La esclavitud de la inmediatez

Es asombroso contemplar como la avalancha de información apenas ya nos abruma. Nos hemos acostumbrado a ese ritmo vertiginoso que nos compele a decidir con excesiva precipitación. La inmediatez de la información requiere inmediatez en la opinión, sea en Twitter o en una reunión ejecutiva. Pero ¿no es esta una nueva y sutil forma de (auto)censurar(nos)?fair-540127_1280

Casi no hay tiempo para hablar pero lo poco que decimos se traslada a la velocidad de la luz y dejamos de controlar unas palabras que pasan a ser nuestras acusadoras. No hay tiempo para la reflexión. Nuestras decisiones adolecen de una miserable inanición. ¿Qué podemos esperar de ellas cuando precisamente ya no hay tiempo para esperar más?

Sin darnos cuenta hemos sido hechos esclavos de una urgencia imaginaria. Vivimos aterrorizados por el “ya pasó” que nos deja fuera de un juego que apenas se ha iniciado y termina ya. Cuanto más nos asusta el futuro, más parece que consumimos el presente de forma compulsiva. Todo fluye y es por ello que cada vez nos cuesta más mantener la mirada con un interlocutor y esperar un gesto de afecto o de aceptación. No somos capaces ya de entender que comunicar no es dialogar. Opinamos ante el mundo sin buscar un interlocutor, cayendo en un mero exhibicionismo narcisista de la palabra. Y al final queda el vacío. La palabra se desvanece sin la necesaria memoria del que la debería escuchar y con ello se derrumba nuestra cordura.

El misterio y la duda

El materialismo que de alguna manera se ha ido imponiendo en nuestra sociedad rechaza todo asomo de misterio. Todo conocimiento, tarde o temprano, debe ser asequible a las personas. No hay nada trascendente que quede fuera de esa pretensión. De sostener su existencia,  tal afirmación sería fruto de una creencia absurda, una superstición sin sentido alguno. Lo que no podemos explicar hoy, dirá el materialista, se explicará más adelante.

Aunque, muy posiblemente, esta postura no es compartida por la mayoría de personas, sí que goza de cierta influencia y predicación en muchos ámbitos intelectuales y académicos. Es fácil, por otro lado, oponer esta postura “científica” a la religiosa [entrecomillo el termino “científica” pues la afirmación de que todo se reduce a materia (o a energía) y es posible su conocimiento a través de pruebas empíricas, es algo que carece de base científica (es meta-científico o, si quieren, meta-físico)], algo bastante más común pese a que no pocos científicos se confiesan creyentes.

Sin embargo, ese rechazo al misterio y su correlativa admiración por la seguridad y la certeza del conocimiento, guarda un curioso parecido con los fundamentalismos religiosos. El cientificismo radical no es tan diferente en la afirmación de sus postulados como lo es el creacionista cristiano que defiende la literalidad del Génesis, rechazando el darwinismo en cualquiera de sus variedades.

En ambos casos, el rechazo a zonas de inseguridad, de incerteza, provocan una automutilación que limita el propio conocimiento y reduce su capacidad crítica. Dejar de preguntarse si la existencia tiene algún sentido, como hace el materialista, o condenar teorías que acreditan su coherencia y razonabilidad más allá de escritos milenarios sin pretensión científica alguna, como ocurre con los fundamentalistas, empobrecen sus propuestas y ralentizan los avances.

Al contrario de lo que a muchos les puede parecer, la duda no debilita, sino que ayuda a los seres humanos a madurar en sus creencias. Pero no solo en estas. También resulta fundamental para llegar a conocer el sentido del conocimiento que alcanzamos y los valores que deben imperar en su uso.

 

Acedia

Juan Casiano fue un monje asceta nacido en la actual Rumanía a mediados del siglo IV y que dedicó buena parte de su vida a la ordenación de la vida monástica. Una de sus grandes preocupaciones era la de mantener la integridad espiritual de los monjes, que se encontraba en constante peligro ante las tentaciones de la carne. Dicha integridad podía ser puesta en peligro por múltiples vicios, siendo la acedia uno de los más comunes y que, por ello, mayor riesgo suponía.

Nuestro monje entendía la acedia como un estado de tristeza honda que sumía al monje en una asfixiante amargura que lo llevaba a alejarse del bien espiritual al que estaba llamado. Se trataba pues de un vicio con tintes de enfermedad, por lo que su afección ponía en duda la responsabilidad moral del afectado y su carácter pecaminoso. Tomás de Aquino, sin embargo, tenía pocas dudas acerca de la naturaleza de la acedia como pecado y la emparejaba ni más ni menos que con la envidia. Afirmaba el dominico que si la envidia es una oposición interior de alguien frente al gozo de los demás con sus bienes, la acedia es la oposición interior al gozo de los bienes divinos que se ponen a nuestra disposición. Por tato, la gravedad de la acedia no es el eventual perjuicio que se produce a terceros, que es en principio mínimo, ni el que se produce uno a sí mismo, sino el hecho en sí de desaprovechar o rechazar un bien espiritual que proviene de Dios.

En el ámbito religioso, o al menos en el específicamente católico, la acedia sigue siendo considerada como una actitud de relajación de la ascesis o de descuido de la oración debida a la pereza y al desabrimiento. Fuera de este ámbito, la acedia se entiende como sinónimo de pereza y de amargura o tristeza, tal y como se recoge en el actual Diccionario de la Real Academia Española, dejando atrás el origen pecaminoso o culposo del término, que va más allá del monasticismo, pues en su etimología, acedia deriva del griego akêdía, que significa negligencia.

No tengo demasiadas dudas de que sería relativamente fácil encontrar ejemplos de esa pereza negligente y triste en nuestra sociedad. Se me ocurre en el ámbito político, en el que un elevado porcentaje de la población parece haber renunciado a ejercer sus potestades que como ciudadano le viene dadas. Pero también en el ámbito familiar, donde tantos padres fuerzan extrañas delegaciones en maestros y otras personas para evitar su obligación de educar con firmeza y prudencia a sus hijos. Una negligencia vergonzante que al final acaba minando el ánimo y convirtiéndose en agria tristeza.

Eternamente mortales

La reciente muerte de Enrique Castro Quini sorprendió a mucha gente, incluidos aquellos que, sin ser grandes aficionados al fútbol, recordaban con simpatía la figura del jugador y el calvario que pasó con su secuestro, allá por el año 1981. Aunque Quini murió de un infarto, posiblemente una de las causas más comunes de muerte en nuestro país, han sido frecuentes los comentarios acerca del desafortunado suceso y su inevitabilidad, pese a ser reanimado en plena calle por unos agentes de policía. Si cuando el jugador estaba en activo, hace cuarenta años, este tipo de afecciones solían ser letales, hoy parece como si fuera algo extraordinario no sobrevivir al achaque.

Afortunadamente, en estos cuarenta años los avances en el campo de la medicina han sido constantes, también en los casos de cáncer o de otras afecciones que antaño eran irremediablemente fatales. Y la progresión continúa. Nuevas técnicas, como el uso de células madre, las terapias genéticas o la nanotecnología, auguran una auténtica revolución en la medicina a medio plazo, lo que puede llevarnos a incrementar la actual esperanza de vida hasta límites hoy insospechados.

Hasta dónde pueden llegar esos avances es objeto de especulación y, aunque no faltan recelos de distinto cariz, incluidos los de naturaleza religiosa o moral, tampoco faltan actitudes entusiastas y optimistas. Muchos recordaran el revuelo que provocó, hace algo menos de un año, la Cumbre Internacional de Longevidad y Criopreservación que se celebró en Madrid y en la que se predijo, sin demasiados tapujos, el fin de la muerte. De hecho, José Luis Cordeiro, profesor de la Singularity University y uno de los organizadores del evento, se atrevió a fijar una fecha: el año 2045.

Como es de suponer, lo del fin de la muerte hay que entenderlo en su justa medida. La muerte siempre estará con nosotros pues en cualquier momento podremos sufrir un accidente, morir quemados en un incendio o, simplemente, suicidarnos. Pero sí que es verdad que la ciencia avanza hacia una meta que nos permitirá ser, al menos en teoría, eternamente mortales, en expresión del filósofo francés Luc Ferry. Una meta que, por otro lado, solo tiene un mínimo atractivo si corre pareja con la reversión de los procesos de envejecimiento. Vivir veinte años más para estar prostrado en una cama como un vegetal no es algo apetecible para nadie.

Cuestiones técnicas aparte, de producirse este alargamiento significativo de la esperanza de vida en un horizonte que no va más allá de unas cuantas décadas, lo que sí se pueden plantear son serios problemas económicos y sociales. Para empezar, habrá que ver cómo se pagan las pensiones de jubilación de los actuales trabajadores si estos alcanzan edades más allá de los cien años. Aunque también es verdad que, si se atenúan los procesos de envejecimiento, estos mismos trabajadores pueden seguir activos hasta bien cumplidos los noventa años, lo que en algunos casos puede ser un hándicap y, desde luego, nada bueno augura a los que nacen hoy e inevitablemente se encaminan hacia las largas listas del paro juvenil.

También es verdad que una cosa son las posibilidades de la ciencia y otra muy diferente las de los bolsillos del ciudadano. Aunque los grandes investigadores se guardan normalmente de hacer referencia al vil metal, las multinacionales que patrocinan sus experimentos a buen seguro buscarán suculentos beneficios tras estos descubrimientos. Es por ello que es muy posible que, al menos en las primeras décadas de uso de estas terapias, su aplicación solo se ciña a personas de alto nivel adquisitivo o hacia los que exista un especial interés. Pensemos, por poner un ejemplo, en el que pueda haber por mantener una larga y longeva dinastía política en los EE.UU, al estilo de los Kennedy, pero en este caso a partir de los retoños de la familia Trump.

Lo cierto es, por otro lado, que con el tiempo estos avances dejan de ser un privilegio de unos pocos y se van generalizando, hasta llegar a formar parte de la carta de servicios de la sanidad pública. Es lo que ocurrió, sin ir más lejos, con la cirugía estética, que al principio era solo accesible a millonarios y a glamurosas actrices hollywoodienses y hoy se ha generalizado a muchas capas de la sociedad. Aún así, habrá que ver hasta qué punto no seguirá habiendo diferencias entre distintos grupos.

Aunque sea un caso de ciencia ficción, algo parecido a esto que explicamos es lo que ocurre en la serie de TV Altered Carbon, en la que, en pleno siglo XXIV, la identidad humana se conserva en una especie de unidad de memoria que puede insertarse en diferentes cuerpos, que son así revividos. Como es fácil imaginar, los cuerpos jóvenes y hermosos son altamente cotizados y solo quedan al alcance de millonarios, mientras que el común de los mortales debe conformarse con lo que nadie quiere. En una de las primeras escenas de la serie se ve a una familia atónita al comprobar que la identidad de su hija pequeña fallecida ha sido insertada en el cuerpo de una anciana.

Evidentemente, las apuntadas son tan solo un muestreo de las implicaciones éticas, políticas y económicas que pueden conllevar determinados avances en el terreno de la medicina. Aun así, la gran mayoría de personas pensará que se trata de problemas que se irán solucionando, pero que en ningún caso pueden suponer trabas al avance en las investigaciones médicas. Y en buena parte es así. Nadie en su sano juicio se opondrá a que avancemos en poder tener una vida más larga y sin los achaques de la vejez. Ya no digamos si podemos evitar determinadas enfermedades y afecciones graves, no tanto ya para nosotros como para nuestros hijos o nietos. Pero que el fin sea loable, no quiere decir que lo sea a cualquier precio ni sin tener en cuenta los efectos secundarios que pueden aparecer, no solo en el campo fisiológico, sino también en el social, cultural y moral. Al fin y al cabo, las personas somos algo más que carne animada.

Y es ahí donde radica el problema. Nadie o casi nadie parece querer mirar más allá del titular entusiasta predicando los milagrosos avances hacia los que nos dirigimos. Preferimos no pensar. Asumimos expectantes que la mayoría viviremos más que nuestros antepasados. Desde luego, no sé si seremos más felices, pero creo que no está nada claro que vayamos a ser más listos.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el 25/3/2018

Mi casa es mi hotel

Casi sin querer, parece ser que el Parlament balear aprobó días atrás una modificación normativa de cierto calado sobre alquileres turísticos. Este tipo de alquiler se encontraba ya regulado en la ley de turismo de 2012, si bien en ella se limitaba la posibilidad de alquilar viviendas como servicio turístico a las viviendas unifamiliares aisladas, esto es, chalés, casas de campo y edificaciones análogas. Con ello se acotaba un perfil de edificación concreto pero, sobre todo, se limitaba el número de plazas potencialmente ofertables, pues la mayor parte de viviendas en Baleares son pisos ubicados en edificios plurifamiliares y estos quedaban fuera de juego.

Sin embargo, el actual gobierno ecosocialsoberanista ha promovido la modificación de esta regulación para permitir, a priori, el uso de cualquier piso como alquiler vacacional, si bien con la posibilidad de restringir esta potestad en función de unas posteriores zonificaciones o de límites en razón del número de viviendas por propietario. Incluso parece ser que se fomenta, con algunos límites, que uno alquile su propia vivienda.

Antes de nada, debo confesar mi estupor por el hecho de que esta propuesta liberalizadora provenga de un gobierno tan supuestamente escorado a la izquierda, pues a mí me recuerda mucho a lo que décadas atrás se llamó capitalismo popular y que propugnó sobre todo Margaret Thatcher, alentando a que todo británico fuera empresario. En esta misma línea, parece que el actual gobierno ha optado por hacer renacer el thatcherismo más clásico, ofreciendo la posibilidad a todo balear de convertirse en lo que siempre ha querido ser: un hotelero.

Mi estupor se acrecienta si tenemos en cuenta como los ecosoberanistas, promotores directos de la norma, han demonizado tradicionalmente al hotelero como origen de todas las plagas bíblicas de la balearización. Es de justicia reconocer en ello el mérito del vicepresidente Barceló como el más digno sucesor de Ionesco, y eso que los artistas de Podemos no se lo ponen nunca fácil.

Es verdad que, al final, la ley que se ha aprobado es básicamente un desaguisado jurídico sobre el que nadie se atreve a aventurar lo que regula. Pero esto, en el fondo, casi es lo de menos. Lo preocupante de la propuesta es el mensaje que se lanza de que todo habitáculo balear, incluido el propio, es un hotelito en potencia. Un mensaje que muchos ya habían interiorizado, hasta el punto de que es fácil encontrar personas que viven en verano en casa de sus padres para poder alquilar así su propia vivienda con importantes beneficios. Cuando se trata de ganar dinero, aquí todo vale. Ya se sabe, lo que de verdad importa es poder realizar el viaje soñado o conducir un coche de esos que a uno le diferencian del vulgo mileurista.

En sí esto es ya un primer problema, pues lo que realmente promueve esta normativa no es otra cosa que la codicia, hasta el punto de incitar al ciudadano balear a sacrificar la inviolabilidad del domicilio y permitir su uso por desconocidos con solvencia económica acreditada. Mientras los británicos siguen sosteniendo, desde hace siglos, aquello de My home is my castle, en Baleares acabamos de proclamar por ley que “mi casa es mi hotel”.

Se me puede contraponer que no es misión del legislador legislar sobre las virtudes del ciudadano y que todos somos libres de ser codiciosos si queremos. Podríamos discutir mucho sobre ello, aunque no es este el lugar, ni es mi intención abogar por la penalización de la avaricia. Pero pienso que sería un error permitir que nuestras leyes propugnasen un modelo de ciudadano al estilo de Shylock o Scrooge.

No obstante, los efectos de esta norma van más allá de la propagación de determinados estereotipos literarios. Son harto conocidos los efectos de la proliferación de este tipo de actividad en el mercado de la vivienda, sobre todo el del alquiler, con lo que las posibilidades de que los jóvenes se emancipen o de que trabajadores de fuera puedan establecerse aquí se reducen muchísimo.

Por otra parte, ya se empieza notar en algunos barrios tradicionalmente residenciales el predominio del uso turístico, lo que terminará transformando ese barrio provocando que sus servicios y comercios cierren o se adapten a la estacionalidad propia del flujo de turistas: ajetreado bullicio en verano y un barrio a medio gas en invierno, con bares a media jornada y colmados en régimen de fijo discontinuo. Al final, lo que resulta de este proceso no es algo tan distinto a un gueto, aunque en este caso sea de alto standing. Pero no por ello deja de ser un gueto.

No quiero decir con ello que la alternativa sea la prohibición. Yo no me opongo a que existan viviendas que se alquilen como uso turístico, pero sí a convertir las ciudades y los pueblos en complejos hoteleros. Y a eso vamos si esa posibilidad no se limita.

La función social del derecho a la propiedad privada, que proclama el artículo 33 de nuestra Constitución, ampara no solo que deba garantizarse, por ejemplo, el disfrute de una vivienda digna y adecuada, sino también poder vivir en un pueblo o ciudad que permita la convivencia y la vida comunitaria de sus vecinos. Y garantizar esto corresponde en primer lugar a los poderes públicos.

La normativa sobre el alquiler turístico aprobada la legislatura anterior es sin duda mejorable, pero ello no debe pasar por ceder a las ansias de dinero fácil de muchos propietarios, dispuestos a ceder su propio hogar a cambio de unas perras. La ciudad es de todos, incluso de aquellos que no figuran en el Registro de la Propiedad. Y debe ser para todos, incluidos los que nos visitan. Con independencia de que, en su casa, cada uno se sienta en su castillo.

Artículo publicado en el diario El Mundo/El Día de Baleares el 28 de julio de 2017

Educación y valores cristianos

No deja de ser como poco sorprendente que, mientras los templos católicos se vacían, muchos padres siguen llevando a sus hijos a colegios católicos, concertados o privados. En algunos casos, ello puede deberse a la buena fama del centro o a su carácter elitista, pero en la mayoría de ocasiones, los padres suelen alegar que optan por este tipo de centros porque son una fuente de transmisión de valores cristianos, valores que ellos creen positivos para la formación de sus hijos.

Adelanto ya que no me parece mal, ni mucho menos, que estos padres realicen esta opción a favor de sus hijos. Pero quiero apuntar que tras el razonamiento expuesto subyacen dos errores importantes, pero que no siempre se aprecian en su justa medida.

El primero de ellos casi diría que es de bulto, o debería serlo: no hace falta acudir a un colegio religioso o católico para hallar esos valores “cristianos”. No voy a entrar ahora en discutir acerca de estos valores, como pueden ser la tolerancia, el respeto a la dignidad humana, a la vida, la fraternidad y el auxilio hacia los más desfavorecidos, etc. Lo cierto es que la mayoría de personas sensatas se apuntaran a ellos con independencia de que sean creyentes o no. Se trata de un conjunto de valores que algunos etiquetan como “cristianos” pero que fácilmente pueden etiquetarse como valores “humanistas”, “democráticos”, “republicanos”, etc.

Se trata por lo demás de valores cuyo contenido y relevancia no están exentos de problemas. Así, la tolerancia no es vista igual por todos los católicos en asuntos como la diversidad sexual, por ejemplo. De la misma manera, temas como la mayor o menor disposición de acoger inmigrantes en un país están lejos de un consenso y la opinión incluso de católicos parece alejarse de esos valores que definimos como “cristianos”.

Otra cosa es, por supuesto, que esos valores propios de las sociedades abiertas y liberales como la nuestra tengan su origen en el cristianismo, al menos en buena parte. Si bien es cierto que a su vez esos valores reposan, en parte, en el legado filosófico griego, del que también alguna parte de la doctrina cristiana es deudora. Lo que sí entiendo que debe quedar claro es que, ni esos valores son “exclusivos” del cristianismo, ni puede afirmarse que solo desde el cristianismo puede garantizarse su preeminencia. Pensar que solo los cristianos podemos ser personas razonables y buenas es un soberana gilipollez.

El segundo error que surge del planteamiento de muchos padres es mucho más grave. Se trata de pensar que el cristianismo es básicamente un código moral, una pléyade de valores que permiten configurar individuos moralmente íntegros que permitirá construir una sociedad más justa. Es verdad que el cristianismo viene adornado con una mitología especialmente gráfica y pedagógica, pero sentimentalismos aparte, lo que de verdad importa en todo ello es ese código de conducta, esa forma de ser en la que se valora el esfuerzo, la solidaridad con los conciudadanos, el auxilio al débil, la defensa de los intereses comunes, etc. Un discurso tan hermoso como vacío, pues a buen seguro que peroratas de este estilo las encontraríamos también en círculos fascistoides, en comunistas postmodernos y en caciques de toda ralea.

Consideraciones sociopolíticas al margen, lo cierto es que quien entiende que el cristianismo es un catálogo de buenas prácticas para conseguir un mundo mejor, es que no ha entendido nada. El cristiano no persigue una utopía, sino que confía en una realidad que trasciende toda realidad mundana. Pero esa confianza no se basa en su esfuerzo, en su educación o en su buena fortuna. Se basa en la fe en un Dios fiel y misericordioso, que perdonará sus fracasos y premiará cada intento de mejora. Un Padre que acoge en la enfermedad, en el dolor y en el sinsentido del mal. Un Dios que compadece y acompaña, que ilumina con la mirada acogedora y aligera la fatiga de cada día. Un Dios que lo es todo y que se refugia en lo más recóndito del interior, que juega al escondite ofreciendo escandalosas pistas para que no se pierda ni la oveja más despistada.

Los valores son importantes para la convivencia diaria y para el creyente resultan fundamentales, pues no cabe desvincular la relación con el Padre de la de los hijos, sean o no hermanos en la fe. Pero los valores tan solo cubren una parte de la existencia del hombre. En ellos no se obtendrá respuesta en relación al sentido de la vida, el problema del mal o la finitud y la muerte. Es encomiable que los padres se preocupen de que sus hijos se eduquen en los valores  como los que se ensalzan desde la doctrina cristiana, pero esa educación es solo parcial. Sirve como código de urbanidad, sin duda, pero no confundan esto con el cristianismo. Sería como confundir una merluza con el océano entero.

Defender a la Iglesia

En las últimas semanas se han venido sucediendo polémicas más o menos importantes pero con cierta repercusión mediática en relación con la Iglesia católica y aledaños. Me refiero a la polémica del autobús de Hazte Oír y a la de las misas en la televisión pública. Sobre la primera ya he dado mi opinión y, sobre la segunda, confieso que no entiendo muy bien las críticas. Entiéndaseme bien, no es que me oponga a que La2 retransmita misas, corridas de toros o partidos de pádel. Ocurre que no acabo de comprender la preocupación de algunos católicos sobre el tema cuando la conferencia episcopal tiene un canal de televisión propio (13TV) que ofrece misas a diario.

Sí que es verdad, como ya indiqué en el artículo anterior, que no me siento cómodo con ciertas acciones militantes de católicos frente a estas “ofensas”. Como muchos de ustedes, recibo casi a diario indicaciones para que firme tal manifiesto o para que indique que “me gusta” no sé qué iniciativa a favor de la Iglesia o, como suele ser lo más normal, en contra de alguna propuesta poco acorde con nuestros postulados religiosos. Aunque respeto estas iniciativas, procuro desmarcarme y suelo rechazar toda participación, lo que con no poca frecuencia me ha valido el amable reproche de gente amiga. Lo cierto es que, como voy a exponer seguidamente, tengo mis razones para rechazar este tipo de acciones.

En primer lugar, está la elección de los objetivos. No digo que no sea legítimo protestar u oponerse a determinadas actuaciones, algunas incluso más graves que las mencionadas. Por ejemplo, cuando se trata de oponerse a las leyes pro-aborto o a organizaciones que las sustentan. Es legítimo, ciertamente, pero tengo mis dudas cuando uno se centra en este tipo de “injusticias” y obvia muchas otras que se dan a nuestro alrededor.

Puestos a decorar un autobús, no estaría de más recordar las imágenes de refugiados clamando por entrar en Europa, o las colas de personas en los comedores. O traer a colación los subempleos con que muchas empresas obtienen fabulosos beneficios, o la insolidaridad de todos aquellos que defraudan ocultando parte de sus rentas al fisco, aunque algunos después no tengan ningún problema en acudir piadosamente a misa olvidando aquello de que «si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5, 23-24).

En segundo lugar, mi rechazo se debe también a los medios utilizados. La agitación social a través de manifestaciones, recogidas de firmas, uso de medios publicitarios más o menos llamativos, es algo muy legítimo en toda democracia, siempre -como es natural- dentro de un marco de convivencia y legalidad. Y por supuesto que es legítimo que un cristiano haga uso de esos mecanismos para reivindicar mejoras sociales, políticas, etc. Pero no tengo tan claro que sea lo adecuado para defender la fe o la Iglesia, y mucho menos como medio para evangelizar.

A mi juicio, el evangelio no se impone ni debe conseguir adeptos a través de este tipo de provocación social. Lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que el evangelio no sea provocador.  Lo es, mucho más que un convoy de autobuses, pero de forma muy distinta. Es provocador simplemente siendo fiel a sí mismo.

El evangelio provoca en lo más profundo de la sociedad cuando un creyente, lejos de rechazar un pecador, lo acoge. Cuando manifiesta su perdón al que lo ha dañado y perjudicado. Cuando evidencia su amor hacia aquel que lo odia y desprecia. Cuando se desprende de parte de lo que tiene y se lo da a quien cree que lo necesita, sin esperar agradecimientos ni alabanzas. Cuando responde con una sonrisa sincera al ser humillado y ridiculizado por el único motivo de ser cristiano. ¿Se le ocurre a alguien algo más provocador?

Y en tercer lugar, rechazo estas acciones también por su finalidad. No es la primera vez que escucho a personas que me compelen a actuar, a hacer “algo” en defensa de la Iglesia, que se ve atacada por los arrebatos del laicismo imperante hoy. Si somos Iglesia y, como tal, somos atacados, ¿no debemos salir en su defensa? A mi juicio, tras esta soflama se esconde la más pura y letal soberbia.

Ya no se trata de que sea absurdo pensar que la Iglesia pueda ser destruida por sus enemigos “políticos”. Baste pensar en las “Iglesias” de los países del Telón de Acero en las peores épocas del comunismo para desbaratar tal pretensión. Pero lo que es el colmo, es que alguien pueda pensar que nosotros, simples personas, podamos pretender erigirnos en defensores de algo que nos supera infinitamente. Dicho de otro modo, ¿es que alguien puede llegar a pensar que Dios necesita de nosotros para defender su Iglesia peregrina? ¿Tan importantes nos creemos?

La defensa de la Iglesia no se da en las barricadas sino en los comedores sociales, en los centros de internamiento de inmigrantes, en los hospitales, en las cárceles, en las familias que deben dejarse la piel por salarios miserables, al lado de los ancianos que ven pasar sus horas en la más triste soledad. Por supuesto, también en los conventos y en las escuelas; en los centros de trabajo y en las familias; en la oración comunitaria y en la penumbra de la habitación, echada la llave (Mt 6,6). Sin gritos, sin estridencias.