Hablemos de género

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Habrán observado que, cada vez que aparecen noticias sobre los efectos de la actual normativa de género, inmediatamente se produce una reacción en contra de cualquier opinión que se atreva a cuestionar estas leyes. La curiosa unanimidad que une a políticos, comentaristas e intelectuales de todo pelaje, le lleva a más de uno a concluir que solo se puede hablar de política de género, y seguir respirando tranquilo, si no se discrepa de ella. Lo cual no deja de ser asombroso, pues se supone que si hablamos de “política” es porque asumimos que existe un problema que debe ser tratado políticamente, lo que implica que puede haber una pluralidad de visiones sobre él, al igual que una pluralidad de soluciones.

Por poner un ejemplo, pienso que sería útil discutir la efectividad de esa asimetría legal que se ha impuesto en el ámbito penal, en el que la acción del hombre, por el simple hecho de ser hombre, recibe una pena superior a la que recibiría una mujer por un mismo hecho. Aunque el mismo Tribunal Constitucional ha avalado esta legislación, pienso que no está nada claro que esta situación, que objetivamente vulnera el principio de igualdad, tenga un efecto positivo tan evidente en la prevención del delito, al menos hasta el punto de que sea razonable soportar los efectos colaterales de esta norma. Recuerden una sentencia reciente en la que se imponía una pena muy superior a un varón que participó en una pelea con su pareja, de la que encima él salió peor parado que ella.

Aunque podríamos discutir largo y tendido sobre esto, lo cierto es que iniciar este tipo de debates resulta extremadamente difícil, como ya se comprobó cuando algunas personas osaron cuestionar el fallo de esa sentencia. Una dificultad que se da al referirnos a política de género y que no encontramos al hablar de política de vivienda, educativa, o de otro tipo. Una curiosa diferencia cuya explicación se encuentra, en mi opinión, en el proceso de ideologización que, a diferencia de los demás, ha sufrido el ámbito del género. Todas las ideologías influyen en las diferentes políticas, como no puede ser de otra manera, pero no existe propiamente una ideología educativa o de vivienda. En cambio, sí existe una ideología de género. Y eso cambia mucho las cosas.

Recordemos que toda ideología conlleva siempre un relato sobre el presente y una propuesta de medidas para conseguir una situación futura distinta, una situación ideal. No obstante, al contrario de lo que pudiera pensarse, para que triunfe una ideología es más importante el relato inicial que el resultado. Es decir, la ideología a menudo no cautiva tanto por lo que promete, como por la capacidad de convicción del relato que ofrece sobre la situación actual.

El ejemplo clásico es el comunismo, que se fundamentó en la existencia de una lucha de clases debida a la opresión de una sobre la otra, y que indefectiblemente debía llevar a un proceso revolucionario en la que la clase oprimida resultara triunfante. El paraíso ofertado por el comunismo no era muy distinto a los paraísos idílicos de otras ideologías o creencias. La razón del éxito del marxismo fue, sin embargo, lo convincente de su relato sobre la opresión y la lucha entre dos enemigos irreconciliables: empleador y empleado.

Algo parecido ocurre con la ideología nacionalista. Es fácil estimular la vanidad de cualquier país, región o colectivo y llevarlos a pensar que su cultura es milenaria o que sus capacidades son superiores a las de sus vecinos. Pero donde triunfa la ideología nacionalista es en aquellos lugares en los que una parte significativa de la población acoge e interioriza un relato victimista de su situación actual. Como pasó también con el marxismo, que la mayor parte de ese relato sea una invención o una tergiversación de los hechos, es lo de menos.

Fijémonos, finalmente, que uno de los aspectos comunes de estas ideologías es que no admiten discrepancias a este relato. El que no acepta la lucha de clases o niega que su pueblo se encuentre bajo el yugo de una potencia opresora, es rechazado de plano. El que no está con ellos, y acepta acríticamente sus postulados, es rápidamente identificado como enemigo.

La irrupción de la llamada ideología de género ha supuesto la imposición de este modelo, con la aceptación acrítica de un relato de la situación actual que no admite discrepancias. Buena parte de este relato se fundamenta en ideas absurdas, como la que sostiene que la diferenciación por sexos es perversa, pues tiende a perpetuar un patriarcado que condena a la mujer a un rol de sumisión y servidumbre. O la que alienta el combate contra el matrimonio y la familia, proponiendo alternativas como el que los hijos sean educados comunitariamente. O la que entiende el sexo como un atributo personal que debe poder cambiarse al antojo de cada uno, como si su realidad biológica fuera lo de menos. En definitiva, un relato que quiere convencernos de que todo aquello que se parezca a cómo hemos vivido desde hace milenios, debe ser completamente denostado.

Pero lo más triste es que nadie, en el ámbito político, mediático o intelectual, parece dispuesto a cuestionar esto. Se consigue con ello que esta ideología, dudosa y alejada del sentir mayoritario de la ciudadanía, vaya camino de ser declarada dogma de fe por una élite intelectual y política, temerosa de las reacciones de grupos minoritarios y radicales. Esa misma élite que luego se sorprende de que fuerzas políticas advenedizas logren los triunfos que logran. Pero lo que consiguen estas fuerzas se debe a su capacidad de llegar a esa mayoría de gente que permanece estupefacta ante tal aquelarre de despropósitos, como los que se esconden tras la etiqueta de la ideología de género.

Si queremos salir de este maniqueísmo autodestructivo, debemos exigir esa posibilidad del diálogo discrepante que se está negando y partir de la idea de que existen alternativas y puntos de vista diferentes, incluidos los tradicionales. Sostener que cualquier ocurrencia, por el hecho de ser nueva, sea mejor que el punto de vista tradicional, es una soberana idiotez. Por mucho que luzcan en las pantallas de televisión, los desvaríos proféticos de una docena de ideólogos de despacho y birrete, no pueden pretender ser la evolución natural de la cultura y la civilización occidentales.

Decía Ludwig Wittgenstein que, de lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse. Pero en el tema del género hemos conseguido invertir los términos, hasta el punto de poder decir que, de aquello que nos van a hacer callar, es mejor dejar de hablar. Sin embargo, si queremos hacer frente a los que quieren imponer sus postulados ideológicos y silenciar la discrepancia, debemos tener claro que la única opción es, precisamente, no callar.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 4 de febrero de 2019

Acedia

Juan Casiano fue un monje asceta nacido en la actual Rumanía a mediados del siglo IV y que dedicó buena parte de su vida a la ordenación de la vida monástica. Una de sus grandes preocupaciones era la de mantener la integridad espiritual de los monjes, que se encontraba en constante peligro ante las tentaciones de la carne. Dicha integridad podía ser puesta en peligro por múltiples vicios, siendo la acedia uno de los más comunes y que, por ello, mayor riesgo suponía.

Nuestro monje entendía la acedia como un estado de tristeza honda que sumía al monje en una asfixiante amargura que lo llevaba a alejarse del bien espiritual al que estaba llamado. Se trataba pues de un vicio con tintes de enfermedad, por lo que su afección ponía en duda la responsabilidad moral del afectado y su carácter pecaminoso. Tomás de Aquino, sin embargo, tenía pocas dudas acerca de la naturaleza de la acedia como pecado y la emparejaba ni más ni menos que con la envidia. Afirmaba el dominico que si la envidia es una oposición interior de alguien frente al gozo de los demás con sus bienes, la acedia es la oposición interior al gozo de los bienes divinos que se ponen a nuestra disposición. Por tato, la gravedad de la acedia no es el eventual perjuicio que se produce a terceros, que es en principio mínimo, ni el que se produce uno a sí mismo, sino el hecho en sí de desaprovechar o rechazar un bien espiritual que proviene de Dios.

En el ámbito religioso, o al menos en el específicamente católico, la acedia sigue siendo considerada como una actitud de relajación de la ascesis o de descuido de la oración debida a la pereza y al desabrimiento. Fuera de este ámbito, la acedia se entiende como sinónimo de pereza y de amargura o tristeza, tal y como se recoge en el actual Diccionario de la Real Academia Española, dejando atrás el origen pecaminoso o culposo del término, que va más allá del monasticismo, pues en su etimología, acedia deriva del griego akêdía, que significa negligencia.

No tengo demasiadas dudas de que sería relativamente fácil encontrar ejemplos de esa pereza negligente y triste en nuestra sociedad. Se me ocurre en el ámbito político, en el que un elevado porcentaje de la población parece haber renunciado a ejercer sus potestades que como ciudadano le viene dadas. Pero también en el ámbito familiar, donde tantos padres fuerzan extrañas delegaciones en maestros y otras personas para evitar su obligación de educar con firmeza y prudencia a sus hijos. Una negligencia vergonzante que al final acaba minando el ánimo y convirtiéndose en agria tristeza.

Educación y valores cristianos

No deja de ser como poco sorprendente que, mientras los templos católicos se vacían, muchos padres siguen llevando a sus hijos a colegios católicos, concertados o privados. En algunos casos, ello puede deberse a la buena fama del centro o a su carácter elitista, pero en la mayoría de ocasiones, los padres suelen alegar que optan por este tipo de centros porque son una fuente de transmisión de valores cristianos, valores que ellos creen positivos para la formación de sus hijos.

Adelanto ya que no me parece mal, ni mucho menos, que estos padres realicen esta opción a favor de sus hijos. Pero quiero apuntar que tras el razonamiento expuesto subyacen dos errores importantes, pero que no siempre se aprecian en su justa medida.

El primero de ellos casi diría que es de bulto, o debería serlo: no hace falta acudir a un colegio religioso o católico para hallar esos valores “cristianos”. No voy a entrar ahora en discutir acerca de estos valores, como pueden ser la tolerancia, el respeto a la dignidad humana, a la vida, la fraternidad y el auxilio hacia los más desfavorecidos, etc. Lo cierto es que la mayoría de personas sensatas se apuntaran a ellos con independencia de que sean creyentes o no. Se trata de un conjunto de valores que algunos etiquetan como “cristianos” pero que fácilmente pueden etiquetarse como valores “humanistas”, “democráticos”, “republicanos”, etc.

Se trata por lo demás de valores cuyo contenido y relevancia no están exentos de problemas. Así, la tolerancia no es vista igual por todos los católicos en asuntos como la diversidad sexual, por ejemplo. De la misma manera, temas como la mayor o menor disposición de acoger inmigrantes en un país están lejos de un consenso y la opinión incluso de católicos parece alejarse de esos valores que definimos como “cristianos”.

Otra cosa es, por supuesto, que esos valores propios de las sociedades abiertas y liberales como la nuestra tengan su origen en el cristianismo, al menos en buena parte. Si bien es cierto que a su vez esos valores reposan, en parte, en el legado filosófico griego, del que también alguna parte de la doctrina cristiana es deudora. Lo que sí entiendo que debe quedar claro es que, ni esos valores son “exclusivos” del cristianismo, ni puede afirmarse que solo desde el cristianismo puede garantizarse su preeminencia. Pensar que solo los cristianos podemos ser personas razonables y buenas es un soberana gilipollez.

El segundo error que surge del planteamiento de muchos padres es mucho más grave. Se trata de pensar que el cristianismo es básicamente un código moral, una pléyade de valores que permiten configurar individuos moralmente íntegros que permitirá construir una sociedad más justa. Es verdad que el cristianismo viene adornado con una mitología especialmente gráfica y pedagógica, pero sentimentalismos aparte, lo que de verdad importa en todo ello es ese código de conducta, esa forma de ser en la que se valora el esfuerzo, la solidaridad con los conciudadanos, el auxilio al débil, la defensa de los intereses comunes, etc. Un discurso tan hermoso como vacío, pues a buen seguro que peroratas de este estilo las encontraríamos también en círculos fascistoides, en comunistas postmodernos y en caciques de toda ralea.

Consideraciones sociopolíticas al margen, lo cierto es que quien entiende que el cristianismo es un catálogo de buenas prácticas para conseguir un mundo mejor, es que no ha entendido nada. El cristiano no persigue una utopía, sino que confía en una realidad que trasciende toda realidad mundana. Pero esa confianza no se basa en su esfuerzo, en su educación o en su buena fortuna. Se basa en la fe en un Dios fiel y misericordioso, que perdonará sus fracasos y premiará cada intento de mejora. Un Padre que acoge en la enfermedad, en el dolor y en el sinsentido del mal. Un Dios que compadece y acompaña, que ilumina con la mirada acogedora y aligera la fatiga de cada día. Un Dios que lo es todo y que se refugia en lo más recóndito del interior, que juega al escondite ofreciendo escandalosas pistas para que no se pierda ni la oveja más despistada.

Los valores son importantes para la convivencia diaria y para el creyente resultan fundamentales, pues no cabe desvincular la relación con el Padre de la de los hijos, sean o no hermanos en la fe. Pero los valores tan solo cubren una parte de la existencia del hombre. En ellos no se obtendrá respuesta en relación al sentido de la vida, el problema del mal o la finitud y la muerte. Es encomiable que los padres se preocupen de que sus hijos se eduquen en los valores  como los que se ensalzan desde la doctrina cristiana, pero esa educación es solo parcial. Sirve como código de urbanidad, sin duda, pero no confundan esto con el cristianismo. Sería como confundir una merluza con el océano entero.

Las cosas claras con el aborto

Mientras en nuestro suelo patrio estamos sumidos en la resaca postelectoral y la desafección general por la eliminación de “la roja” de la Eurocopa, ha pasado desapercibido el enfrentamiento de las autoridades polacas con la Comisión Europea a raíz de la regulación polaca sobre el aborto. Sin entrar en el análisis del caso concreto, lo cierto es que la cuestión del aborto es un tema complejo y que suscita polémicas diversas, a la vez que no pocas veces surgen equívocos y usos perversos del lenguaje. Es por ello importante aclarar los términos y, aclarados estos, ver cuál es la posición que, en mi caso como católico, sostiene la Iglesia.

Inicialmente suele aparecer como debate jurídico acerca de si debe despenalizarse o regularse tal práctica. En las últimas décadas son muchos los países de nuestro entorno que admiten, en mayor o menor grado, una despenalización del aborto, si bien el enfoque jurídico pivota entre aquellos que priman la protección del concebido no nacido o nasciturus de aquellos que priman el derecho de la mujer a decidir sobre su función reproductora. La diferencia es importante, aunque los efectos de la regulación puedan ser semejantes en su permisividad, pues en el primer caso se admite el valor del nasciturus, mientras que en el segundo se niega o relativiza, creando un supuesto conflicto entre este y el derecho de la mujer a disponer de su cuerpo.

El debate de fondo está, en primer lugar, en si el nasciturus merece o no la protección del ordenamiento jurídico y en qué grado. Para ello es determinante la naturaleza de ese concebido no nacido. Es decir, se trata de averiguar si el concebido no nacido es un ser vivo diferente de la madre y si, de ser así, cabe considerar que se trata de un ser humano (y gozar así dela protección jurídica propia de cualquier ser humano) o se trata de otra cosa, un ser que puede tener un valor intrínseco pero que puede ser transaccionable o se le pueden oponer otros valores y derechos.

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Naturalmente, determinar cuándo un ser vivo es una persona o es otra clase de ser es algo que escapa del mundo del Derecho y es necesario buscar el auxilio de otras disciplinas. Sin embargo, esta búsqueda no es sencilla. La biología, lejos de ofrecer una respuesta clara, no se pone de acuerdo a la hora de conocer cuándo se crea una nueva persona. Indudablemente el momento inicial cabe situarlo en la concepción, donde la unión de los gametos produce una célula que, al menos genéticamente, es ya diferente de los progenitores. Pero no solo es distinta, sino que en su código genético lleva ya buena parte de lo que será ese futuro hijo o hija: si será rubio, alto o si tendrá propensión a la diabetes.

Pese a ello, lo cierto es que no todos los óvulos fecundados llegan, de forma natural, a buen puerto. Por esta razón, no son pocos los que entienden que esa unidad genética distinta necesita algo más para poder considerarse un ser humano, algo que permita entender que tiene visos de viabilidad, y por ello entienden que no puede hablarse de ser humano hasta un estadio más avanzado en el desarrollo del embrión, como cuando se advierten ciertas funciones cerebrales, se responde a determinados estímulos, etc.

Frente a esta indeterminación o falta de consenso científico, aparecen las posturas que se basan en criterios morales, religiosos o ideológicos. Y una voz importante para mucha gente es la de la Iglesia. Y la Iglesia sostiene que la protección del concebido no nacido debe realizarse desde el momento inicial de la concepción al entender que en ese momento ya existe un ser con una identidad genética propia diferente de los progenitores. Se trata de una postura coherente y razonable por diversos motivos:

En primer lugar, se trata de una postura prudente y que guarda coherencia con la concepción antropológica del hombre que sostiene al Iglesia. La realidad es que, incluso científicamente, se acredita que desde la concepción existe un ser distinto de la madre que lo cobija y en la medida que se trate de un humano, no hay que descartar ahí no solo un proceso biológico sino una intervención divina, pues solo hay humanidad donde hay una unidad de alma y cuerpo, y esa alma es creación directa de Dios. Es justo reconocer que tampoco aquí tenemos una evidencia clara de que esa primera célula haya sido dotada de un alma por el Creador. Sin embargo, tampoco se puede descartar y sería enormemente imprudente aprovecharnos de esa ignorancia y jugar con aquello en lo que Dios ha podido intervenir. Se trata de un argumento prudencial y de sentido común, algo que algunos olvidan cuando conviene. Ningún médico trasplantaría un corazón a un paciente sin asegurarse que el donante está efectivamente muerto. Sin embargo, otros no dudan en provocar abortos aun reconociendo no tener claro de si están acabando o no con la vida de una persona inocente.

En segundo lugar, esa postura prudente es coherente con la supremacía que la Iglesia reconoce a la vida y a la dignidad humana, supremacía que como sabemos deriva de ser imagen de Dios. Si la vida y la dignidad del hombre son un valor superior, en mayor medida se justifica esa prudencia a la hora de tratar con ellos. Pero más allá de la prudencia, este tratamiento permite ser coherentes en otros contextos en los que la vida y la dignidad de algunas personas se ve amenazada seriamente. Sin ir más lejos, hay personas que, debido a enfermedades, procesos degenerativos severos, accidentes graves, etc., carecen de autonomía, de la capacidad de razonar e incluso de conciencia, no responden a impulsos sensoriales … y, sin embargo, no por ello dejan de ser personas, unidades de alma y cuerpo creadas y amadas por Dios.

Esta postura de la Iglesia le lleva, consecuentemente, a rechazar la práctica del aborto en todos los sentidos, es decir, no solo frente a posibles conflictos con el derecho de las mujeres a decidir (nunca la prevalencia de ese derecho justificará matar a alguien), sino frente a regulaciones que permiten el aborto en determinadas circunstancias (concepción fruto de una violación, malformaciones del feto, etc.).

En puridad, el único conflicto que podría plantearse y que podría justificar una decisión de provocar un aborto, sería si el valor supremo de la vida del feto se enfrenta al valor equivalente de la vida de la madre, es decir, en aquellos excepcionales casos en qué, por lo que sea, el médico debe optar por salvar la vida del feto o la de la madre, pero no la de los dos por el elevado riesgo de que ambos perezcan. También aquí lo razonable es que la toma de la decisión, en la medida de lo posible, sea de la madre, que indudablemente puede optar por un acto de suma generosidad y sacrificar su vida para salvar a la de su hijo. Sin embargo, no creo que haya nadie en su sano juicio que pueda exigir tal actitud heroica a alguien, ni nadie tan retorcido que critique la decisión que la madre tome en tan dramática circunstancia.

Amoris Laetitia

Como otros lectores, sigo enfrascado leyendo, con calma y sosiego, ese don del Espíritu Santo que es la nueva Exhortación apostólica del Papa Francisco. 472px-Pope_Francis_South_Korea_2014Dejo el enlace para aquellos rezagados que aun no han empezado a leerla: Amoris Laetitia.

Muy recomendable es (de hecho, el propio Papa lo ha indicado) leer la presentación que hizo el Cardenal Schönborn, aclarando así disputas artificiosas que los histéricos fariseos de turno ya han empezado a difundir.

Lo dicho, a seguir leyendo.