La paradoja del conocimiento

Yuval Noah Harari plantea en su libro Homo Deus una curiosa paradoja que denomina del conocimiento. Su formulación es aproximadamente esta: el conocimiento que no provoca cambios es inútil; el que sí provoca cambios es útil si bien estos cambios hacen que ese mismo conocimiento acabe siendo irrelevante. Para explicar esto propone un ejemplo muy visual. El marxismo, explica, aportó un conocimiento útil no solo porque realizaba un análisis socioeconómico novedoso, sino porque al profetizar una sociedad sin clases aboliendo la propiedad privada, provocó que la burguesía capitalista se apresurara a introducir cambios a nivel jurídico y social con el fin de evitar llegar a una sociedad comunista, es decir, con el fin de demostrar que Marx se equivocaba y que la sociedad comunista era un riesgo perfectamente evitable.

Si buscamos otros ejemplos, veremos cómo esta paradoja se da en ámbitos diferentes al de la economía o de las ciencias sociales. Por ejemplo, el conocimiento de que el sol va a estallar dentro de tres meses sería un conocimiento inútil pues no aporta nada que nos permita impedir este suceso y, por tanto, no provocará cambios que hagan irrelevante este conocimiento. En cambio, los modelos y el conocimiento que obtenemos acerca del cambio climático sí que pueden servirnos para paliar sus efectos perversos e intentar revertirlos. Si lo intentamos de forma seria, posiblemente logremos paliar el problema, pero ello nos llevará a una situación diferente a la actual que nos obligará a redefinir los modelos climáticos y nuestra influencia sobre el clima; es decir, el conocimiento que nos ha llevado a la solución del problema acabará siendo irrelevante (ergo, habrá sido útil).

Lo relevante aquí es que, de alguna manera, el conocimiento útil nos empuja a actuar. Este elemento contiene en sí otro efecto, si cabe más importante. Cuanto mayor es la capacidad que tenemos para generar conocimiento, más aumentamos nuestra capacidad de cambio. Se produce entonces una aceleración y los cambios se suceden cada vez a mayor velocidad. Con ello obtenemos un efecto paradójico completo: cuanto más conocimiento tenemos de un sistema, más difícil nos resulta hacer predicciones fiables sobre el mismo. ¿Por qué? Porque al tener ese nivel de conocimiento, tenemos también una mayor posibilidad de aplicarlo para alterar las condiciones con el fin de que no se cumplan las predicciones. Dicho así, puede parecer que no tiene mucho sentido, pero enseguida verán que no es así.

Imaginemos que alguien consigue elaborar un algoritmo que permita adivinar con días u horas de antelación los movimientos bursátiles. Esa persona sin duda se enriquecerá en cuestión de semanas y, si es discreta, podrá mantener su secreto a salvo y vivir como un rey. Sin embargo, ¿qué pasaría si el algoritmo fuera público y estuviera en manos de la mayoría de inversores y de los gobiernos? Pues que, ante la ausencia de riesgo, la bolsa carecería de atractivo y los tiburones que consiguen grandes ganancias, especulando y realizando movimientos de capital de forma aparentemente errática y continua, se verían forzados a tomar medidas. ¿Cuáles? El lector ya debe imaginar la respuesta: se deberían buscar elementos para provocar cambios suficientes como para aumentar la impredecibilidad y hacer irrelevante el algoritmo. Cada vez que los inventores del algoritmo mejoraran su versión para tener en cuenta los cambios, solo conseguirán provocar a los ávidos especuladores y acelerar el proceso de cambio.

Algo así ocurre hoy a gran escala, aunque apenas nos damos cuenta. Hoy tenemos más información de lo que ocurre en el mundo de la que tenían nuestros semejantes hace quinientos años. Nuestras capacidades para predecir lo que puede ocurrir son mucho más sofisticadas y precisas que antaño. Sin embargo, la velocidad a la que se producen los cambios supera esa capacidad de comprensión.

Busquemos una vez más un ejemplo. Un español de hace quinientos años podía vivir con la tranquilidad de saber que su hijo habitaría en un mundo parecido al suyo. Lo que no quiere decir que no hubiera cambios. Ese hijo sería testigo, a lo largo de los años, de la división religiosa de Europa provocada por las famosas tesis de Lutero de 1517, que llevarían a la reacción más o menos tardía de Trento a mediados de siglo. Si estuviera vivo en 1568 tendría noticia del inicio de la Guerra de los Ochenta Años, aunque con seguridad moriría sin ver su fin. Es posible que oyera hablar de un tal Copérnico y su curiosa visión del cosmos, publicada en los años 40 de su siglo, pero dejaría este mundo sin saber que, años después, nacería un italiano llamado Galileo que inventaría el telescopio, lo que le permitiría confirmar las tesis del astrónomo polaco. No obstante, en su vida cotidiana, esa persona no vería muchos más cambios en su vida respecto a la que había sido la de su padre

Hoy, sin embargo, las guerras no duran casi un siglo y los descubrimientos científicos se difunden en horas a lo largo del planeta. Hace tan solo treinta años no existía Internet, la telefonía móvil o la Game Boy. Nadie había oído hablar de células madre o de terapias genéticas ni se imaginaba que medio mundo, incluido el sistema de salud británico, pudiera quedar fuera de servicio por el ataque de un virus informático llamado WannaCry. Para los padres de hoy, es complicado saber cómo será el futuro de nuestros hijos. Lo más seguro es que vivan en un mundo en el que la combustión de hidrocarburos sea algo del pasado y que el cáncer se cure con medicamentos basados en nanotecnología, que tal vez sean dispensados tras un diagnóstico a partir de inteligencia artificial. Pero también es bastante probable que la gente poderosa tenga hijos genéticamente seleccionados, más guapos, fuertes y listos que la media, aprovechándose de la legislación de algún país poco escrupuloso en temas éticos.

En cualquier caso, esa velocidad en los cambios afecta a nuestra percepción de la realidad y nuestra capacidad para evaluar y decidir. Pararse a reflexionar tiene hoy el riesgo de llegar tarde, de verse superado por los problemas. De ahí la provisionalidad de las decisiones y la ausencia de juicios de carácter ético o valorativo en decisiones que lo requieren.

El cortoplacismo y la búsqueda de efectos inmediatos se superponen a visiones más a largo plazo. Lo vemos en los jóvenes que buscan vivir al día, gastando su dinero en “vivir experiencias” en forma de viajes exóticos o deportes de riesgo, pues no ven sentido a invertirlo en la adquisición de patrimonio o, simplemente, en ahorrarlo para un futuro que perciben difuso. Pero lo podemos observar también en un ámbito más general. Un buen ejemplo de ello ha sido el escándalo de Facebook, cuya influencia en asuntos tan trascendentes como el Brexit o la desastrosa victoria de Donald Trump puede haber sido decisiva. Paradójicamente, mientras se manipulaba a los ciudadanos, a las autoridades europeas lo único que parecía preocuparles era como lograr que estas empresas tecnológicas pagaran más impuestos. El cortoplacismo se impone junto con la miope visión del dirigente contable, para quien el horizonte no va mucho más allá del año fiscal. Por desgracia, sin embargo, los valores éticos no suelen reflejarse en las cuentas de resultados. Así nos va.

Publicado en El Mundo/El Día de Balares el 24/6/2018