Caer en la provocación

Desde hace unos días se ha instalado en las páginas de los medios y de las redes sociales una polémica importante acerca de un autobús con publicidad aparentemente homófoba. Esta presencia no solo ha puesto en pie de guerra a entidades favorables a lo que se viene denominando la ideología de género, sino que ha provocado la reacción de la administración pública, incluso en su vertiente penal.

Paralelamente, en unas fiestas de Carnaval, se ha otorgado un premio a una representación en la que una persona aparecía vestida de Virgen María y acababa aparentando la figura de Cristo crucificado, todo ello en un contexto festivo y burlesco, lo que ha airado a no pocos creyentes.munilla

Esa coincidencia temporal ha provocado que más de uno compare el tratamiento tan distinto entre ambos acontecimientos. Así, el obispo de San Sebastián, monseñor Munilla, criticaba con ironía como en España se censuraba expeditivamente el mensaje del autocar y, en cambio, se toleraba y amparaba la parodia carnavalesca.

A todo ello, y sin entrar a valorar aspectos concretos de estos hechos, se me ocurren las siguientes reflexiones:

1. Se hace necesario buscar un equilibrio entre la libertad de expresión o de culto y los llamados delitos de odio o similares. No es fácil. Lo vemos cuando se condenan determinados chistes en Internet, o cuando alguien niega el holocausto judío… no siempre es sencillo fijar el límite.

2. Este tipo de delitos tiene un componente cultural muy fuerte y un dinamismo propio. Por tanto, lo que hace años era admitido, hoy no lo es. No hace tanto tiempo era habitual –aunque fuera en tono jocoso- llamar “sexo débil” a las mujeres. No tardaremos mucho en ver gente procesada por proferir esta frase públicamente. Al tiempo.

3. En relación al tema de la ideología de género y derivados, es verdad que choca con la forma de pensar de no pocas personas y, en especial, de muchos creyentes católicos. Pero no podemos olvidar que existe todo un corpus legal que legitima esta ideología, tanto a nivel estatal como autonómico, en muchos casos aprobado con el consenso de la mayoría de partidos, tanto de derecha como de izquierda. Por tanto, no se puede sostener que esta ideología carezca de respaldo social.

4. Que la ideología de género tenga respaldo social nada dice de su legitimidad moral y, por tanto, los que se oponen a ella tienen todo el derecho del mundo a criticarla. Es más, los cristianos tenemos incluso el deber de criticarla en aquello que atenta contra la dignidad humana conforme al Magisterio de la Iglesia.

5. También tenemos el derecho a criticar actuaciones que atentan contra nuestras creencias, pero sin olvidar que hay que exigir el respeto para las creencias de otras personas. No somos los únicos ni debemos pretender un trato especial. Es bueno que queramos que se reconozcan las raíces cristianas de nuestro país, pero estaremos ciegos si no reconocemos que la savia cristiana apenas recorre ya unas pocas ramas del árbol.

6. Sin embargo, más importante que el derecho a criticar a los demás es dar testimonio de nuestra fe. Y este es un hecho diferencial importante para entender por qué pienso que son equivocadas determinadas reacciones de creyentes frente a ciertas actitudes o prácticas.

La actuación de la organización que ha fletado el autobús es una reacción a priori legítima, sin entrar ahora en si el contenido puede infringir preceptos legales o no. Pero no es –o no debería ser- una reacción propia de un grupo que se defina como cristiano, ni por supuesto de personas o grupos vinculados institucionalmente a la Iglesia. ¿Por qué? Porque no es propio del cristiano provocar al contrario ni airar al enemigo. Es propio, sin duda, de las organizaciones del mundo, sin que con ello menoscabe su legitimidad. Pero no es esta la clase de testimonio que Jesús espera de nosotros.

Ello no quiere decir que debamos callar ni asumir las ideologías que la sociedad va imponiendo poco a poco. Ni mucho menos. Pero el cristiano no debe caer en las prácticas mundanas, pues entonces quedará confundido con los demás colectivos. No es posible luchar contra los demás con sus mismas armas, aunque con ello debamos asumir perder algunas batallas.

Recordemos el sermón de la montaña: somos dichosos cuando tenemos hambre de justicia, cuando trabajamos por la paz o cuando somos perseguidos por causa de Jesús. Pero no lo somos cuando actuamos saciados de nuestra justicia, cuando imponemos nuestra paz o cuando perseguimos a aquellos que no conocen a Jesús. Si, de todas formas, nuestro reino no es de este mundo, ¿qué sentido tiene sacrificar uno solo de nuestros principios para una batalla posiblemente perdida de antemano?

Feliz Navidad

La Navidad se ha convertido en un período de tiempo controvertido, que entusiasma a muchos y exaspera a no pocos, pero que parece llenar todos los espacios. El ajetreo es constante y los templos paganos, entiéndase los centros comerciales y elementos análogos, se llenan de gente buscando aquel novísimo objeto que parece que llevan siglos anhelando. Es por ello fácil que, esa minoría estadística que formamos los cristianos, caigamos en las redes del neopaganismo y su hechicería con electrónica de última generación. ¿Y qué podemos hacer?geneva-1093411_960_720

Una primera opción es buscar refugio en nuestros pocos templos. No siempre es fácil. Muchos se encuentran cerrados o con horario funcionarial, seguramente convencidos sus patronos de dar cumplimiento a un imaginario convenio laboral del sacerdocio ministerial y otros negociados. En otros nos encontraremos fastos de distinto pelaje: corales infantiles, grupos folclóricos, etc. En pocas ocasiones hallaremos aquello que nos remita a lo realmente queremos celebrar: el nacimiento mísero pero brillante del Hijo de Dios.

Es importante entonces seguir buscando entre las iglesias y capillas de nuestra ciudad. Si persistimos, encontraremos alguna abierta, oscura y húmeda. Un lugar solitario y frío, que parecerá olvidado por la multitud de personas que transitan ante su fachada a diario sin darle mayor importancia.

Al fondo, con suerte encontraremos una estrella. No será un meteoro espectacular sino una pequeña llama, una lucecita que nos indica la presencia de Aquel que buscamos. Esa es la señal. Recordemos el evangelio lucano: pese al ajetreo ocasionado por el censo de Cirino, nadie en Belén parece darse cuenta de lo que ocurre en un pesebre salvo los pastores que duermen al raso vigilando sus rebaños. Solo a ellos acuden los ángeles, pues son los únicos que van a poder reconocer aquello que les habían comunicado desde el mismo cielo: “os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2, 11).

Ante las dificultades para encontrar ese pesebre escondido tras la grotesca parafernalia de nuestra sociedad, recordemos que tenemos personas que nos pueden llevar a él. “Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores”, nos cuenta Lucas (2, 18), y así sigue siendo veinte siglos después. Pero no todos oyen a los pastores, ni entonces ni ahora. Hay que buscarlos aun hoy también en el raso, en la periferia de nuestras ciudades, en los rincones maltrechos e incómodos. Cuando seamos capaces de sentir el pegajoso frío de la escasez y la miseria, y sintamos como nuestro el abandono de tantos hermanos olvidados, entonces oiremos admirados lo que cuentan los pastores a quien quiera escucharles: Dios, nuestro Salvador, está con nosotros.

Feliz Navidad.

Extremos que convergen

No pocas veces habrás escuchado, amigo lector, algún hermano creyente quejarse de que la Iglesia parece haberse convertido en una ONG y ha olvidado lo más central de su misión, Dios y el anuncio de su Palabra. Cuantas veces habremos oído en los últimos meses las cifras que dedica la Iglesia a servicios sociales, a la enseñanza, los millones de euros que se ahorra el Erario Público gracias a la acción de la Iglesia etc. Cifras y cifras que tienen su importancia social y que son el auxilio de no pocas personas, con nombre y apellidos. Pero parece que la misión de la Iglesia queda defraudada detrás de tantas cifras. ¿Dónde está lo sagrado? ¿Dónde el anuncio de la salvación? ¿Acaso no necesita el hombre algo más que pan para vivir?

Por otra parte, no es extraño oir quejas en otro sentido: ¿hay belleza en la liturgia cuando damos la espalda al mendigo que está en la puerta del templo? ¿Tiene sentido la contemplación en medio de la miseria y la injusticia? ¿No habíamos quedado que el sábado estaba hecho para el hombre y que podíamos quebrantar los formalismos sagrados cuando se trataba de dar de comer al hambriento?

Se trata de dos posturas que hoy dan pie a la división y al enfrentamiento entre creyentes. Alguien dirá que son dos extremos y que hay que buscar un punto intermedio. Pero no es exactamente así.

Estoy seguro que esta contraposición le recordará al lector el famoso pasaje de la visita de Jesús a casa de Lázaro, cuando se encuentra con sus hermanas Marta y María (Lc 10, 38-42). La primera se afana en ser la perfecta anfitriona, sirviendo a su invitado. Su hermana María, sin embargo, se sienta a los pies del Maestro y le escucha ensimismada. La acción y la contemplación. ¿Cuál actúa de mejor manera?

Jesús parece tomar partido por María, de la que afirma que se lleva la mejor parte. Sin duda es así, lo cual no quiere decir, sin embargo, que la conducta de Marta sea errónea. Tal vez lo sea su actitud, pero no su conducta. Es decir, que la mejor parte sea la de María no quiere decir que la de Marta no sea necesaria, sino que es menos importante. Por tanto, aquí la media aritmética entre las dos hermanas no nos sirve. Entonces, ¿en qué quedamos?

Precisamente, el evangelio de Lucas nos sirve para corregir el error. El error de pensar que hay dos formas de hacer Iglesia, la que se centra en Dios y la que se centra en los hombres, preferentemente en los pobres. No hay tal dualidad ni se puede elegir entre ambos extremos. El punto medio no es aritmético, como no lo era entre las dos hermanas. Leamos el pasaje de Lucas de nuevo. ¿Cuál es el elemento central, el punto medio entre Marta y María? Efectivamente, el centro entre ambas es Jesús. Jesús reúne en sí a Dios y al hombre, a la contemplación del Padre y a la entrega por los demás. La aritmética del creyente no está ni en los informes económicos ni en las visitas a los templos. Está en la Encarnación. Jesús nos lo deja claro a poco que queramos oírlo. Sabemos que la parte buena es la que escoge María, pero la tarea de Marta es necesaria. El resto de instrucciones, en el Evangelio.

Las cosas claras con el aborto

Mientras en nuestro suelo patrio estamos sumidos en la resaca postelectoral y la desafección general por la eliminación de “la roja” de la Eurocopa, ha pasado desapercibido el enfrentamiento de las autoridades polacas con la Comisión Europea a raíz de la regulación polaca sobre el aborto. Sin entrar en el análisis del caso concreto, lo cierto es que la cuestión del aborto es un tema complejo y que suscita polémicas diversas, a la vez que no pocas veces surgen equívocos y usos perversos del lenguaje. Es por ello importante aclarar los términos y, aclarados estos, ver cuál es la posición que, en mi caso como católico, sostiene la Iglesia.

Inicialmente suele aparecer como debate jurídico acerca de si debe despenalizarse o regularse tal práctica. En las últimas décadas son muchos los países de nuestro entorno que admiten, en mayor o menor grado, una despenalización del aborto, si bien el enfoque jurídico pivota entre aquellos que priman la protección del concebido no nacido o nasciturus de aquellos que priman el derecho de la mujer a decidir sobre su función reproductora. La diferencia es importante, aunque los efectos de la regulación puedan ser semejantes en su permisividad, pues en el primer caso se admite el valor del nasciturus, mientras que en el segundo se niega o relativiza, creando un supuesto conflicto entre este y el derecho de la mujer a disponer de su cuerpo.

El debate de fondo está, en primer lugar, en si el nasciturus merece o no la protección del ordenamiento jurídico y en qué grado. Para ello es determinante la naturaleza de ese concebido no nacido. Es decir, se trata de averiguar si el concebido no nacido es un ser vivo diferente de la madre y si, de ser así, cabe considerar que se trata de un ser humano (y gozar así dela protección jurídica propia de cualquier ser humano) o se trata de otra cosa, un ser que puede tener un valor intrínseco pero que puede ser transaccionable o se le pueden oponer otros valores y derechos.

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Naturalmente, determinar cuándo un ser vivo es una persona o es otra clase de ser es algo que escapa del mundo del Derecho y es necesario buscar el auxilio de otras disciplinas. Sin embargo, esta búsqueda no es sencilla. La biología, lejos de ofrecer una respuesta clara, no se pone de acuerdo a la hora de conocer cuándo se crea una nueva persona. Indudablemente el momento inicial cabe situarlo en la concepción, donde la unión de los gametos produce una célula que, al menos genéticamente, es ya diferente de los progenitores. Pero no solo es distinta, sino que en su código genético lleva ya buena parte de lo que será ese futuro hijo o hija: si será rubio, alto o si tendrá propensión a la diabetes.

Pese a ello, lo cierto es que no todos los óvulos fecundados llegan, de forma natural, a buen puerto. Por esta razón, no son pocos los que entienden que esa unidad genética distinta necesita algo más para poder considerarse un ser humano, algo que permita entender que tiene visos de viabilidad, y por ello entienden que no puede hablarse de ser humano hasta un estadio más avanzado en el desarrollo del embrión, como cuando se advierten ciertas funciones cerebrales, se responde a determinados estímulos, etc.

Frente a esta indeterminación o falta de consenso científico, aparecen las posturas que se basan en criterios morales, religiosos o ideológicos. Y una voz importante para mucha gente es la de la Iglesia. Y la Iglesia sostiene que la protección del concebido no nacido debe realizarse desde el momento inicial de la concepción al entender que en ese momento ya existe un ser con una identidad genética propia diferente de los progenitores. Se trata de una postura coherente y razonable por diversos motivos:

En primer lugar, se trata de una postura prudente y que guarda coherencia con la concepción antropológica del hombre que sostiene al Iglesia. La realidad es que, incluso científicamente, se acredita que desde la concepción existe un ser distinto de la madre que lo cobija y en la medida que se trate de un humano, no hay que descartar ahí no solo un proceso biológico sino una intervención divina, pues solo hay humanidad donde hay una unidad de alma y cuerpo, y esa alma es creación directa de Dios. Es justo reconocer que tampoco aquí tenemos una evidencia clara de que esa primera célula haya sido dotada de un alma por el Creador. Sin embargo, tampoco se puede descartar y sería enormemente imprudente aprovecharnos de esa ignorancia y jugar con aquello en lo que Dios ha podido intervenir. Se trata de un argumento prudencial y de sentido común, algo que algunos olvidan cuando conviene. Ningún médico trasplantaría un corazón a un paciente sin asegurarse que el donante está efectivamente muerto. Sin embargo, otros no dudan en provocar abortos aun reconociendo no tener claro de si están acabando o no con la vida de una persona inocente.

En segundo lugar, esa postura prudente es coherente con la supremacía que la Iglesia reconoce a la vida y a la dignidad humana, supremacía que como sabemos deriva de ser imagen de Dios. Si la vida y la dignidad del hombre son un valor superior, en mayor medida se justifica esa prudencia a la hora de tratar con ellos. Pero más allá de la prudencia, este tratamiento permite ser coherentes en otros contextos en los que la vida y la dignidad de algunas personas se ve amenazada seriamente. Sin ir más lejos, hay personas que, debido a enfermedades, procesos degenerativos severos, accidentes graves, etc., carecen de autonomía, de la capacidad de razonar e incluso de conciencia, no responden a impulsos sensoriales … y, sin embargo, no por ello dejan de ser personas, unidades de alma y cuerpo creadas y amadas por Dios.

Esta postura de la Iglesia le lleva, consecuentemente, a rechazar la práctica del aborto en todos los sentidos, es decir, no solo frente a posibles conflictos con el derecho de las mujeres a decidir (nunca la prevalencia de ese derecho justificará matar a alguien), sino frente a regulaciones que permiten el aborto en determinadas circunstancias (concepción fruto de una violación, malformaciones del feto, etc.).

En puridad, el único conflicto que podría plantearse y que podría justificar una decisión de provocar un aborto, sería si el valor supremo de la vida del feto se enfrenta al valor equivalente de la vida de la madre, es decir, en aquellos excepcionales casos en qué, por lo que sea, el médico debe optar por salvar la vida del feto o la de la madre, pero no la de los dos por el elevado riesgo de que ambos perezcan. También aquí lo razonable es que la toma de la decisión, en la medida de lo posible, sea de la madre, que indudablemente puede optar por un acto de suma generosidad y sacrificar su vida para salvar a la de su hijo. Sin embargo, no creo que haya nadie en su sano juicio que pueda exigir tal actitud heroica a alguien, ni nadie tan retorcido que critique la decisión que la madre tome en tan dramática circunstancia.

Dar razón de nuestra fe, razonablemente

Que la razón no es enemiga de la fe, ni viceversa, es algo que habremos escuchado numerosas veces. Sin embargo, sigue habiendo mucha gente que se resiste a creerlo. No son pocos los creyentes que ven en la racionalidad un peligro, un riesgo inminente que puede hacer peligrar su creencia (cuya importancia, a lo que se ve, no corre pareja con la sensación de solidez que su misma fe le ofrece).  Por otra parte, con frecuencia al creyente le es difícil explicar al no creyente que su fe es una actitud digna, razonable, llena de sentido, que nada tiene que ver con supercherías y supersticiones.Geometria_(Geometry)

Vayamos por partes. En primer lugar apuntemos que exponer aquí cómo explicar a un creyente un tema de esta enjundia -integrar la razón en la fe- no es nada fácil, pues implica generalizar algo que se caracteriza por una elevada heterogeneidad. No hay un creyente sino miles de ellos, o al menos de “tipos” de creyentes, que podemos clasificar en razón de su edad, estatus social, y por supuesto, en razón de lo que realmente creen. Podemos buscar elementos comunes en la mayoría de ellos pero, por mi experiencia, más bien escasa por otro lado, todo intento de exponer un discurso acerca de la racionalidad de la fe suele acabar con una huida despavorida del oyente.

No obstante, otro elemento común que suele darse en muchos creyentes es la convicción que la razón y la fe actúan como dos elementos químicos incompatibles o que pueden llegar incluso a provocar una reacción explosiva. Esta convicción suele acabar en la defensa de un fe frágil y atemorizada, que es cubierta por una coraza que la aísla de cualquier efecto de la racionalidad. Esto provoca que, antes de exponer las ventajas de una fe impregnada de racionalidad, el proponente debe intentar que su oyente pierda el miedo a ver como su fe se derrumba por los embistes de la razón y hacerle ver que no existe tal peligro más allá de su imaginación.

Para tal batalla, dos son las estrategias que yo particularmente seguiría. La primer de ellas es la de no temer cuestionar las propias convicciones. El camino de la fe es un camino de conversión, de avance hacia el encuentro con un Dios que siempre estará fuera de nuestro alcance mientras nos arrastremos por este polvoriento mundo. Nadie está libre de dudas, de incertezas y de preguntas. No es un camino fácil, pero a mí me gusta recordar aquella famosa frase de John Henry Newman de que diez mil dificultades no hacen una sola duda.[1] La fe no se pierde por agitarla ni por hacer uso de ella, sino por dejarla marchitar en un rincón, pues aquello que alejamos de nuestra cotidianeidad para preservarlo del mundo, al final nos acostumbramos a no tenerlo presente y acabamos olvidándonos de ello.

La segunda estrategia es la de hacer ver que la razón no es un arma poderosa concebida para atacar a la fe. Ni siquiera es tan poderosa como la pintan. La razón cura enfermedades, pero no elimina el dolor y la muerte. Nos da tecnología, pero esta no siempre se traduce en bienestar y felicidad. Pero la razón nos da algo muy importante: sensatez. Quien obra conforme a la razón, tiende a hacerlo sensatamente, con prudencia, calculando los efectos de su obrar, rehúye de lo impulsivo y rechaza confundir la libertad con el capricho.

Evidentemente, no todo obrar racional es sensato ni, sobre todo, bueno o justo, pues la razón tiene muchos puntos ciegos: la razón no entiende muy bien conceptos como el amor, la misericordia o el perdón, que los ve como sentimientos impulsivos y poco predecibles. No digo que, racionalmente, los rechace: simplemente no los entiende y, por ese motivo, su reacción suele ser no tenerlos en cuenta. Un hombre cargado de razón no verá inconveniente alguno en una ley que permita el sacrificio de media docena de seres humanos que padecen una enfermedad altamente contagiosa si se acredita que es la opción con mucho más eficaz para evitar un contagio masivo de la población.

A partir de este ejemplo, se pueden visualizar diversas situaciones. En primer lugar, el hecho de la insuficiencia de la razón para responder a cuestiones importantes: ¿estamos moralmente legitimados para tomar este tipo de decisiones? ¿Hasta qué punto los hombres podemos decidir la vida de otros? ¿Hay límites? ¿y si en lugar de ser media docena fuera el 80% de la población? En cierta forma, podemos decir que el enemigo, o mejor aún, la víctima de la razón y sus excesos, no es la fe, sino el hombre, creyente o no.

Debido a esa desmitificación de la razón surge la necesidad de la fe, de una visión que no se limite al cálculo racional de cargas y beneficios y que, por ejemplo, considere a cada ser humano como un valor en sí mismo e innegociable. Sin embargo, esa fe no está exenta de riesgos, de ahí la necesidad de operar también desde la sensatez. Una fe que rechaza la razón reaccionará fanáticamente. Quien se erija, en el ejemplo anterior, como defensor de la fe, no debe caer en posturas irracionales y creer, por ejemplo, que esa enfermedad es un castigo divino y que hay que aplacar la ira de Dios dejando de lado los intentos de curar la enfermedad; o simplemente tachando de asesinos y genocidas a los que defienden la muerte de los contagiados, sin sentarse a hablar, a entender las razones de los demás y exponer las propias.

Finalmente, al creyente que empieza a perder el miedo, es importante hacerle ver el ejemplo del Maestro, la sensatez de Jesús, su forma de hablar con todos, su firmeza frente a la injusticia, a la marginación, su dulzura frente al pecador que reconoce su falta.

Hasta aquí nos hemos referido al creyente, pero ¿qué ocurre con el que no cree? Lejos de mostrar hostilidad, la actitud del no creyente suele ser de pasmosa indiferencia. No huirá con temor del discurso apologético, pero posiblemente dejará de prestarle atención sin especial disimulo. El no creyente piensa, en su fuero interno, que la fe es una subespecie de la superstición y que su contacto con la razón es nocivo. La diferencia con el creyente, es que este posiblemente está convencido que las posibilidades de corrupción son mínimas pues la religión no es sino el poso que queda de un estadio de la cultura humana ya superado y que, piensa que afortunadamente, los creyentes de hoy tenemos los días contados.

Pienso, pues, aunque con temor a equivocarme, que al no creyente hay que ir con menos contemplaciones y, lejos de justificarnos por nuestra fe, es mejor hacerle ver las insuficiencias de una racionalidad atea. El ejemplo anterior puede servir, pero por desgracia tenemos muchos ejemplos en los que la racionalidad imperante se manifiesta incapaz de otorgar soluciones que no sea la de esconder el problema o generar otros.

Uno de estos casos es el tema del envejecimiento de la población, que provoca que cada vez haya más ancianos con un cuerpo relativamente sano, pero con enfermedades neurodegenerativas graves, que implican la pérdida de la autoconciencia y hacen de ellos personas altamente dependientes y que generan gastos millonarios. Según los expertos, esto va a más, pues aunque la esperanza de vida se alargue, parece que nuestro cerebro tiene una vida útil limitada. No hace falta ser un lince para ver que este será un problema grave en unas décadas y cuáles pueden ser las “soluciones racionales” a aplicar.

Otro ejemplo es el problema de las hambrunas en el mundo que, hasta no hace mucho, tenía un efecto relativo, pues los pobres en cuestión tenían el detalle de morir en su casa. Sin embargo, hoy tienen un especial facilidad para entrar en nuestros países o acabar muertos en nuestras playas. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Estamos moralmente obligados a atenderlos?

No tiene que ser difícil hacer caer al no creyente en que una racionalidad que no apela a valores “irracionales”, a valores que no pueden deducirse racionalmente, como el amor a los demás, la solidaridad con el extraño, la misericordia, la dignidad de la persona, etc., sin esos valores la sociedad racional colapsa o se convierte en un sistema organicista que no duda a en sacrificar a sus miembros en al defensa del propio sistema.

La razón, como el mercado y estas grandes construcciones racionales que manejan la vida actual, no son sino construcciones humanas, imperfectas y que no son necesariamente justas si no se orientan debidamente hacia la justicia, la paz y toda una serie de valores a perseguir. Y dentro de esta oferta de valores que deben orientar la sociedad tiene perfecta cabida la fe cristiana. Y por muchas razones: la primera de ellas, porque ya estaba allí cuando este invento empezó su andadura. Porque los valores que en general subyacen en la sociedad occidental son los cristianos, pues fueron ellos los que cimentaron la orientación moral de Occidente. Pero también porque la fe cristiana no tiene ningún problema en dialogar y en discutir estos temas, con las reglas del juego de la propia racionalidad, es decir en un debate abierto, sincero, con argumentos y sin coacciones ni imposiciones. Porque la racionalidad de la fe cristiana se demuestra precisamente en esto: en que puede contribuir, puede aportar y ayudar a aquellos que no comparten esa fe, aunque posiblemente compartan los mismos valores. Y esto es así pues, aunque ellos no lo sepan, con fe o sin ella, Dios escribe en el corazón de todos los hombres.

[1] En Apologia pro vita sua. Historia de mis ideas religiosas, Ed. Encuentro 2011, pág. 277.

Los impuestos no son para los ricos

La publicación de los Papeles de Panamá ha causado un importante revuelo en medio mundo. Básicamente, a la mitad del mundo que, al no verse obligada a pasar hambre, debe pagar impuestos para sufragar toda clase de estructuras burocrático-estatales. A la otra mitad, que no sabe si hoy podrá llegar a la cena con un poco de comida, todo esto le importa un bledo.

Pero a la primera mitad, en la que posiblemente se encuentre el lector de esta página (y en la que está el autor que esto escribe), este revuelo posiblemente le cause cierta satisfacción. Al fin y al cabo, toda esta historia tiene algo de Robin Hood, de un héroe -aquí en forma de hacker- que roba a los ricos y malvados en favor de los más pobres. The_Subsidised_MineownerEs verdad, dirán ustedes, que aquí solo se ha sustraído información y no dinero, pero no es menos cierto que tras la información, es posible que algún Estado se despierte e investigue, con lo que puede darse que alguno de los astutos y evasores ricos cuyo nombre sale en los papeles, acabe pagando fuertes sumas a la Hacienda Pública. Por tanto,  aunque de forma remota, indirecta, algo de dinero se nos devolverá a todos.

Sin embargo, esta euforia algo canallesca de clase media no debe llevarnos a pensar que con ello la justicia triunfa de forma inevitable. Es verdad que alguna cosa cambia. La fragilidad de la informática asegura que determinadas opacidades pueden no serlo tanto, y que hay una elevada exposición al riesgo en muchas de estas operaciones cuando son llevadas a cabo por ciudadanos de países medianamente serios y con autoridades fiscales razonablemente eficaces.

No obstante, cuando para que se haga justicia debe ser necesaria la intervención de un Robin Hood, aunque sea titulado en informática, no nos encontramos solo ante un rico déspota, ni con un conjunto de ricos que evaden impuestos, sino que nos hallamos ante un sistema corrupto que tolera estos comportamientos. De no ser así, Robin Hood es innecesario.

Y esa tolerancia hacia estos comportamientos ilegales llega a ser incluso abiertamente justificada. Estos días, no es nada difícil escuchar analistas en los medios de comunicación que argumentan a favor de la existencia de estas “vías de escape fiscal” por la elevada carga tributaria de la mayoría de países occidentales. Llegan incluso a advertir de su eventual eliminación y los peligros que entraña: si no dejamos evadir impuestos a los ricos, se llevaran directamente su dinero a otra parte y dejarán de invertir en nuestro país.

Desconozco hasta que punto es real esta amenaza, aunque debo confesar que el argumento, que a veces he escuchado, de que subir los impuestos a los ricos les desincentiva para seguir siendo ricos, me ha parecido siempre algo arriesgado. Pero asumiendo que sea así, no estaría de más que los gobiernos europeos al menos tuvieran el detalle de reconocer que aquí los ricos no pagan impuestos. Nos gustará más o menos que nos lo digan, pero la evidencia es clara. Reconózcanlo de una vez: los impuestos, como las colas en los cines, no son para los ricos.

Una feria con cobertura

Las novedades tecnológicas no dejan de sorprendernos, para bien y para mal. Y de estas, pocas tienen tanta influencia como el teléfono móvil. En veinte años, el aparatito ha pasado de ser un objeto raro y al alcance de pocos, a ser un objeto de consumo corriente y una herramienta imprescindible para mucha gente. La conectividad continuada nos permite ser a muchos verdaderas oficinas ambulantes, recibiendo correos electrónicos al momento, gestionando cuentas bancarias, operando con administraciones públicas, etc., Tal es la multifuncionalidad del artefacto que hace que no necesitemos de su función primigenia, es decir, el teléfono móvil ha conseguido que casi sea innecesario hablar por teléfono.

Pero mi sorpresa más reciente tuvo lugar hace unas semanas, cuando en Barcelona se inauguró una feria llamada pomposamente, y no precisamente en catalán, Mobile World Congress. Entiéndaseme, no es que me sorprenda que los que viven del invento se organicen una feria, lo cual es perfectamente normal y razonable, como lo pueda ser una feria de máquinas empaquetadoras de verdura congelada. Lo que me sorprende es que tal evento fue noticia destacada en los periódicos digitales y en papel, en los noticiarios de la televisión y en las radios. A poco que uno piense en ello, es difícil no preguntarse si no habría noticias de mayor calado, de más interés para la ciudadanía que la concentración de fabricantes de móviles con ansias de generar beneficios en sus cuentas.

A bote pronto, yo diría que sí, que había otros temas a tratar de mayor relevancia. La propia crisis de gobernabilidad que vivimos en este país desde poco antes de Navidad, o la crisis de los refugiados, que no es tal crisis sino mero síntoma de la crisis moral de Europa, son solo dos ejemplos de asuntos que deberían dejar de lado la feria de teléfonos en cuestión. Creo que no habrá muchas dificultades para ponernos de acuerdo en ello. Pero cuando el acuerdo es tan amplio, suele suceder que en el fondo es la pregunta la que está mal formulada. Lo que deberíamos preguntarnos no es sobre los asuntos en sí, sino sobre el interés de la gente. Esta es la clave y lo que acaba decidiendo el contenido de los propios medios de comunicación: ¿quiere el lector o el televidente que le cuenten como está el patio político, ambiental, social, etc., o quiere que le expliquen la nueva versión del smartphone tal o las nuevas posibilidades de la domótica?

Alguien me dirá que el interés por la tecnología es algo imparable y que ya forma parte de nuestra forma de ver la sociedad y a nosotros mismos. Uno ya no se concibe sin el móvil, y empiezan a ser frecuentes los ataques de ansiedad al dejarlo olvidado en casa o en el coche. Los artefactos se adaptan a nosotros y nos facilitan la vida. Son, nos dicen en la feria, cada vez más inteligentes. No sé qué decirles. Yo miro el mio y me pregunto qué entenderán los feriantes y demás gurus por inteligencia. Mientras, sigo viendo en la televisión a los refugiados llamando a las puertas de Europa. Vamos, que lo de la inteligencia debe ser más bien un recurso del marketing.