La secularización frente al extremismo islámico

El semanario Alfa y Omega se hace eco de unas jornadas que se celebran estos días organizadas por la Familia Trinitaria, en las que el obispo caldeo de Aleppo (Siria), monseñor Antoine Audo, advierte que «el extremismo islámico y la secularización de la sociedad europea, es decir, la falta de fe, de moral y de valores, es el mejor camino para que el terrorismo islámico entre en Europa».

Sin duda las palabras y el sentido que se le quieran dar dependen en buena parte de la experiencia de cada uno. La experiencia de este obispo, mucho más cercana a los desmanes del extremismo islámico que cualquiera de nosotros, puede ofrecerle una visión más descarnada del tema. Al fin y al cabo, habla desde la posición del que sufre una enfermedad y advierte a los incautos de posibles contagios, cuando estos ni siquiera tienen claro los síntomas ni las consecuencias. Por ello, es difícil no sentir cierta prevención a la hora de analizar sus palabras.

Sin embargo, no me resisto a discrepar acerca de la equiparación entre extremismo islámico y secularización. Quiero decir que el origen del terrorismo islamista y su penetración en Europa proviene, básicamente, del extremismo islámico y su odio hacia Occidente y no creo que esta penetración sea más fácil en sociedades con un mayor nivel de secularización. Es más, el terrorismo islámico no ha nacido en Occidente y, de hecho, donde más estragos ha provocado es en los países de mayoría musulmana, donde la secularización es un fenómeno prácticamente inexistente. ¿No tiene entonces razón el obispo?

Sí la puede tener, seguramente, en dos aspectos de la secularización que pueden incidir en agravar el problema. El primero es que la ausencia de la religión en el ámbito público y la escasa o débil religiosidad en general, dificultan una visión clara y comprehensiva del problema. Es evidente que el fundamentalismo religioso tiene un origen religioso, como la hipersensibilidad dental lo tiene en la dentadura, pero la solución al problema no esta en arrancar el diente ni en arremeter contra la religión. Pero la irrelevante religiosidad actual hace que muchos piensen que el problema no es el radicalismo sino la religión y, por ello, abogan por la solución de arrancar la religión de sus comunidades o marginarla, algo a lo que cualquier creyente sensato -aunque no sea radical- se resistirá.

Hay un segundo aspecto, relacionado con el anterior, que deriva de la incidencia de la secularización respecto a este problema. Me refiero a las dificultades en la integración social de muchos creyentes musulmanes en nuestras comunidades. Es frecuente que mucha gente acuse precisamente a las comunidades musulmanas de no querer integrarse, de no aceptar los valores occidentales. Sin duda puede haber aquí un rechazo de tipo cultural. No obstante, estoy convencido que el mayor peso del rechazo hacia nuestra sociedad viene determinado por el temor a verse afectados por la secularización imperante. ¿Cómo va a integrase cómodamente un creyente en una sociedad que le va a considerar, por el hecho de ser miembro de una confesión religiosa, un troglodita?

Los creyentes que hemos nacido y vivimos en una sociedad de secularización galopante, de alguna manera nos hemos adaptado a ello, en muchos casos sacrificando la práctica religiosa o recluyéndola al espacio privado de la familia. Pero el que no ha nacido aquí, el que no entiende este afán laicista, ¿cómo va poderse adaptar a ello sin renunciar a su propia identidad y a la de los suyos? ¿Cómo no verá con temor la acción de sus vecinos, la escolarización de sus hijos, etc.?

Muy posiblemente, el proceso de secularización actual sea en gran medida irreversible, al menos a medio plazo. Cabría preguntarnos entonces si esa secularización es compatible con la acogida e integración de comunidades amplias como la musulmana. Y si no lo es, ¿no deberíamos preguntarnos si, en alguna medida, somos los occidentales los que seguimos un camino equivocado?