evitaron que el Hijo de Dios fuera asesinado como un vulgar criminal. Pero tras esa muerte y la noticia de su resurrección, nos quedó el recuerdo escrito de su vida y sus palabras. Y es a través de este recuerdo vivo que Dios nos traza el camino para salir del redil de muerte y odio en el que nos hallamos. Difundir ese mensaje, que los creyentes reconocemos como Palabra de Dios, es la principal misión de la Iglesia.

Asombrosamente, en la Navidad que vivimos hoy apenas se escucha esta noticia liberadora. Seria injusto decir que la Iglesia no lo difunde, pero lo cierto es que su mensaje apenas llega a sus destinatarios. Y en parte es normal. El mensaje de Jesús no es fácil de poner en práctica. Y, desde luego, no tiene nada que ver con las ansiadas proclamas revolucionarias que algunos ambicionan. Como tampoco tiene que ver con los moralismos rancios que secretan ciertos ámbitos educativos o algunos medios de comunicación y que con frecuencia solo tienden a fomentar el sectarismo o una competitividad y un culto al esfuerzo que no se orienta a favorecer a los más necesitados, sino al enriquecimiento personal y al reconocimiento social.

Tal vez debamos reconocer, pues, que la batalla de la Navidad está perdida, pero que buena parte de la culpa se la debemos al propio Jesús. La realidad es que, pese a haber transcurrido casi dos milenios, su mensaje sigue siendo incómodo y son muchos los que prefieren silenciarlo. En el desenfrenado afán consumista y hedonista, escuchar a quien nos compele a amar a nuestros enemigos, o a entender que las riquezas, incluso las conseguidas con nuestro esfuerzo y dedicación, son el principal obstáculo para nuestra verdadera felicidad, puede provocar algo más que un corte de digestión. Cuando se lee que es imprescindible renunciar a la propia vida para salvarla, o que con la firme obediencia a la voluntad de Dios se logra un efecto liberador que supera con creces cualquier libertad mundana que podamos imaginar, uno siente como todos los cimientos de su existencia se remueven descontroladamente.

La opción de Jesús no es hoy la opción fácil. Nunca lo ha sido. Y ante el amplio abanico de ofertas de este mundo, es forzosamente una opción minoritaria. Pero es necesario que los creyentes la rescatemos de ese olvido en el que parece haber caído y que vuelva a ser relativamente sencillo toparse con Jesús, en Navidad y fuera de ella.

En este sentido, la propia Iglesia y sus pastores tienen una especial responsabilidad. Con demasiada frecuencia han renunciado a difundir con firmeza la Palabra de Dios y han sucumbido a estos aspectos materiales que resultan mucho más cómodos y que gozan de un mayor reconocimiento de las élites políticas y sociales. No es suficiente exigir, como hacen menudo tantos jerarcas de la Iglesia, el respeto a la actual situación social o jurídica, aludiendo para ello a las raíces cristianas de España o de Europa. Nadie duda de la existencia de estas raíces, pero lo que estos pastores deberían recordar es que, si se deja morir el árbol, mueren también las raíces y estas se acaban convirtiendo en adobo para todo tipo de plantas indeseables y malas hierbas. Tal vez lo que importa ahora es preocuparse menos de las raíces y, en cambio, dedicarse con más ahínco a buscar nuevos terrenos y sembrar nuevas semillas. Aunque con ello sacrifiquemos la comodidad.

 

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 30 de diciembre de 2018

Vivir una experiencia única

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Los mensajes que a uno le llegan a lo largo del día son tan numerosos como normalmente ignorados. Sobrevivir en un mundo hipercomunicado, donde cada movimiento parece esconder un mensaje publicitario y cada acción conlleva la necesidad de valorar la experiencia vivida, no es algo que debamos tomar a broma. No obstante, la escasa seriedad general que nos obliga a adoptar esa frenética esclavitud de los medios, provoca que no siempre nos detengamos a pensar acerca de lo que escuchamos o leemos. Ello se debe, sin duda, a que los mensajes que nos llegan no siempre están destinados a ser pensados. Es más, en no pocas ocasiones, la más mínima actitud reflexiva hacia ellos hace que pierdan toda su gracia, o que se vuelvan especialmente cómicos cuando no era esa la intención de su emisor. De ahí la frecuente necesidad de que el mensaje, antes que comunicar, inhiba cualquier eventual capacidad de reflexión.

Uno de los mantras más escuchados actualmente es el que se refiere al ansia por vivir una experiencia única. Si buscan esa expresión en Internet pronto se darán cuenta de su cariz engañoso. No les será difícil encontrar testimonios tan dispares como el que describe con excesivos detalles la deglución de algún animal indeterminado en un mercadillo asiático o el de quien le ofrecerá un relato apasionado tras infligirse un tatuaje naif en sus maltratados glúteos. Todos ellos tendrán en común la afirmación de haber experimentado esa vivencia como algo insólito y trasformador.

Sin embargo, en nuestro mundo excesivamente comercial y materialista, lo real solo se valora cuando se transacciona con ello, mientras que al poseerlo deja de tener importancia, priorizando entonces la sensación del momento. El placer está en comprar, aunque no se use lo comprado. Así se explica que la realidad vivida por esos sujetos sea absolutamente banal, pero que aun así tenga la virtud de generar una sensación de ser única e irrepetible. Superado el dolor y gratificado por el esfuerzo realizado, la sensación vivida al admirar por primera vez el tigre tatuado a lo Henry Rousseau en la zona glútea no tiene parangón. A partir de ese momento, lo importante no será ya esa discutible obra de arte, sino el relato de la experiencia vivida, que se narrará repetidamente, coronando la cumbre de múltiples cenas y reuniones de sufridos amigos.

Por otro lado, como vivimos en una sociedad donde todo lo que parece tener algún valor debe poder ser envasado y comercializado, no hace falta ya devanarse los sesos buscando un tatuador temerario para vivir una experiencia única. Todos podemos adquirir las experiencias que queramos previo pago de un precio. La diversidad es casi infinita: desde deleitarse con un queso de los que parecen envolverse en su propia atmósfera, hasta el viaje exótico a un paraje tropical; desde una sala de masajes, a lanzarse por un puente sujeto a una cuerda elástica, simulando con ello un monitorizado acto de locura.

Uno podría preguntarse qué lleva a alguien que trabaja, por ejemplo, en un departamento de riesgos laborales, a lanzarse desde una avioneta y surcar el cielo imitando el vuelo de un córvido mareado hasta que se abre su paracaídas. Aventuro que la principal motivación tal vez sea acreditar haber vivido esa experiencia, algo que facilitan las cámaras digitales que resulta casi obligado llevar pegadas al casco o al pecho. No obstante, aunque el catálogo de extravagancias que uno puede llegar a realizar es casi infinito, más complicado es tratar de ver el sentido a todo ello.

A poco que tengamos la osadía de pensar, llegaremos a concluir que vivir una experiencia única es lo más normal del mundo, puesto que vivir es, en sí mismo, una experiencia única. Podemos entrar a discutir lo que significa vivir una experiencia, en cuyo caso nos encontraremos con opiniones dispares si preguntamos al carnicero del supermercado o a un científico defensor del determinismo biológico. Sin embargo, lo que sí parece claro es que, aunque seamos marionetas de un gobierno de aminoácidos, la vida de cada individuo es única e irrepetible. Por el mero hecho de vivir, todos vivimos algo único. Por aburrido que nos parezca, nadie experimenta ese mismo aburrimiento. O al menos es imposible saberlo, de la misma forma que nunca podremos saber con certeza si el color rojo que yo veo es el mismo que ve el optometrista al que visito. Lo que sí es cierto es que ambos podremos discutir sobre ello y obtendremos una insulsa experiencia única.

Entonces, ¿por qué hay personas que no se conforman con el optometrista y necesitan imperiosamente viajar a Mongolia o a cualquier otro lugar que prometa una toponimia impronunciable y alguna que otra afección estomacal? No debe haber otra explicación que el hecho de no saber distinguir su unicidad vital. Necesitan reafirmar el carácter único de su vida, porque están poco convencidos de que su existencia es realmente distinta de la de sus vecinos. Dice el sabio que la felicidad es conformarse con lo que uno es. Pero en un mundo en el que la satisfacción personal se mide atendiendo a la capacidad de consumo, parece que esta máxima ya no vale. Somos tan parecidos todos a los ojos del miope existencial, que la felicidad parece encontrarse en no conformarnos con lo que somos. Para ser felices hay que ser algo distinto a nosotros mismos o, si no es posible, al menos hay que fingirlo.

Esta nueva máxima, cuyo grado de estupidez es inconmensurable, es la que empuja a muchos de nuestros conciudadanos a experimentar con todo aquello que los aleja de su existir cotidiano. Sea a los deportes de riesgo o a pasar una semana en una granja ordeñando ovejas. Es fácil imaginar cómo al granjero debe costarle salir de su asombro al comprobar cómo su diaria manipulación de las ubres de la borrega deviene, para el efímero visitante urbanita, una absoluta fascinación. En ese curioso momento, tiene la oportunidad de admirar cómo un anónimo y discreto oficinista puede sentir, gracias a su paciente rebaño, que su vida va cambiando y que su percepción de la realidad es ya diferente, si bien no puede olvidar que la experiencia que vive será siempre momentánea.

Nuestro aventurero no tardará en sentir el angustioso pesar por alguna otra experiencia única aún no vivida. Una experiencia que no siempre podrá poseer y que le llevará a tener que conformarse con su cotidianeidad y con una cierta sensación de fracaso. Lamentándose, quizás llegue a entender que ha perdido ya la costumbre de vivir su propia vida sin anhelos estridentes. Con tantas emociones por alcanzar, pero no fáciles de costear, es muy posible que se vea incapaz de recordar que su vida cotidiana también es única. Aunque la desaproveche insulsamente mirando anuncios por Internet.

 

Original publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 2-XII-2018

La fe y las tradiciones

Estamos a punto de iniciar la Semana Santa. Tiempo de vacaciones escolares y de viajes para muchos. También tiempo de volver la mirada hacia la religión, hacia la Iglesia. Veo incluso en las redes sociales que algunos comercios anuncian la venta de palmas para asistir a la procesión del domingo de Ramos. Siendo ingenuamente optimistas (igual esta es la única forma realista de ser optimista), podemos ver en ello una intención evangelizadora: el Espíritu obra en nosotros de forma sorprendente. Pero el eslogan de la tienda me resulta chocante: “Es importante conservar nuestras tradiciones”.

Desde luego mi sorpresa no es por la originalidad de la frase. Más de un conocido mío suele proferir esta expresión o alguna parecida cuando me lo encuentro en un oficio religioso en la Semana Santa o en la Vigilia de Navidad, tal vez para dejarme claro que no ha sido objeto de una conversión repentina. Con ello me confirma que, hasta la misa solemne del día del patrón del pueblo, difícilmente volverá por allí, exceptuando algún que otro funeral. No. Mi sorpresa es porque alguien ve como una tradición algo que para mí es extraordinariamente nuevo y vivo.

Para que no se me malinterprete, no me siento ofendido por tales manifestaciones. Desde luego me parece temerario sostener que las tradiciones son, por sí mismas, algo digno de conservar, pero allá cada uno con su conciencia. No solo no me ofende, sino que entiendo perfectamente que la visión mundana del no creyente no puede coincidir con la creyente. La Iglesia misma tiene este carácter sacramental, en el sentido de que donde yo veo al Pueblo de Dios con Cristo en su cabeza, el no creyente verá, a lo sumo, una asociación de personas que se reúnen en un edificio, tan grande como incómodo, para escuchar a un señor que lee un libro.

Lo que me produce cierta extrañeza es que esta visión que podríamos llamar cultural, que defiende la importancia de las tradiciones, la sostienen también personas creyentes, incluso numerosos ministros en sus homilías. Conozco padres que llevan a sus hijos a catequesis porque creen importante que aprendan las tradiciones propias de su pueblo, de su cultura. Francamente, me parece un idea encomiable y lo celebro. Pero, ¿qué tiene que ver eso con la fe, con mi fe?

No es mi intención criticar estas tradiciones ni a la gente que quiere preservarlas. Ni muchos menos quiero criticar a aquellos creyentes que de alguna forma fundamentan su fe en estos ritos culturales de origen religioso, que posiblemente les remontan a su infancia o a la memoria de sus padres o abuelos. Pero sí debo confesar que no es así como yo vivo mi fe. Será por ello, y posiblemente también por mi carácter arisco y poco sociable, que no me atraen las concentraciones multitudinarias ni los templos abarrotados, como tampoco nada me dicen las representaciones más o menos teatrales de la Pasión del Señor o las inacabables y barrocas procesiones.

Una fe culturizada, basada en las tradiciones y en los libros de historia, es para mí una fe mortecina, fría, cansada. Una fe multitudinaria, solemne y enfervorecida, reconozco que me satura. Tal vez porque la percibo humana, demasiado humana, sin que deje apenas espacio a Dios. De ahí el riesgo de una fe languidecida, que se acaba mirando a sí misma, recreándose en el absurdo.

Es por ello que, sin menospreciar esas tradiciones que parecen entusiasmar a tantas personas, prefiero un rincón olvidado; ese altar, adornado para acoger al Cordero en esa Santa Hora, que parece ignorar el bullicio exterior que se produce en su nombre. O también el rincón cotidiano, doméstico, donde intento que quepa Dios sin estrecheces humanas. Tal vez porque, en lugar de buscar grandes signos y seguridades, anhelo intuir la fragancia del perfume de nardo que arroja María a los pies de su Maestro. Y quedarme allí, cuando todos se han marchado, en silencio.