El hombre del tanque

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Han pasado treinta años desde aquel mítico 1989 en el que el comunismo se disolvió ante los estupefactos ojos de un incrédulo Occidente. Los que vivimos aquel noviembre en el que las televisiones retransmitían en directo la caída del Muro de Berlín, tuvimos por primera vez la sensación de estar viendo, junto a millones de personas, lo que acabaría siendo un capítulo esencial en la historia europea y mundial.  

Es fácil intentar comparar lo que ocurrió entonces con otros acontecimientos vividos globalmente, como pueden ser los atentados del 11-S en Estados Unidos o como vivimos aquí el 23-F, pero sigue existiendo una diferencia cualitativa importante. Los acontecimientos de finales de 1989 finiquitaron los regímenes comunistas europeos, algo que para la mayoría de los occidentales era como pensar en agarrar la luna con una cuerda.  

El bloque soviético formaba una estructura casi perfecta, admirada por muchos y temida por todos. Durante la Guerra Fría nadie descartaba del todo la posibilidad de un conflicto armado, lo que evidentemente daría lugar a una destrucción a escala planetaria. Pero, más allá de esa terrorífica posibilidad, nada parecía amenazar los cimientos de la URSS y sus satélites.  

Daban fe de esta fortaleza los testimonios de muchas personas que, en los años 70, solían viajar a Moscú para conocer qué era el socialismo real. A su regreso, relataban sus impresiones ante la visión de las grandes colas de gente comprando en las tiendas y como no siempre era posible encontrar aquellos víveres que uno buscaba. Paradójicamente, sin embargo, aún narraban con mayor admiración la belleza del metro moscovita o el orden y la paz que se respiraba en la ciudad.  

Pese a sus evidentes carencias, en Occidente siguió habiendo hasta el final una curiosa fascinación por el régimen totalitario comunista. La estética soviética, su simbolismo, la marcialidad de los soldados en la Plaza Roja, creaban un aura de admiración que embriagaba al viajero, que en ningún momento dudaba de la solidez del régimen.  

Es por ello por lo que sorprendió tanto el que se desmoronara de aquella manera, desde dentro, casi sin querer. Como un extraño dominó cayó el muro berlinés aquel otoño y en dos años la URSS desaparecía para siempre, como si todo hubiera sido un malentendido 

Aunque el derrumbe fue más un suicido que una derrota, Occidente se apropió rápidamente del mérito y se empezó hablar de un nuevo orden mundial, de la globalización del modelo democrático occidental e incluso del fin de la historia, al menos tal y como se la conocía hasta ese momento. Tan asombrados quedamos ante un final tan sorprendente, que nos olvidamos de que el otoño de 1989 tuvo un prólogo agridulce. 

Este prólogo, trágica premonición de lo que por derroteros muy distintos iba a suceder en Europa, tuvo lugar en la China comunista. Ocurrió tras la súbita muerte de Hu Yaobang, exsecretario general del comité central del Partido Comunista en los años ochenta, y que fue relevado de su cargo en 1987 al ser considerado demasiado liberal. Dado que oficialmente nunca se explicaron tales razones, al morir en abril de 1989 se organizó un funeral multitudinario en el que, para sorpresa de los dirigentes, fue aprovechado por grupos opositores para reclamar una mayor apertura democrática del país 

En aquel momento el hombre fuerte de China, Deng Xiaoping, dirigía una reforma profunda del régimen, introduciendo medidas de desregulación económica con el fin de favorecer el desarrollo económico a través de mecanismos propios del capitalismo, pero evitando cualquier atisbo de democratización. Ello provocó el malestar de grupos estudiantiles que iniciaron manifestaciones y protestas en diversas ciudades, si bien estas se focalizaron sobre todo en una serie de manifestaciones en la plaza de Tiananmen de Pekín. Estos acontecimientos derivaron en la adopción de la ley marcial por parte de las autoridades ya a mediados de mayo, hasta que el ejército chino acabó disolviendo toda manifestación, a lo que siguieron fuertes medidas represivas y un indeterminado pero elevado número de muertos.  

La imagen que simboliza esa resistencia pacífica frente al mayor régimen dictatorial del mundo fue la fotografía tomada el 5 de junio, en la que puede verse a un anónimo ciudadano que se planta delante de una columna de tanques en la plaza de Tiananmen. Naturalmente, la aventura duró unos minutos y al poco tiempo el susodicho ciudadano desapareció entre la multitud. Nunca se ha sabido a ciencia cierta quién era ni qué fue de él. Como es fácil suponer, los tanques siguieron su camino y fulminaron todo intento de protesta. La rebelión se había acabado.  

Treinta años después, el aniversario de Tiananmen apenas ha tenido alguna relevancia en las páginas de los periódicos. China hoy es una potencia económica mundial, pero sigue siendo un sistema totalitario de primer orden, donde no existe libertad de pensamiento, ni religiosa, ni la dignidad humana vale un pimiento. Sin embargo, justo es reconocer el gran éxito de las reformas del régimen, iniciadas hace más de tres décadas 

Al igual que cierta izquierda ilustrada europea se dejaba fascinar por la estética soviética en los años setenta, gracias a Deng Xiaoping hoy China provoca una enfermiza admiración en no pocos capitalistas deslustradosSon muchos los que viajan allí y vuelven asombrados de ver el capitalismo en estado puro, los grandes complejos industriales trabajando a destajo, al mínimo coste y con una eficiencia casi de laboratorio.  

Para el capitalista arquetípico del siglo XXI, ese que sueña con ganar dinero hablando por el móvil mientras se compra un traje, China es ese gran campo de algodón repleto de esclavos con el que siempre ha soñado y que ahora es posible observar desde un rascacielos en Hong-Kong o Singapur. Porque el gran logro de Deng Xiaoping ha sido demostrar que el capitalismo puede prescindir de esa molesta lacra de la democracia y de los derechos humanos. Se ha corregido así el gran “error” de la Ilustración de pensar que la riqueza está al servicio del hombre y no al revés.  

En China el comunismo no se ha liberalizado, sino que el capitalismo ha iniciado su evolución hacia formas de colectivismo en las que el ciudadano carece de papel alguno, salvo el formar parte del colectivo trabajador-consumidor. Y Asia es el gran laboratorio de pruebas. Los hijos de los que protestaron en Tiananmen hoy son felices porque, trabajando a destajo, tienen un Iphone con el que navegar por Internet, aunque nunca podrán leer un artículo como este. 

Transcurridos treinta años, seguimos sin saber quién era el hombre del tanque. Ni siquiera queda claro cuál fue su papel. Algunos llegaron a especular que era un policía de paisano. De hecho, el régimen usó la famosa imagen como demostración de la delicadeza con que su ejército trataba a los manifestantes. Lo cierto es que, hoy, apenas importa a nadie. Como tampoco parece importar a nadie que China, ansiado socio de muchos gobiernos occidentales y de las grandes empresas transnacionales, pisotee los derechos humanos de sus ciudadanos y carezca del más mínimo escrúpulo ético en cuestiones que afectan a todos, como el medio ambiente o la aplicación de ingeniería genética en las personas. Al fin y al cabo, dirán los grandes gurús económicos, nos hace ganar dinero. Recuerden que ya lo decía Deng Xiaoping en una famosa frase: tanto da que el gato sea blanco o negro, lo importante es que cace ratones. Ni el mismo diablo lo habría dicho más claro. 

 

Artículo publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 30 de junio de 2019

Mentiras

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Quiso Dios, o ese ente inexistente que los ateos supersticiosos llaman casualidad, que casi en la misma semana tuviéramos noticia del fallecimiento del exvicepresidente y exsecretario general del PSOE Alfredo Pérez Rubalcaba y de la actriz norteamericana Doris Day.

Asociar estos dos personajes en un mismo párrafo parecerá extraño a más de uno. Desde luego, carecen de un mínimo común denominador que permita establecer un encuentro emulando las famosas “vidas paralelas” que escribió Plutarco. Ni siquiera la circunstancia de sus muertes permiten una última convergencia en la trayectoria de ambos. Uno murió de pronto, relativamente joven, si atendemos a la razón estadística sobre la esperanza de vida en nuestro país. La otra, en cambio, casi muere tarde, pues no pocos pensábamos ya que su tránsito había discurrido tiempo atrás con la debida discreción.

No obstante, algo parece conectar sendos óbitos: la relación de estas personas con la mentira. “La más bella mentira de América” fue el título con el que Luis Martínez, en este mismo periódico, nos dio cuenta del fallecimiento de la actriz, a la vez que glosaba su vida y obra. Doris Day encarnaba, en sus personajes más conocidos, la imagen de la esposa perfecta en una América próspera y luminosa, donde cada uno alcanzaba sus sueños sin perder la sonrisa. Una imagen ficticia que, fuera de las salas de cine, tarde o temprano acababa padeciendo el encontronazo con los tonos grises de una realidad mucho más cruel: la América de la segregación racial, de las injusticias sociales o la de los engaños que envolvieron toda su participación en la Guerra de Vietnam –recuerden los famosos Papeles del Pentágono–. Tal vez para evitar descubrir la imagen falaz, asumió la actriz su prematura retirada, consiguiendo mantener así vivo su recuerdo eternamente joven en el imaginario americano.

Pérez Rubalcaba, del que desconocemos su rostro juvenil, aguantó más tiempo su presencia en la vida pública, aunque a cambio fuese menos querido que la actriz. O fue al menos así hasta que, con su muerte, no sé si para simular la sensación de alivio de algunos, ha sido obsequiado con honores (casi) de jefe de Estado, aunque en vida no pasara de vicepresidente del Gobierno. Sin embargo, su imagen política fue siempre compleja y cuestionada. Tras ser uno de los padres de la desdichada LOGSE, allá por los noventa del siglo pasado, fue el portavoz del Gobierno de Felipe González en sus últimos años, atrincherado entre múltiples escándalos de corrupción y con la que era cada vez más evidente implicación del ejecutivo socialista con los terroristas del GAL. Una época en la que la mentira era la primera línea de defensa de un gobierno en descomposición.

Paradójicamente, sin embargo, una de las frases más recordadas de Rubalcaba fue pronunciada estando ya en la oposición. Ocurrió durante la noche de la jornada de reflexión del 13 de marzo de 2004, mientras las televisiones ofrecían imágenes en directo sobre el asedio de una muchedumbre a las sedes del PP en las principales ciudades del país: “los ciudadanos españoles se merecen un Gobierno que no les mienta”.

Mucho se ha hablado acerca de lo ocurrió aquellos cuatro días de marzo, tras el atentado del 11-M, y la influencia que tuvo, en el resultado electoral de los siguientes días, tanto la torpeza del gobierno como la calculada astucia de una oposición que supo aprovecharse de las circunstancias. Con el nuevo gobierno, sin embargo, la mentira no desapareció. En algunas ocasiones llegó a salpicar al propio Rubalcaba, como el famoso caso Faisán. La alternancia natural al gobierno socialista vino con los gobiernos del PP –abruptamente finiquitados tras demostrarse una corrupción sistémica en el aparato del partido– y estos fueron seguidos por el del único mandatario europeo que ha sobrevivido en la política pese a plagiar su tesis doctoral. No solo eso, sino que ha sido refrendado por buena parte de los españoles en las recientes elecciones generales. ¿Se equivocó Rubalcaba al suponer que no merecíamos gobiernos que mientan? ¿Nos repugna realmente tanto la mentira?

Decía Jean-François Revel hace ya varias décadas, antes de que se pusieran de moda las fake news, que la mentira es la primera de las fuerzas que dirigen el mundo. Hoy casi me atrevería a decir que es una fuerza hegemónica. La mentira está presente en todas partes y nos hemos acostumbrado tanto a ella que ya ni la notamos.

La mentira nos entretiene, aunque sea en la forma de esos debates precocinados de la tele o como reality shows protagonizados por individuos con el cerebro de cartón piedra. Pero también nos ilusiona. ¿Qué hay sino detrás del voto populista, nacionalista o sensiblero, tras ese emotivismo de colonia barata en el que se esconden los demagogos de derecha e izquierda? En el fondo, queremos creer en un mundo mejor, sin ricos ni emigrantes, en el que podamos echar a los pobres y a los banqueros, y todos vivamos felices con futbol gratis. Y lo deseamos, aunque sabemos que también es mentira.

Nuestra vida puede llegar a fundamentarse en la mentira, empezando por nuestra colección de desconocidos “amigos” que creemos tener en las redes sociales, y acabando por aquello que poseemos, un patrimonio cuyo valor puede desvanecerse como el recuerdo de una mala película. Recordemos sino la última crisis, con miles de viviendas embargadas porque su valor era mentira, porque nunca fue verdad aquello de que los precios siempre suben sin parar. Era mentira.

Uno llega a pensar, por tanto, si no será que deseamos un gobierno que nos mienta, que nos mantenga en esa irrealidad inane y tranquila. El problema es que, incluso la mentira más bella de América acabó por languidecer. Dicen que antes se coge a un mentiroso que a un cojo. No porque el mentiroso corra menos, sino por el esfuerzo que debe hacer para mantener la mentira. Mentir es fácil, pero no lo es mantenerse en la mentira. Si no hay una labor constante, la mentira envejece y acaba por delatarse.

Pero la mentira tiene otro efecto más perverso aún. Su capacidad para minar la confianza. A los niños se les conmina a no mentir con la advertencia amenazante de que cuando digan la verdad, nadie les va a creer. No se fiarán de ellos. La mentira crea desconfianza y esta conduce al rechazo a los demás, al individualismo más abyecto e insolidario.

No es posible vivir siempre en la mentira, en la ficción de algo que no es. Lo entendió Doris Day y se retiró, manteniendo así perpetuamente su angelical rostro de mujer de la acomodada clase media americana. Rubalcaba no hizo lo mismo y aquellos que ahora han ensalzado su figura en su propio partido, fueron los mismos que echaron fuera a los suyos borrando todo rastro de su legado.

Tal vez es posible vivir en una mentira constante, pero no es fácil, y tarde o temprano esa mentira caerá, como un castillo de naipes. Es posible que no nos afecte a nosotros, pero acabará afectando a nuestros hijos. Y nadie merece vivir en un mundo de mentiras, aunque a veces la mentira sea más atractiva que la verdad.

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 28 de mayo de 2019

Intolerantes

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En una sociedad que se autodefine como tolerante y plural, resulta sorprendente y cansino observar como amplios sectores de la opinión pública reaccionan de forma furibunda cuando alguien realiza una propuesta o da una opinión desde postulados religiosos. Ocurre, por ejemplo, cuando a un candidato se le ocurre manifestarse contrario al aborto sin inmediatamente apresurarse a maquillar lo dicho con matices de todo tipo. Lo mismo puede decirse de quien se oponga con meridiana firmeza a los postulados de la ideología de género, a los animalistas o a los defensores de cualquier colectivo minoritario y casi obligatoriamente oprimido. 

Quienes se atreven a opinar contra corriente suelen ser acusados de fundamentalistas y retrógrados, cuando no se les intenta perseguir por algún tipo de delito atribuible a su supuesta misantropía o al odio al progreso humano. Estas acusaciones suelen tener un patrón común. En primer lugar, suelen ser exacerbadas, radicales y excluyentes de cualquier tipo de diálogo o transacción. Al que discrepa se le suele etiquetar de intolerante y tal atributo conlleva el aislamiento y la puesta en cuarentena de la opinión y de su opinante. La metáfora médica no es casual, pues con frecuencia se alude a la necesidad de un cordón sanitario para fagocitar cuanto antes al discrepante y sus perniciosos efectos.  

En segundo lugar, y como es fácil deducir, la reacción de los veladores de esa “verdad oficial” no suele fundamentarse en sesudos razonamientos ni falta que les hace. Su mensaje suele ser simple y conciso, lo que le añade un plus de eficacia entre ese gran colectivo de personas que tienden a opinar sobre cualquier cosa que desconozcan. Lo que sí es vital para el éxito del mensaje es la identificación de un colectivo atacado, sea el género femenino en general o sea un grupo minoritario que supuestamente sufra algún tipo de discriminación u ofensa.  

Así, cuando alguien se opone al aborto, se dirá que no defiende la vida del embrión, sino que ataca el derecho de las mujeres a abortar. Si cuestiona la existencia de este derecho o, al menos, se atreve a oponer a él el derecho del ser vivo no nacido a seguir viviendo, se añadirá, por parte de sus adversarios, que es un misógino y que odia a las mujeres. Si encima es una mujer, directamente se la tildará de idiota. Lo más fascinante del proceso es que, pese a la escasa discusión que se llegará a producir, los interlocutores acaban en un escenario sorprendente. El embrión humano deja de ser el elemento central de la confrontación, para dejar paso a la existencia de un derecho de la mujer que es cuestionado. La víctima ya no es el no nacido, sino la progenitora. Para esa “verdad oficial”, defender la humanidad de la vida del embrión es un desatino, como lo es defender la existencia del alma o de Dios 

Tal vez por ello, pocas cosas satisfacen más a estos intolerantes que poder atribuir a sus discrepantes una fundamentación religiosa a sus opiniones. En este caso, juega a su favor el hecho de que el postulado religioso que acompaña esa opinión provoca, aún hoy, numerosos prejuicios derivados de otras épocas en las que las autoridades religiosas se erigían en poseedoras de una verdad indiscutible. Un error que la Iglesia, en este caso, ha pagado con creces, pues tal fanatismo en no pocas ocasiones le llevó a anteponer esta verdad por encima de otros valores como la justicia o la fraternidad, como denunció Pascal 

No obstante, esta postura idólatra, que aun sostienen desgraciadamente algunas pocas personas en la propia Iglesia, hace ya tiempo que ha sido desterrada por la mayoría. La Iglesia hoy no impone, sino que intenta persuadir y convencer, con la palabra y con el testimonio de sus fieles. No corresponde a la Iglesia transigir con el núcleo de su fe, pero sí actuar conforme a los valores de pluralismo y tolerancia que ella misma ha contribuido en su construcción. Pero, si esto es así, ¿a qué se debe el inusitado enconamiento de tanta gente contra los fieles que se limitan a sostener, entre muchas otras, su opinión? 

Una de las causas está en el hecho de que la supuesta superación de la religión en el ámbito público, fruto la secularización de la Modernidad, ha dado lugar a un nuevo y distinto ejercicio idolátrico de la verdad. Ciertamente, se trata hoy de una verdad más difusa en según qué aspectos, pues rehuye fundamentarse en principios trascendentes y se refugia en un relativismo acomodable a las exigencias del momento. Pero no por ello deja de ser una idolatría que impone criterios jurídicos y morales avasallando los valores fundamentales para toda convivencia, como son el respeto a la vida, la igualdad ante la ley, la equidad, el reconocimiento de la legitimidad del adversario o la proporcionalidad en las medidas que se adopten.  

Y esto es importante puesto que esta nueva verdad tiende a centrarse en cuestiones que afectan a temas morales importantes. Nos referimos aquí a cuestiones tan fundamentales como el mismo concepto de ser humano. Un ejemplo de ello es la primacía del reduccionismo biológico al referirnos al hombre, lo que lleva a muchos a considerarlo como una especie animal más, sin que exista en apariencia nada especialmente diferente entre nosotros y, por ejemplo, un primate, salvo un porcentaje ínfimo de código genético y poco más.  

Tal visión ha llevado, en el caso de los llamados animalistas, a considerar la eventual extensión de la humanidad más allá de nuestra especie, o al menos, a reconocer cierto valor moral y jurídico a los animales que más parecido guardan con nosotros. Inmediatamente aparece una nueva verdad oficial, referida a la dignidad animal y sus derechos, lo que conllevará nuevas y sorprendentes regulaciones. Al final, casi sin darnos cuenta, resulta que es más fácil matar un feto humano que recortar las orejas a un perro. 

Pero en la misma medida que reconocemos un valor moral en otras especies, con insólita facilidad degradamos el nuestro, pues fácilmente podemos legitimar una instrumentalización de nuestro ser biológico, bien sea para mejorar nuestras capacidades con prótesis y otros elementos tecnológicos, o bien sea para evitar problemas futuros a nivel de especie con prácticas eugenésicas. La manipulación genética y los avances biotecnológicos avanzan en este sentido. Además, gracias al desarrollo de la inteligencia artificial, tendremos cada vez más máquinas que se parezcan a los humanos, y humanos que se parezcan a las máquinas. Hasta llegar a la soñada convergencia hombre-máquina a la que aspiran los posthumanistas. 

Como se puede observar, la importancia de este debate es tal, que ya no es solo que un católico pueda oponerse a la legislación permisiva sobre el aborto. En muchos casos, aunque manifestemos nuestra opinión, somos conscientes de que se trata de una batalla prácticamente perdida. El problema es que, esa misma mayoría intolerante, que es incapaz de ir más allá de mensajes simplistas y de sostener un debate sincero y con un talante abierto, es la que acabará orientando las decisiones respecto a cuestiones como la manipulación genética del hombre, los hijos a la carta, la clonación humana y tantos otros retos que tarde o temprano la humanidad tendrá que abordar. O peor aún, ni siquiera opinará sobre ello, pues mientras corporaciones y empresas poco escrupulosas ofertarán este tipo de servicios, esa mayoría intolerante estará defendiendo los derechos del colectivo de pelirrojos alopécicos o cualquier otra minoría supuestamente oprimida. 

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 19 de abril de 2019 

Singularidad

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Al igual que errar, clasificar es un acto típicamente humano. Es importante para sistematizar nuestro conocimiento y seguir aprendiendo, pero, como todo en la vida, se paga un precio: se pierde la singularidad. Ocurre continuamente, como por ejemplo cuando conocemos a alguien que parece amable, culto, ingenioso, pero en cuanto nos dicen algo sobre él que nos permite clasificarlo, acabamos atribuyéndole características que pensamos que tienen la mayoría de los que están en el grupo en el que lo hemos incluido, aunque él no las tenga. Si es esquimal, pensaremos en alguien a quien solo le apetece comer pescado; si trabaja en una funeraria, nos lo imaginaremos como una persona solitaria que colecciona botones o chapas; y si es un reputado asesor financiero, sospecharemos que se trata de alguien ambicioso, con escasos escrúpulos y que desprecia la Navidad.

Algo así ocurre también cuando surgen fuerzas políticas con propuestas distintas a las tradicionales. Ocurrió con Podemos y sus diferentes franquicias, que rápidamente fueron calificados de extremistas y radicales, cuando en la práctica hemos podido comprobar que se han acomodado al sistema con una rapidez inusitada. Y ocurre en mucha mayor medida cuando el nuevo partido se sitúa a la derecha del espectro político nacional.

Un caso claro de lo que explico ha sido la irrupción de Vox en nuestro panorama político. Inmediatamente ha provocado un desmarque de la mayoría de actores políticos, que se han apresurado a etiquetar ese partido como de extrema derecha, comparándolo con fuerzas que se autocalifican como tales en Francia, Alemania y otros países europeos. Consecuentemente, ello ha supuesto que los aspectos más negativos de estos partidos se hayan acabado atribuyendo a Vox: violento, racista, antisemita, contrario a la unidad europea, etc.

Con este tipo de análisis, los líderes de los partidos convencionales esperan que la mayoría de personas rechacen de plano apoyar esa nueva formación política. En caso de no persuadir al personal, los mismos lideres no tardarán en atribuir su fracaso a la práctica manipuladora de una horda de discípulos goebbelsianos, adiestrados por el nuevo partido en las oscuras artes de las redes sociales y la mensajería digital. Como suele ser habitual, el político convencional se debatirá, según los casos, en demostrar que tiene razón o en acreditar que los demás están equivocados.

El problema puede agravarse, sin embargo, cuando se choca con la realidad. Objetivamente, Vox no se parece tanto a esos otros partidos con los que lo asocian. Hasta donde he podido leer o escuchar, no se ha manifestado en contra de la UE ni ha provocado acciones violentas de algún tipo. Tiene propuestas conservadoras en el ámbito de la familia, por ejemplo, con las que yo podría estar de acuerdo por su cercanía a las que defiende la Iglesia católica, y que, de hecho, no se diferencian de las propuestas de otros partidos conservadores. No comparto en absoluto otras propuestas, como su política de inmigración, difícilmente conciliable con el ideal evangélico, pero reconozco que pueden tener cierto atractivo en muchos sectores del electorado.

Tal vez uno de los aspectos más preocupantes de Vox sean sus propuestas más descabelladas e irrealizables, como desmantelar el sistema autonómico. No tanto por la extravagancia de lo propuesto, que suele ser síntoma de un partido advenedizo (recordemos que no hace tanto Ciudadanos proponía suprimir las diputaciones provinciales y fusionar los municipios de menos de 5000 habitantes, que son la inmensa mayoría), como por las expectativas creadas y que, inevitablemente, van a verse frustradas. Una frustración –y eso es lo malo–que puede acabar siendo una puerta abierta a propuestas políticas mucho más radicales y peligrosas.

Y aunque estas propuestas conciten cierto temor, muchos analistas explican este éxito alegando que una parte del electorado ha perdido el miedo a votar propuestas y partidos distintos de los convencionales. Habría ocurrido con Podemos hace algunos años y ha pasado ahora con Vox en las elecciones andaluzas. Como es lógico, la pérdida de ese miedo es visto como un acto de valentía desde las posiciones de estos partidos, pero se percibe con temor y dudas cuando se observa desde la perspectiva de las fuerzas políticas convencionales.

A mi juicio, creo que es exagerado hablar de miedo en el electorado. Donde sí puede haber un cierto grado de desasosiego, sin embargo, es en los partidos tradicionales y en la élite política y económica, al comprobar que pueden ser socavados los cimientos de lo que Zygmunt Bauman denomina la doctrina TINA, acrónimo del inglés There Is No Alternative. Porque para lo que no están preparados estos partidos es para que surjan alternativas al sistema actual.

En el último cuarto de siglo se han ido imponiendo diversos dogmas que rechazan cualquier intento de discutir su formulación. El principal de ellos es la creencia de que vivimos en un sistema gobernado desde parámetros económicos globalizados que, además, han minado la mayor parte de la capacidad de decisión de los gobiernos nacionales. No niego que en ello haya buena parte de verdad. Pero lo que proclama el dogma no es solo esta descripción, sino su carácter inevitable. El sistema de mercado global no es ya una mano invisible, sino un sistema determinista regido por normas que nada tienen que envidiar a la ley de la gravedad universal. De ahí que se nos diga que plantear una alternativa a ello, es como querer levantar el vuelo con solo agitar los brazos.

Pero los dogmas no solo se dan en el ámbito económico. También encontramos una situación parecida en relación a la visión antropológica del ser humano, su sexualidad y el rol de la familia tradicional, que no pocos entienden como algo trasnochado y a superar. O en el ámbito religioso y ético, en el que cualquier propuesta que suponga la defensa de principios absolutos es vista como un ejemplo de fanatismo, pues el dogma actual proclama que todo valor moral debe someterse a los deseos y aspiraciones de las personas. Lo que supone, claro está, que si la aspiración de alguien es conseguir un super-bebé genéticamente mejorado, debe poder tenerlo. Y si una mujer aspira a que su vientre sea una suerte de Termomix cocinando bebés a la carta, nadie debe poder impedirlo.

Pero los dogmas tienen su talón de Aquiles. Si hay una institución humana –aunque sea de origen divino– que sabe de dogmas, es la Iglesia Católica. Y si es la más sabia de las instituciones, es porque sabe que el dogma, para serlo, debe fundamentarse en el sensus fidei. En lenguaje mundano, el sentido común de la gente.

Por eso, cuando los líderes de los partidos convencionales se preocupan por el auge de grupos como Vox, deben preguntarse por qué han traicionado ese sentido común y se han agarrado a una colección de dogmas negando la posibilidad a cualquier alternativa. Sobre todo cuando ello obliga a renunciar a unos valores y unas tradiciones que, no por ser antiguas, deben darse por superadas. Lo triste es que, si estos líderes se hacen sinceramente esa pregunta, muy posiblemente llegarán a la lógica conclusión de que, al aceptar un dogma sin más, ello simplemente les ha permitido evitar el difícil trance de tener que pensar por sí mismos. Pero lo que no puede impedir es que, incluso los que les votaron, sí quieran pensar y decidan buscar una alternativa cercana al sentido común. Otra cosa es que finalmente la encuentren.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 17 de febrero de 2019

Hablemos de género

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Habrán observado que, cada vez que aparecen noticias sobre los efectos de la actual normativa de género, inmediatamente se produce una reacción en contra de cualquier opinión que se atreva a cuestionar estas leyes. La curiosa unanimidad que une a políticos, comentaristas e intelectuales de todo pelaje, le lleva a más de uno a concluir que solo se puede hablar de política de género, y seguir respirando tranquilo, si no se discrepa de ella. Lo cual no deja de ser asombroso, pues se supone que si hablamos de “política” es porque asumimos que existe un problema que debe ser tratado políticamente, lo que implica que puede haber una pluralidad de visiones sobre él, al igual que una pluralidad de soluciones.

Por poner un ejemplo, pienso que sería útil discutir la efectividad de esa asimetría legal que se ha impuesto en el ámbito penal, en el que la acción del hombre, por el simple hecho de ser hombre, recibe una pena superior a la que recibiría una mujer por un mismo hecho. Aunque el mismo Tribunal Constitucional ha avalado esta legislación, pienso que no está nada claro que esta situación, que objetivamente vulnera el principio de igualdad, tenga un efecto positivo tan evidente en la prevención del delito, al menos hasta el punto de que sea razonable soportar los efectos colaterales de esta norma. Recuerden una sentencia reciente en la que se imponía una pena muy superior a un varón que participó en una pelea con su pareja, de la que encima él salió peor parado que ella.

Aunque podríamos discutir largo y tendido sobre esto, lo cierto es que iniciar este tipo de debates resulta extremadamente difícil, como ya se comprobó cuando algunas personas osaron cuestionar el fallo de esa sentencia. Una dificultad que se da al referirnos a política de género y que no encontramos al hablar de política de vivienda, educativa, o de otro tipo. Una curiosa diferencia cuya explicación se encuentra, en mi opinión, en el proceso de ideologización que, a diferencia de los demás, ha sufrido el ámbito del género. Todas las ideologías influyen en las diferentes políticas, como no puede ser de otra manera, pero no existe propiamente una ideología educativa o de vivienda. En cambio, sí existe una ideología de género. Y eso cambia mucho las cosas.

Recordemos que toda ideología conlleva siempre un relato sobre el presente y una propuesta de medidas para conseguir una situación futura distinta, una situación ideal. No obstante, al contrario de lo que pudiera pensarse, para que triunfe una ideología es más importante el relato inicial que el resultado. Es decir, la ideología a menudo no cautiva tanto por lo que promete, como por la capacidad de convicción del relato que ofrece sobre la situación actual.

El ejemplo clásico es el comunismo, que se fundamentó en la existencia de una lucha de clases debida a la opresión de una sobre la otra, y que indefectiblemente debía llevar a un proceso revolucionario en la que la clase oprimida resultara triunfante. El paraíso ofertado por el comunismo no era muy distinto a los paraísos idílicos de otras ideologías o creencias. La razón del éxito del marxismo fue, sin embargo, lo convincente de su relato sobre la opresión y la lucha entre dos enemigos irreconciliables: empleador y empleado.

Algo parecido ocurre con la ideología nacionalista. Es fácil estimular la vanidad de cualquier país, región o colectivo y llevarlos a pensar que su cultura es milenaria o que sus capacidades son superiores a las de sus vecinos. Pero donde triunfa la ideología nacionalista es en aquellos lugares en los que una parte significativa de la población acoge e interioriza un relato victimista de su situación actual. Como pasó también con el marxismo, que la mayor parte de ese relato sea una invención o una tergiversación de los hechos, es lo de menos.

Fijémonos, finalmente, que uno de los aspectos comunes de estas ideologías es que no admiten discrepancias a este relato. El que no acepta la lucha de clases o niega que su pueblo se encuentre bajo el yugo de una potencia opresora, es rechazado de plano. El que no está con ellos, y acepta acríticamente sus postulados, es rápidamente identificado como enemigo.

La irrupción de la llamada ideología de género ha supuesto la imposición de este modelo, con la aceptación acrítica de un relato de la situación actual que no admite discrepancias. Buena parte de este relato se fundamenta en ideas absurdas, como la que sostiene que la diferenciación por sexos es perversa, pues tiende a perpetuar un patriarcado que condena a la mujer a un rol de sumisión y servidumbre. O la que alienta el combate contra el matrimonio y la familia, proponiendo alternativas como el que los hijos sean educados comunitariamente. O la que entiende el sexo como un atributo personal que debe poder cambiarse al antojo de cada uno, como si su realidad biológica fuera lo de menos. En definitiva, un relato que quiere convencernos de que todo aquello que se parezca a cómo hemos vivido desde hace milenios, debe ser completamente denostado.

Pero lo más triste es que nadie, en el ámbito político, mediático o intelectual, parece dispuesto a cuestionar esto. Se consigue con ello que esta ideología, dudosa y alejada del sentir mayoritario de la ciudadanía, vaya camino de ser declarada dogma de fe por una élite intelectual y política, temerosa de las reacciones de grupos minoritarios y radicales. Esa misma élite que luego se sorprende de que fuerzas políticas advenedizas logren los triunfos que logran. Pero lo que consiguen estas fuerzas se debe a su capacidad de llegar a esa mayoría de gente que permanece estupefacta ante tal aquelarre de despropósitos, como los que se esconden tras la etiqueta de la ideología de género.

Si queremos salir de este maniqueísmo autodestructivo, debemos exigir esa posibilidad del diálogo discrepante que se está negando y partir de la idea de que existen alternativas y puntos de vista diferentes, incluidos los tradicionales. Sostener que cualquier ocurrencia, por el hecho de ser nueva, sea mejor que el punto de vista tradicional, es una soberana idiotez. Por mucho que luzcan en las pantallas de televisión, los desvaríos proféticos de una docena de ideólogos de despacho y birrete, no pueden pretender ser la evolución natural de la cultura y la civilización occidentales.

Decía Ludwig Wittgenstein que, de lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse. Pero en el tema del género hemos conseguido invertir los términos, hasta el punto de poder decir que, de aquello que nos van a hacer callar, es mejor dejar de hablar. Sin embargo, si queremos hacer frente a los que quieren imponer sus postulados ideológicos y silenciar la discrepancia, debemos tener claro que la única opción es, precisamente, no callar.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 4 de febrero de 2019

El sexto círculo

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En el canto X del Infierno Dante se encuentra, en el sexto círculo de su peculiar inframundo, con Epicuro y sus seguidores, aquellos que negaban la inmortalidad del alma. Su eterno castigo por tan horrenda creencia era la de ser confinados en tumbas abiertas y flameantes, desde las que proferían terribles gritos y gemidos, que no cesarían hasta el día del Juicio Final.

Como en otros lugares, el poeta se entretiene aquí también mirando con curiosidad aquello que lo rodea y acaba entablando un breve diálogo con algunas de las sufrientes almas allí condenadas, buscando entender los motivos por los que han merecido tal destino o, tal vez, para llevarse con él alguna lección a partir de esas experiencias ajenas. De ese diálogo surge, sin embargo, una situación sorprendente, pues Dante se da cuenta de que una de las almas está profetizando su futuro. Inquiere el poeta razón de esa extraña habilidad para un alma condenada y se le explica que estos difuntos han recibido la capacidad de poder ver el futuro, como quien ve a alguien o algo lejano, en el horizonte. Sin embargo, a medida que el tiempo se acorta y miran la realidad más próxima, la visión se hace borrosa, pues carecen de la capacidad para entender el presente.

Lo que inicialmente se asemejaba a un don, se vuelve una maldición, pues la visión que reciben es la de la vida futura que ellos se negaban a admitir en vida, pero inmediatamente se les recuerda el presente de su castigo. Una maldición que nos recuerda algo a la de Casandra, la sacerdotisa de Apolo que recibió de este el don de profetizar, en un intento del dios griego de seducir a su humana seguidora de la que estaba enamorado. Sin embargo, al ser rechazado por ella, la condena a la mas cruel desdicha que puede obtener quién ve con claridad el futuro: la de no ser creída por nadie.

Cualquiera que pasee hoy por nuestras calles y plazas puede escuchar lamentos y gemidos que no deben ser muy distintos a los del averno dantesco que hemos descrito. Son gritos de angustia de conciudadanos que observan desesperanzados un futuro que adivinan con firme seguridad.

En el ámbito social y político, aparece una composición novedosa y temeraria. Las élites intelectuales y económicas son rechazadas de plano por el grueso de la población, que desconfía de aquellos que se sitúan por encima de la masa. Las sustituyen una especie de anti-elite formada por advenedizos que llegan con el manual del demagogo bajo el brazo. Son los nuevos líderes, que surgen de la desafección ciudadana y de las incertezas materiales que se sienten más insoportables que nunca. Buscan una cercanía engañosa, con más pasión que razón. El mensaje que lanzan se simplifica para poder ganar en rapidez. Se intuye ya una constante Blitzkrieg comunicativa en la que la verdad es algo prescindible. Lo importante es llegar al máximo de personas en el menor tiempo posible.

En este futuro por el que muchos se lamentan, los canales tradicionales de información dejarán de tener sentido. No tanto por desconfianza, como por innecesaridad. La gente cree saber lo que le conviene porque se le recuerda que es así, porque el colectivo del que forma parte, aunque sea un simple grupo de mensajería, lo cree firmemente. El contenido sigue siendo lo de menos. Las grandes propuestas ideológicas han sido vaciadas, siendo hoy suficientes las indicaciones del community manager de la organización. Del pensamiento único o el pensamiento débil pasamos, sin darnos cuenta, al pensamiento meme.

Pero no somos, aún, almas condenadas en el círculo de Epicuro y sus afines. Es posible que la visión que aparece en nuestro horizonte inmediato se asemeje a lo que acabo de describir, pero no debemos renunciar a entender el actual presente para conseguir desdibujar ese futuro que nos aterra.

Un primer paso a dar sería preguntarnos acerca de lo que habremos hecho mal para llegar a esta situación. No hace tanto que hemos dado carpetazo a un siglo turbio, en el que las grandes ideologías han mostrado la cara más terrorífica del ser humano. Pero el peaje a pagar ha sido que, en ese tránsito al siglo XXI, hemos renunciado a las grandes utopías, a los ideales que, no por inalcanzables, no dejaban de guiar a las personas en la consecución del bien común. No obstante, hoy estos ideales han sido obviados por una veneración a lo material y al individualismo, que se ha mostrado corrosiva con las propias personas. El mismo liberalismo, que a finales del siglo XX aparecía como la ideología superviviente y definitiva, que nos llevaba al fin de la historia, ha demostrado ser poco más que un espejismo de lo que significó siglos atrás.

La actual herencia de ese nuevo orden mundial es un auge del populismo frente a gobiernos descolocados porque son incapaces de ilusionar a su gente. La reciente crisis económica está derivando en una crisis de legitimación en muchos sistemas democráticos porque los gobiernos no han sabido responder a la ciudadanía o se han rendido a las exigencias de una racionalidad contable.

La respuesta a las grandes crisis suele ser la demanda de grandes esfuerzos, pero estos no pueden exigirse sin ser previamente explicados. La vacuna frente a revoluciones y alzamientos antisistema ha sido siempre la acometida de reformas con una visión a medio y largo plazo. Pero ¿cómo puede abordarse esto desde una clase política cuya miopía no le permite ver más allá de cuatro años?

Pero no solo es la clase política la que parece renunciar a creer en la inmortalidad de ciertos ideales. Es verdad que se ha abierto una brecha importante entre la elite y la ciudadanía en general, pero poco o nada ha hecho esta elite por cerrarla. Tal vez porque, parte de ella, ha seguido creyendo en ese mito infantil de la mano invisible que regula el mercado, obviando la actual paradoja de que uno de los principales actores del nuevo orden mundial capitalista es el régimen comunista chino.

Urge, pues, la recuperación de la cohesión social que estamos perdiendo. Y ello solo será posible en la medida que nos preocupemos menos de los resultados trimestrales y más de fomentar, por ejemplo, una educación de nuestros hijos orientada a la promoción del bien común, o reivindicar la vigencia de ciertas estructuras sociales tradicionales que, como la familia, han sido cruciales en el mantenimiento de los lazos de solidaridad entre las personas.

Los ideales de la competitividad y el esfuerzo, tan en boga hoy, no deben orientarse solo hacia la satisfacción individual, sino que deben redundar en beneficio de todos. Nadie es pleno dueño de sí mismo y de lo que posee, pues todos nacemos y somos criados por unos progenitores y maestros que nos ayudan y conforman parte de nuestra identidad. Por eso nadie es plenamente libre de disponer de lo suyo, pues es deudor de la sociedad en la que ha convivido y a la que le debe buena parte de lo que es. Rechazar esto nos sitúa al lado de aquellos que, habiendo negado la inmortalidad de su alma, se lamentaban en sus sepulcros abiertos. Como ellos, veremos un futuro amargo que se aproxima, sabedores de que nos hemos atado de pies y manos. Cuando queramos actuar, será ya demasiado tarde.

 

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 20 de enero de 2019

Presuntos tontos

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Por mucho que indaguemos va a ser difícil encontrar, en la historia reciente de este país, un pasmo similar al generado por la desdichada sentencia del Tribunal Supremo en relación al pago del Impuesto de Actos Jurídicos Documentados en las hipotecas. Nadie esperaba el súbito cambio de criterio que operó una de las secciones del tribunal, que dictaminó que eran los bancos los que debían abonar este impuesto al Erario Público. Al no determinarse de forma clara la retroactividad de los efectos de este fallo (nunca mejor dicho), se desató la alarma en el sector financiero, al fin y al cabo, estábamos ante un intento de cambio de las reglas del juego a mitad de partido. Semanas más tarde, el pleno de la Sala del tribunal desautorizó ese criterio y sentenció que el abono del impuesto por parte del ciudadano era ajustado a la legalidad, esperando que las aguas volvieran al cauce natural que llevaban recorriendo desde hacía años. Pero el aleteo de las togas de sus señorías había provocado, para entonces, una profunda borrasca en el océano político y económico de nuestro país.

Como suele ocurrir con los temporales, inmediatamente surgieron aquellos grupos políticos y asociaciones que obtienen su mayor gozo atacando a los bancos y a sus beneficios, obviando –como siempre– que una parte importante de sus beneficiarios son las decenas de miles de ciudadanos, en muchos casos gente mayor, que ha optado por invertir sus ahorros en acciones de estas entidades. Presionado por la turbamulta habitual, el Gobierno de la nación reaccionó dejando de lado asuntos tan trascendentales como la exhumación del cadáver de Franco, y aprobando una reforma del impuesto que obliga a los bancos a realizar ellos el pago. Lo que no decía el decreto-ley, aunque es fácil adivinarlo incluso para los menos avispados, es que el banco pagará el impuesto con el dinero del cliente, claro. Como suelen decir los grandes analistas de este país, con la iniciativa del Gobierno este asunto ha dado un giro de 360º. Es decir, nada.

Naturalmente, lo peor no es esta revolución al estilo del Gatopardo, que nos deja exactamente en el mismo sitio donde estábamos. Lo peor es el barro que nos queda tras haber cesado la riada de despropósitos. Uno ya empieza a sospechar que algo va mal cuando escucha que Pedro Sánchez, doctor en economía y presidente del Gobierno, sostiene que lo bueno de la democracia es que no siempre tienen que pagar los mismos. Desconozco si el presidente ha explicado mejor lo que quería decir, pero me consta que alguna gente vive, desde entonces, atemorizada ante la perspectiva de acabar viendo cómo cambia la ley para que sea el trabajador el que tenga que costear el sueldo en lugar del patrón o el pescadero pagando al que se lleva sus lenguados. El mundo al revés.

Pero, bobadas aparte, existe una razón de fondo que explica estos y otros acontecimientos. Un común denominador que, a la luz de lo que ha pasado en los últimos tiempos, viene a consistir en una especie de principio general del Derecho que parece inspirar todo tipo de normativas y sentencias. El fundamento de este principio se sustenta en el hecho, quiero pensar que no probado, de que los ciudadanos en general adolecemos de una pasmosa ignorancia que incita al abuso por parte de empresas y corporaciones. Esto es, que por el motivo que sea, piensa el legislador que fácilmente nos toman por tontos. Tal vez tenga razón.

Hace ya unos años los poderes públicos concluyeron, en el famoso caso de las acciones preferentes, que los bancos habían engañado a sus clientes al venderles un producto cuyos riesgos estos no comprendían. Aunque los bancos se hacían el tonto, fueron muchos los clientes que obraron de buena fe y se sintieron engañados. Sin embargo, recuerdo también que en la prensa del momento se leían casos de abogados o notarios que se habían amparado en ese presunto desconocimiento para reclamar su dinero perdido. Está claro que no hay que tolerar que nos tomen por tontos, pero la experiencia demuestra que a veces hacerse el tonto sale rentable.

El actual caso de las hipotecas no descansa tanto en la presunta ignorancia de los ciudadanos como en la existencia de una posición dominante, la del banco, que puede imponer sus condiciones al cliente. No es nada nuevo. Todo el mundo sabe que, si un cliente quiere un préstamo, por lo general será el banco el que fije las condiciones y la opción del cliente no convencido será la de irse a la competencia o renunciar al préstamo. Que el banco le imponga comisiones o el pago de determinados gastos va a ser difícilmente evitable sin vulnerar la libertar de empresa. Pero esto no ocurre solo con los bancos. Intente negociar con una compañía aérea el enjundioso asunto del equipaje y verá cómo me acaba dando la razón.

Pero si el decreto-ley del Gobierno ha fracasado no realmente por esto, sino porque no ha querido abordarse una solución real. Si no tienen que pagar siempre los mismos, siguiendo la doctrina presidencial, la solución era tan fácil como regular una exención de este impuesto para los préstamos dedicados a viviendas o a las hipotecas en general. Incluso al doctor Sánchez se le podría ocurrir tan ingenioso mecanismo, pero no ha sido así. Tal vez porque con ello el Erario Público perdería dinero. Convenientemente, es ahora el propio Gobierno el que se hace el tonto.

Los más espabilados dirán que no es lo mismo un banco, que no deja de ser una empresa privada, que el Gobierno, cuya misión es velar por el interés de todos. Evidentemente no les falta razón. Pero que sean diferentes, no quiere decir que no empleen las mismas malas técnicas. La complejidad que suelen tener, por ejemplo, las normas tributarias, no tienen nada que envidiar a los más enconados folletos bancarios. Pero, al contrario que con los bancos, con Hacienda cuesta más que salga rentable hacerse el tonto. Puede salir incluso muy caro.

Afortunadamente, en un Estado de Derecho, el ciudadano siempre tiene la posibilidad de denunciar aquellas situaciones que considera abusivas, incluso las que provienen de la Hacienda Pública. Todos podemos reivindicar, en definitiva, el derecho a que no nos tomen por tontos. Sin embargo, las denuncias ante los abusos suelen ser pocas. Aquí sí que opera en gran medida el desconocimiento de los ciudadanos de lo que son sus derechos y sus opciones. Tal vez, de cara a nuevo año, no estaría de más hacerse el propósito de sustituir los recurrentes cursos de inglés por otro de asuntos financieros y empezar a espabilar un poco. Siempre he pensado que hay algo de paletismo en la obsesión de este país en aprender idiomas, como si saber inglés fuera la panacea. Al fin y al cabo, un idioma es algo vacío si la persona no le aporta algún contenido. Vamos, que un mecánico de coches puede tener más oportunidades de trabajar si habla tres idiomas, pero un atontado difícilmente dejará de serlo por el hecho de ser políglota. Otra cosa es lo que le convenga.

Publicado originalmente en El Mundo/El Día de Baleares el 22/11/2018