¿Celebra Jesucristo la Navidad?

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Aunque un observador imparcial hoy casi lo podría en duda, es comúnmente conocido que el origen de la Navidad es religioso. Esos entrañables días próximos al solsticio de invierno eran festivos incluso antes de la Navidad, pues el cristianismo se apropió de las fiestas romanas dedicadas al Sol para celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret. Sin embargo, casi dos milenios más tarde, parece que las cosas han cambiado de forma radical. No sé hasta qué punto puede sostenerse que se ha vuelto a la paganización de estas fechas o si, simplemente, han perdido ya todo su tinte religioso y se han secularizado. Pero lo cierto es que, como cristiano, cada vez me cuesta más reconocer algo de mi religión en la Navidad. Y de ahí que tenga mis dudas al preguntarme si el propio Jesús sería capaz de reconocerse en la celebración de estas fiestas.

No niego que mucha gente pensará que exagero. Es verdad que en muchos lugares se siguen manteniendo las apariencias de lo que eran los principales aspectos religiosos de la Navidad de antaño. La misma mercantilización que ha transformado estas fiestas en una orgía de consumismo, promueve a su vez una regresión nostálgica al pasado, a la niñez, evocando los recuerdos más tiernos y profundos. Y si esa apariencia se mantiene es, en buena parte, por el papel fundamental que ostenta una de las principales enfermedades que afecta hoy al catolicismo y al cristianismo en general: la culturización de la religión.

Sin duda, la Navidad es el principal ejemplo de cómo la religión católica es vista, por la mayoría de conciudadanos nuestros, como un conjunto de tradiciones, costumbres y expresiones artísticas cuyo valor merece todos nuestros máximos esfuerzos para su preservación. Sean las catedrales o el canto gregoriano, las romerías o los belenes en nuestros hogares, todo forma parte de este acervo inconmensurable que merece ser conservado y difundido.

Esta visión forma parte de un proceso de secularización que ha llevado a la religión católica a ser considerada un objeto, un bien de un valor ciertamente relevante. Ello no impide que el catolicismo siga manteniendo otros dos aspectos igualmente importantes. Por una parte, sigue siendo considerado por muchos –incluidos muchos no creyentes– como el custodio de un conjunto de valores morales válidos y que deben ser socialmente promovidos, sobre todo a través del sistema educativo. Por otra parte, la Iglesia católica sigue siendo una parte importante del llamado tercer sector, con reconocidas aportaciones en favor de los más desfavorecidos de la sociedad.

Reconozcamos, pues, que el catolicismo sigue teniendo un indiscutible papel en el ámbito social y cultural pese a la secularización general, pero no es menos cierto que su peso como religión va disminuyendo día a día. De ahí la razón de mi pregunta inicial, en este caso referida a la Navidad. Al margen del papel de la Iglesia como institución social y cultural, si observamos lo que significa hoy socialmente la Navidad, incluso para muchos que se identifican como creyentes, me pregunto en qué se diferenciaría esa Navidad con la que celebraríamos si el motivo de la fiesta fuera el nacimiento del rey-Sol, como hacían los romanos. Dicho de otra manera: ¿Con qué facilidad nos topamos con Jesús durante la Navidad? ¿No será que, al final, Cristo es ese invitado ausente en la fiesta, al que la mayoría ha olvidado?

Llegados a este punto, es importante aclarar que celebrar el nacimiento de Cristo no es, para un cristiano, algo tan banal como asistir a una fiesta de cumpleaños. Ni siquiera es una excusa para recordar al fundador de nuestra religión. Lo que celebramos en la Navidad es posiblemente el aspecto más original e insólito del cristianismo: el misterio de la Encarnación.

La Encarnación se refiere al acontecimiento histórico, que se remonta a poco más de dos mil años, a través del cual Dios, creador del universo, se despojó de todos sus poderes y privilegios para hacerse un simple mortal. De esta forma, siendo Dios un ser humano como cualquiera de nosotros, podíamos ser capaces de entender qué quiere de nosotros. Es verdad que ni los milagros ni las buenas palabras evitaron que el Hijo de Dios fuera asesinado como un vulgar criminal. Pero tras esa muerte y la noticia de su resurrección, nos quedó el recuerdo escrito de su vida y sus palabras. Y es a través de este recuerdo vivo que Dios nos traza el camino para salir del redil de muerte y odio en el que nos hallamos. Difundir ese mensaje, que los creyentes reconocemos como Palabra de Dios, es la principal misión de la Iglesia.

Asombrosamente, en la Navidad que vivimos hoy apenas se escucha esta noticia liberadora. Seria injusto decir que la Iglesia no lo difunde, pero lo cierto es que su mensaje apenas llega a sus destinatarios. Y en parte es normal. El mensaje de Jesús no es fácil de poner en práctica. Y, desde luego, no tiene nada que ver con las ansiadas proclamas revolucionarias que algunos ambicionan. Como tampoco tiene que ver con los moralismos rancios que secretan ciertos ámbitos educativos o algunos medios de comunicación y que con frecuencia solo tienden a fomentar el sectarismo o una competitividad y un culto al esfuerzo que no se orienta a favorecer a los más necesitados, sino al enriquecimiento personal y al reconocimiento social.

Tal vez debamos reconocer, pues, que la batalla de la Navidad está perdida, pero que buena parte de la culpa se la debemos al propio Jesús. La realidad es que, pese a haber transcurrido casi dos milenios, su mensaje sigue siendo incómodo y son muchos los que prefieren silenciarlo. En el desenfrenado afán consumista y hedonista, escuchar a quien nos compele a amar a nuestros enemigos, o a entender que las riquezas, incluso las conseguidas con nuestro esfuerzo y dedicación, son el principal obstáculo para nuestra verdadera felicidad, puede provocar algo más que un corte de digestión. Cuando se lee que es imprescindible renunciar a la propia vida para salvarla, o que con la firme obediencia a la voluntad de Dios se logra un efecto liberador que supera con creces cualquier libertad mundana que podamos imaginar, uno siente como todos los cimientos de su existencia se remueven descontroladamente.

La opción de Jesús no es hoy la opción fácil. Nunca lo ha sido. Y ante el amplio abanico de ofertas de este mundo, es forzosamente una opción minoritaria. Pero es necesario que los creyentes la rescatemos de ese olvido en el que parece haber caído y que vuelva a ser relativamente sencillo toparse con Jesús, en Navidad y fuera de ella.

En este sentido, la propia Iglesia y sus pastores tienen una especial responsabilidad. Con demasiada frecuencia han renunciado a difundir con firmeza la Palabra de Dios y han sucumbido a estos aspectos materiales que resultan mucho más cómodos y que gozan de un mayor reconocimiento de las élites políticas y sociales. No es suficiente exigir, como hacen menudo tantos jerarcas de la Iglesia, el respeto a la actual situación social o jurídica, aludiendo para ello a las raíces cristianas de España o de Europa. Nadie duda de la existencia de estas raíces, pero lo que estos pastores deberían recordar es que, si se deja morir el árbol, mueren también las raíces y estas se acaban convirtiendo en adobo para todo tipo de plantas indeseables y malas hierbas. Tal vez lo que importa ahora es preocuparse menos de las raíces y, en cambio, dedicarse con más ahínco a buscar nuevos terrenos y sembrar nuevas semillas. Aunque con ello sacrifiquemos la comodidad.

 

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 30 de diciembre de 2018

¿Es deseable creer en Dios?

Pueden escuchar aquí mi participación en el programa de Radio Ecca Diálogos de Medianoche, con Lucas López Pérez, el 23 de octubre de 2018

 
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La sal de la tierra

Cuantas veces no habremos leído este famoso dicho de Jesús: «Vosotros sois la sal de la tierra. Y si la sal se pone sosa, ¿con qué se salará? Ya no sirve más que para tirarla a la calle y que la pisotee la gente» (Mt 5, 13). Una vez más, el Hijo de Dios plantea una exigencia radical con una imagen imposible: ¿sal que se pone sosa? No existe tal cosa, pues sería sal corrompida, una sal que –al menos desde un punto de vista químico– ya no sería sal. Pero la imagen es poderosísima: ¿hasta quée punto debe haberse corrompido la sal para que deje de salar, para que sea sosa, insulsa? Resulta sorprendente, sin embargo, lo poco que nos cuesta a muchos identificarnos con esa sal inútil desde nuestra apatía, nuestra cómoda realidad con la que nos alejamos de la misión que Jesús nos ha encomendado.cathopic_1486562518774834

En el Apocalipsis encontramos otra imagen muy dura en la carta que dirige el Señor a la Iglesia de Laodicea: «Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero como eres tibio, es decir, ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca» (Ap 3, 15-16). ¿Acaso hay algo más reconfortante que la tibieza, la moderación que nos aleja del frío y del exceso de calor? ¿Cuántos creyentes, empezando por mi, no vivimos desde hace mucho tiempo en esa tibiez melosa que repugna a Dios? No es de extrañar que nuestra actitud llame la atención del papa Francisco, quien nos compele a clamar a Dios a diario, «pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial» (Evangelii Gaudium 264).

Es importante, no obstante, tener muy presente que, si somos la sal de la tierra, nuestra misión no es conservar nuestras propiedades químicas, sino sazonar. La Iglesia no es una mina de sal preservada de la luz y de la presencia humana en una profunda gruta. La Iglesia es sal dispuesta a salar, a salir del salero e impregnar la tierra. Como apunta con gran acierto Klaus Berger, la sal no existe para sí misma, no es un alimento ni tiene utilidad alguna si no es en relación a algo. La sal está para servir. Somos sal de la tierra porque estamos llamados a sazonar el mundo, a impregnarlo con nuestra fe y darle el sentido pleno que el Creador nos propone.

El testimonio de la sal nunca puede ser excesivo, pues solo se consigue estropear la comida con el amargor del fanatismo y la intolerancia. Pero debe ser suficiente para no dejar indiferente al comensal. La sal es la minoría que despierta los sabores ocultos de la mayoría. La que estimula la imaginación y el deseo toda vez que acentúa la permanencia de las sensaciones en el cuerpo. Por eso la sal se disuelve en la tierra que alimenta, dejando de ser ella misma, transformándose en una comunidad creyente que da testimonio constante de la presencia del Hijo de Dios vivo. Aunque sea siempre un rebaño pequeño: «En esta época, y también allí donde son un «pequeño rebaño» (Lc 12,32), los discípulos del Señor son llamados a vivir como comunidad que sea sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-16). Son llamados a dar testimonio de una pertenencia evangelizadora de manera siempre nueva. ¡No nos dejemos robar la comunidad!» (Evangelii Gaudium 92).

¿Puede ser hoy deseable creer en Dios?

¿Puede ser hoy deseable creer en Dios? es el título de mi nuevo artículo en la revista Razón y Fe y que puede leerse íntegramente en la web de la revista: www.razonyfe.org

Religiosidad «low cost»

Desconozco si han tenido la ocasión de ver, estos días, el cartel anunciador de las fiestas de Sa Ràpita, en Campos. Como en muchos otros lugares costeros y con tradición marinera, es tradicional celebrar la festividad de Nuestra Señora del Carmen y así se anuncia en el cartel que puede verse, entre otros lugares, en las redes sociales. Sin embargo, salvo por el nombre, difícilmente identificarán ustedes el sentido religioso de la fiesta. img-20180705-wa00022141600621La imagen de la Virgen o de alguno de sus atributos iconográficos, como el escapulario, no aparecen en ninguna parte del cartel, que es coronado por la figura de un pescado de apariencia cadavérica. Pero lo más sorprendente es la indicación de los días en los que transcurre la fiesta, que van desde el día 8 al 15 de julio ¡cuándo la festividad de la Virgen es el 16!

Se me ocurren otros casos parecidos a este y que son sintomáticos de una tendencia curiosa. Como es sabido, durante los primeros siglos de la historia del cristianismo se produjo una cristianización de las fiestas paganas. La Navidad es, sin duda, un magnífico ejemplo de cómo los cristianos ubicaron, sin ningún fundamento histórico ni evangélico, el nacimiento de Jesús coincidiendo con la festividad romana del nacimiento del sol, el natalis invicti Solis, el 25 de diciembre. En cambio, en la actualidad se está produciendo el fenómeno inverso, que es la descristianización de las fiestas, en las que ya es posible ver belenes sin el niño Jesús o, como ocurre en el caso al que nos referíamos al principio, fiestas de la Virgen del Carmen sin Virgen del Carmen.

Esta descristianización no deja de ser sorprendente en una sociedad que durante siglos se ha estructurado a partir de la religión cristiana, pero es una realidad irrebatible, si bien con algunos matices. No hace tanto, era creencia común en muchos círculos pensar que la religión era un atavismo del pasado que no tenía cabida en una sociedad moderna, por lo que se acabaría extinguiendo como ocurrió con la viruela. Pero no ha sido así.

Si nos vamos a las pruebas demoscópicas, podremos fácilmente comprobar como el número de personas que se confiesan ateas suele oscilar en torno al diez o quince por ciento de la población, porcentaje que viene a coincidir con el de los católicos practicantes. Es verdad que se identifican como católicos unos dos tercios de los encuestados, pero lo cierto es que la gran mayoría se definen como católicos con el mismo entusiasmo con que se definirían como buenos vecinos, sin que en su vida real se encuentre un rastro claro de este calificativo. Los católicos practicantes, que no son fáciles de definir pero que podemos intuir que son los que acuden a misa todos o la mayoría de domingos, no van más allá del 15%.

Esa descristianización es, por tanto, tan real como lo es la presencia de una religiosidad low cost en al menos la mitad de la población. Un importante conjunto de personas que sigue creyendo en alguna divinidad y, muy posiblemente, todos los que hayan tenido algo parecido a una educación religiosa católica, identificaran esa divinidad con el recuerdo del dios cristiano que permanece en ellos: un dios bueno, cercano, paternal y amoroso, aunque también vigilante y omnisciente.

Desde el punto de vista católico, incluso podría decirse que las cosas no están tan mal. Más de una vez puede oírse a cristianos, incluso desde los púlpitos, que Dios no persigue tanto una fe inquebrantable como que las personas sean solidarias y pacíficas, atentas con los más débiles y adversas a la violencia de cualquier tipo. Y hay en ello buena parte de verdad, pero solo parte, pues con ello se corre el riesgo de convertir el cristianismo en un código moral centrado en la conducta de cada individuo, perdiendo con ello una importante perspectiva perspectiva social. Y no olvidemos que una sociedad puede ser injusta, aunque esté formada por hombres buenos.

Curiosamente, sin embargo, son muchos los sectores de la Iglesia que parecen sentirse cómodos en esa religiosidad low cost, creyendo que con ello se produce una adaptación a las circunstancias históricas y sociales del momento. Es verdad que en la jerarquía eclesial suele haber un discurso reivindicativo importante, con denuncias hacia determinadas estructuras escandalosamente injustas, pero su complicidad con el sistema anula todo el sentido profético del mensaje. En esa jerarquía hay una opción clara a favor de una presencia pública de la Iglesia que, manteniendo algunas importantes estructuras sociales, le permiten sostener un cierto espejismo de lo que fue la antaño nación cristiana: la asignatura de religión, las escuelas católicas, asilos, etc. Pero, más allá del espejismo, nada de todo esto evita la huida de los creyentes. Cada vez hay menos bodas católicas y menos bautizos, las primeras comuniones suelen ser una mera fiesta y la religión sigue siendo una asignatura “maria”.

Lo que sí demuestra esa religiosidad low cost es que la gente no huye de la fe en una divinidad o en una realidad trascendente. De lo que huye es de la Iglesia. A la mayoría de personas, la Iglesia y sus funcionarios, el clero en general, no les aporta nada. Salvo el Santo Padre y algunas personas muy concretas, como el Padre Ángel, por poner un ejemplo, raras veces ni obispos ni presbíteros son considerados un referente moral ni en la diócesis ni en el barrio o en el pueblo en que ejercen.

Los augures de la Modernidad se equivocaron al profetizar la desaparición de la religiosidad en la sociedad, pero esta puede seguir sobreviviendo sin la Iglesia. Los que somos creyentes, sabemos que la Iglesia no es una institución solamente humana y, por ello mismo, su futuro no depende de la acción del hombre. Pero el coste no puede ser rebajar la fe a una religiosidad low cost sacrificando con ello su sentido profético, esencial en el mensaje del Evangelio.

Y donde se equivoca la Iglesia jerárquica es precisamente en focalizar la apertura por la puerta de unos sacramentos que se banalizan, o por engrosar estadísticas escolares. Esa apertura debe empezar fuera de los templos y los palacios episcopales, en la calle, en los hospitales y en los asilos. Pero también en los centros de trabajo, en los bancos del parque o en los juzgados. En medio de la gente, donde la vida bulle con todo el dolor y la autenticidad. Intentando que las personas miren de echar el freno de lo mundano y se detengan para darse cuenta de que sigue habiendo esperanza.

Pero para ello hace falta algo muy importante por parte de la jerarquía eclesial: empezar a liberalizar la pastoral, salir fuera de sus despachos y dar margen a los laicos, a las mujeres. Deben abandonar el temor a perder una zona de confort en la que hace mucho tiempo que viven de prestado, porque la actual situación pronto devendrá insostenible. Bien mirado, tal vez no sea tan mal traída a colación la imagen del pez en aparente descomposición del cartel de Sa Ràpita, cuando precisamente el dibujo del pez fue uno de los primeros símbolos del cristianismo primitivo.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 7/8/2018

Defender a la Iglesia

En las últimas semanas se han venido sucediendo polémicas más o menos importantes pero con cierta repercusión mediática en relación con la Iglesia católica y aledaños. Me refiero a la polémica del autobús de Hazte Oír y a la de las misas en la televisión pública. Sobre la primera ya he dado mi opinión y, sobre la segunda, confieso que no entiendo muy bien las críticas. Entiéndaseme bien, no es que me oponga a que La2 retransmita misas, corridas de toros o partidos de pádel. Ocurre que no acabo de comprender la preocupación de algunos católicos sobre el tema cuando la conferencia episcopal tiene un canal de televisión propio (13TV) que ofrece misas a diario.

Sí que es verdad, como ya indiqué en el artículo anterior, que no me siento cómodo con ciertas acciones militantes de católicos frente a estas “ofensas”. Como muchos de ustedes, recibo casi a diario indicaciones para que firme tal manifiesto o para que indique que “me gusta” no sé qué iniciativa a favor de la Iglesia o, como suele ser lo más normal, en contra de alguna propuesta poco acorde con nuestros postulados religiosos. Aunque respeto estas iniciativas, procuro desmarcarme y suelo rechazar toda participación, lo que con no poca frecuencia me ha valido el amable reproche de gente amiga. Lo cierto es que, como voy a exponer seguidamente, tengo mis razones para rechazar este tipo de acciones.

En primer lugar, está la elección de los objetivos. No digo que no sea legítimo protestar u oponerse a determinadas actuaciones, algunas incluso más graves que las mencionadas. Por ejemplo, cuando se trata de oponerse a las leyes pro-aborto o a organizaciones que las sustentan. Es legítimo, ciertamente, pero tengo mis dudas cuando uno se centra en este tipo de “injusticias” y obvia muchas otras que se dan a nuestro alrededor.

Puestos a decorar un autobús, no estaría de más recordar las imágenes de refugiados clamando por entrar en Europa, o las colas de personas en los comedores. O traer a colación los subempleos con que muchas empresas obtienen fabulosos beneficios, o la insolidaridad de todos aquellos que defraudan ocultando parte de sus rentas al fisco, aunque algunos después no tengan ningún problema en acudir piadosamente a misa olvidando aquello de que «si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5, 23-24).

En segundo lugar, mi rechazo se debe también a los medios utilizados. La agitación social a través de manifestaciones, recogidas de firmas, uso de medios publicitarios más o menos llamativos, es algo muy legítimo en toda democracia, siempre -como es natural- dentro de un marco de convivencia y legalidad. Y por supuesto que es legítimo que un cristiano haga uso de esos mecanismos para reivindicar mejoras sociales, políticas, etc. Pero no tengo tan claro que sea lo adecuado para defender la fe o la Iglesia, y mucho menos como medio para evangelizar.

A mi juicio, el evangelio no se impone ni debe conseguir adeptos a través de este tipo de provocación social. Lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que el evangelio no sea provocador.  Lo es, mucho más que un convoy de autobuses, pero de forma muy distinta. Es provocador simplemente siendo fiel a sí mismo.

El evangelio provoca en lo más profundo de la sociedad cuando un creyente, lejos de rechazar un pecador, lo acoge. Cuando manifiesta su perdón al que lo ha dañado y perjudicado. Cuando evidencia su amor hacia aquel que lo odia y desprecia. Cuando se desprende de parte de lo que tiene y se lo da a quien cree que lo necesita, sin esperar agradecimientos ni alabanzas. Cuando responde con una sonrisa sincera al ser humillado y ridiculizado por el único motivo de ser cristiano. ¿Se le ocurre a alguien algo más provocador?

Y en tercer lugar, rechazo estas acciones también por su finalidad. No es la primera vez que escucho a personas que me compelen a actuar, a hacer “algo” en defensa de la Iglesia, que se ve atacada por los arrebatos del laicismo imperante hoy. Si somos Iglesia y, como tal, somos atacados, ¿no debemos salir en su defensa? A mi juicio, tras esta soflama se esconde la más pura y letal soberbia.

Ya no se trata de que sea absurdo pensar que la Iglesia pueda ser destruida por sus enemigos “políticos”. Baste pensar en las “Iglesias” de los países del Telón de Acero en las peores épocas del comunismo para desbaratar tal pretensión. Pero lo que es el colmo, es que alguien pueda pensar que nosotros, simples personas, podamos pretender erigirnos en defensores de algo que nos supera infinitamente. Dicho de otro modo, ¿es que alguien puede llegar a pensar que Dios necesita de nosotros para defender su Iglesia peregrina? ¿Tan importantes nos creemos?

La defensa de la Iglesia no se da en las barricadas sino en los comedores sociales, en los centros de internamiento de inmigrantes, en los hospitales, en las cárceles, en las familias que deben dejarse la piel por salarios miserables, al lado de los ancianos que ven pasar sus horas en la más triste soledad. Por supuesto, también en los conventos y en las escuelas; en los centros de trabajo y en las familias; en la oración comunitaria y en la penumbra de la habitación, echada la llave (Mt 6,6). Sin gritos, sin estridencias.

Caer en la provocación

Desde hace unos días se ha instalado en las páginas de los medios y de las redes sociales una polémica importante acerca de un autobús con publicidad aparentemente homófoba. Esta presencia no solo ha puesto en pie de guerra a entidades favorables a lo que se viene denominando la ideología de género, sino que ha provocado la reacción de la administración pública, incluso en su vertiente penal.

Paralelamente, en unas fiestas de Carnaval, se ha otorgado un premio a una representación en la que una persona aparecía vestida de Virgen María y acababa aparentando la figura de Cristo crucificado, todo ello en un contexto festivo y burlesco, lo que ha airado a no pocos creyentes.munilla

Esa coincidencia temporal ha provocado que más de uno compare el tratamiento tan distinto entre ambos acontecimientos. Así, el obispo de San Sebastián, monseñor Munilla, criticaba con ironía como en España se censuraba expeditivamente el mensaje del autocar y, en cambio, se toleraba y amparaba la parodia carnavalesca.

A todo ello, y sin entrar a valorar aspectos concretos de estos hechos, se me ocurren las siguientes reflexiones:

1. Se hace necesario buscar un equilibrio entre la libertad de expresión o de culto y los llamados delitos de odio o similares. No es fácil. Lo vemos cuando se condenan determinados chistes en Internet, o cuando alguien niega el holocausto judío… no siempre es sencillo fijar el límite.

2. Este tipo de delitos tiene un componente cultural muy fuerte y un dinamismo propio. Por tanto, lo que hace años era admitido, hoy no lo es. No hace tanto tiempo era habitual –aunque fuera en tono jocoso- llamar “sexo débil” a las mujeres. No tardaremos mucho en ver gente procesada por proferir esta frase públicamente. Al tiempo.

3. En relación al tema de la ideología de género y derivados, es verdad que choca con la forma de pensar de no pocas personas y, en especial, de muchos creyentes católicos. Pero no podemos olvidar que existe todo un corpus legal que legitima esta ideología, tanto a nivel estatal como autonómico, en muchos casos aprobado con el consenso de la mayoría de partidos, tanto de derecha como de izquierda. Por tanto, no se puede sostener que esta ideología carezca de respaldo social.

4. Que la ideología de género tenga respaldo social nada dice de su legitimidad moral y, por tanto, los que se oponen a ella tienen todo el derecho del mundo a criticarla. Es más, los cristianos tenemos incluso el deber de criticarla en aquello que atenta contra la dignidad humana conforme al Magisterio de la Iglesia.

5. También tenemos el derecho a criticar actuaciones que atentan contra nuestras creencias, pero sin olvidar que hay que exigir el respeto para las creencias de otras personas. No somos los únicos ni debemos pretender un trato especial. Es bueno que queramos que se reconozcan las raíces cristianas de nuestro país, pero estaremos ciegos si no reconocemos que la savia cristiana apenas recorre ya unas pocas ramas del árbol.

6. Sin embargo, más importante que el derecho a criticar a los demás es dar testimonio de nuestra fe. Y este es un hecho diferencial importante para entender por qué pienso que son equivocadas determinadas reacciones de creyentes frente a ciertas actitudes o prácticas.

La actuación de la organización que ha fletado el autobús es una reacción a priori legítima, sin entrar ahora en si el contenido puede infringir preceptos legales o no. Pero no es –o no debería ser- una reacción propia de un grupo que se defina como cristiano, ni por supuesto de personas o grupos vinculados institucionalmente a la Iglesia. ¿Por qué? Porque no es propio del cristiano provocar al contrario ni airar al enemigo. Es propio, sin duda, de las organizaciones del mundo, sin que con ello menoscabe su legitimidad. Pero no es esta la clase de testimonio que Jesús espera de nosotros.

Ello no quiere decir que debamos callar ni asumir las ideologías que la sociedad va imponiendo poco a poco. Ni mucho menos. Pero el cristiano no debe caer en las prácticas mundanas, pues entonces quedará confundido con los demás colectivos. No es posible luchar contra los demás con sus mismas armas, aunque con ello debamos asumir perder algunas batallas.

Recordemos el sermón de la montaña: somos dichosos cuando tenemos hambre de justicia, cuando trabajamos por la paz o cuando somos perseguidos por causa de Jesús. Pero no lo somos cuando actuamos saciados de nuestra justicia, cuando imponemos nuestra paz o cuando perseguimos a aquellos que no conocen a Jesús. Si, de todas formas, nuestro reino no es de este mundo, ¿qué sentido tiene sacrificar uno solo de nuestros principios para una batalla posiblemente perdida de antemano?