El tatuaje digital

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En un reciente artículo publicado en la revista Foreign Policy, Tarah Wheeler, una de las más reputadas expertas en seguridad informática, formula una hipótesis altamente llamativa, aunque sea complicado verificarla. La cosa es como sigue: imaginemos por un momento que el argumento de la película Terminator fuera profético. Si así fuera, ello supondría que, en un futuro no demasiado lejano, Skynet debería enviar un ciborg asesino para acabar con la vida de la progenitora del rebelde John Connor, o como quiera que se llame su equivalente real. La gracia del ejercicio está en que, si en lugar de viajar a 1984 –como ocurre en la película original– viajase a nuestro actual 2018, disponiendo el ciborg de una conexión a internet, no tardaría más de cuatro minutos y medio en encontrar a la verdadera Sarah Connor. Con ello, y al contrario de lo que ocurre en la película, eludiría toda posibilidad de error y no se vería en la incómoda tesitura de ir matando a todas las “Sarah Connor” que se le cruzaran en su camino.

Está claro que todo esto no es más que un imaginativo ejemplo. Si realmente ha ocurrido ya, es algo que no sabremos nunca, aunque podamos intuirlo cuando las máquinas empiecen a excederse descontroladamente en sus funciones. Bromas aparte, lo que sí está bastante claro es que las tecnologías de la información ponen a disposición del público en general miles o millones de datos personales de la mayoría de nosotros, datos personales sobre los que carecemos de control. No se trata siempre de datos íntimos, como los referidos a la salud o a los impuestos que pagamos, que también. Al fin y al cabo, al menos por ahora este tipo de datos suele tener una especial protección legal que, de alguna manera, garantiza nuestra privacidad. Pero hay muchos otros datos relevantes que no gozan de esta protección y que pueden ser usados en beneficio de otros o en nuestra contra. Datos que, muchas veces, nosotros mismos no dejamos de desvelar y publicar.

Un caso que suele darse habitualmente, y que acredita lo que digo, es lo que sucede cada vez que se nombra un cargo público relevante, pongamos por caso un ministro, y a las pocas horas un batallón de navegantes ha cribado ya sus cuentas en redes sociales buscando cualquier salida de tono, chiste mal sonante o declaración que fácilmente puede ser tergiversada o sacada de contexto. Una práctica peligrosa pero real, de una clara naturaleza inquisitorial que consiste en incriminar por deslices preteridos e imprescriptibles, o por manifestaciones que pudieron ser sensatas y que son vistas hoy como erróneas. Un proceso absurdo que puede llevarnos a pensar que es mejor dejar de pensar, y sobre todo de escribir. Errar es de sabios, se decía antes. Pero hoy parece que es de insensatos e imprudentes, sobre todo si uno se expone en la web.

Y aunque las posibilidades de esta Inquisición digital nos puedan parecer lamentables, nos queda el consuelo de que su alcance es todavía limitado. Al fin y al cabo Twitter, la red donde principalmente uno tiende a escribir rápido y condensado, sin parar a pensar sobre lo que realmente ha escrito, nació en 2006 y no fue hasta finales de 2009 en que apareció su versión en español. Ello supone que el actual rango de búsqueda de meteduras de pata de los potenciales líderes políticos o sociales es, en general, de menos de diez años. Pero ¿se imaginan lo que será dentro de diez años más, cuando los actuales veinteañeros arrastren sus Instagram de la adolescencia o de sus años de universidad?

No podemos olvidar, además, que uno de los grandes males de la informática y de las redes digitales es que, como regla general, nada se borra. Aunque todos (o casi todos) aprendemos de nuestros errores, también aprendemos a corregirlos, lo que no deja de ser una buena forma de olvidarlos. Pero en Internet nada se olvida. Es verdad que usted puede cerrar su cuenta de correo electrónico o de una red social y con ello dejará de acceder a ella y a los datos que haya almacenado. Pero no tendrá ninguna seguridad de que realmente se borren ni sabrá si quedan a disposición de empresas que previamente los han recopilado (recuerde el escándalo del Cambridge Analytics) o por otras personas, incluidos los vecinos o colegas del trabajo.

Pero más allá de las paranoias de cada uno, no hace falta ir tan lejos para comprobar la pérdida de control de nuestra información. No somos solo nosotros los que nos encargamos de recopilarla y subirla a la red. Hoy es una misión casi imposible no acudir a un evento en el que no haya alguien sacando fotos o videos con su móvil. Aventúrese a participar en una fiesta patronal o a acudir a la inauguración de una exposición, y tiene muchos puntos para aparecer, aunque sea de refilón, en docenas de fotos que circularán por ahí. En algunas redes sociales, incluso etiquetarán su nombre en las imágenes, evitando futuras confusiones. Desengáñese, el Gran Hermano es ya familia numerosa.

Buena parte de lo que he contado no es desconocido para algunos lectores y servirá a más de uno para confirmar sus sospechas. Pero lo realmente importante es preguntarse hasta qué punto somos conscientes de nuestra exposición pública al hacer uso de las tecnologías.

Hay en todo esto una cierta analogía con la moda de los tatuajes. Cada uno es dueño de su epidermis, pero un tatuaje ofrece una información a los demás que debemos considerar al decidir aplicar esta punzante técnica en nuestro pellejo, sobre todo si es en un lugar especialmente visible. La información que muchas veces colocamos en Internet se asemeja bastante a un tatuaje, en el sentido de crear una imagen que nos define ante los demás. Con esta información facilitamos una idea preconcebida de nosotros mismos que, a la larga, puede no jugar a nuestro favor. Pero al contrario de lo que ocurre con los tatuajes de verdad, a menudo no somos conscientes del carácter indeleble de esa información ni de la facilidad con que es posible manipularla y usarla en nuestra contra.

Cuando subimos determinada información a Internet, quedamos desposeídos de parte de nuestra capacidad de control sobre lo que somos o manifestamos a los demás. De alguna manera nuestros recuerdos ya no nos pertenecen en su totalidad. No solo enseñamos nuestro tatuaje digital, sino que este puede ser incluso manipulado torticeramente y debemos ser conscientes de ello. Aunque después nos dejemos la piel en ir trabajando nuestra identidad, los viejos rastros del pasado pueden llegar a despellejarnos de forma inmisericorde. Ya empezamos a verlo en algunos casos y esto no ha hecho más que empezar.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 28 de octubre de 2018