Vivir una experiencia única

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Los mensajes que a uno le llegan a lo largo del día son tan numerosos como normalmente ignorados. Sobrevivir en un mundo hipercomunicado, donde cada movimiento parece esconder un mensaje publicitario y cada acción conlleva la necesidad de valorar la experiencia vivida, no es algo que debamos tomar a broma. No obstante, la escasa seriedad general que nos obliga a adoptar esa frenética esclavitud de los medios, provoca que no siempre nos detengamos a pensar acerca de lo que escuchamos o leemos. Ello se debe, sin duda, a que los mensajes que nos llegan no siempre están destinados a ser pensados. Es más, en no pocas ocasiones, la más mínima actitud reflexiva hacia ellos hace que pierdan toda su gracia, o que se vuelvan especialmente cómicos cuando no era esa la intención de su emisor. De ahí la frecuente necesidad de que el mensaje, antes que comunicar, inhiba cualquier eventual capacidad de reflexión.

Uno de los mantras más escuchados actualmente es el que se refiere al ansia por vivir una experiencia única. Si buscan esa expresión en Internet pronto se darán cuenta de su cariz engañoso. No les será difícil encontrar testimonios tan dispares como el que describe con excesivos detalles la deglución de algún animal indeterminado en un mercadillo asiático o el de quien le ofrecerá un relato apasionado tras infligirse un tatuaje naif en sus maltratados glúteos. Todos ellos tendrán en común la afirmación de haber experimentado esa vivencia como algo insólito y trasformador.

Sin embargo, en nuestro mundo excesivamente comercial y materialista, lo real solo se valora cuando se transacciona con ello, mientras que al poseerlo deja de tener importancia, priorizando entonces la sensación del momento. El placer está en comprar, aunque no se use lo comprado. Así se explica que la realidad vivida por esos sujetos sea absolutamente banal, pero que aun así tenga la virtud de generar una sensación de ser única e irrepetible. Superado el dolor y gratificado por el esfuerzo realizado, la sensación vivida al admirar por primera vez el tigre tatuado a lo Henry Rousseau en la zona glútea no tiene parangón. A partir de ese momento, lo importante no será ya esa discutible obra de arte, sino el relato de la experiencia vivida, que se narrará repetidamente, coronando la cumbre de múltiples cenas y reuniones de sufridos amigos.

Por otro lado, como vivimos en una sociedad donde todo lo que parece tener algún valor debe poder ser envasado y comercializado, no hace falta ya devanarse los sesos buscando un tatuador temerario para vivir una experiencia única. Todos podemos adquirir las experiencias que queramos previo pago de un precio. La diversidad es casi infinita: desde deleitarse con un queso de los que parecen envolverse en su propia atmósfera, hasta el viaje exótico a un paraje tropical; desde una sala de masajes, a lanzarse por un puente sujeto a una cuerda elástica, simulando con ello un monitorizado acto de locura.

Uno podría preguntarse qué lleva a alguien que trabaja, por ejemplo, en un departamento de riesgos laborales, a lanzarse desde una avioneta y surcar el cielo imitando el vuelo de un córvido mareado hasta que se abre su paracaídas. Aventuro que la principal motivación tal vez sea acreditar haber vivido esa experiencia, algo que facilitan las cámaras digitales que resulta casi obligado llevar pegadas al casco o al pecho. No obstante, aunque el catálogo de extravagancias que uno puede llegar a realizar es casi infinito, más complicado es tratar de ver el sentido a todo ello.

A poco que tengamos la osadía de pensar, llegaremos a concluir que vivir una experiencia única es lo más normal del mundo, puesto que vivir es, en sí mismo, una experiencia única. Podemos entrar a discutir lo que significa vivir una experiencia, en cuyo caso nos encontraremos con opiniones dispares si preguntamos al carnicero del supermercado o a un científico defensor del determinismo biológico. Sin embargo, lo que sí parece claro es que, aunque seamos marionetas de un gobierno de aminoácidos, la vida de cada individuo es única e irrepetible. Por el mero hecho de vivir, todos vivimos algo único. Por aburrido que nos parezca, nadie experimenta ese mismo aburrimiento. O al menos es imposible saberlo, de la misma forma que nunca podremos saber con certeza si el color rojo que yo veo es el mismo que ve el optometrista al que visito. Lo que sí es cierto es que ambos podremos discutir sobre ello y obtendremos una insulsa experiencia única.

Entonces, ¿por qué hay personas que no se conforman con el optometrista y necesitan imperiosamente viajar a Mongolia o a cualquier otro lugar que prometa una toponimia impronunciable y alguna que otra afección estomacal? No debe haber otra explicación que el hecho de no saber distinguir su unicidad vital. Necesitan reafirmar el carácter único de su vida, porque están poco convencidos de que su existencia es realmente distinta de la de sus vecinos. Dice el sabio que la felicidad es conformarse con lo que uno es. Pero en un mundo en el que la satisfacción personal se mide atendiendo a la capacidad de consumo, parece que esta máxima ya no vale. Somos tan parecidos todos a los ojos del miope existencial, que la felicidad parece encontrarse en no conformarnos con lo que somos. Para ser felices hay que ser algo distinto a nosotros mismos o, si no es posible, al menos hay que fingirlo.

Esta nueva máxima, cuyo grado de estupidez es inconmensurable, es la que empuja a muchos de nuestros conciudadanos a experimentar con todo aquello que los aleja de su existir cotidiano. Sea a los deportes de riesgo o a pasar una semana en una granja ordeñando ovejas. Es fácil imaginar cómo al granjero debe costarle salir de su asombro al comprobar cómo su diaria manipulación de las ubres de la borrega deviene, para el efímero visitante urbanita, una absoluta fascinación. En ese curioso momento, tiene la oportunidad de admirar cómo un anónimo y discreto oficinista puede sentir, gracias a su paciente rebaño, que su vida va cambiando y que su percepción de la realidad es ya diferente, si bien no puede olvidar que la experiencia que vive será siempre momentánea.

Nuestro aventurero no tardará en sentir el angustioso pesar por alguna otra experiencia única aún no vivida. Una experiencia que no siempre podrá poseer y que le llevará a tener que conformarse con su cotidianeidad y con una cierta sensación de fracaso. Lamentándose, quizás llegue a entender que ha perdido ya la costumbre de vivir su propia vida sin anhelos estridentes. Con tantas emociones por alcanzar, pero no fáciles de costear, es muy posible que se vea incapaz de recordar que su vida cotidiana también es única. Aunque la desaproveche insulsamente mirando anuncios por Internet.

 

Original publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 2-XII-2018

El tatuaje digital

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En un reciente artículo publicado en la revista Foreign Policy, Tarah Wheeler, una de las más reputadas expertas en seguridad informática, formula una hipótesis altamente llamativa, aunque sea complicado verificarla. La cosa es como sigue: imaginemos por un momento que el argumento de la película Terminator fuera profético. Si así fuera, ello supondría que, en un futuro no demasiado lejano, Skynet debería enviar un ciborg asesino para acabar con la vida de la progenitora del rebelde John Connor, o como quiera que se llame su equivalente real. La gracia del ejercicio está en que, si en lugar de viajar a 1984 –como ocurre en la película original– viajase a nuestro actual 2018, disponiendo el ciborg de una conexión a internet, no tardaría más de cuatro minutos y medio en encontrar a la verdadera Sarah Connor. Con ello, y al contrario de lo que ocurre en la película, eludiría toda posibilidad de error y no se vería en la incómoda tesitura de ir matando a todas las “Sarah Connor” que se le cruzaran en su camino.

Está claro que todo esto no es más que un imaginativo ejemplo. Si realmente ha ocurrido ya, es algo que no sabremos nunca, aunque podamos intuirlo cuando las máquinas empiecen a excederse descontroladamente en sus funciones. Bromas aparte, lo que sí está bastante claro es que las tecnologías de la información ponen a disposición del público en general miles o millones de datos personales de la mayoría de nosotros, datos personales sobre los que carecemos de control. No se trata siempre de datos íntimos, como los referidos a la salud o a los impuestos que pagamos, que también. Al fin y al cabo, al menos por ahora este tipo de datos suele tener una especial protección legal que, de alguna manera, garantiza nuestra privacidad. Pero hay muchos otros datos relevantes que no gozan de esta protección y que pueden ser usados en beneficio de otros o en nuestra contra. Datos que, muchas veces, nosotros mismos no dejamos de desvelar y publicar.

Un caso que suele darse habitualmente, y que acredita lo que digo, es lo que sucede cada vez que se nombra un cargo público relevante, pongamos por caso un ministro, y a las pocas horas un batallón de navegantes ha cribado ya sus cuentas en redes sociales buscando cualquier salida de tono, chiste mal sonante o declaración que fácilmente puede ser tergiversada o sacada de contexto. Una práctica peligrosa pero real, de una clara naturaleza inquisitorial que consiste en incriminar por deslices preteridos e imprescriptibles, o por manifestaciones que pudieron ser sensatas y que son vistas hoy como erróneas. Un proceso absurdo que puede llevarnos a pensar que es mejor dejar de pensar, y sobre todo de escribir. Errar es de sabios, se decía antes. Pero hoy parece que es de insensatos e imprudentes, sobre todo si uno se expone en la web.

Y aunque las posibilidades de esta Inquisición digital nos puedan parecer lamentables, nos queda el consuelo de que su alcance es todavía limitado. Al fin y al cabo Twitter, la red donde principalmente uno tiende a escribir rápido y condensado, sin parar a pensar sobre lo que realmente ha escrito, nació en 2006 y no fue hasta finales de 2009 en que apareció su versión en español. Ello supone que el actual rango de búsqueda de meteduras de pata de los potenciales líderes políticos o sociales es, en general, de menos de diez años. Pero ¿se imaginan lo que será dentro de diez años más, cuando los actuales veinteañeros arrastren sus Instagram de la adolescencia o de sus años de universidad?

No podemos olvidar, además, que uno de los grandes males de la informática y de las redes digitales es que, como regla general, nada se borra. Aunque todos (o casi todos) aprendemos de nuestros errores, también aprendemos a corregirlos, lo que no deja de ser una buena forma de olvidarlos. Pero en Internet nada se olvida. Es verdad que usted puede cerrar su cuenta de correo electrónico o de una red social y con ello dejará de acceder a ella y a los datos que haya almacenado. Pero no tendrá ninguna seguridad de que realmente se borren ni sabrá si quedan a disposición de empresas que previamente los han recopilado (recuerde el escándalo del Cambridge Analytics) o por otras personas, incluidos los vecinos o colegas del trabajo.

Pero más allá de las paranoias de cada uno, no hace falta ir tan lejos para comprobar la pérdida de control de nuestra información. No somos solo nosotros los que nos encargamos de recopilarla y subirla a la red. Hoy es una misión casi imposible no acudir a un evento en el que no haya alguien sacando fotos o videos con su móvil. Aventúrese a participar en una fiesta patronal o a acudir a la inauguración de una exposición, y tiene muchos puntos para aparecer, aunque sea de refilón, en docenas de fotos que circularán por ahí. En algunas redes sociales, incluso etiquetarán su nombre en las imágenes, evitando futuras confusiones. Desengáñese, el Gran Hermano es ya familia numerosa.

Buena parte de lo que he contado no es desconocido para algunos lectores y servirá a más de uno para confirmar sus sospechas. Pero lo realmente importante es preguntarse hasta qué punto somos conscientes de nuestra exposición pública al hacer uso de las tecnologías.

Hay en todo esto una cierta analogía con la moda de los tatuajes. Cada uno es dueño de su epidermis, pero un tatuaje ofrece una información a los demás que debemos considerar al decidir aplicar esta punzante técnica en nuestro pellejo, sobre todo si es en un lugar especialmente visible. La información que muchas veces colocamos en Internet se asemeja bastante a un tatuaje, en el sentido de crear una imagen que nos define ante los demás. Con esta información facilitamos una idea preconcebida de nosotros mismos que, a la larga, puede no jugar a nuestro favor. Pero al contrario de lo que ocurre con los tatuajes de verdad, a menudo no somos conscientes del carácter indeleble de esa información ni de la facilidad con que es posible manipularla y usarla en nuestra contra.

Cuando subimos determinada información a Internet, quedamos desposeídos de parte de nuestra capacidad de control sobre lo que somos o manifestamos a los demás. De alguna manera nuestros recuerdos ya no nos pertenecen en su totalidad. No solo enseñamos nuestro tatuaje digital, sino que este puede ser incluso manipulado torticeramente y debemos ser conscientes de ello. Aunque después nos dejemos la piel en ir trabajando nuestra identidad, los viejos rastros del pasado pueden llegar a despellejarnos de forma inmisericorde. Ya empezamos a verlo en algunos casos y esto no ha hecho más que empezar.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 28 de octubre de 2018

Toxicidad digital

No cabe duda de que el escándalo de Facebook va a dar mucho de sí. Significará, muy posiblemente, un antes y un después no solo para la empresa de Mark Zuckerberg sino en general para las redes sociales y, por extensión, para esa realidad más o menos tangible que llamamos 2.0 y cuyo más cotizado recurso es el conocido big data. En relación a Facebook, ya se está produciendo una reacción por parte de las autoridades y de muchos usuarios en las propias redes, publicitando el hashtag #deletefacebook. Es comprensible. Muchos pensaran incluso que la reacción de los usuarios es natural, al fin y al cabo, el consumidor o usuario de un bien o servicio tiene siempre ese poder último de rechazar un producto o boicotear una marca. Ha ocurrido otras veces y en algunos casos la empresa afectada ha podido sufrir fuertes reveses, si bien en la mayoría de ocasiones el boicot no pasa de ser algo pasajero que suele acabar difuminando una buena campaña de marketing y un lavado de cara de la imagen de la marca.

Esto es lo normal. Sin embargo, tengo la impresión que en este caso las cosas no son tan de manual como podría parecer. El escenario en el que deambulamos aquí no se parece en nada al de un escándalo de una marca de yogures o de un gigante de la automoción al que pillan falseando datos sobre la emisión de gases de sus vehículos. La coyuntura del caso de Facebook es muy diferente por diversos motivos.

En primer lugar, porque son pocas las personas que tienen más o menos claro lo que ha pasado, es decir, cuál es el alcance del daño que han podido sufrir los usuarios de esa red social. Aquí no estamos hablando de un hacker que haya robado datos bancarios o de tarjetas de crédito, o de un malhechor que chantajea a ciudadanos amenazando con publicar fotos íntimas o documentos confidenciales. De lo que aquí se trata es de que una empresa, Cambridge Analytica, ha recopilado y hecho uso de datos de hasta cincuenta millones de ciudadanos. Pero no de datos privados sino de datos que de una forma u otra estos usuarios han cedido a Facebook de forma voluntaria. Puede discutirse si, al ceder esos datos, se era consciente de los riesgos que acompañan a esta cesión. Pero de lo que no hay duda es que son datos que el propio usuario cede a Facebook, en muchos casos sin que esta empresa se los pida. Como pasa cada vez que alguien tiene la ocurrencia de colgar subir a la red una foto de sus vacaciones desde la piscina de un resort caribeño: nadie le obliga a hacerlo.

Es verdad, dirán algunos, que el hecho de colgar esa foto no autoriza a Facebook ni a nadie a hacer uso de ella de forma vejatoria o en perjuicio de la persona fotografiada. Pero es que ni Facebook ni Cambridge Analytica lo hacen. Por divertida que resulte la foto, lo que se busca aquí no es la foto en sí misma ni sus discutibles valores estéticos, sino el dato (o el metadato) que tras la foto se esconde: el perfil del usuario, su ubicación, el color del bañador, si es calvo o no, etc. Este conjunto de datos forman la materia prima a partir de la que se construye el famoso big data.

Visto así, podemos pensar que lo ocurrido tampoco es tan grave. Que vivimos en una sociedad en la que la publicidad nos incita a consumir compulsivamente, no es una novedad. Tenemos claro que el consumismo existía mucho antes de Facebook y de Internet. En este sentido, las redes sociales son simplemente nuevos canales que usan la publicidad y el marketing para llegar al consumidor y modelar sus gustos. Pero ¿quién se atreve a decir que esto sea malo? ¿No es hoy casi un deber cívico estimular el consumo y eso que denominan la demanda interna? Por otro lado, obtener este fabuloso néctar del big data y ponerlo a la venta ¿no es acaso el objeto empresarial principal de Facebook?

Ello nos lleva al segundo motivo de por qué este caso no es un caso normal de un mal funcionamiento de una empresa. No lo es porque no está nada claro hasta qué punto la empresa ha funcionado mal. Es decir, hasta qué punto Facebook no ha hecho sino lo que se espera de ella. Lo que sí es cierto es que esta vez ha traspasado una línea roja de la que apenas teníamos conocimiento, pero que ha provocado más de un sarpullido: ha permitido el uso del big data para la manipulación política.

La posibilidad de manipular a la opinión pública y afectar a los resultados de procesos electorales es algo que los gobiernos no están dispuestos a tolerar. Es por ello de que nadie duda de que, más pronto que tarde, establecerán las regulaciones y las cautelas necesarias para evitar que se repita algo parecido a lo que parece que ocurrió en las últimas elecciones presidenciales en EE.UU. o con el referéndum del Brexit. El tema es lo suficientemente delicado como para que se lo tomen en serio, pues ya no se trata de favorecer a uno u otro partido o que estos mecanismos se encuentren en manos de una potencia extranjera. Se trata sobre todo de que con ello se socava la legitimidad de todo gobierno democrático pues qué credibilidad va a poder tener un proceso electoral si no hay forma de saber si se ha manipulado burdamente a sus votantes.

Concluyamos pues que la raíz del problema es que se ha hecho un uso no controlado del big data en el ámbito político, pues parece que, fuera de este ámbito, son pocos los que tienen algo que reprochar respecto al modelo empresarial de Facebook. Modelo que no es esencialmente diferente del de otros gigantes de la red. La conclusión parece clara: se nos puede manipular como consumidores pero los gobiernos no van a consentir que se nos manipule como votantes. Alguien podrá decir que el consumidor siempre tiene la opción de abandonar Facebook, pero en la práctica este abandono no es tan sencillo. La actividad habitual en Internet para muchas personas se limita a poco más que visitar esta red social y a mandar mensajes por Whatsapp: ahí está su universo de relaciones, amistades, familia, clientes… Por cierto que esta última aplicación pertenece también a Mark Zuckerberg. Como Instagram. Y a todo esto no hemos hablado para nada de Google, cuyos tentáculos van posiblemente más allá de los de Facebook. Que levanten la mano quienes no tengan una cuenta de Gmail…

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 3/4/2018

Eternamente mortales

La reciente muerte de Enrique Castro Quini sorprendió a mucha gente, incluidos aquellos que, sin ser grandes aficionados al fútbol, recordaban con simpatía la figura del jugador y el calvario que pasó con su secuestro, allá por el año 1981. Aunque Quini murió de un infarto, posiblemente una de las causas más comunes de muerte en nuestro país, han sido frecuentes los comentarios acerca del desafortunado suceso y su inevitabilidad, pese a ser reanimado en plena calle por unos agentes de policía. Si cuando el jugador estaba en activo, hace cuarenta años, este tipo de afecciones solían ser letales, hoy parece como si fuera algo extraordinario no sobrevivir al achaque.

Afortunadamente, en estos cuarenta años los avances en el campo de la medicina han sido constantes, también en los casos de cáncer o de otras afecciones que antaño eran irremediablemente fatales. Y la progresión continúa. Nuevas técnicas, como el uso de células madre, las terapias genéticas o la nanotecnología, auguran una auténtica revolución en la medicina a medio plazo, lo que puede llevarnos a incrementar la actual esperanza de vida hasta límites hoy insospechados.

Hasta dónde pueden llegar esos avances es objeto de especulación y, aunque no faltan recelos de distinto cariz, incluidos los de naturaleza religiosa o moral, tampoco faltan actitudes entusiastas y optimistas. Muchos recordaran el revuelo que provocó, hace algo menos de un año, la Cumbre Internacional de Longevidad y Criopreservación que se celebró en Madrid y en la que se predijo, sin demasiados tapujos, el fin de la muerte. De hecho, José Luis Cordeiro, profesor de la Singularity University y uno de los organizadores del evento, se atrevió a fijar una fecha: el año 2045.

Como es de suponer, lo del fin de la muerte hay que entenderlo en su justa medida. La muerte siempre estará con nosotros pues en cualquier momento podremos sufrir un accidente, morir quemados en un incendio o, simplemente, suicidarnos. Pero sí que es verdad que la ciencia avanza hacia una meta que nos permitirá ser, al menos en teoría, eternamente mortales, en expresión del filósofo francés Luc Ferry. Una meta que, por otro lado, solo tiene un mínimo atractivo si corre pareja con la reversión de los procesos de envejecimiento. Vivir veinte años más para estar prostrado en una cama como un vegetal no es algo apetecible para nadie.

Cuestiones técnicas aparte, de producirse este alargamiento significativo de la esperanza de vida en un horizonte que no va más allá de unas cuantas décadas, lo que sí se pueden plantear son serios problemas económicos y sociales. Para empezar, habrá que ver cómo se pagan las pensiones de jubilación de los actuales trabajadores si estos alcanzan edades más allá de los cien años. Aunque también es verdad que, si se atenúan los procesos de envejecimiento, estos mismos trabajadores pueden seguir activos hasta bien cumplidos los noventa años, lo que en algunos casos puede ser un hándicap y, desde luego, nada bueno augura a los que nacen hoy e inevitablemente se encaminan hacia las largas listas del paro juvenil.

También es verdad que una cosa son las posibilidades de la ciencia y otra muy diferente las de los bolsillos del ciudadano. Aunque los grandes investigadores se guardan normalmente de hacer referencia al vil metal, las multinacionales que patrocinan sus experimentos a buen seguro buscarán suculentos beneficios tras estos descubrimientos. Es por ello que es muy posible que, al menos en las primeras décadas de uso de estas terapias, su aplicación solo se ciña a personas de alto nivel adquisitivo o hacia los que exista un especial interés. Pensemos, por poner un ejemplo, en el que pueda haber por mantener una larga y longeva dinastía política en los EE.UU, al estilo de los Kennedy, pero en este caso a partir de los retoños de la familia Trump.

Lo cierto es, por otro lado, que con el tiempo estos avances dejan de ser un privilegio de unos pocos y se van generalizando, hasta llegar a formar parte de la carta de servicios de la sanidad pública. Es lo que ocurrió, sin ir más lejos, con la cirugía estética, que al principio era solo accesible a millonarios y a glamurosas actrices hollywoodienses y hoy se ha generalizado a muchas capas de la sociedad. Aún así, habrá que ver hasta qué punto no seguirá habiendo diferencias entre distintos grupos.

Aunque sea un caso de ciencia ficción, algo parecido a esto que explicamos es lo que ocurre en la serie de TV Altered Carbon, en la que, en pleno siglo XXIV, la identidad humana se conserva en una especie de unidad de memoria que puede insertarse en diferentes cuerpos, que son así revividos. Como es fácil imaginar, los cuerpos jóvenes y hermosos son altamente cotizados y solo quedan al alcance de millonarios, mientras que el común de los mortales debe conformarse con lo que nadie quiere. En una de las primeras escenas de la serie se ve a una familia atónita al comprobar que la identidad de su hija pequeña fallecida ha sido insertada en el cuerpo de una anciana.

Evidentemente, las apuntadas son tan solo un muestreo de las implicaciones éticas, políticas y económicas que pueden conllevar determinados avances en el terreno de la medicina. Aun así, la gran mayoría de personas pensará que se trata de problemas que se irán solucionando, pero que en ningún caso pueden suponer trabas al avance en las investigaciones médicas. Y en buena parte es así. Nadie en su sano juicio se opondrá a que avancemos en poder tener una vida más larga y sin los achaques de la vejez. Ya no digamos si podemos evitar determinadas enfermedades y afecciones graves, no tanto ya para nosotros como para nuestros hijos o nietos. Pero que el fin sea loable, no quiere decir que lo sea a cualquier precio ni sin tener en cuenta los efectos secundarios que pueden aparecer, no solo en el campo fisiológico, sino también en el social, cultural y moral. Al fin y al cabo, las personas somos algo más que carne animada.

Y es ahí donde radica el problema. Nadie o casi nadie parece querer mirar más allá del titular entusiasta predicando los milagrosos avances hacia los que nos dirigimos. Preferimos no pensar. Asumimos expectantes que la mayoría viviremos más que nuestros antepasados. Desde luego, no sé si seremos más felices, pero creo que no está nada claro que vayamos a ser más listos.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 25/3/2018

Los impuestos no son para los ricos

La publicación de los Papeles de Panamá ha causado un importante revuelo en medio mundo. Básicamente, a la mitad del mundo que, al no verse obligada a pasar hambre, debe pagar impuestos para sufragar toda clase de estructuras burocrático-estatales. A la otra mitad, que no sabe si hoy podrá llegar a la cena con un poco de comida, todo esto le importa un bledo.

Pero a la primera mitad, en la que posiblemente se encuentre el lector de esta página (y en la que está el autor que esto escribe), este revuelo posiblemente le cause cierta satisfacción. Al fin y al cabo, toda esta historia tiene algo de Robin Hood, de un héroe -aquí en forma de hacker- que roba a los ricos y malvados en favor de los más pobres. The_Subsidised_MineownerEs verdad, dirán ustedes, que aquí solo se ha sustraído información y no dinero, pero no es menos cierto que tras la información, es posible que algún Estado se despierte e investigue, con lo que puede darse que alguno de los astutos y evasores ricos cuyo nombre sale en los papeles, acabe pagando fuertes sumas a la Hacienda Pública. Por tanto,  aunque de forma remota, indirecta, algo de dinero se nos devolverá a todos.

Sin embargo, esta euforia algo canallesca de clase media no debe llevarnos a pensar que con ello la justicia triunfa de forma inevitable. Es verdad que alguna cosa cambia. La fragilidad de la informática asegura que determinadas opacidades pueden no serlo tanto, y que hay una elevada exposición al riesgo en muchas de estas operaciones cuando son llevadas a cabo por ciudadanos de países medianamente serios y con autoridades fiscales razonablemente eficaces.

No obstante, cuando para que se haga justicia debe ser necesaria la intervención de un Robin Hood, aunque sea titulado en informática, no nos encontramos solo ante un rico déspota, ni con un conjunto de ricos que evaden impuestos, sino que nos hallamos ante un sistema corrupto que tolera estos comportamientos. De no ser así, Robin Hood es innecesario.

Y esa tolerancia hacia estos comportamientos ilegales llega a ser incluso abiertamente justificada. Estos días, no es nada difícil escuchar analistas en los medios de comunicación que argumentan a favor de la existencia de estas “vías de escape fiscal” por la elevada carga tributaria de la mayoría de países occidentales. Llegan incluso a advertir de su eventual eliminación y los peligros que entraña: si no dejamos evadir impuestos a los ricos, se llevaran directamente su dinero a otra parte y dejarán de invertir en nuestro país.

Desconozco hasta que punto es real esta amenaza, aunque debo confesar que el argumento, que a veces he escuchado, de que subir los impuestos a los ricos les desincentiva para seguir siendo ricos, me ha parecido siempre algo arriesgado. Pero asumiendo que sea así, no estaría de más que los gobiernos europeos al menos tuvieran el detalle de reconocer que aquí los ricos no pagan impuestos. Nos gustará más o menos que nos lo digan, pero la evidencia es clara. Reconózcanlo de una vez: los impuestos, como las colas en los cines, no son para los ricos.

Una feria con cobertura

Las novedades tecnológicas no dejan de sorprendernos, para bien y para mal. Y de estas, pocas tienen tanta influencia como el teléfono móvil. En veinte años, el aparatito ha pasado de ser un objeto raro y al alcance de pocos, a ser un objeto de consumo corriente y una herramienta imprescindible para mucha gente. La conectividad continuada nos permite ser a muchos verdaderas oficinas ambulantes, recibiendo correos electrónicos al momento, gestionando cuentas bancarias, operando con administraciones públicas, etc., Tal es la multifuncionalidad del artefacto que hace que no necesitemos de su función primigenia, es decir, el teléfono móvil ha conseguido que casi sea innecesario hablar por teléfono.

Pero mi sorpresa más reciente tuvo lugar hace unas semanas, cuando en Barcelona se inauguró una feria llamada pomposamente, y no precisamente en catalán, Mobile World Congress. Entiéndaseme, no es que me sorprenda que los que viven del invento se organicen una feria, lo cual es perfectamente normal y razonable, como lo pueda ser una feria de máquinas empaquetadoras de verdura congelada. Lo que me sorprende es que tal evento fue noticia destacada en los periódicos digitales y en papel, en los noticiarios de la televisión y en las radios. A poco que uno piense en ello, es difícil no preguntarse si no habría noticias de mayor calado, de más interés para la ciudadanía que la concentración de fabricantes de móviles con ansias de generar beneficios en sus cuentas.

A bote pronto, yo diría que sí, que había otros temas a tratar de mayor relevancia. La propia crisis de gobernabilidad que vivimos en este país desde poco antes de Navidad, o la crisis de los refugiados, que no es tal crisis sino mero síntoma de la crisis moral de Europa, son solo dos ejemplos de asuntos que deberían dejar de lado la feria de teléfonos en cuestión. Creo que no habrá muchas dificultades para ponernos de acuerdo en ello. Pero cuando el acuerdo es tan amplio, suele suceder que en el fondo es la pregunta la que está mal formulada. Lo que deberíamos preguntarnos no es sobre los asuntos en sí, sino sobre el interés de la gente. Esta es la clave y lo que acaba decidiendo el contenido de los propios medios de comunicación: ¿quiere el lector o el televidente que le cuenten como está el patio político, ambiental, social, etc., o quiere que le expliquen la nueva versión del smartphone tal o las nuevas posibilidades de la domótica?

Alguien me dirá que el interés por la tecnología es algo imparable y que ya forma parte de nuestra forma de ver la sociedad y a nosotros mismos. Uno ya no se concibe sin el móvil, y empiezan a ser frecuentes los ataques de ansiedad al dejarlo olvidado en casa o en el coche. Los artefactos se adaptan a nosotros y nos facilitan la vida. Son, nos dicen en la feria, cada vez más inteligentes. No sé qué decirles. Yo miro el mio y me pregunto qué entenderán los feriantes y demás gurus por inteligencia. Mientras, sigo viendo en la televisión a los refugiados llamando a las puertas de Europa. Vamos, que lo de la inteligencia debe ser más bien un recurso del marketing.