Presuntos tontos

gavel-3577258_1920

Por mucho que indaguemos va a ser difícil encontrar, en la historia reciente de este país, un pasmo similar al generado por la desdichada sentencia del Tribunal Supremo en relación al pago del Impuesto de Actos Jurídicos Documentados en las hipotecas. Nadie esperaba el súbito cambio de criterio que operó una de las secciones del tribunal, que dictaminó que eran los bancos los que debían abonar este impuesto al Erario Público. Al no determinarse de forma clara la retroactividad de los efectos de este fallo (nunca mejor dicho), se desató la alarma en el sector financiero, al fin y al cabo, estábamos ante un intento de cambio de las reglas del juego a mitad de partido. Semanas más tarde, el pleno de la Sala del tribunal desautorizó ese criterio y sentenció que el abono del impuesto por parte del ciudadano era ajustado a la legalidad, esperando que las aguas volvieran al cauce natural que llevaban recorriendo desde hacía años. Pero el aleteo de las togas de sus señorías había provocado, para entonces, una profunda borrasca en el océano político y económico de nuestro país.

Como suele ocurrir con los temporales, inmediatamente surgieron aquellos grupos políticos y asociaciones que obtienen su mayor gozo atacando a los bancos y a sus beneficios, obviando –como siempre– que una parte importante de sus beneficiarios son las decenas de miles de ciudadanos, en muchos casos gente mayor, que ha optado por invertir sus ahorros en acciones de estas entidades. Presionado por la turbamulta habitual, el Gobierno de la nación reaccionó dejando de lado asuntos tan trascendentales como la exhumación del cadáver de Franco, y aprobando una reforma del impuesto que obliga a los bancos a realizar ellos el pago. Lo que no decía el decreto-ley, aunque es fácil adivinarlo incluso para los menos avispados, es que el banco pagará el impuesto con el dinero del cliente, claro. Como suelen decir los grandes analistas de este país, con la iniciativa del Gobierno este asunto ha dado un giro de 360º. Es decir, nada.

Naturalmente, lo peor no es esta revolución al estilo del Gatopardo, que nos deja exactamente en el mismo sitio donde estábamos. Lo peor es el barro que nos queda tras haber cesado la riada de despropósitos. Uno ya empieza a sospechar que algo va mal cuando escucha que Pedro Sánchez, doctor en economía y presidente del Gobierno, sostiene que lo bueno de la democracia es que no siempre tienen que pagar los mismos. Desconozco si el presidente ha explicado mejor lo que quería decir, pero me consta que alguna gente vive, desde entonces, atemorizada ante la perspectiva de acabar viendo cómo cambia la ley para que sea el trabajador el que tenga que costear el sueldo en lugar del patrón o el pescadero pagando al que se lleva sus lenguados. El mundo al revés.

Pero, bobadas aparte, existe una razón de fondo que explica estos y otros acontecimientos. Un común denominador que, a la luz de lo que ha pasado en los últimos tiempos, viene a consistir en una especie de principio general del Derecho que parece inspirar todo tipo de normativas y sentencias. El fundamento de este principio se sustenta en el hecho, quiero pensar que no probado, de que los ciudadanos en general adolecemos de una pasmosa ignorancia que incita al abuso por parte de empresas y corporaciones. Esto es, que por el motivo que sea, piensa el legislador que fácilmente nos toman por tontos. Tal vez tenga razón.

Hace ya unos años los poderes públicos concluyeron, en el famoso caso de las acciones preferentes, que los bancos habían engañado a sus clientes al venderles un producto cuyos riesgos estos no comprendían. Aunque los bancos se hacían el tonto, fueron muchos los clientes que obraron de buena fe y se sintieron engañados. Sin embargo, recuerdo también que en la prensa del momento se leían casos de abogados o notarios que se habían amparado en ese presunto desconocimiento para reclamar su dinero perdido. Está claro que no hay que tolerar que nos tomen por tontos, pero la experiencia demuestra que a veces hacerse el tonto sale rentable.

El actual caso de las hipotecas no descansa tanto en la presunta ignorancia de los ciudadanos como en la existencia de una posición dominante, la del banco, que puede imponer sus condiciones al cliente. No es nada nuevo. Todo el mundo sabe que, si un cliente quiere un préstamo, por lo general será el banco el que fije las condiciones y la opción del cliente no convencido será la de irse a la competencia o renunciar al préstamo. Que el banco le imponga comisiones o el pago de determinados gastos va a ser difícilmente evitable sin vulnerar la libertar de empresa. Pero esto no ocurre solo con los bancos. Intente negociar con una compañía aérea el enjundioso asunto del equipaje y verá cómo me acaba dando la razón.

Pero si el decreto-ley del Gobierno ha fracasado no realmente por esto, sino porque no ha querido abordarse una solución real. Si no tienen que pagar siempre los mismos, siguiendo la doctrina presidencial, la solución era tan fácil como regular una exención de este impuesto para los préstamos dedicados a viviendas o a las hipotecas en general. Incluso al doctor Sánchez se le podría ocurrir tan ingenioso mecanismo, pero no ha sido así. Tal vez porque con ello el Erario Público perdería dinero. Convenientemente, es ahora el propio Gobierno el que se hace el tonto.

Los más espabilados dirán que no es lo mismo un banco, que no deja de ser una empresa privada, que el Gobierno, cuya misión es velar por el interés de todos. Evidentemente no les falta razón. Pero que sean diferentes, no quiere decir que no empleen las mismas malas técnicas. La complejidad que suelen tener, por ejemplo, las normas tributarias, no tienen nada que envidiar a los más enconados folletos bancarios. Pero, al contrario que con los bancos, con Hacienda cuesta más que salga rentable hacerse el tonto. Puede salir incluso muy caro.

Afortunadamente, en un Estado de Derecho, el ciudadano siempre tiene la posibilidad de denunciar aquellas situaciones que considera abusivas, incluso las que provienen de la Hacienda Pública. Todos podemos reivindicar, en definitiva, el derecho a que no nos tomen por tontos. Sin embargo, las denuncias ante los abusos suelen ser pocas. Aquí sí que opera en gran medida el desconocimiento de los ciudadanos de lo que son sus derechos y sus opciones. Tal vez, de cara a nuevo año, no estaría de más hacerse el propósito de sustituir los recurrentes cursos de inglés por otro de asuntos financieros y empezar a espabilar un poco. Siempre he pensado que hay algo de paletismo en la obsesión de este país en aprender idiomas, como si saber inglés fuera la panacea. Al fin y al cabo, un idioma es algo vacío si la persona no le aporta algún contenido. Vamos, que un mecánico de coches puede tener más oportunidades de trabajar si habla tres idiomas, pero un atontado difícilmente dejará de serlo por el hecho de ser políglota. Otra cosa es lo que le convenga.

Publicado originalmente en El Mundo/El Día de Baleares el 22/11/2018

Acedia

Juan Casiano fue un monje asceta nacido en la actual Rumanía a mediados del siglo IV y que dedicó buena parte de su vida a la ordenación de la vida monástica. Una de sus grandes preocupaciones era la de mantener la integridad espiritual de los monjes, que se encontraba en constante peligro ante las tentaciones de la carne. Dicha integridad podía ser puesta en peligro por múltiples vicios, siendo la acedia uno de los más comunes y que, por ello, mayor riesgo suponía.

Nuestro monje entendía la acedia como un estado de tristeza honda que sumía al monje en una asfixiante amargura que lo llevaba a alejarse del bien espiritual al que estaba llamado. Se trataba pues de un vicio con tintes de enfermedad, por lo que su afección ponía en duda la responsabilidad moral del afectado y su carácter pecaminoso. Tomás de Aquino, sin embargo, tenía pocas dudas acerca de la naturaleza de la acedia como pecado y la emparejaba ni más ni menos que con la envidia. Afirmaba el dominico que si la envidia es una oposición interior de alguien frente al gozo de los demás con sus bienes, la acedia es la oposición interior al gozo de los bienes divinos que se ponen a nuestra disposición. Por tato, la gravedad de la acedia no es el eventual perjuicio que se produce a terceros, que es en principio mínimo, ni el que se produce uno a sí mismo, sino el hecho en sí de desaprovechar o rechazar un bien espiritual que proviene de Dios.

En el ámbito religioso, o al menos en el específicamente católico, la acedia sigue siendo considerada como una actitud de relajación de la ascesis o de descuido de la oración debida a la pereza y al desabrimiento. Fuera de este ámbito, la acedia se entiende como sinónimo de pereza y de amargura o tristeza, tal y como se recoge en el actual Diccionario de la Real Academia Española, dejando atrás el origen pecaminoso o culposo del término, que va más allá del monasticismo, pues en su etimología, acedia deriva del griego akêdía, que significa negligencia.

No tengo demasiadas dudas de que sería relativamente fácil encontrar ejemplos de esa pereza negligente y triste en nuestra sociedad. Se me ocurre en el ámbito político, en el que un elevado porcentaje de la población parece haber renunciado a ejercer sus potestades que como ciudadano le viene dadas. Pero también en el ámbito familiar, donde tantos padres fuerzan extrañas delegaciones en maestros y otras personas para evitar su obligación de educar con firmeza y prudencia a sus hijos. Una negligencia vergonzante que al final acaba minando el ánimo y convirtiéndose en agria tristeza.

Educación y valores cristianos

No deja de ser como poco sorprendente que, mientras los templos católicos se vacían, muchos padres siguen llevando a sus hijos a colegios católicos, concertados o privados. En algunos casos, ello puede deberse a la buena fama del centro o a su carácter elitista, pero en la mayoría de ocasiones, los padres suelen alegar que optan por este tipo de centros porque son una fuente de transmisión de valores cristianos, valores que ellos creen positivos para la formación de sus hijos.

Adelanto ya que no me parece mal, ni mucho menos, que estos padres realicen esta opción a favor de sus hijos. Pero quiero apuntar que tras el razonamiento expuesto subyacen dos errores importantes, pero que no siempre se aprecian en su justa medida.

El primero de ellos casi diría que es de bulto, o debería serlo: no hace falta acudir a un colegio religioso o católico para hallar esos valores “cristianos”. No voy a entrar ahora en discutir acerca de estos valores, como pueden ser la tolerancia, el respeto a la dignidad humana, a la vida, la fraternidad y el auxilio hacia los más desfavorecidos, etc. Lo cierto es que la mayoría de personas sensatas se apuntaran a ellos con independencia de que sean creyentes o no. Se trata de un conjunto de valores que algunos etiquetan como “cristianos” pero que fácilmente pueden etiquetarse como valores “humanistas”, “democráticos”, “republicanos”, etc.

Se trata por lo demás de valores cuyo contenido y relevancia no están exentos de problemas. Así, la tolerancia no es vista igual por todos los católicos en asuntos como la diversidad sexual, por ejemplo. De la misma manera, temas como la mayor o menor disposición de acoger inmigrantes en un país están lejos de un consenso y la opinión incluso de católicos parece alejarse de esos valores que definimos como “cristianos”.

Otra cosa es, por supuesto, que esos valores propios de las sociedades abiertas y liberales como la nuestra tengan su origen en el cristianismo, al menos en buena parte. Si bien es cierto que a su vez esos valores reposan, en parte, en el legado filosófico griego, del que también alguna parte de la doctrina cristiana es deudora. Lo que sí entiendo que debe quedar claro es que, ni esos valores son “exclusivos” del cristianismo, ni puede afirmarse que solo desde el cristianismo puede garantizarse su preeminencia. Pensar que solo los cristianos podemos ser personas razonables y buenas es un soberana gilipollez.

El segundo error que surge del planteamiento de muchos padres es mucho más grave. Se trata de pensar que el cristianismo es básicamente un código moral, una pléyade de valores que permiten configurar individuos moralmente íntegros que permitirá construir una sociedad más justa. Es verdad que el cristianismo viene adornado con una mitología especialmente gráfica y pedagógica, pero sentimentalismos aparte, lo que de verdad importa en todo ello es ese código de conducta, esa forma de ser en la que se valora el esfuerzo, la solidaridad con los conciudadanos, el auxilio al débil, la defensa de los intereses comunes, etc. Un discurso tan hermoso como vacío, pues a buen seguro que peroratas de este estilo las encontraríamos también en círculos fascistoides, en comunistas postmodernos y en caciques de toda ralea.

Consideraciones sociopolíticas al margen, lo cierto es que quien entiende que el cristianismo es un catálogo de buenas prácticas para conseguir un mundo mejor, es que no ha entendido nada. El cristiano no persigue una utopía, sino que confía en una realidad que trasciende toda realidad mundana. Pero esa confianza no se basa en su esfuerzo, en su educación o en su buena fortuna. Se basa en la fe en un Dios fiel y misericordioso, que perdonará sus fracasos y premiará cada intento de mejora. Un Padre que acoge en la enfermedad, en el dolor y en el sinsentido del mal. Un Dios que compadece y acompaña, que ilumina con la mirada acogedora y aligera la fatiga de cada día. Un Dios que lo es todo y que se refugia en lo más recóndito del interior, que juega al escondite ofreciendo escandalosas pistas para que no se pierda ni la oveja más despistada.

Los valores son importantes para la convivencia diaria y para el creyente resultan fundamentales, pues no cabe desvincular la relación con el Padre de la de los hijos, sean o no hermanos en la fe. Pero los valores tan solo cubren una parte de la existencia del hombre. En ellos no se obtendrá respuesta en relación al sentido de la vida, el problema del mal o la finitud y la muerte. Es encomiable que los padres se preocupen de que sus hijos se eduquen en los valores  como los que se ensalzan desde la doctrina cristiana, pero esa educación es solo parcial. Sirve como código de urbanidad, sin duda, pero no confundan esto con el cristianismo. Sería como confundir una merluza con el océano entero.