Entre el debate y el desconcierto

Hace unos días apareció, en diferentes medios, una sugerencia del cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación del Culto Divino, si bien con un tono ciertamente imperativo. En ella apelaba el purpurado a que los sacerdotes se acostumbraran a celebrar la misa ad Orientem, es decir, de espaldas al pueblo. Se atrevía incluso a proponer una fecha cercana, el próximo primer domingo de Adviento, si bien dejaba clara la necesidad de explicar el cambio a los fieles y realizar, por tanto, una oportuna y adecuada catequesis. misatradicional

Generada cierta polémica, desde la Santa Sede, con el habitual tono diplomático, se ha desautorizado al cardenal. No voy a entrar en detalles pues estos pueden ser fácilmente encontrados en Internet. En todo caso, me remito a la crónica de Andrea Tornielli para más información. Tampoco es mi intención terciar en la polémica, pues mis conocimientos de liturgia son prácticamente nulos. Sí que lamento, sin embargo, el ruido y el desconcierto.

La propuesta del cardenal puede tener mucho sentido (o no), pero el propio Prefecto reconoce la necesidad de explicarla a los fieles para evitar el desconcierto. La realidad es, sin embargo, que la propia propuesta puede llegar a generarlo, surgiendo en todo caso el peligro de la división. En no pocos foros de los llamados tradicionalistas se ha celebrado esta noticia, con la consiguiente reacción de los… no sé como llamarlos ¿progresistas? Unas etiquetas posiblemente poco exactas, pero que evidencian divisiones para nada edificantes. Precisamente por esa falta de preparación de muchos fieles, estas polémicas pueden acabar siendo especialmente nocivas.

Y son nocivas no porque no sea bueno incentivar el debate, sino porque cuando surge en un ambiente en el que buena parte de la audiencia no se entera de nada o casi nada, al final se genera la sensación de que esto es una especie de asamblea en la que todos dicen lo que quieren sobre el tema que sea. Vamos, que de la misma forma que se discute de la liturgia, se puede debatir la naturaleza divina de Cristo o la canonicidad de las cartas de San Pablo.

En definitiva, la catequesis hay que realizarla, sí, pero antes de empezar el debate y no después. Lo que nos lleva a otro nivel de discusión, el de la oportunidad. Vivimos en un momento de absoluto letargo eclesiástico, al menos en Occidente; momento en el que se necesita una evangelización urgente de nuestra sociedad, en la que muchos ya no han conocido a Cristo y ni siquiera están bautizados; y en una Iglesia que, mientras busca su espacio en la comunidad humana, se ve forzada a una obligada depuración en su cúspide terrena, afectada por escándalos y atropellos de lo más diverso y repugnante; en este momento, posiblemente, un debate sobre aspectos litúrgicos no sea lo más perentorio ni prioritario. Desde luego, hay determinadas cuestiones pastorales que creo que urgen más. Le ha faltado al cardenal, en este caso concreto, la prudencia debida al cargo que ostenta. Otra vez será.

Dar razón de nuestra fe, razonablemente

Que la razón no es enemiga de la fe, ni viceversa, es algo que habremos escuchado numerosas veces. Sin embargo, sigue habiendo mucha gente que se resiste a creerlo. No son pocos los creyentes que ven en la racionalidad un peligro, un riesgo inminente que puede hacer peligrar su creencia (cuya importancia, a lo que se ve, no corre pareja con la sensación de solidez que su misma fe le ofrece).  Por otra parte, con frecuencia al creyente le es difícil explicar al no creyente que su fe es una actitud digna, razonable, llena de sentido, que nada tiene que ver con supercherías y supersticiones.Geometria_(Geometry)

Vayamos por partes. En primer lugar apuntemos que exponer aquí cómo explicar a un creyente un tema de esta enjundia -integrar la razón en la fe- no es nada fácil, pues implica generalizar algo que se caracteriza por una elevada heterogeneidad. No hay un creyente sino miles de ellos, o al menos de “tipos” de creyentes, que podemos clasificar en razón de su edad, estatus social, y por supuesto, en razón de lo que realmente creen. Podemos buscar elementos comunes en la mayoría de ellos pero, por mi experiencia, más bien escasa por otro lado, todo intento de exponer un discurso acerca de la racionalidad de la fe suele acabar con una huida despavorida del oyente.

No obstante, otro elemento común que suele darse en muchos creyentes es la convicción que la razón y la fe actúan como dos elementos químicos incompatibles o que pueden llegar incluso a provocar una reacción explosiva. Esta convicción suele acabar en la defensa de un fe frágil y atemorizada, que es cubierta por una coraza que la aísla de cualquier efecto de la racionalidad. Esto provoca que, antes de exponer las ventajas de una fe impregnada de racionalidad, el proponente debe intentar que su oyente pierda el miedo a ver como su fe se derrumba por los embistes de la razón y hacerle ver que no existe tal peligro más allá de su imaginación.

Para tal batalla, dos son las estrategias que yo particularmente seguiría. La primer de ellas es la de no temer cuestionar las propias convicciones. El camino de la fe es un camino de conversión, de avance hacia el encuentro con un Dios que siempre estará fuera de nuestro alcance mientras nos arrastremos por este polvoriento mundo. Nadie está libre de dudas, de incertezas y de preguntas. No es un camino fácil, pero a mí me gusta recordar aquella famosa frase de John Henry Newman de que diez mil dificultades no hacen una sola duda.[1] La fe no se pierde por agitarla ni por hacer uso de ella, sino por dejarla marchitar en un rincón, pues aquello que alejamos de nuestra cotidianeidad para preservarlo del mundo, al final nos acostumbramos a no tenerlo presente y acabamos olvidándonos de ello.

La segunda estrategia es la de hacer ver que la razón no es un arma poderosa concebida para atacar a la fe. Ni siquiera es tan poderosa como la pintan. La razón cura enfermedades, pero no elimina el dolor y la muerte. Nos da tecnología, pero esta no siempre se traduce en bienestar y felicidad. Pero la razón nos da algo muy importante: sensatez. Quien obra conforme a la razón, tiende a hacerlo sensatamente, con prudencia, calculando los efectos de su obrar, rehúye de lo impulsivo y rechaza confundir la libertad con el capricho.

Evidentemente, no todo obrar racional es sensato ni, sobre todo, bueno o justo, pues la razón tiene muchos puntos ciegos: la razón no entiende muy bien conceptos como el amor, la misericordia o el perdón, que los ve como sentimientos impulsivos y poco predecibles. No digo que, racionalmente, los rechace: simplemente no los entiende y, por ese motivo, su reacción suele ser no tenerlos en cuenta. Un hombre cargado de razón no verá inconveniente alguno en una ley que permita el sacrificio de media docena de seres humanos que padecen una enfermedad altamente contagiosa si se acredita que es la opción con mucho más eficaz para evitar un contagio masivo de la población.

A partir de este ejemplo, se pueden visualizar diversas situaciones. En primer lugar, el hecho de la insuficiencia de la razón para responder a cuestiones importantes: ¿estamos moralmente legitimados para tomar este tipo de decisiones? ¿Hasta qué punto los hombres podemos decidir la vida de otros? ¿Hay límites? ¿y si en lugar de ser media docena fuera el 80% de la población? En cierta forma, podemos decir que el enemigo, o mejor aún, la víctima de la razón y sus excesos, no es la fe, sino el hombre, creyente o no.

Debido a esa desmitificación de la razón surge la necesidad de la fe, de una visión que no se limite al cálculo racional de cargas y beneficios y que, por ejemplo, considere a cada ser humano como un valor en sí mismo e innegociable. Sin embargo, esa fe no está exenta de riesgos, de ahí la necesidad de operar también desde la sensatez. Una fe que rechaza la razón reaccionará fanáticamente. Quien se erija, en el ejemplo anterior, como defensor de la fe, no debe caer en posturas irracionales y creer, por ejemplo, que esa enfermedad es un castigo divino y que hay que aplacar la ira de Dios dejando de lado los intentos de curar la enfermedad; o simplemente tachando de asesinos y genocidas a los que defienden la muerte de los contagiados, sin sentarse a hablar, a entender las razones de los demás y exponer las propias.

Finalmente, al creyente que empieza a perder el miedo, es importante hacerle ver el ejemplo del Maestro, la sensatez de Jesús, su forma de hablar con todos, su firmeza frente a la injusticia, a la marginación, su dulzura frente al pecador que reconoce su falta.

Hasta aquí nos hemos referido al creyente, pero ¿qué ocurre con el que no cree? Lejos de mostrar hostilidad, la actitud del no creyente suele ser de pasmosa indiferencia. No huirá con temor del discurso apologético, pero posiblemente dejará de prestarle atención sin especial disimulo. El no creyente piensa, en su fuero interno, que la fe es una subespecie de la superstición y que su contacto con la razón es nocivo. La diferencia con el creyente, es que este posiblemente está convencido que las posibilidades de corrupción son mínimas pues la religión no es sino el poso que queda de un estadio de la cultura humana ya superado y que, piensa que afortunadamente, los creyentes de hoy tenemos los días contados.

Pienso, pues, aunque con temor a equivocarme, que al no creyente hay que ir con menos contemplaciones y, lejos de justificarnos por nuestra fe, es mejor hacerle ver las insuficiencias de una racionalidad atea. El ejemplo anterior puede servir, pero por desgracia tenemos muchos ejemplos en los que la racionalidad imperante se manifiesta incapaz de otorgar soluciones que no sea la de esconder el problema o generar otros.

Uno de estos casos es el tema del envejecimiento de la población, que provoca que cada vez haya más ancianos con un cuerpo relativamente sano, pero con enfermedades neurodegenerativas graves, que implican la pérdida de la autoconciencia y hacen de ellos personas altamente dependientes y que generan gastos millonarios. Según los expertos, esto va a más, pues aunque la esperanza de vida se alargue, parece que nuestro cerebro tiene una vida útil limitada. No hace falta ser un lince para ver que este será un problema grave en unas décadas y cuáles pueden ser las “soluciones racionales” a aplicar.

Otro ejemplo es el problema de las hambrunas en el mundo que, hasta no hace mucho, tenía un efecto relativo, pues los pobres en cuestión tenían el detalle de morir en su casa. Sin embargo, hoy tienen un especial facilidad para entrar en nuestros países o acabar muertos en nuestras playas. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Estamos moralmente obligados a atenderlos?

No tiene que ser difícil hacer caer al no creyente en que una racionalidad que no apela a valores “irracionales”, a valores que no pueden deducirse racionalmente, como el amor a los demás, la solidaridad con el extraño, la misericordia, la dignidad de la persona, etc., sin esos valores la sociedad racional colapsa o se convierte en un sistema organicista que no duda a en sacrificar a sus miembros en al defensa del propio sistema.

La razón, como el mercado y estas grandes construcciones racionales que manejan la vida actual, no son sino construcciones humanas, imperfectas y que no son necesariamente justas si no se orientan debidamente hacia la justicia, la paz y toda una serie de valores a perseguir. Y dentro de esta oferta de valores que deben orientar la sociedad tiene perfecta cabida la fe cristiana. Y por muchas razones: la primera de ellas, porque ya estaba allí cuando este invento empezó su andadura. Porque los valores que en general subyacen en la sociedad occidental son los cristianos, pues fueron ellos los que cimentaron la orientación moral de Occidente. Pero también porque la fe cristiana no tiene ningún problema en dialogar y en discutir estos temas, con las reglas del juego de la propia racionalidad, es decir en un debate abierto, sincero, con argumentos y sin coacciones ni imposiciones. Porque la racionalidad de la fe cristiana se demuestra precisamente en esto: en que puede contribuir, puede aportar y ayudar a aquellos que no comparten esa fe, aunque posiblemente compartan los mismos valores. Y esto es así pues, aunque ellos no lo sepan, con fe o sin ella, Dios escribe en el corazón de todos los hombres.

[1] En Apologia pro vita sua. Historia de mis ideas religiosas, Ed. Encuentro 2011, pág. 277.

Dando razón de nuestra fe: ¿cómo acercarnos al no creyente?

¿Qué creyente sinceramente preocupado por la misión evangelizadora no se ha hecho múltiples veces esta pregunta: cómo puedo suscitar la curiosidad al que no cree? Y hablo de “suscitar la curiosidad”, lo que supone algo tan básico como difícil: que se escuche nuestro mensaje. O ni siquiera eso; bastaría con que alguien se detuviera de su ajetreo cotidiano y nos dedicara unos segundos.

Lo cierto es que en la actualidad, y ciñéndonos a personas de nuestro entorno cultural, es muy difícil encontrar el momento adecuado para explicar la apertura del ser humano a la trascendencia a un no creyente. Puntualizo que entiendo el término “no creyente” referido a aquellas personas que no se definen como creyentes, con independencia de lo que crean. Voltaire-BaquoyEs decir, los no creyentes son ese porcentaje no muy elevado de las encuestas que afirma no creer en nada, en contraposición con el resto, que comprende desde los que se confiesan religiosos y actúan en consecuencia, participando comunitariamente en los lugares de culto, en comunidades, etc., hasta aquellos que afirman creer en algo, privadamente, sea en una religión que les remonta a los momentos más felices de su infancia, sea en alguna creencia más o menos exótica que han descubierto en Internet.

Así pues, en primer lugar, explicar esa apertura al no creyente implica vencer su cerrazón, su indiferencia epistemológica preventiva que se resume en algo así como “sobre eso no podemos tener certeza alguna así que hablar de ello es perder el tiempo”. Superar este obstáculo difícilmente se logrará estimulando la curiosidad, sino que habrá que esperar a que ocurra algún acontecimiento que le produzca al no creyente un cierto grado de desazón al no poder encontrar de forma inmediata un sentido que explique su circunstancia. Un accidente o una enfermedad, la muerte de alguien próximo, un gesto de generosidad inusitada por parte de alguien, etc.

Un segundo paso pasaría por intentar hacerle ver de qué forma la racionalidad no siempre puede explicar todo y que no por ello las cosas dejan de suceder, luego hay una cierta legitimidad en intentar buscar sentido más allá de la razón. Hacerle ver, en definitiva, que la razón es una herramienta fabulosa para el hombre, pero no debe ser nuestra jaula. No todo lo no explicable racionalmente es malo o absurdo. Al igual que no todo lo racional es bueno, salvo que usemos un concepto absoluto (¿divino?) de Razón, lo que no sé si es muy racional.

Dado este paso, el tercero puede suponer esperar. El vértigo que experimenta el que se suelta del arnés de la racionalidad puede hacer caer a más de uno. Hay que esperar a que fluyan las preguntas, los interrogantes: el sentido de la existencia, el fin de la vida, la muerte, el dolor, el amor, los demás,… Porque abrirse a la trascendencia supera lo meramente cognoscitivo y supone una transformación de la persona. Por eso más que explicar a un no creyente esa apertura, hay que invitarlo a buscarla, a experimentarla por sí mismo,  a vivirla.

La exigencia del testimonio constante

Cualquier padre de familia sabe de la importancia de la educación de sus hijos, de la misma forma que es conocedor del insoportable engorro de tener que tratar con niños maleducados. Sin embargo, no es necesario asistir a docenas de fiestas de cumpleaños para darse cuenta que, en la mayoría de los casos, al niño maleducado le corresponden unos padres maleducados. Porque, observando la criatura en cuestión, en seguida pensamos que, en el fondo, los hijos no son sino el reflejo de sus padres.

Los creyentes, como hijos del Padre en Jesucristo, somos ante los demás reflejo de Dios. Estamos llamados a ser luz del mundo para alumbrar a los demás, para que los que nos rodean vean nuestras obras, pero no para regocijo nuestro, sino porque a través de la visión de nuestra conducta y de nuestra acción, den gloria a Dios (Mt 5, 16). 550px-Kay_Kelly_of_Liverpool_&_Mother_Teresa_in_1980Porque, no lo olvidemos, quien se refleja en nosotros es Dios. O debería ser así.

Sin duda, somos conscientes que solo con la ayuda de Dios podemos ofrecer ese testimonio, pero no ignoramos que pese al ofrecimiento del Espíritu, podemos libremente comportarnos como niños repelentes y hacer caso omiso de nuestro Padre. En este caso, a los ojos de los demás, el testimonio que ofrecemos no hace sino poner a Dios en evidencia, a situarlo en una posición que carecerá de todo atractivo e interés. Pero nosotros no somos niños. No podemos culpar a Dios de nuestra pasividad. Nuestro mal comportamiento no es fruto de la impericia divina, sino de la voluntad torcida de cada uno de nosotros.

El compromiso de todo bautizado es anunciar el Evangelio, ser luz que alumbra la salvación que Dios dispone para nosotros a través de Jesucristo. No hacerlo no es mera tibieza (Ap 3,16). Es anticipar el abismo a aquellos que conviven con nosotros, privarlos de la luz que se nos ha dado sin merecerla. Dar este testimonio nunca es una tarea accesoria ni un cometido que podamos administrar a nuestra conveniencia. Debe ser, al contrario, nuestro modo de ser, de hacer, de existir. Debe impregnarlo todo para que cualquiera que nos vea, aunque perciba indubitadamente nuestros defectos y limitaciones, intuya tras nosotros la mano amorosa de un Padre que quiere serlo también de él. Solo entonces lograremos ser hijos de la luz (Ef 5,8). Porque la luz proviene de Dios, pero somos nosotros quienes podemos dejar que se refleje en nuestra persona o hacer que se pierda en el vacío.