Acedia

Juan Casiano fue un monje asceta nacido en la actual Rumanía a mediados del siglo IV y que dedicó buena parte de su vida a la ordenación de la vida monástica. Una de sus grandes preocupaciones era la de mantener la integridad espiritual de los monjes, que se encontraba en constante peligro ante las tentaciones de la carne. Dicha integridad podía ser puesta en peligro por múltiples vicios, siendo la acedia uno de los más comunes y que, por ello, mayor riesgo suponía.

Nuestro monje entendía la acedia como un estado de tristeza honda que sumía al monje en una asfixiante amargura que lo llevaba a alejarse del bien espiritual al que estaba llamado. Se trataba pues de un vicio con tintes de enfermedad, por lo que su afección ponía en duda la responsabilidad moral del afectado y su carácter pecaminoso. Tomás de Aquino, sin embargo, tenía pocas dudas acerca de la naturaleza de la acedia como pecado y la emparejaba ni más ni menos que con la envidia. Afirmaba el dominico que si la envidia es una oposición interior de alguien frente al gozo de los demás con sus bienes, la acedia es la oposición interior al gozo de los bienes divinos que se ponen a nuestra disposición. Por tato, la gravedad de la acedia no es el eventual perjuicio que se produce a terceros, que es en principio mínimo, ni el que se produce uno a sí mismo, sino el hecho en sí de desaprovechar o rechazar un bien espiritual que proviene de Dios.

En el ámbito religioso, o al menos en el específicamente católico, la acedia sigue siendo considerada como una actitud de relajación de la ascesis o de descuido de la oración debida a la pereza y al desabrimiento. Fuera de este ámbito, la acedia se entiende como sinónimo de pereza y de amargura o tristeza, tal y como se recoge en el actual Diccionario de la Real Academia Española, dejando atrás el origen pecaminoso o culposo del término, que va más allá del monasticismo, pues en su etimología, acedia deriva del griego akêdía, que significa negligencia.

No tengo demasiadas dudas de que sería relativamente fácil encontrar ejemplos de esa pereza negligente y triste en nuestra sociedad. Se me ocurre en el ámbito político, en el que un elevado porcentaje de la población parece haber renunciado a ejercer sus potestades que como ciudadano le viene dadas. Pero también en el ámbito familiar, donde tantos padres fuerzan extrañas delegaciones en maestros y otras personas para evitar su obligación de educar con firmeza y prudencia a sus hijos. Una negligencia vergonzante que al final acaba minando el ánimo y convirtiéndose en agria tristeza.

Educación y valores cristianos

No deja de ser como poco sorprendente que, mientras los templos católicos se vacían, muchos padres siguen llevando a sus hijos a colegios católicos, concertados o privados. En algunos casos, ello puede deberse a la buena fama del centro o a su carácter elitista, pero en la mayoría de ocasiones, los padres suelen alegar que optan por este tipo de centros porque son una fuente de transmisión de valores cristianos, valores que ellos creen positivos para la formación de sus hijos.

Adelanto ya que no me parece mal, ni mucho menos, que estos padres realicen esta opción a favor de sus hijos. Pero quiero apuntar que tras el razonamiento expuesto subyacen dos errores importantes, pero que no siempre se aprecian en su justa medida.

El primero de ellos casi diría que es de bulto, o debería serlo: no hace falta acudir a un colegio religioso o católico para hallar esos valores “cristianos”. No voy a entrar ahora en discutir acerca de estos valores, como pueden ser la tolerancia, el respeto a la dignidad humana, a la vida, la fraternidad y el auxilio hacia los más desfavorecidos, etc. Lo cierto es que la mayoría de personas sensatas se apuntaran a ellos con independencia de que sean creyentes o no. Se trata de un conjunto de valores que algunos etiquetan como “cristianos” pero que fácilmente pueden etiquetarse como valores “humanistas”, “democráticos”, “republicanos”, etc.

Se trata por lo demás de valores cuyo contenido y relevancia no están exentos de problemas. Así, la tolerancia no es vista igual por todos los católicos en asuntos como la diversidad sexual, por ejemplo. De la misma manera, temas como la mayor o menor disposición de acoger inmigrantes en un país están lejos de un consenso y la opinión incluso de católicos parece alejarse de esos valores que definimos como “cristianos”.

Otra cosa es, por supuesto, que esos valores propios de las sociedades abiertas y liberales como la nuestra tengan su origen en el cristianismo, al menos en buena parte. Si bien es cierto que a su vez esos valores reposan, en parte, en el legado filosófico griego, del que también alguna parte de la doctrina cristiana es deudora. Lo que sí entiendo que debe quedar claro es que, ni esos valores son “exclusivos” del cristianismo, ni puede afirmarse que solo desde el cristianismo puede garantizarse su preeminencia. Pensar que solo los cristianos podemos ser personas razonables y buenas es un soberana gilipollez.

El segundo error que surge del planteamiento de muchos padres es mucho más grave. Se trata de pensar que el cristianismo es básicamente un código moral, una pléyade de valores que permiten configurar individuos moralmente íntegros que permitirá construir una sociedad más justa. Es verdad que el cristianismo viene adornado con una mitología especialmente gráfica y pedagógica, pero sentimentalismos aparte, lo que de verdad importa en todo ello es ese código de conducta, esa forma de ser en la que se valora el esfuerzo, la solidaridad con los conciudadanos, el auxilio al débil, la defensa de los intereses comunes, etc. Un discurso tan hermoso como vacío, pues a buen seguro que peroratas de este estilo las encontraríamos también en círculos fascistoides, en comunistas postmodernos y en caciques de toda ralea.

Consideraciones sociopolíticas al margen, lo cierto es que quien entiende que el cristianismo es un catálogo de buenas prácticas para conseguir un mundo mejor, es que no ha entendido nada. El cristiano no persigue una utopía, sino que confía en una realidad que trasciende toda realidad mundana. Pero esa confianza no se basa en su esfuerzo, en su educación o en su buena fortuna. Se basa en la fe en un Dios fiel y misericordioso, que perdonará sus fracasos y premiará cada intento de mejora. Un Padre que acoge en la enfermedad, en el dolor y en el sinsentido del mal. Un Dios que compadece y acompaña, que ilumina con la mirada acogedora y aligera la fatiga de cada día. Un Dios que lo es todo y que se refugia en lo más recóndito del interior, que juega al escondite ofreciendo escandalosas pistas para que no se pierda ni la oveja más despistada.

Los valores son importantes para la convivencia diaria y para el creyente resultan fundamentales, pues no cabe desvincular la relación con el Padre de la de los hijos, sean o no hermanos en la fe. Pero los valores tan solo cubren una parte de la existencia del hombre. En ellos no se obtendrá respuesta en relación al sentido de la vida, el problema del mal o la finitud y la muerte. Es encomiable que los padres se preocupen de que sus hijos se eduquen en los valores  como los que se ensalzan desde la doctrina cristiana, pero esa educación es solo parcial. Sirve como código de urbanidad, sin duda, pero no confundan esto con el cristianismo. Sería como confundir una merluza con el océano entero.