Eternamente mortales

La reciente muerte de Enrique Castro Quini sorprendió a mucha gente, incluidos aquellos que, sin ser grandes aficionados al fútbol, recordaban con simpatía la figura del jugador y el calvario que pasó con su secuestro, allá por el año 1981. Aunque Quini murió de un infarto, posiblemente una de las causas más comunes de muerte en nuestro país, han sido frecuentes los comentarios acerca del desafortunado suceso y su inevitabilidad, pese a ser reanimado en plena calle por unos agentes de policía. Si cuando el jugador estaba en activo, hace cuarenta años, este tipo de afecciones solían ser letales, hoy parece como si fuera algo extraordinario no sobrevivir al achaque.

Afortunadamente, en estos cuarenta años los avances en el campo de la medicina han sido constantes, también en los casos de cáncer o de otras afecciones que antaño eran irremediablemente fatales. Y la progresión continúa. Nuevas técnicas, como el uso de células madre, las terapias genéticas o la nanotecnología, auguran una auténtica revolución en la medicina a medio plazo, lo que puede llevarnos a incrementar la actual esperanza de vida hasta límites hoy insospechados.

Hasta dónde pueden llegar esos avances es objeto de especulación y, aunque no faltan recelos de distinto cariz, incluidos los de naturaleza religiosa o moral, tampoco faltan actitudes entusiastas y optimistas. Muchos recordaran el revuelo que provocó, hace algo menos de un año, la Cumbre Internacional de Longevidad y Criopreservación que se celebró en Madrid y en la que se predijo, sin demasiados tapujos, el fin de la muerte. De hecho, José Luis Cordeiro, profesor de la Singularity University y uno de los organizadores del evento, se atrevió a fijar una fecha: el año 2045.

Como es de suponer, lo del fin de la muerte hay que entenderlo en su justa medida. La muerte siempre estará con nosotros pues en cualquier momento podremos sufrir un accidente, morir quemados en un incendio o, simplemente, suicidarnos. Pero sí que es verdad que la ciencia avanza hacia una meta que nos permitirá ser, al menos en teoría, eternamente mortales, en expresión del filósofo francés Luc Ferry. Una meta que, por otro lado, solo tiene un mínimo atractivo si corre pareja con la reversión de los procesos de envejecimiento. Vivir veinte años más para estar prostrado en una cama como un vegetal no es algo apetecible para nadie.

Cuestiones técnicas aparte, de producirse este alargamiento significativo de la esperanza de vida en un horizonte que no va más allá de unas cuantas décadas, lo que sí se pueden plantear son serios problemas económicos y sociales. Para empezar, habrá que ver cómo se pagan las pensiones de jubilación de los actuales trabajadores si estos alcanzan edades más allá de los cien años. Aunque también es verdad que, si se atenúan los procesos de envejecimiento, estos mismos trabajadores pueden seguir activos hasta bien cumplidos los noventa años, lo que en algunos casos puede ser un hándicap y, desde luego, nada bueno augura a los que nacen hoy e inevitablemente se encaminan hacia las largas listas del paro juvenil.

También es verdad que una cosa son las posibilidades de la ciencia y otra muy diferente las de los bolsillos del ciudadano. Aunque los grandes investigadores se guardan normalmente de hacer referencia al vil metal, las multinacionales que patrocinan sus experimentos a buen seguro buscarán suculentos beneficios tras estos descubrimientos. Es por ello que es muy posible que, al menos en las primeras décadas de uso de estas terapias, su aplicación solo se ciña a personas de alto nivel adquisitivo o hacia los que exista un especial interés. Pensemos, por poner un ejemplo, en el que pueda haber por mantener una larga y longeva dinastía política en los EE.UU, al estilo de los Kennedy, pero en este caso a partir de los retoños de la familia Trump.

Lo cierto es, por otro lado, que con el tiempo estos avances dejan de ser un privilegio de unos pocos y se van generalizando, hasta llegar a formar parte de la carta de servicios de la sanidad pública. Es lo que ocurrió, sin ir más lejos, con la cirugía estética, que al principio era solo accesible a millonarios y a glamurosas actrices hollywoodienses y hoy se ha generalizado a muchas capas de la sociedad. Aún así, habrá que ver hasta qué punto no seguirá habiendo diferencias entre distintos grupos.

Aunque sea un caso de ciencia ficción, algo parecido a esto que explicamos es lo que ocurre en la serie de TV Altered Carbon, en la que, en pleno siglo XXIV, la identidad humana se conserva en una especie de unidad de memoria que puede insertarse en diferentes cuerpos, que son así revividos. Como es fácil imaginar, los cuerpos jóvenes y hermosos son altamente cotizados y solo quedan al alcance de millonarios, mientras que el común de los mortales debe conformarse con lo que nadie quiere. En una de las primeras escenas de la serie se ve a una familia atónita al comprobar que la identidad de su hija pequeña fallecida ha sido insertada en el cuerpo de una anciana.

Evidentemente, las apuntadas son tan solo un muestreo de las implicaciones éticas, políticas y económicas que pueden conllevar determinados avances en el terreno de la medicina. Aun así, la gran mayoría de personas pensará que se trata de problemas que se irán solucionando, pero que en ningún caso pueden suponer trabas al avance en las investigaciones médicas. Y en buena parte es así. Nadie en su sano juicio se opondrá a que avancemos en poder tener una vida más larga y sin los achaques de la vejez. Ya no digamos si podemos evitar determinadas enfermedades y afecciones graves, no tanto ya para nosotros como para nuestros hijos o nietos. Pero que el fin sea loable, no quiere decir que lo sea a cualquier precio ni sin tener en cuenta los efectos secundarios que pueden aparecer, no solo en el campo fisiológico, sino también en el social, cultural y moral. Al fin y al cabo, las personas somos algo más que carne animada.

Y es ahí donde radica el problema. Nadie o casi nadie parece querer mirar más allá del titular entusiasta predicando los milagrosos avances hacia los que nos dirigimos. Preferimos no pensar. Asumimos expectantes que la mayoría viviremos más que nuestros antepasados. Desde luego, no sé si seremos más felices, pero creo que no está nada claro que vayamos a ser más listos.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 25/3/2018

Las carcajadas del demonio

Hace unos días nos dejó Gabriele Amorth, el conocido exorcista italiano y autor de numerosos y muy difundidos libros sobre su vida y su práctica como ahuyentador de demonios y curador de posesos, amén de personaje muy presente en webs católicas, prensa, etc.

Debo reconocer que siempre he tenido dudas sobre ese tipo de presencia mediática, pues aunque es positiva la divulgación de estos fenómenos y su realidad, es verdad que a menudo uno tiene la sensación que todo lo mediático se trivializa. Ocurre lo mismo con los milagros o con las conversiones de personajes famosos. Llámenme carca, pero no es lo mismo leerlo en un libro con pretensiones de rigor, que verlo por la tele. Y aunque esta publicitación de algo tan real como el demonio sea buena, la banalización del contenido puede producir un efecto adverso: la creencia de que se trata de un tema superado, trasnochado.

Atribuyen a Baudelaire aquella frase de que la mayor astucia del demonio es hacernos creer que no existe, y algo de cierto hay en ello pues cada vez es menor el número de personas que piensan en él. Y sin embargo, el mal sigue presente entre nosotros. No hace tanto, el pasado 26 de julio en la parroquia de Saint-Etienne-du-Rouvray, en Francia, el padre Jacques Hamel fue degollado mientras celebraba misa  por dos yihadistas. Ante el ataque, según se ha relatado, el sacerdote gritó “¡Vete Satanás!” a sus agresores, lo que se ha interpretado como una atribución al Maligno del origen de tamaña violencia. De hecho, así lo vino a decir el propio Papa Francisco en una misa de homenaje. Y aun así, incluso a muchos creyentes les cuesta pensar en esa identificación del mal, viéndolo siempre como algo difuso, abstracto.

Romano Guardini, en su obra El Señor y refiriéndose al demonio, denuncia que el hombre actual lo concibe, como mucho, como una figura cómica a la que no cabe tomarse en serio o, incluso, como una suerte de héroe liberador y rebelde (págs. 160-161). Sin duda, de tener razón Baudelaire, el demonio ha logrado su gran objetivo de pasar desapercibido y poder trabajar a sus anchas.

Más de medio siglo después de escribirse esta obra, hoy el demonio es una figura cotidiana pero simpática, protagonista de comedias televisivas y cuentos para niños, a los que por supuesto no aterra para nada. Cotidiana sí, menos en las Iglesias y los púlpitos, donde apenas se acuerdan de él. Casi nadie habla seriamente del demonio y pocos creyentes reconocen creer en su existencia, por mucho que lo lamentara el padre Amorth.

Saber a qué se debe esta deliberada ignorancia no es fácil. Desde luego no es por temor, pues de la misma forma que nadie parece creer en su existencia, tampoco se cree en los ángeles, otros personajes relegados a las apariciones televisivas y poco más. Sagazmente, Guardini apunta a un motivo determinante: el hombre moderno no admite otra realidad personal que no sea él. La naturaleza, el entorno que le rodea, debe ser impersonal, previsible, sistemático, organizado. Debe poder ser estudiado, entendido. Incluso manipulado, en la medida que se pueda. Pero no puede haber más subjetividad que la del sujeto por excelencia, el único que admitimos como tal: el hombre. Es por ello que el hombre moderno no puede concebir una instancia personal, el demonio, que altere ese sistema y lo incline al mal, que tuerza su voluntad o que manipule el entorno a su antojo y sin nuestro control, alejado de nuestro entendimiento.

Por esta razón, el hombre de hoy no acepta instancias angelicales ni demoníacas, y ridiculiza a cualquiera que las defienda. La realidad que nos rodea es vista como una realidad objetiva, natural, explicable. Lo demás, son licencias poéticas. En los yihadistas que asesinaron al padre Hamel había odio y resentimiento; causas culturales y sociales que explican su origen; procesos bioquímicos que configuran una acción tan cruel y deleznable. Pero no puede haber un “alguien” no humano que empuje a esos asesinos a hacer lo que hicieron. Ese alguien -dirá el hombre de hoy- no es sino una figuración imaginaria, un personaje para asustar a los niños. Pero estas conclusiones, para un cristiano, conllevan la negación de su propia fe.

Negamos la existencia de ángeles y demonios porque negamos que pueda haber una entidad personal que intervenga en la historia, en la naturaleza, en nosotros. Nos hemos configurado una versión personalizada del universo que creemos comprender o, al menos, pretendemos tener esa capacidad potencial de entenderlo. Incluso devotos cristianos caen en ese grave error. Porque si algo caracteriza el cristianismo no es la existencia de un Dios o de un espíritu: todas o casi todas las religiones profesan algo parecido. Lo que lo caracteriza es la existencia de un Dios personal, histórico, encarnado. Un Dios que conoce cada uno de los pelos de nuestra cabeza (Lc 12,7). Un Dios que no sólo está entre nosotros (Mt 28,20), sino que habita en nosotros, pues cada uno somos templos del Espíritu (1Co 6,19).

La gran astucia del demonio es conseguir que no creamos en él, sí, pero no porque con ello consiga más adeptos. De hecho, al Maligno nosotros le importamos un bledo. Su objetivo es mucho más ambicioso: lograr que nos olvidemos de Dios, que nos acostumbremos a vivir sin su presencia.  Como si Dios no existiera.

¿Por qué lo permite Dios?

Les dejo aquí el enlace de Magis Radio a una amplia entrevista que me realizaron en Radio ECCA, en el programa Diálogos de Medianoche, que se emitió en octubre del año pasado a raíz de mi artículo ¿Tiene Dios la culpa de todo? Teodicea para primeros auxilios, que publicó la revista Razón y Fe en febrero de 2015.

MagisRadio
https://magisradio.blogspot.com.es/2016/08/por-que-lo-permite-dios-con-joan.html

 

 

 

Perdón … ¿y si hablamos de la muerte?

La muerte y sus prolegómenos son hoy, para mucha gente y en muchos ambientes, un tema tabú. Paradójicamente, es objeto de preocupación por parte de los poderes públicos, que regulan la muerte digna, el testamento vital e instituciones similares. Sí parece claro que la forma a cómo nos enfrentamos a la muerte en la Europa del siglo XXI es muy diferente de cómo se hace en otras culturas o cómo se hacía aquí siglos atrás. Ello con frecuencia supone una concepción materialista del hombre, desarraigada de todo fundamento trascendental, lo que provoca que la muerte no se vea como un tránsito o un fin de etapa, sino como el fin definitivo, esencialmente malo y que hay que procurar que influya lo menos posible en nuestra trayectoria vital.

Veamos algunos aspectos destacados de cómo se encara hoy el hecho de morir.

a) El hecho de morir se esconde, se tapa, se esconde. Les pongo un ejemplo. Cualquiera que se haya recorrido un geriátrico se habrá percatado de que una de las prioridades de la instalación es esconder a las personas que fallecen. Aunque los que están en él saben -en la medida que son conscientes de su situación- que su destino es acabar allí su vida terrena, la instalación está diseñada para que nadie se dé cuenta de que un compañero suyo ha fallecido. Al contrario, el cadáver inmediatamente es apartado y los servicios funerarios acceden normalmente por una puerta secundaria.

Si alguien visita el centro para ingresar un familiar, posiblemente se le informará que hay una lista de espera que va corriendo a medida que se producen “bajas”. Todos los interlocutores saben que se refiere a la muerte de un interno, pero nadie lo dice. La palabra “muerto” o “cadáver” parecen proscritas.

L0006640 Funeral Sceneb) Se reivindica el derecho a una muerte digna, pero ¿qué es tal cosa? Normalmente como tal se entiende una muerte sin sufrimiento, sin dolor. Se habla del derecho a la sedación paliativa o a evitar la obstinación terapéutica. Se quiere evitar el dolor, el sufrimiento. Pero, ¿acaso no es normal? Si uno puede paliarlo, ¿para qué tener dolor?

Sin duda sería estúpido tener dolor pudiendo hacerle frente si total vamos a morir. Ningún sentido tiene salvo que… pues salvo que el dolor sea un medio, una forma de afrontar la muerte. No quiero decir con ello que la muerte deba afrontarse con espíritu sadomasoquista. Al contrario, la muerte, en la medida de lo posible, debería encararse con serenidad, como un acontecimiento decisivo como realmente es. En el dolor, la agonía, el deterioro de la enfermedad, ¿acaso no debería ver un cristiano cierto paralelismo con la pasión de Cristo? Más que un final desgraciado, ¿no podría también verse como el último gran esfuerzo? ¿Como el corredor de fondo en la última recta de la carrera, al borde de la extenuación?

Evidentemente es complicado ponerse en la piel del sufriente y no se trata, no es mi intención, banalizar este momento. Sin embargo, el ejemplo de la carrera no es trivial. El corredor puede estar sufriendo un dolor insuperable mientras siente pánico de que su cuerpo no responda como espera y de desmorone. Pero saca fuerzas de su flaqueza porque vislumbra una meta, un objetivo: llegar a la meta, incluso ganar. Su sufrimiento tiene sentido. Incluso desde fuera, visto por los espectadores que siguen la carrera, su sufrimiento resulta digno de admiración. Para no pocos, es un héroe, un ejemplo a seguir. Por contra, ¿por qué el sufrimiento del moribundo se ve como algo inútil y vacío, algo inevitable? ¿No será acaso que se observa sin ver en ello ningún sentido?

c) La muerte es el fin. Nada hay más allá de la muerte, aunque muchos quieren creer que algo puede haber, que tal vez todos formamos parte de una energía cósmica o alguna otra sandez por el estilo; o que nos reencarnamos continuamente en otros seres pero que, al no recordar nada, nada podemos asegurar. Incerteza y duda que no evitan pensar en que la muerte no es sino la vela que se apaga, el tiempo que cesa para alguien.
Queda el recuerdo, el legado, y poco más. Para muchos, tras la muerte viene el duelo, un proceso en el que debemos intentar olvidar y seguir sin pensar en la muerte. El hombre no es sino materia, y a la materia vuelve al final de su vida. No hay dios, ni trascendencia, ni espíritu o alma. Todo son supercherías.

La visión actual del hombre es una visión material, que abjura de cualquier dimensión espiritual. Resulta no obstante coherente con lo que hemos visto. Si la muerte es el final, si nada hay más allá del momento de morir, ¿para qué sufrir? ¿Por qué no aliviar el sufrimiento y acelerar el proceso cuando de todas formas el final es inminente? Y si morir es el acontecimiento absurdo por excelencia, ¿por qué amargarnos la vida recordando esta cruel espada de Damocles? ¿Por qué no intentar vivir como si la muerte no estuviera al otro lado de la esquina? ¿Acaso no vivimos ya como si Dios no existiera?

Como apuntábamos al principio, la pérdida de todo vínculo trascendental aboca al hombre a la desesperanza y el vacío. La desolación espiritual en la que vivimos en nuestra secularizada sociedad nos lleva a ese hombre temeroso, incapaz de encarar la muerte con serenidad e incapaz, por ello, de vivir plenamente su vida hasta el final, recapitulando lo vivido. De ahí que su vida no culmine en el último capítulo sino en una forzada juventud que pretende alargar a cualquier precio, mientras sus propios esfuerzos se marchitan y acaba siendo un mero gestor de sus recuerdos. Tristemente, ha olvidado que es más allá de él y de la realidad que le rodea donde puede hallar la esperanza que dará sentido a su peregrinar.